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Hoy me salía el tema facilón, con el número cincuenta y cinco, como aquella superproducción que se rodó en España y que se llamó “55 días en Pekín”. Pero con los chinos, bromas las justas.

Son ya cincuenta y cinco días de tiempo suspendido, aunque menos, que ya se le ve el fin al confinamiento.

Porque, como sucede en los videojuegos, la Provincia de Murcia ha pasado de pantalla (o de fase, como le llaman). Me he enterado justo cuando entraba al portal de casa, después de darme un garbeo que me ha sentado de fábula.

A falta de un buen aperitivo en “Luis de la Rosario”, de un tapeo en “El Guinea” o unas cervezas por la zona de Las Anas, hacía falta tener un viernes “con travesura”, hacer un pequeño corte (de mangas, incluso) después de una semana intensa.

Que ni para mis “extraescolares” tenía cuerpo ya.

Así que, como los murciélagos cuando se asoma el crepúsculo, salí a la calle y descubrí que todo es un río de idas y venidas, de andadores y corredores a distintos ritmos; de patinetes, de bicicletas… De rebaños sin pastor.

En mi zona -se nota- el tráfico rodado se va pareciendo al normal de otras veces. Y por la carretera -me dicen-, ya no se ven controles de policía.

Es fácil olvidarse de que esto no ha pasado.

Pero todavía nos quedan unas cuantas pantallas para culminar la partida.

Antes de que los cajeros de los supermercados, los sanitarios, los transportistas, los limpiadores y demás oficios se les reconociera como héroes, había uno bajito, moreno y con cara de cabreado (vamos, el prototipo español), que era el héroe por excelencia y tenía de profesión la de fontanero.

Hablo, claro está, de (Súper) Mario, el del videojuego de la Nintendo y del que -he de confesarlo- nunca he jugado una partida; ni con las consolas de bolsillo ni con las que se conectaban a la tele.

Así que he tenido que mirar por ahí para hacer memoria, porque recordaba haber visto a mi hijo jugando -solo o con sus amigos- y que entre los persoajes había una princesa rubia, con nombre de melocotón (Peach), y poco más.

Resulta que en el juego es la princesa la que le envía a Mario una carta invitándolo a ir a su castillo para un pastel. Pero, cuando llega, Mario descubre que el malo (un tal Bowser) ha invadido el castillo, que ha encarcelado a la princesa y a sus sirvientes; y, a partir de ahí, empieza una aventura de ir abriendo puertas, subir niveles y avanzar fases hasta que al final (Súper) Mario libra la gran batalla donde, si gana, puede liberar a la princesa y conseguir que ésta le premie con… el pastel que le prometió.

Vamos, que por lo menos le invita a una buena carne a la piedra o unas chuleticas de cordero a la brasa con patatas al ajo cabañil en “El Mochuelo”.

Igual es una leyenda urbana pero creo que, a partir de ahí, los fontaneros del mundo se curaron en salud y, para los siguientes servicios, se inventaron aquello de los “gastos de desplazamiento”.

 

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