CON MANDO EN PLAZA

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Por lo visto, trabajar como señor-letrado-de-un-banco te hace un ser superior, que está por encima del Bien y del Mal y, por supuesto, de cualquier norma deontológica o de cortesía profesional.

Lo digo por un individuo (me resisto a llamarlo “compañero”) con el que he estado negociando –o al menos eso pensaba yo- para llegar a un acuerdo judicial de pagos.

El susodicho me ha estado dando largas, no ha contestado llamadas ni tampoco correos, salvo el primero y eso porque lo pillé desprevenido: no sabía ni de qué expediente se trataba. Me ha obligado, en definitiva, a ir detrás de él con el consabido “qué hay de lo mío, cómo lo llevas”.

A todo esto, mi Cliente y su esposa, a la que también engancharon como fiadora, pasando las de Caín, puesto que en su vida han dejado a deber un simple café y ahora se encuentran con sus magras propiedades embargadas por una entidad sin prestigio -aun a pesar de cambiar varias veces de nombre y recibir una morterada de euros en ayudas públicas- y con un servicio que tiene menos credibilidad que Pepe Sacristán haciendo de Batman.

-¿Han aceptado la oferta? ¿Se sabe algo? –escucho apretando puños para no decir ninguna barbaridad.

El tiempo pasa, los intereses corren mientras que al otro lado de la línea nos topamos con un muro enladrillado con desprecio.

¿Es normal que tarden tanto en darte una respuesta?

Y en esas estamos cuando, meses después de absoluto silencio, resulta que su “banquito” ha cedido la deuda a un fondo buitre, que este verano se la reclama a mi Cliente por correo con aviso de inclusión en fichero de morosos; con lo que vuelta a empezar y a darle vueltas al torno.

Lo peor de todo es que, después de llamar al teléfono que figura en la carta y pasarme de una operadora a otra, me emplazan para primeros de septiembre: al estar judicializado el expediente, primero tienen que consultar al que lo lleva… si, a ese, al abogado “en plaza” (sic).

Y yo cruzando los dedos para que no sea el mismo.

Más que por nada por aquello de que cuando se dice de alguien que tiene mando “en plaza” es porque demuestra autoridad para dominar una situación.Y como sea este quien deba decidir sobre la oferta, tendremos que esperar a que el Mar Menor se regenere.

Es decir, al Final de los Tiempos.

Voy a poner mis pies a remojo que hoy tengo la cabeza muy caliente.

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LA TASA ERA INCONSTITUCIONAL, SI. ¿Y AHORA QUÉ?

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LA SENTENCIA

Aún no habíamos cerrado la maleta para irnos de vacaciones cuando el pasado viernes 29 de julio se hizo pública Sentencia del Tribunal Constitucional que declara lo que todos nos barruntábamos, esto es, que la imposición de tasas judiciales -tanto para acceder a la justicia como para poder formular recursos- era INCONSTITUCIONAL.

No debe escaparse el detalle de que quien así lo afirma es el Pleno del Tribunal Constitucional en una sentencia dictada por UNANIMIDAD. Y lo hace al considerar que el establecimiento de dicha imposición vulneraba el derecho a la tutela judicial efectiva.

Como ser justos es “darle a cada uno lo suyo” (ULPIANO), con esa resolución se estima un recurso presentado por el Grupo Socialista del Congreso contra la una ley promovida por quien entonces ocupaba la cartera de Justicia, el Sr. Gallardón. Que quede consignado su nombre para oprobio del personaje (a quien, por razones obvias, ya no podemos exigirle que dimita) y, de forma correlativa, reconocer su mérito a los diputados y el partido político que en su día promovieron el recurso.

Las tasas afectadas por esta sentencia no son las que venían abonando las personas físicas, porque una posterior reforma de la ley que llevó a cabo el actual Ministro de Justicia en funciones, Sr. Catalá, eximió del pago del tributo a los particulares; el Tribunal declara por ese motivo la pérdida sobrevenida del objeto del recurso en lo que se refería a dichas tasas y no entra en detalle.

¿Qué efectos tiene la Sentencia del Tribunal Constitucional para las demás tasas, esto es, las abonadas por personas jurídicas?

El Tribunal aclara en el fundamento de derecho decimoquinto que, en virtud del principio de seguridad jurídica, la declaración de nulidad de las tasas sólo producirá efectos con los nuevos procedimientos que vayan a iniciarse o en aquellos donde no haya recaído una resolución firme. Pero en este último caso exige, además, que previamente se haya impugnado el pago de la tasa por impedir el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (artículo 24.1 CE).

En la práctica, apenas se va a devolver todo lo que se ha expoliado, pero algo se puede hacer.

 

¿QUÉ HAY QUE HACER?

Por parte de la Agencia Tributaria considero que ya está tardando en modificar el modelo 696 y adaptarlo a la sentencia, a saber:

1º.- Eliminar del mismo las siguientes cuotas fijas: (i) la de 200 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo abreviado y la de 350 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo ordinario; (ii) la de 800 euros para promover recurso de apelación y de 1.200 euros para los recursos de casación y extraordinario por infracción procesal, en el orden civil; (iii) la de 800 euros para el recurso de apelación y 1.200 euros para el recurso de casación en cualquiera de sus modalidades, en el orden contencioso-administrativo; (iv) así como también la nulidad de la tasa de 500 euros para el recurso de suplicación y 750 para el de casación en cualquiera de sus modalidades, ambos del orden social.

2º.- Eliminar la cuota variable para todos los supuestos, cuya cuantía era la que resulte de aplicar al valor económico del litigio el tipo de gravamen que corresponda, según la siguiente escala: de 0 a 1.000.000€, 0,5%; el resto, un tipo porcentual del 0,25. Máximo variable: 10.000€.

El pago de la tasa se va a quedar para los procesos civiles, con pago de una cuota fija, y poco más.

Por parte de los afectados por las tasas, presentar un escrito en Hacienda pidiendo que se nos devuelva el importe abonado indebidamente, alegando que impugna el pago de la tasa porque considera esa autoliquidación le ha perjudicado sus intereses legítimos; en nuestro caso, que la tuvo que abonar para no perder la oportunidad de acudir a la vía jurisdiccional (o al recurso, en su caso), supuesto que ha sido declarado inconstitucional por ser contrario al artículo 24.1 CE conforme a STC de 21 de julio de 2016. Y que el pago supuso una merma a su capacidad económica, teniendo que destinar recursos al pago de un tributo que nunca tuvo por qué abonar.

La rectificación que se pide es la que corresponda según el tipo de proceso (en los casos que no sean civiles la cuota debió ser cero) y que se le devuelva el dinero indebidamente abonado en unión de sus intereses legales correspondientes (ex artículo 128.2 LGT).

Hay que acompañar el justificante del pago de la tasa y acreditar que el proceso no ha terminado aún. Como pedir un certificado al Letrado de la Administración lleva tiempo, sugiero aportar la última notificación recibida del proceso y, si Hacienda duda, que temita oficio al Juzgado para aclararlo.

 

¿ESTAMOS A TIEMPO?

Dice el Tribunal Constitucional que ha apreciado que dichas tasas “son contrarias al art. 24.1 CE porque lo elevado de esa cuantía acarrea, en concreto, un impedimento injustificado para el acceso a la Justicia en sus distintos niveles. Tal situación no puede predicarse de quienes han pagado la tasa logrando impetrar la potestad jurisdiccional que solicitaban, es decir, no se ha producido una lesión del derecho fundamental mencionado, que deba repararse mediante la devolución del importe pagado”.

Por ello, concluye, no podrá reclamarse aun cuando el proceso no haya finalizado, si la persona obligada al pago de la tasa la satisfizo sin impugnarla por impedirle el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (art. 24.1 CE) y añade un inciso: “deviniendo con ello firme la liquidación del tributo”. Contrario sensu, cabría entender que mientras que no sea firme la liquidación resultaría perfectamente legítimo reclamar la devolución del importe abonado.

Según el Tribunal Constitucional, quien ha pagado y ha accedido a la jurisdicción no ha visto lesionado su derecho fundamental; pero yo me pregunto: ¿Qué pasa con quien ha abonado la tasa y también la ha impugnado? ¿Pierde su derecho?

Pero, aun entendiendo que con el pago de la tasa no se lesionó ese derecho fundamental, no es menos cierto que con ello se afectó un interés legítimo como es el de que no se te viera mermada tu capacidad económica como consecuencia del pago de un tributo que nunca tenías que haber abonado.

El artículo 31 de la Constitución señala que “todos deberán contribuir al mantenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica y mediante un sistema tributario justo, inspirado en los principios de igualdad y progresividad que en ningún caso tendrán un alcance confiscatorio.

Lo lógico sería pensar que si la satisfaces -para no perder tu derecho- y, al mismo tiempo, la impugnas por ese motivo, sí que puedes seguir exigiendo la devolución, respetando, claro está, los plazos y formalidades que exige la Ley General Tributaria.

Según informa la propia AEAT en su página web, la solicitud de rectificación sólo podrá hacerse una vez presentada la correspondiente autoliquidación y antes de que la Administración tributaria haya practicado la liquidación definitiva (que tendría que haber notificado) o, en su defecto, antes de que haya prescrito el derecho de la Administración tributaria para determinar la deuda tributaria mediante liquidación o el derecho a solicitar la devolución correspondiente (el plazo de prescripción es de 4 años).

Por tanto, si representas a una persona jurídica en un proceso judicial que no ha terminado, si la liquidación de la tasa no es firme y no han pasado 4 años desde la presentación de la autoliquidación, entiendo que aún estamos a tiempo de reclamar y animo a quien esté en esa situación que se ponga a ello.

 

Puede consultarse con más detalle este procedimiento administrativo tributario en este enlace:

https://www.agenciatributaria.gob.es/AEAT.sede/procedimientos/GZ28.shtml

 

En este otro enlace puedes descargarte de forma GRATUITA un modelo de escrito que hemos preparado en DUALIS para presentarlo directamente en Hacienda sin necesidad de Abogado:

modelo solicitud devolución tasa judicial

Una vez presentada nuestra petición el plazo que tiene para resolver la AEAT es de SEIS MESES. Si recibes notificación expresa desestimatoria o, bien, pasan esos seis meses sin noticias, se abre la vía para interponer un recurso de reposición o, bien, una reclamación económico-administrativa.

En ambos casos el plazo para recurrir sería de UN MES.

 

Si quieres ampliar información sobre la sentencia puedes consultar el texto completo aquí:

http://www.tribunalconstitucional.es/es/salaPrensa/Documents/NP_2016_074/2013-00973STC.pdf

 

En este enlace tienes la Ley que se ha declarado parcialmente inconstitucional:

https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2012-14301

 

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EL NIÑO DEL PASILLO DEL JUZGADO

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Es 5 de julio y en la Capital del Reino hace calor, mucho calor. He venido a una audiencia previa que tiene lugar en la sede de los Juzgados de lo Mercantil de Madrid.

El acto se celebrará con la juez “destogada” y las ventanas abiertas. A los profesionales se nos invita a hacer lo mismo, así que vuelvo a doblar la toga y la guardo en su bolsa.

El edificio es bonito, enclavado en una arteria comercial con mucho ambiente. Al día siguiente veo su fachada en el telediario: es noticia que los funcionarios se han plantado por la falta de aire acondicionado. No me extraña. No es de recibo trabajar así.

Antes de subir me he cruzado con el juez al que la tele hizo famoso gracias a su microespacio “El Gato Gourmet”. Ambos nos hemos provisto de agua mineral en la misma máquina de refrescos.

Como no quería arriesgarme con el tren, he venido con tiempo de sobra. Para ayudarme a “hacer pasillo” me he traído el último libro que me tiene, literalmente, enganchado. El tocho pesa más que el expediente del pleito.

Tengo el asunto más que estudiado y vengo sin cliente, así que me dispongo a retomar el hilo por donde lo dejé anoche. Guardo el móvil en “modo avión” y me dispongo a volar.

No han pasado ni cinco minutos cuando me he olvidado del mundo; hago abstracción de lo deprimente que, en realidad, me resulta el lugar por dentro, con cajas y cajas de asuntos amontonadas junto a una pared del pasillo.

Justo enfrente de mí varios letrados hacen corro. Nos ignoramos con absoluta cordialidad.

En eso estoy cuando interrumpe mi lectura una sombra. Levanto la mirada con disimulo y resulta ser un niño de unos 8 años que me curiosea. Evita cruzar mirada conmigo y se esconde en el pasillo de al lado.

¿Qué se le habrá perdido aquí?– me pregunto.

Me vuelvo a centrar en el relato y de nuevo noto la mirada. Parece que le interesa el libro que tengo entre las manos.

Como no tiene edad legal para ser testigo imagino que ha terminado el curso escolar y el progenitor no tiene dónde dejarlo. Eso sí, está solo; no veo que le acompañe ningún adulto. Probablemente sea alguno de esos letrados que hablan de sus cosas, tan serios ellos.

Pasa un buen rato y se acerca la hora de “entrar a matar”, así que aprovecho que termino un capítulo y cierro el libro. Desactivo el modo avión al mismo tiempo que le doy orden a mi cerebro de que vuelva a pensar en “modo juicio”.

Antes de dirigirme a la puerta de la sala de vistas echo un último vistazo: veo al chiquillo sentado y en su regazo un libro de “Gerónimo Stilton”, que lee totalmente embobado y con una sonrisa de oreja a oreja. No se da cuenta de que, ahora, el que le observa soy yo.

En ese momento entiendo su curiosidad y por qué un servidor le llamaba tanto la atención: en un sitio tan áspero, gris y desalmado como ese, sin otros niños con los que enredar, había encontrado una suerte de alma gemela.

Vaya –debió pensar-, no soy el único friki de este colegio tan raro.

Terminada la audiencia, salgo al bullicio de la Gran Vía e inicio recorrido de vuelta a casa. En una mano la toga (vaya paseo inútil que le he dado) y la cartera; con la otra, hago de parasol y enfilo mis pasos hacia Atocha.

Para la próxima tengo que plantearme venir con sombrero- me conjuro para mis adentros, mientras recuerdo cómo mi madre siempre decía que era muy cómodo llevarme con ella “de visita”: su secreto era procurarme un “Super Humor”, un “Películas”, un “Tintín” o un “Astérix y Obélix”, una silla donde sentarme y no hacerme ni caso hasta que nos íbamos. Como el niño del pasillo del juzgado.

Es 5 de julio y sigue haciendo calor.

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Ex libris (I)

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Leo en internet una reseña sobre Kurt Franz, comandante de Treblinka, y se me amontonan muchos sentimientos. De golpe. Sin avisar.

Recuerdo varios libros que he leído dos veces (“El Gatopardo”, de G. T. Di Lampedusa; “La fea burguesía”, de Espinosa; “Cien años de soledad”, de García Márquez; “Sostiene Pereira”, de Tabucchi; “Crónica sentimental en rojo”, de Fernández Ledesma; o “La autobiografía del General Franco”, de Vázquez Montalbán, por citar algunos…).

Pero solo uno tiene el “honor” de haberlo visitado tres veces: “Treblinka”, de Steiner. Siempre en verano y siempre en la casa de playa de mis padres. Menudo contraste entre las heladas llanuras polacas y el refulgente azul del Mediterráneo.

Antes pensaba que la vida era muy corta y que era una pena dedicar tiempo a releer libros que ya “conocía”. Pensaba que a lo mejor me estaba perdiendo -ingenuo de mí- otros libros fascinantes, libros que esperaban su turno acumulando polvo en la estantería.

Sucede que un libro nunca cambia; es una foto fija e inmutable y, sin embargo, al releerlo con años de diferencia, parece que ha mudado el texto, sí, hasta que te das cuenta de que, en realidad, quien ha cambiado eres tú.

Esa lectura, revisitada, se convierte -entonces- en un espejo insobornable que, cada vez que le preguntas, te responde reflejando una imagen distinta acerca de qué es la vida, sus afanes y sus miserias; y concluyes que la línea que nos separa entre ser “humanos” y unos monos gritones -ridículamente agresivos- es fina, muy fina.

Tan fina como las pavesas que salían de aquellos hornos crematorios.

 

P.S. El artículo era este:

http://www.warhistoryonline.com/war-articles/when-theformer-commander-treblinka-kurt-franz-was-arrested-in-1959-a-search-of-his-home-yielded-a-scrapbook-with-horrific-photos-of-the-massacre-titledbeautifulyears.html

HORMIGA EXPLORADORA

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Ahora parece algo natural que los juicios civiles sean orales y, además, se graben.

No fue siempre así.

Recuerdo cuando empecé mi carrera profesional. El proceso tenía un marcado carácter escrito y los trámites orales eran la excepción.

Así, cualquier juicio principaba (cómo me gusta este “palabro”) mediante demanda, que era contestada por escrito y por escrito se formulaban también las preguntas dirigidas a las partes (“confiese ser cierto…”) y a testigos (“diga ser cierto…”). Ello nos obligaba a preparar interrogatorios con distintas variables, previendo un tipo u otro de respuesta. “Para el caso de que conteste afirmativo, confiese ser más cierto que…”. Y así.

Una vez finalizada esa fase, se preparaban conclusiones escritas. Y a esperar sentencia.

¿Dónde quedaba, entonces, el “lucimiento” del señor letrado? La verdad es que pocas veces tenía posibilidades de “hablar” en estrados. Al menos, como digo, en los asuntos civiles.

La excepción a la regla solían ser las apelaciones, que eran orales.

Y ahí es donde recuerdo la anécdota.

Llevaba entre manos un asunto de una indemnización por accidente que había ganado en primera instancia y que la parte contraria apeló -imagino- que para ganar tiempo y retrasar el pago todo lo posible. En aquel tiempo la ejecución provisional exigía el depósito de una caución que mi patrocinado no era capaz de financiar, así que no nos quedó otra que esperar a que se señalara vista y defender la legalidad de la sentencia.

Como era mi primera apelación de las “de verdad” (hasta ese momento todo habían sido prácticas) decidí acercarme a la Audiencia Provincial de Murcia y dedicar una mañana a ver cómo se desenvolvía la cosa. De paso, tenía la sensación de que “hacía algo” para prepararme el caso que, por lo demás, tenía más que estudiado y repasado.

Allá que me fui, a la sede que hay junto al Rio Segura. Avisé a la secretaria de la Sala del motivo de mi presencia y me permitió estar presente. Llegada la hora se dijo eso de “audiencia pública”, así que pude pasar y sentarme en la bancada, al fondo.

Se celebró la primera vista y escuché a uno y otro abogado exponer sus argumentos. Bien, ya no me iba a pillar de sorpresa: ví que no se comían a nadie.

En la vista del siguiente recurso se paró la cosa; parece ser que uno de los abogados no llegaba a tiempo. Según pude oír, era cosa de la lluvia (algo raro en Murcia que nos suele trastocar a todos los planes). Aprovechando el parón, el magistrado que presidía la Sala, D. Joaquín Ángel De Domingo, me hizo señas para que me acercara a estrados.

¿Yo?

-Sí, hombre, acérquese…

Y eso hice. Tuvo un detalle que no olvidaré nunca. Enterado de que había en plan “hormiga exploradora”, me soltó varios expedientes y me dijo:

-Léaselos mientras tanto, que se entere de qué va cada recurso. Así aprovechará mejor el paseo y sabrá de qué va la cosa.

Por supuesto, le hice caso. Un asunto de lindes, otro de leasing… Más o menos, me pude hacer una idea de lo que se discutía. Era interesante ver qué se había decidido en la instancia y observar ahora cómo se iba a intentar rebatir.

Y allá que llegó el abogado al que esperaban. Se había caído de la moto -dijo- y tuvo que ir a cambiarse de ropa. Claro, no era cuestión de presentarse hecho un Adán. Así que recompuso su figura, se puso la toga y el abogado contrario empezó, serio él, su informe a la Sala.

Cuando le tocó el turno de palabra al abogado del accidente éste se limitó a decir, circunspecto, que pedía la confirmación de la sentencia de instancia por sus acertados razonamientos que de ninguna manera se veían desvirtuados por los argumentos del apelante. Y poco más. Ahí terminó la vista.

Finalizado el acto formal, el letrado se acercó a la mesa y volvió a disculpar su retraso:

-Es que he tenido que cambiarme de ropa, me había puesto perdido…

Después de una mañana sentado al fondo, me había mimetizado tanto con el paisaje que se habían olvidado de mi presencia.

Por eso alcancé a oír cómo alguien del tribunal le soltó, con sorna, que sí, que habían podido comprobar cómo había venido limpio a la vista… “limpio” en todos los sentidos.

Hoy en día las apelaciones son siempre escritas y solo en muy contados casos puede haber algo de oralidad (por ejemplo, ante una prueba no practicada en la instancia).

Se pierde espontaneidad y frescura aunque me tranquiliza pensar  que por eso a la Sala le da tiempo a estudiar los argumentos de uno y otro, y tomar su decisión a la vista de ambos escritos, que puede repasar en caso de duda.

Semanas después hice “mi” apelación, que me salió de cine, claro. Y la sentencia de instancia fue confirmada.

Con los años aprendí que es muy difícil que en la Audiencia se revoque una decisión de instancia y que el margen de maniobra de los esforzados letrados apelantes es muy estrecho. Aún así, se pelea, se lucha y se hace todo lo que se tenga que hacer siempre que el Cliente, no conforme con la instancia, pide lo que yo llamo “una segunda opinión”.

Eso sí, siempre les recuerdo ese aforismo que dice que los señores magistrados piensan que “confirmar es de obispos y revocar… de albañiles”. Y es que siempre ha habido clases. En la justicia, también.

EL IMPERIO CONTRAATACA

Leo en El Confidencial que un banco “contraataca” y denuncia ahora a un bufete de abogados por… “inflar las costas” en los procesos judiciales que le ha venido planteando y ganando, dicho sea de paso.

Se trata del bufete que vemos cada fin de semana anunciándose en los dominicales y a cuyo titular me encuentro a diario plantado en una valla publicitaria, dándole la mano a IKER CASILLAS.

ARRIAGA -bien por él- ha encontrado un filón de negocio sacando los colores, una y mil veces, a esa entidad financiera. De varapalo a varapalo, hasta la derrota total.

En lugar de pedir árnica y sentarse a negociar, como se hace en el mundo anglosajón, la entidad financiera “contraataca” y denuncia, en primer lugar, “prácticas restrictivas de la competencia cuyo efecto es mantener artificialmente elevados los precios de los servicios prestados por dichos despachos de abogados en el marco de pleitos masa”.

La segunda conducta que denuncia es “el engaño, por acción u omisión, del que son víctimas los clientes de Arriaga Asociados (y posiblemente de otros despachos)”.

Sólo desde la más absoluta desfachatez se pueda afirmar tal cosa.

Será fruto de un mareo ocasional debido al tufo de impunidad que aún deben desprender los asientos de ese consejo de administración, donde no hace mucho restregaron sus posaderas “ilustres” como RATO o BLESA (en la foto).

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Ateniéndonos al contenido del último auto de la Audiencia Nacional, en esa “cocina” sabían muy bien cómo manipular precios y engañar a clientes. Probablemente hablen con esa seguridad que te proporciona la experiencia.

Es evidente que es una denuncia malintencionada, fruto de la desesperación de verse humillado día tras día en la portada de todos los periódicos. Y cuando no te puedes apoyar en hechos o fundamentos jurídicos que te den la razón, ya se sabe, te apoyas en la mesa; en este caso, poniendo los pies -las patas- en ella.

Pero no se trata de defender a un compañero que, no tengo la menor duda, sabe hacerlo bien él solito.

Se trata de preguntarle a la entidad financiera qué hace ella cuando gana algún pleito. Que los ganará, digo yo.

Sin ir más lejos, ¿qué hace con las costas que cobran en las ejecuciones hipotecarias? ¿A dónde van a parar las que obtienen después de ejecutar una póliza? ¿O qué hacen con las recaudan después de exigir el pago de un swap?

No hablamos de millones; hablamos de cientos de millones en costas. Porque, al despachar ejecución contra un deudor, de forma indefectible se suma un TREINTA POR CIENTO a la cantidad reclamada, en concepto de presupuesto para intereses y costas. Presupuesto que luego es liquidado… precisamente a partir de las normas de los Colegios de Abogados que tanto denuestan en su denuncia.

Pero eso no es lo único.

¿Declaran las costas como un ingreso? ¿De quién? ¿De la entidad o de sus abogados?

¿Declaran, acaso, el IVA?

Y, sobre todo, si me tapo la nariz y utilizo el mismo argumento que ahora parecen esgrimir en su denuncia, me pregunto:

¿Acaso perdonan ellos las condena en costas y no pasan minutas los abogados que tienen en nómina? Si esos abogados cobran un sueldo, ¿por qué tienen que cobrar -además- una minuta?

Sé la respuesta. Lo peor es que ellos también. “Ellos”, esos mismos hipócritas que les han redactado la denuncia.

 

Puede consultarse la noticia completa en:

http://www.elconfidencial.com/empresas/2016-02-02/bankia-contraataca-y-denuncia-a-arriaga-en-la-cnmc-por-inflar-las-costas-de-los-pleitos_1144928/

 

 

JUSTICIA SOBRE RUEDAS

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Rescato de la web de “El Mundo” la foto antes de que la borren; aunque el daño ya está hecho, claro, porque desde ayer se ha convertido en viral en la red.

Sentando en un confidente, el señor fiscal del caso “Noos” atiende al periodista. Para ello, ha tenido que hacerse sitio ladeando un carro de “Mercadona” lleno de cajas con el precinto de la Guardia Civil.

En los estantes de su despacho cabe una botella de agua mineral vacía, pero no la mayoría de los expedientes, que incluso ocupan un sillón tapizado a juego con el traje del señor fiscal.

Al fondo apenas se adivina la bandera de España.

Lo que no ven son los pies del entrevistado; igual hasta lo pillaron con zapatillas de andar por casa, o descalzo.

Está claro que no tiene asesor de imagen. Si así fuera, debería estar despedido de manera fulminante.

O no…

Porque la entrevista parece hecha en un momento de esos de “ay, chica, estaba haciendo la casa, no esperaba visita”.

Pero no sería de extrañar que se trate de un “descuido” bien pensado.

Solo eso explicaría que la foto refleje, tal cual, el estado actual de la administración de justicia, precisamente en la misma semana en que el ministerio de la cosa proclama, triunfante, que ya estamos en la fase de “papel cero”.

La realidad es tozuda. Papel cero sí, pero no tanto.

Por ejemplo, hoy mismo nos enteramos que en Madrid, Villa y Corte, se ha dictado una instrucción que permite aún la presentación en papel. De momento, hasta el 31 de enero. Por lo visto, a más de uno el cambio le ha pillado con el polvorón en la boca y ha debido de pedir prórroga.

Observo en la foto un despacho lleno de causas -imagino- aún pendientes de calificar.

¿Qué método empleará para despacharlas? ¿El FIFO? ¿El LIFO? ¿Aún tienen preferencias las causas con preso? ¿Cómo las tiene localizadas?

Y la pregunta del millón: ¿Cómo va a poder cumplir con el plazo máximo de instrucción?

El mensaje es claro: a pesar de los medios con los que se dice que se ha dotado el sistema, así es, señoras y señores justiciables, cómo aguarda el destino y el futuro de más de uno.

La próxima vez que alguien pregunte “cómo va lo mío”, por favor, que tenga presente esa imagen y no olvide que, a lo peor, la velocidad de “lo suyo” depende de algo tan pedestre como lo engrasadas que vayan las ruedas del carrito de “Mercadona”.

Portus Magnus

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Ese fue el nombre que le dieron los romanos: “Portus Magnus”.

Lo que hubo de ser en su momento y en lo que lo hemos convertido.

Malditos.

En “Cien años de soledad” GARCÍA MÁRQUEZ cuenta cómo el Coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Por mi parte, nunca olvidaré esa tarde de verano en que el mío me llevó a conocer este sitio.

-“Ya vereis, ya” -anticipó, mientras conducía nuestro “Simca 1200”.

Yo no era más que una nariz curiosa pegada a la ventanilla, vestido con pantalón corto y sandalias. No sabía nada de romanos, ni de “garum” ni de minas de plata.

No sabía por qué íbamos allí.

Tampoco de los estragos que la avaricia humana puede causar en la Madre Naturaleza. Profanada hasta dejarla estéril.

Recuerdo una carretera sinuosa; recuerdo el olor de los pinos y, abajo, el mar.

Recuerdo -como si fuera ayer- el shock que me produjo llegar al viejo muelle, bajar del coche, acercarme a un oxidado noray y, al asomarme al borde, comprobar que allá donde cabría esperar agua azulada tan solo había un mar de barro solidificado.

Años después he vuelto con mis hijos.

He visto que el noray sigue en su sitio y que sobre el mar de barro solidificado tan solo crecen unas míseras cañas. Parece que la vida se abre camino, pero eso y la nada apenas es lo mismo.

Espero que alguna tarde los hijos de mis hijos se acerquen a Portmán, vean el viejo noray en un museo, paseen por el muelle… y también que, al llegar al borde, el agua cristalina refleje sus caras incrédulas cuando su abuelo les cuente que allí no había otra cosa distinta que un triste mar de barro solidificado.

Mientas tanto, yo os maldigo.

 

JUNTALETRAS vs LETRADOS (“por sus escritos los conoceréis”)

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Para un servidor, redactar un escrito forense es algo más que juntar unas cuantas letras, cortar y pegar cuatro sentencias y pedir lo que se nos ocurra en ese momento.

Es cierto que el papel lo soporta (casi) todo, pero no es menos cierto que si algo queda de tangible en la prestación de servicios jurídicos es eso, un escrito. Y, como siempre dice mi madre (mi primera maestra), quien no te conoce te juzgará por lo que lee.

Por sus escritos los conoceréis, parafraseando las Sagradas Escrituras.

Dándole vueltas al asunto de la escritura, con minúscula, estas son las cosas que más me suelen molestar, que actúan a modo de saboteadores mentales y añaden un plus de “penosidad” a mi tarea:

1.- Interrupciones

Los compañeros que me lean saben a qué me refiero. Estás escribiendo, empiezas el texto con el consabido “AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …” y en ese momento, llamada. Atiendes, apagas el teléfono, recompones la figura y empiezas otra vez: “AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …”. Justo, justo, justo en ese momento, un toc-toc en la puerta del despacho (que habías cerrado por algo, claro) y un “perdona la interrupción, ¿estás ocupado?”, y tú, claro, dices, ya no, dime. Atiendes, recompones la figura y empiezas otra vez: “AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …”, y entonces es cuando te avisan de que tienes visita, “¿visita, yooo?, ostras, claro, era a las 12 ¿son las 12 yaaaa? Cómo pasa el tiempo”.

Toda la mañana con el dichoso escrito y no has pasado del “AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …”

2.- Numerar los documentos

Los ciclistas las llaman “etapas pestosas” y para mí no hay mejor término para definir esta tarea: “pestosa”. Y no te digo cuando son cientos y cientos de documentos los que acompañas a la demanda, sobre todo cuando se trata de facturas, albaranes, recibos de pago y extractos contables. Cuidado con dejarte alguno, que enfrente te lo van a revisar bien. Documento número 1, documento número 138, documento 453… y así.

3.- Redactar un escrito en apelación

Me da igual que seas recurrente o recurrido, apelante o apelado… Dios mío, ya he superado lo de verme y oírme en una grabación, pero qué trabajo cuesta volver a estudiar el asunto, partiendo prácticamente de cero. Es el día de la marmota, en versión jurídica. Fortaleza de ánimo, serenidad, decisión, respirar hondo… y tres padrenuestros.

4.- Rellenar un formulario online

Lo tienes todo presto y dispuesto para presentar y, ah, ojo, hay que rellenar algún formulario online (ojo con la que se nos viene con Lexnet), por ejemplo, para liquidar la dichosa tasa judicial. Pulsas “rellenar formulario”, introduces datos y, cuando crees que lo tienes todo hecho, zas, se borra y vuelta a empezar, jurando en arameo y maldiciendo la estirpe del genio que programó el formulario.

5.- Cuando está impreso y grapado el escrito…

… con sus copias y todo y descubres, con horror, que los párrafos no cuadran con lo que había en pantalla, quedándose una línea, triste y solitaria como el Cadillac, en el último folio. Claro, ya sabes que hay una “cosa” que se llama PDF, que la configuración de la impresora no es la misma de la pantalla, pero es algo que sucede a menudo y da mucha rabia.

6.- Los contratos y sus versiones

Te encargan un contrato “a medida”, te vistes de sastre jurídico, estudias, buceas, analizas pros y contras, te pones en lo peor (eso siempre, en lo peor) y vas redactando cláusula tras cláusula. Le das vueltas, imprimes un borrador y otro y otro, hasta que, satisfecho, por fin, le das el visto bueno.

Lo mandas por correo y empieza el “baile”: cambia esto, añade lo otro, quita lo de estas dos cláusulas (“¿de quién coño eres abogado, del otro?”). Una vez pasado el filtro del cliente lo mandas a la contraparte y ahí ya no hay salvación posible.

Del escrito que habías preparado inicialmente, bien estructurado, equilibrado y hasta con ritmo, pasas a una suerte de Frankenstein contractual, con la cara llena de costurones. A la porra el arte, “biba el colejio”. Eso si, pordios, quite lo de “alquilino” y lo de “sufruto”.

7.- Sentencia que exige aclaración

Me dejo para el final uno de mis favoritos. Notificada sentencia, le das la enhorabuena al cliente y al rato éste te llama y dice, oye, que se han equivocado. No puede ser, nos han dado la razón… eso es que han acertado -bromeas. Pero, no, tiene razón, en cuatro folios y medio de sentencia te encuentras un bodrio en el que, pongo casos reales, divorcian a personas que no eran parte del proceso (esos corta y pega que tantos días de gloria nos están dando), conceden indemnizaciones distintas de las pedidas (¿en qué estaba pensando cuando tomaba notas en el juicio? ¿tomaba notas? ¿dibujaba? ¿estaba en el juicio o era un ectoplasma?)… llamas al juzgado y te dicen lo que más temes: “presenta un escrito”. Oiga, oiga, oigaaaa… que yo no me he equivocado, pero no hay más remedio que presentar el mal llamado “recurso de aclaración”, previsto expresamente en la ley cuando no hay nada que aclarar, puesto que no hay duda de que hay un error como un castillo de grande.

Qué buenas migas harían Microsoft y algunos juzgados, por aquello de las versiones de prueba y las versiones beta.

Comparto experiencias y unos consejos:

1.- Usa mapas mentales

El mapa no es el territorio ni tampoco el pensamiento. Es una guía de escritura, para no perderse. El resultado final no tiene por qué cuadrar con lo previsto pero, desde luego, mal vamos si no tenemos una idea clara de lo que queremos expresar.

No olvides que el mapa es para tí, que lo tienes que hacer en un folio y cuanto más “plástico”, mejor. Ya tendrás tiempo de escribir.

2.- Listas de chequeo

Cuando llevas unos años en esto ves que hay asuntos que se repiten una y otra vez. Usa lista de chequeo y comprueba el estado de los flaps antes de despegar, campeón.

3.- Pomodoros

Si, se llaman así; usa los pomodoros: 25 minutos de sprint mental y 5 de descanso. 25 y 5, esa es la proporción. Algo así como las series de los runners.

4.- Usa fichas

Para los trabajos de más envergadura, una idea una ficha; cuando te pones a redactar, las ordenas sobre la mesa (como los juegos de naipes que llaman solitarios) y cada idea te puede servir de título para cada apartado del escrito. En nuestro caso, hechos separados convenientemente por párrafos, fundamentos de derecho en su sitio y el “petitum”, lo más importante, claro y preciso. Es un error esperar al final, cuando llegas con la lengua fuera, para redactarlo.

Y es que un escrito se lee de principio a fin, pero no tienes por qué concebirlo así. Me remito a lo de los mapas mentales.

5.- Un último consejo: lo perfecto siempre es enemigo de lo bueno y peor que presentar escrito con erratas es no llegar a presentarlo porque se te pase plazo. Ya tendrás tiempo de ganar el Pulitzer de los abogados.

Y si hay una errata, les presentas un escrito de aclaración. Donde las dan las toman.

 

 

VIENTOS DE CAMBIO (o cómo volver a empezar)

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Esta historia me la contaron hace muchos, pero que muchos años, así que no recuerdo los motivos por los que nuestro héroe dejó atrás su ciudad natal, un próspero despacho y una clientela fiel. Tampoco importa.

Le habría pasado algo así como el Juego de la Oca, que una mala tirada de dados le situaba -de nuevo- en la casilla de salida. Mudanza a otra capital de provincia y vuelta a empezar.

En aquella época no había redes sociales ni teléfonos móviles; por otro lado, la publicidad estaba prohibida y expresamente sancionada en el Estatuto de la Abogacía.

Tampoco tenía contactos ni familiares, ni siquiera algún antiguo cliente o compañero de estudios que pudiera dar referencias suyas en su nueva residencia. A efectos profesionales era, sencillamente, invisible.

Pero no se arrugó ni le dio tiempo a lamentarse: montó un nuevo despacho en esa soleada capital sureña sin más recursos que una vieja máquina de escribir, papel de calco para las copias de las demandas, sus conocimientos, su buen hacer y una profesionalidad exquisita. Aunque, huelga decirlo, con eso solo no se paga la renta ni, tampoco, se llena el plato de garbanzos; así que los pocos ahorros que tenía menguaban de forma alarmante.

Día tras día la misma rutina. Traje, corbata y paseo desde casa al despacho y desde el despacho a su casa.

Pasaban las semanas y no había clientes ni casos. Había hablado con un compañero que tenía el despacho justo encima del suyo, pero, con buenas maneras y exquisita cortesía, su vecino declinó amablemente cualquier posibilidad de colaboración.

Al menos tenía tiempo para estudiar y ponerse al día. No pasaba como ahora, que hay una auténtica diarrea legislativa, pero los nuevos amos del país -y, por tanto, de BOE- no desaprovechaban ocasión para hacer patente su poder y se atrevían ya hasta con reformas de los viejos códigos decimonónicos.

En esas estaba, clavando codos, cuando una tarde sonó el timbre de la puerta. Apagó el cigarro, se puso la chaqueta y se apretó el nudo de la corbata. Al abrir, se encontró con dos inesperados visitantes que, después de disculpar el retraso (“de qué retraso hablaban, si no había quedado con nadie…”), se presentaron preguntando por “el abogado”.

-Si, soy yo…

-¿Podemos pasar?

Sentados en los confidentes, parapetados detrás de un grueso cartapacio y después de recuperar el resuello, sacaron una escritura tras otra, legajos amarillentos que, como naipes de una gigantesca baraja, fueron desplegando sobre la mesa mientras contaban el caso con pelos y señales.

De sus bocas brotaban datos y más datos (servidumbres, linderos, amillaramientos y otras lindezas de derecho hipotecario) que nuestro protagonista anotaba minuciosamente en su recién estrenado cuaderno.

Cuando llevaban más de media hora se dio cuenta de que hablaban con referencias a hechos que daban por supuesto que él conocía, cuando no era así. De manera que dejó la pluma sobre la mesa, levantó la mano y pidió una tregua.

-Creo que se han confundido de abogado.

-¿Cómo?

-Si, que no soy la persona que imaginan.

-¿Ud. no es abogado?

-Si, claro. Me refiero a que no soy el abogado que buscaban.

-Entonces, ¿es que no nos puede llevar el caso?

-A ver, claro que puedo llevarlo, pero digo que se han equivocado porque Uds. debían de estar buscando a otro compañero que tiene el despacho justo en el piso de arriba. Les pido disculpas, porque han depositado su confianza en mí pensando que era esa persona. De todas formas, mi código deontológico me impide revelar nada de lo que me han comentado. 

Después de un silencio incómodo, que se hizo eterno, los visitantes se miraron entre sí, hasta que el más lanzado se encogió de hombros y dijo:

-Bueno, señor letrado, ya que estamos aquí y hemos avanzado tanto, para qué irnos. Sigamos. Como le iba diciendo, aquí en esta escritura pone claramente que …

Y así siguió la tarde, la semana y nuestro héroe se estrenó, con éxito, en los juzgados de esa ciudad.

Estos clientes quedaron satisfechos y empezó a funcionar el boca a boca hasta que se hizo con un nombre y una clientela -incluso- superior a la que había dejado en su tierra natal. Y por ahí andará.

Cada vez que alguien se queja de las dificultades que se encuentran los nuevos letrados para empezar me acuerdo de esta anécdota y pienso que no están en una situación de desventaja respecto de lo que empezamos veinte años antes, todo lo contrario: los clientes no se sienten atados a ningún apellido y buscan, lo primero, alguien que les dedique atención y escucha activa para su caso. Si estás empezando desde luego problemas de disponibilidad no vas a tener.

En la actualidad se legisla a diario. Apenas da tiempo a consolidar ningún tipo de doctrina jurisprudencial: para cuando el caso llega al Supremo, hay unas nuevas reglas de juego.

En realidad, eso nos iguala a todos, puesto que, con independencia del número de colegiado que tengas, quedarse quieto, “en el sitio”, es quedarse atrás. La actualización es necesaria no solo en conocimientos jurídicos sino en tecnologías de la información y, por poner un ejemplo, quién mejor puede saber de redes sociales y reputación digital que las nuevas incorporaciones que hasta ayer mismo estaban tonteando con “Tuenti”.

Con tanto imbécil dispuesto a vomitar en la red hay campo para todos. La imaginación al poder.

Y esto vale tanto para los nuevos talentos como para los que vamos acumulando años de ejercicio: hay que hacerse el nudo de la corbata con la ilusión del primer día y, con esa predisposición, tener las orejas tiesas y los ojos bien abiertos.

¿Cambios? ¿Quién dijo miedo a los cambios?

Como reza el viejo haiku:

un temporal se ha llevado el tejado de mi casa; qué bien, esta noche dormiré viendo las estrellas