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El chico que tenía delante se levantó de su asiento, lanzó un aullido (algo así como un “uhhh” profundo) y se dejó caer en el mismo sitio, colocando su cabeza en mi pupitre, justo sobre mis apuntes. Pude ver, entonces, que tenía los ojos en blanco y los labios muy apretados. Nunca antes en mi vida había presenciado un ataque de epilepsia.

Eso sucedió -así lo recuerdo- cuando no llevábamos ni quince minutos de clase. El catedrático de Derecho Penal había iniciado su lección -como de costumbre- con el micro en la mano, la mirada perdida en el infinito y una sonrisa torva:

-Entramos en el capítulo de los delitos contra la vida humana no independiente (el aborto, para los no iniciados).

Silencio.

-Antes daba gusto dar esta clase -prosiguió- . Lo de los supuestos de despenalización del aborto siempre ha dado mucho juego. Pero ahora ya no hay manifestaciones en la puerta del aula; no sé dónde están los grupos antiabortistas…

Fue nada más terminar la frase cuando se oyó el aullido de mi compañero de estudios, al que tengo que llamar así porque nunca llegué a saber su nombre. Noté, entonces, todas las miradas clavadas en la misma dirección, es decir, hacia el sitio que ocupábamos él y yo, incluida la del catedrático que, sin alterarse, miraba expectante.

Eso hizo que sintiera mucho calor en mejillas y orejas, que tuvieron que ponerse como un tomate.

En el aula corrió un murmullo general de reproche -o así lo sentía por dentro-, del estilo “qué le está haciendo Sáez a ese tío”. Porque no se me ocurrió otra cosa que apretarle la mandíbula con mis dedos. Intentaba abrírsela para que no se ahogara con la lengua. Eso es lo que habia visto que se hacía en las películas, ¿no? E imagino que los compañeros, al volverse hacia donde escucharon el grito, es lo único que vieron: un tipo con espasmos, mientras que otro intentaba estrangularlo con sus manos.

El caso es que, aclarado el entuerto, el catedrático -con toda su flema- dijo eso de

-¿Hay algún médico en la sala?

Y el ambiente se relajó con una risita general.

No recuerdo mucho más. El chico se recuperó y supongo que todos aprendimos al dedillo los supuestos legales de despenalización del aborto. Y un poco sobre la epilepsia.

Entre los personajes ilustres que han tenido ataques de epilepsia se ecuentran, por ejemplo, Lord Byron y el mismísimo Julio César, de los que he leído por ahí que se sentían muy avergonzados cuando ello les ocurría. Y los entiendo. Supongo que no se puede elegir el momento en el que esa dolencia te sorprende, así que siempre será algo inportuno e inevitable, tengas el poder que tengas.

En cuanto a esa frase hecha, la del “médico en la sala”, años después se le uniría el topicazo del “búscate un buen abogado” y la de “te las verás con mis abogados”, admoniciones que no dejaban de anticipar lo que después ha sido la percepción general que se tiene de la justicia. Que muchas veces depende de eso, de que sepas elegir un “buen” abogado y, si puede ser, es conveniente que tengas “muchos” abogados, a falta de uno.

No sé qué fue de ese chaval, el compañero del que nunca supe su nombre, si ahora es abogado, procurador de los tribunales, juez, inspector de hacienda o diplomático.

Y, si por un casual leyera estas líneas, pues ya sabe quién era el pasmao que ese día le apretaba la mandíbula para que abriera la puñetera boca y no se ahogara.

Anédotas de juventud, la del “divino tesoro” que una vez nos soltó otro catedrático, el de Derecho Romano cuando nos reíamos de lo que -eso pensábamos- eran “sus ocurrencias”:

-Los hijos despellejarán a las hijas, ya lo verán, cuando el viejo se muera y a la vieja la manden al asilo.

Vaya que sí.

Nunca he entendido los que se matriculan para cursar estudios univeristarios y no asisten a clase, pudiendo hacerlo; a esos que prefieren comprar los apuntes a tomarlos ellos mismos. Sus motivos tendrán pero, leyendo “solo” los apuntes, se perdían otro tipo de enseñanzas que, olvidado el tostón de las acciones edilicias y los senadoconsultos, sin embargo son las que quedan.

Ahora, con la “nueva normalidad” que se avecina, con clases y exámenes a distancia, es muy probable que a un compañero le dé un “jamacuco” y ninguno de los asistentes a la videoconferencia caiga en la cuenta. Y si eso se generaliza, que pasen los años y nunca sepas quiénes fueron tus compañeros de carrera hasta que, con suerte, los veas pintados en la orla.

 

CODA: me dio por escribir sobre esto en recuerdo de quien fue amiga y compañera de pupitre durante cinco largos años de la carrera de Derecho, Adela Hernández, que nos dejó en mayo -hace ahora un año- y a la que todos quienes la conocimos añoramos y echamos de menos.

Esposa, madre de dos hijos y abogada, nunca te olvidaremos.