AMANECE EN MERCURIO

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El planeta Mercurio es el más cercano al Sol.

Como viaja por el espacio a casi 50 km por segundo -más rápido que cualquier otro planeta del Sistema Solar- realiza un giro completo cada 88 días terrestres. Eso significa que en un año terrestre tenemos algo más de cuatro años “mercurianos”.

No es el único dato curioso: debido a su lenta rotación un nuevo día solar equivale aquí a 175,97 días en La Tierra. Si cada día terrestre tiene 24 horas, un día “mercuriano”… espera, espera, ¿qué harías si cada día durara 4.223,28 horas?

Muchas cosas, ¿verdad?

Daría tiempo a hacer de casi todo, ¿no?

Lástima que en La Tierra cada día sólo tenga 24 horas.

O te administras mejor el tiempo o, bien, te vas a vivir a Mercurio; hace un poco de calor, pero todo es acostumbrarse.

¿Sabes un secreto?

Algunas veces hasta puedes disfrutar de dos amaneceres: el Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente -casi exactamente por donde salió- y luego vuelve a salir, para continuar su recorrido por el cielo.

Esto solo ocurre en algunos puntos de la superficie: por el mismo procedimiento, en el resto del planeta se observa que el Sol -aparentemente- se detiene en el cielo y realiza un movimiento de giro.

Amanece en Mercurio…

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NI PUTA GRACIA

“Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero”. Qué gracioso, ¿verdad? O no. La polémica sobre el humor negro no es nada nuevo. Este chiste, publicado en un tuit cuatro años antes de acceder al cargo público, le costó un buen chaparrón de críticas a un concejalillo de Madrid cuyo nombre –afortunadamente para él– ninguno recordamos.

Despedimos la segunda quincena de julio y se me ocurre acercarme a ver un monólogo en el último local de moda, donde me encuentro público mayoritariamente treintañero, gente guapa con ganas de pasar un buen rato y aprovechar que el calor nos ha regalado una tregua.

Por fin empieza el espectáculo. Abre fuego un telonero que cuenta chistes sobre su abuela y no sé qué más cosas sin gracia (chaval, de verdad, intenta ganarte la vida con otra cosa), hasta que se prueba con los Borbones, un chiste con elefantes, escopetas y especulación histórica sobre si el Rey emérito pudo reinar -precisamente- porque mató a su hermano. Como en los toros, hay división de opiniones entre el público, aunque la mayoría le ríe la gracia. Envalentonado, entra a saco con Auschwitz y algunos nos miramos con incomodidad. Afortunadamente, decide cortar y dar paso al artista principal, que no es tonto y ha captado cierto malestar en el ambiente. A lo mejor –pienso– es porque me ha visto el careto, ya que estoy sentado en primera fila.

Se arranca con un mitin y dice que esto del humor se ha complicado mucho, que es mejor contar “chistes sobre hombres”, porque “a ellas no les molestan y nosotros no los pillamos”. Bien por ti, has estado torero –me digo–. Aunque cuando cuenta un chiste sobre Madeleine (la niña desaparecida en Portugal), nos espeta -tramposo él- que si nos reímos de estas cosas nos convertimos en sus cómplices. Y ahí es donde surge mi incomodidad. Que me haga partícipe de ello.

Cuando vuelvo a casa no puedo evitar acordarme de los chistes que se hicieron a costa de Julen, el niño que murió en un pozo en Málaga, y cuyo autor, humorista tuitero, está siendo procesado por la vía penal.

Como jurista me repugna imaginar que se castiguen delitos “de pensamiento” y creo que el Derecho tiene mecanismos de sobra para prevenir o, en su caso, mitigar, el daño gratuito que se causa a otros semejantes por algo tan estúpido como conseguir un ”me gusta” o una risa fácil. Pero no olvidemos –tampoco– que la chanza supone una nueva victimización que, por si fuera poco, se reproduce “ad nauseam”, merced a las redes sociales. No debería salirle gratis.

En el fondo, creo, es un problema que tiene más que ver con la empatía, la educación y el respeto. Y con la inteligencia (o la falta de ella), porque pocas cosas hya en la vida que respete más que a alguien que se sube a un escenario para hacerte reír o llorar sin más acompañamiento que su ingenio.

Es por ello por lo que seguiré acudiendo a este tipo de monólogos veraniegos, sobre todo para ver si el año que viene alguno de estos “cómicos” tiene huevos a contar chistes sobre violaciones en manada, asesinatos de mujeres (y sus hijos), o a costa de los ahogados en el Mediterráneo.

Y no digamos ya sobre Mahoma. Entonces sí, campeón, ese día te grabo y lo viralizo en redes sociales. Ya verás qué risa nos va a dar a mí y a tu abuela.

VIGATA ESTÁ DE LUTO

Ha muerto Camilleri.

Empecé a leer sus libros coincidiendo con una época personal muy complicada, primero, como una evasión, luego como un descubrimiento. Había oído hablar de un comisario llamado Montalbano cuyo nombre, en realidad, era un guiño o un homenaje que hacía Camilleri, autor siciliano, a Manuel Vázquez Montalbán, escritor barcelonés creador del inolvidable Pepe Carvalho. El Mediterráneo, ya lo contó Homero, es un mar de ida y vuelta, repleto de naufragios y olas caprichosas que pueden depositarte en cualquier orilla.

Mi primera lectura fue “La Forma del Agua”. Quería empezar la serie desde el primer relato. Para conseguir un ejemplar tuve que acercarme a una humilde biblioteca, en La Alberca (un pueblo situado junto a Murcia). En dos palabras, me fascinó. Luego fui leyendo –devorando, más bien– sus novelas una tras otra: “El Perro de Terracota”, “El ladrón de Meriendas”, “La voz del violín”, “La excursión a Tíndari”…

Más tarde me hice con la serie de TV, interpretada por Luca Zingaretti. Nada puede sustituir la lectura de un libro, nada. Pero cada episodio, de una hora o más de duración, era para mí una escapada a Sicilia, a la que hacía aparecer en el salón de mi casa proyectada con otros ojos, los del comisario Montalbano y sus colegas: ‘Mimì’ Augello, el inspector Fazio, Galluzzo y, por supuesto, Catarella, sin olvidar a su novia Livia, Ingrid o al Dr. Pasquano.

Sicilia…

Aunque no se puede obviar esa realidad, Sicilia es mucho más que la historia de la Mafia y bien que lo enseñó Camilleri, demostrando que se puede escribir una buena novela negra sin caer en el tópico.

En la ficción, la casa de Montalbano está en la orilla del mar, junto a un paseo que me recuerda mucho a los veranos de mi adolescencia. Si, ya sé que el cine es ficción, pero era un añadido que lo hacía más cercano, si cabe.

Años después de mi primera lectura, tuve ocasión de viajar a Sicilia, la tierra de Lampedusa y, también, la de Camilleri. Aún estábamos recuperándonos de la impresión que nos causó la Scala dei Turchi cuando, camino de Agrigento, pasamos por Porto Empedocle, su patria chica, acaso la Vigata de sus novelas, que hoy me la imagino de luto.

Descanse en paz, Maestro.

 

PD.- La “casa” del comisario Montalbano está en Punta Secca, Corso Aldo Moro 44, y según aparece en Tripadvisor, se puede alquilar 😉

 

El Cuarto Mandamiento (y II)

—Joder, Marce, vaya facha que llevas —me soltó Pascual por todo recibimiento—. Anda vamos a tomarnos algo mientras que llegan los guiris.

Nos fuimos al Bar Avenida. El sitio había cambiado poco. Seguía oliendo a desinfectante y la música de las tragaperras luchaba por hacerse oír por encima del programa de Ana Rosa Quintana. Recordaba cómo en mis tiempos mozos pasaba por aquel antro a por la recaudación, para guardarla en blísteres de plástico e ingresarlo en la cuenta de Manolo. La camarera interrumpió mis recuerdos:

—¿Qué va a ser?

—Un café con leche.

—A mí un cortado.

El bar, por lo visto, lo llevaba ahora una pareja de ecuatorianos. Y esa mañana, día laborable, apenas había clientes.

—¿Y Manolo? ¿Es que se ha jubilado? —pregunté a Pascual por el dueño.

—¿No lo sabes? Se metió en un préstamo y, cuando los de tu entidad vinieron a desahuciarlo, se colgó en La Era. Los que lo encontraron cuentan que en el suelo todavía estaba toda la papela del juzgado. Ya sabes, un tocho de muchas páginas cosidas con una grapa muy gorda y con el escudo en el margen. No soportaba verse en la calle con su hija paralítica.

Al imaginármelo mi garganta le puso un tablacho al primer sorbo del café con leche, que, como si fuera un sifón, buscó una salida por los agujeros de mi nariz; menos mal que controlé el gesto, porque a poco estuve de pintar de marrón el flamante traje de Pascual. De detrás de la barra salió la mujer a limpiarme pero yo no le dejé que me tocara:

—¿Se encuentra usté bien, doctor?

—Sí, sí, sí —alcancé a decirle mientras me pasaba la servilleta por la cara con cuidado de no despegarme el postizo.

Pensaba entretener la espera preguntando por otra gente del Pueblo pero rápidamente deseché la idea. Todos habían sido clientes de La Caja. Todos. No se escaparon ni Amalia ni Mati, mis dos amores de juventud. Así que apuré el café, pedí la cuenta y apremié a Pascual diciéndole que no quería que los ingleses llegaran antes que nosotros y eso les causara mala impresión.

—Como si lo que pensaran los demás de tí te hubiera importado alguna vez. Anda vamos.

Al volver a la Inmobiliaria, enfilando el cabo de la calle, nos encontramos con Ginés Gómez Moreno quien, a pesar de medir casi dos metros, todos conocíamos como “El Menúo”. Cosas de pueblo. Iba montado en un enorme tractor. Olvidé mi propósito y no me pude resistir:

—¿Qué fue del “Menúo”? —le pregunté a mi cicerone.

—No mucho mejor que a Manolo: a este le financiasteis la inversión en las placas solares. Durante los tres primeros años todo iba como la seda hasta que el Gobierno empezó con los recortes y bajó la retribución; llegó un momento en que ni poniendo dinero de su bolsillo pudo pagar el recibo. La puntilla, por lo visto, se la dio un swap que le colocaste; a pesar de bajar el euribor, no pudo aprovechar el recorte de los tipos de interés. El huerto solar se lo ha quedado un fondo buitre de esos. Ahora ha vuelto al campo.

La mañana en que firmamos la póliza “El Menúo” me convidó en el Avenida a gambas y cerveza, invitación que hizo extensiva al representante de la empresa de las renovables y también a todos los empleados de La Caja:

—Esta es mi jubilación, chavales. Se acabaron las madrugás y las tandas de agua.

La altura de las ruedas y el ruido que hacía el tractor al acercarse me recordaron la fragilidad de mi persona así que, de forma casi instintiva, me puse la mano en el postizo, no fuera que se levantara justo en el momento en que “El Menúo” nos saludaba desde lo alto:

—Con Dios, señores —el disfraz seguía en su sitio. Respiré.

—Buenos días, Ginés —devolvió Pascual el saludo.

Camino de la Inmobiliaria pasamos por delante del Casino Socio Cultural. A través de sus  ventanales podía verse a los jubilados que leían la prensa del día. Jubilados como los que cada primero de mes llegaban a La Caja a contar sus perras; guardaban la cola, sacaban el dinero, lo contaban y lo volvían a depositar.

El primer día fue de susto para mí que, ignorante de esa costumbre, pagué la novatada:

—Que este viene a sacar todo el dinero. Que nos cancela la cuenta…

Mis compis se cachondearon bien a mi costa. Entonces me enfadaba, pensaba que eran unos desconfiados, manías de viejo que nos hacían perder tiempo, aunque ahora, visto todo lo que ha pasado, no se lo puedo reprochar.

Llegamos a la Inmobiliaria. Pascual lo había dispuesto todo para que no hubiera miradas indiscretas. El trato con los guiris estaba hecho, solo había que estampar la firma y señalizar el compromiso. Llegaron a la hora. Les acompañaba un abogado de la capital, que les hacía el servicio de traductor y hasta de gestor para el trámite en el Registro de la Propiedad. No se firmaba en Notaría directamente porque antes tenían que cancelar un fondo con cuyo importe pensaban pagarme. Al contado, nada de financiación. Después de las presentaciones, el abogado me espetó:

—Mis clientes preguntan que porqué lleva barba postiza.

—Esto, ehh, ¿tanto se nota, ehhh? Bueno, es una historia muy larga. Dígales que la tierra que van a comprar es muy valiosa, que todo el mundo se pelea por ella en este pueblo y que, para no quedar mal con ninguno, por eso he decidido venderla a extraños. Y de incógnito.

—Veo que no pierdes facultades, Marce —me susurró al oído Pascual.

Mientras estampábamos las firmas y contábamos billetes, hablamos del Brexit y de cómo mis compradores huían de la banca como gatos escaldados. Por lo visto, con el asunto de Islandia habían perdido un dineral. Afortunadamente nadie les había dicho a qué me dedicaba.

Nos despedimos cordialmente y, al quedarnos solos, con la señal recién cobrada le pagué a Pascual su comisión.

—Aunque no sea asunto mío, ¿qué vas a hacer con tanta pasta, Marce?

—Pues eso, Pascual, que no es asunto tuyo.

—Vale, vale, solo faltaba que me dijeras que lo guardarás debajo del colchón, que cualquiera se fía de los bancos. Me troncho contigo, Marce.

La risa hubiera sido que se enterara que yo también palmé con las participativas y que con lo que él llamaba “una pasta”, en realidad, solo iba a poder tapar agujeros.

Al montarme en mi coche pensé que si los guiris estaban invirtiendo otra vez en España quizá se estuviera cebando la bomba para la siguiente crisis. Compran inmuebles, el precio sube, la gente se empeña de nuevo; luego cambia el viento, se desmorona el castillo y así hasta el infinito. El viejo mantra de que “la vivienda siempre sube de precio”. Quizá eso se evitara si el Sistema Financiero tuviera la décima parte de la memoria que tiene la gente de este Pueblo. Pero si no tiene alma, menos va a tener memoria.

Al pasar por la Plaza de la Iglesia pude mirar que, donde antes estaba mi sucursal, el logo de La Caja había sido sustituido por el de un viejo competidor.

—Al final nos comieron, compañeros.

Es curioso. Un banco jamás se habría atrevido a poner un pie por aquí. Sabían que La Caja era mucha Caja, que se había tejido una relación personal con todos sus clientes y que éstos le eran fieles. Tanto, que hasta llevaban las gorras con el logo en las romerías. Pero, por encima de todo, los del Pueblo eran de esos que todavía miraban a los ojos cuando hacían un trato. Los mismos que me miraban a mí, al hijo de Don Paco, el Maestro, mientras firmaban confiados los impresos en mi despacho.

Enfilé ruta hacia la autovía sin ni siquiera atreverme a mirar hacia el cementerio. Al pasar y ver el cartel marcando la dirección pensé en comprarles unas flores a mis padres, pero al punto se me fue de la cabeza la idea. Aunque llevara disfraz, pasar por el panteón familiar me delataría al instante. Recordé que a Antonio González De Haro, alias “El Matasiete” y sepulturero de profesión, también le vendí un buen puñado de cuotas participativas y que siempre había tenido muy malas pulgas.

 

 

 

 

 

 

 

El Cuarto Mandamiento (I)

Me ladeé en el arcén un centenar de metros antes de llegar al Pueblo, justo enfrente de la antigua Cooperativa, el tiempo imprescindible para colocarme bien la peluca y la barba postiza. Dos horas antes, en casa, me había probado el disfraz y, la verdad, parecía que colaba. De hecho, al salir me había cruzado en el portal con Doña Mariana y ésta me dio los buenos días como se le dan a un perfecto desconocido.

Después de ocho años sin pasar por el Pueblo, éste aparentaba haber cambiado poco. Como única novedad podría contarse el flamante acceso por carretera. Ahora era directo, incluyendo un moderno puente que salvaba La Rambla gracias a una plataforma sustentada por tres pilares. A la izquierda se veían los restos de la antigua carretera con el Puente de Piedra, que ahora imaginaba para recreo de senderistas. Muy pintoresco, sí, pero cuando estuvo en servicio no cabían dos coches a la vez.

Arranqué el motor y dejé atrás la Cooperativa. A la entrada, afeando el entorno, te daba la bienvenida la obra inconclusa de Gregorio, un gigantesco costillar de hormigón gris que se quedó en tres alturas y que por dentro guardaba la nada, el vacío. De la promoción no quedaba ya ni el cartel. En el último forjado sobresalían puntales oxidados que se me figuraron las púas de una corona de espinas. A todos los efectos siempre se dijo que la orden de paralización partió de la Consejería de Urbanismo y Ordenación del Territorio, pero tanto Gregorio como yo sabíamos que el suyo era un proyecto al que la dichosa crisis había condenado sin remisión.

—Y ahora dónde coño me meto yo, Marce. Joder, piensa en todas esas familias que han dado cantidades a cuenta, qué hago yo ahora.

Salió de mi despacho hecho una furia después de que le confirmara que los Servicios Centrales de La Caja habían cerrado el grifo a todo lo que oliera a construcción. Para cuando los vecinos se buscaron un abogado y éste descubrió que no había ladrillos, ni avales, ni tan siquiera un mísero seguro, Gregorio ya había puesto tierra de por medio.

Después de esa reunión, Gregorio y yo no volvimos a hablar nunca más. Aunque ahora compartimos la condición de Exiliados del Pueblo creo que me culpa de todos sus males. Y no será el único. En la Cooperativa hace años que también dejé de ser alguien apreciado. Del concurso de acreedores pasaron a la liquidación porque La Caja, principal acreedor, no votó a favor del convenio. Como si yo tuviera la culpa de lo que deciden los jefes.

En la puerta de su inmobiliaria me esperaba Pascual. Era el único que sabía que venía y el motivo de mi visita. Tenía su complicidad garantizada por la suculenta comisión que se iba a llevar. El muy cabrón me pidió un seis por ciento, el doble de lo habitual.

—Piensa que tú vendes y te vas, pero yo me quedo en el pueblo —se justificó—. El diferencial es una justa compensación que me retribuye el riesgo reputacional que puedo llegar a sufrir si alguien se entera que he mediado en la venta. —A Pascual los cursos online de ventas le habían proporcionado un piquito de oro.

Y es que, después de la desaparición de La Caja, nadie del Pueblo, salvo Pascual, quiso hacer tratos conmigo. Por lo visto no se conformaban con perderme de vista; se habían conjurado para que no le sacara ni un céntimo a la tierra ni al caserón. Al poco tiempo de morir mi madre, los árboles se echaron a perder, puesto que nadie se prestaba a cuidarlos, ni siquiera cuando se los ofrecí gratis a los últimos aparceros. Estos ingratos me contestaron que durante años habían trabajado la tierra, pero siempre por respeto a la viuda de Don Paco, el Maestro.

—Sus padres sí que eran unas personas decentes.

Y ahí acabó el intento. Supongo que es normal que me guardaran rencor después de que todos sus ahorros se esfumaran. Lo hicieron el mismo día en que las cuotas participativas de La Caja pasaron a valer cero euros. ¿Y qué culpa tenía yo?

Así las cosas, mi única oportunidad era esta, la de endosarles la propiedad a unos jubilados ingleses que habían decidido pasar los últimos años de su vida calentando sus huesos al Sol de España, rodeados de almendros y frutales, con la única compañía de tres inmensos perrazos. Pero no podía enterarse nadie o me arriesgaba a que me reventaran la venta.

(continuará…)

EL CHICO MÁS LISTO DE SU PROMOCIÓN

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escudo invertidoFinaliza la llamada y cuelgas el auricular despacio, muy despacio, como dándote tiempo para asimilar el contenido de la conversación. Es la primera vez que hablas con alguien de ese nivel y por tu cabeza pasan muy rápidas las imágenes de cuando juraste el cargo: el orgullo de tu padre, reflejado en unos ojos vidriosos que luchaban por no expresar su emoción; el beso empapado en lágrimas de tu madre; y, cómo no, el guiño de tu novia, compañera de toda la vida y ahora madre de tus hijos.

Desde bien pequeño fuiste una persona recta que, una vez alcanzada la cúspide de su carrera profesional, jamás ha renegado de sus orígenes humildes. A pesar de ser el número uno de tu promoción. A pesar de ser consciente de que ganar esa oposición era una suerte de ascenso social.

Con esfuerzo y sacrificio conseguiste una estabilidad económica y, por qué no decirlo, un prestigio. Pero, aparte de eso, siempre has pensado que ser un servidor público te garantizaba libertad de conciencia para actuar con objetividad y en la forma correcta. Sin peajes. Sin servidumbres. La Ley por encima de todo. Y por encima de todos.

Te has mantenido firme con tus ideales: a los hijos, por ejemplo, los tienes estudiando en un colegio público. Y cualquier susto o arrechuche lo has visto con el sistema nacional de salud. Educación y Sanidad de la que sentirse orgullosos y que -mejor que tú nadie lo sabe- sufragamos entre todos con nuestros impuestos. Esos que tú ayudas a recaudar.

Ajeno totalmente a vaivenes políticos, nunca te has querido significar como simpatizante de ningún partido. Más aún, ni siquiera te has asociado a ningún grupo profesional.

Y eso que cantos de sirena nunca han faltado. Siendo el número uno de tu promoción bien pudiste elegir la carrera judicial o la fiscal. Tu madre, que era muy práctica, te recomendaba que estudiaras para registrador. Pero una conversación con una persona a la que admirabas mucho te decantó por la Abogacía del Estado. Son las cosas que tienen los mentores. Y es lo que tiene respetar a quienes te han precedido y saben de todo mucho más que tú.

Ahora termina esa llamada y por tu cabeza pasa la imagen de tu padre, exultante, cuando supo que hasta dabas clases en la universidad.

-Fíjate, madre, el hijo de un agricultor casi analfabeto.

Y recuerdas cómo te abrazaba con esas manos callosas, cuarteadas por el sol y la tierra. Menos mal que tu padre ya no está vivo para leer mañana la prensa.

Cuando te han pasado la llamada pensabas que no querías que nada -ni nadie- te apartara del estudio de los autos mientras formulabas el escrito de acusación.

Cuelgas el teléfono y caes en la cuenta de que no recuerdas el día en que pasaste de ser Abogado del Estado a Abogado del Gobierno.

 

FIN DE MES

Final de mes y final de contrato, que hasta aquí hemos llegado, tengo que desalojar el piso corriendo, de nada han servido las súplicas a la casera, ya ves tú, qué cosas, después de tantos años de buenas palabricas, la muy… me quería subir la renta doscientos euros más, ¡doscientos euros para renovar! ni que fuera el Palacio de Versalles, a dónde voy yo ahora, con los niños, con los trastos, qué vergüenza, toda mi vida esturreada por la escalera, las vecinas mirando, lo noto, lo sé, salseando por la mirilla, ni un apoyo, ni un consuelo, maldita egoísta de mierda, así que se lo gaste todo en medicinas y encima no tengo a P., el muy cabrón, que se fue con esa furcia y me dijo un ahí te quedas, con los niños, que no te preocupes, que no te va a faltar de nada, que las cosas son así, que esto no iba a ningún sitio, jamás me dijo, jamás me explicó, el muy… y ahora me veo así, que a ningún sitio tengo a donde ir, que quien me mandaría venir a esta ciudad de mierda, de paletos y sacapanzas…

Que qué me pasa, que me quedo sin inquilina, que se me va, que qué faena nena, después de tantos años, que yo contaba con que nos fuéramos hoy juntas tú y yo, a la playa, que vaya día que hace, pero esto es así, lo que hay, que yo no soy ninguna onenegé, que qué se habrá creído, hasta la he tenido que bloquear en el guasá, menuda pesada, no se puede ser buena, hija, a la gente le das la mano y te cogen el codo, o hasta donde les permitas, y encima agotando hasta el último momento, que me ha faltado esto, pero esto, para llamar al abogado y pasarle los papeles, que ya estoy escarmentada, que si burofax, que si poderes, que si al juzgado, mira, de verdad, que se le quitan las ganas a una de volver a alquilar, tengo que darle una vuelta al piso, que no, que no puedo esperar a mañana, no sea que la muy guarra me deje un grifo abierto, o las ventanas, o la terraza de par en par, y se me meta algún gato callejero, o unos okupas, que eso es un hacer daño por hacer daño…

EL NUEVO ESPÍRITU OLÍMPICO

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piscina RIO 2016

Al poco tiempo de apagarse la llama y, con ella, todos y cada uno de los focos que el mundo había puesto sobre los Juegos de Río 2016, la piscina fue colonizada por los mosquitos.

Era algo que se veía venir. Durante la competición causó polémica el aspecto verdoso que presentaba. De hecho, fue el tema estrella en las tertulias deportivas y objeto de burla en las redes sociales. Pero esa mañana se produjo un acontecimiento que haría olvidar, al menos por una jornada, el asunto del agua.

-Señoras y señores, pasamos a la última serie de los 100 metros estilos libres. Junto al representante de la República Dominicana y el de Costa de Marfil, tenemos, por la calle 5, a Robel Kirós Habte, 24 años, estudiante universitario y representante de Etiopía. No se dejen engañar por su aspecto: es el campeón nacional de su país y, de hecho, ha sido elegido como abanderado por su delegación.

Ese soy yo. Robel “La Ballena” Kiros. Si, ya sé: todo el mundo piensa que estoy gordo. Algunos periodistas deportivos denuncian que me clasifiqué porque mi papá es presidente de la federación de natación. Bueno, yo a lo mío. A recordar lo que siempre me dice el entrenador: braza-braza, respirar; braza-braza respirar. Confianza. No en vano soy el recordman de mi país. Vamos.

Robel clasificó el 59 de 59 participantes. En Youtube todavía puede verse un resumen de su prueba. A pesar de haber llegado a la meta nada menos que 17 segundos después que el nadador que lideró esa serie, el público presente le ovacionó.

Pero el aplauso no fue unánime.  Hubo quien mostró enfado, acusando a los etíopes de actuar con absoluta falta de respeto a los Juegos. Otros, en cambio, defendieron que cada país llevaba a su mejor representante.

Al protagonista le resbalaron las críticas. Estoy feliz porque es mi primera participación en unas Olimpiadas -dijo a la agencia Reuters-. Así que le doy muchas gracias a Dios. Todo el mundo en Etiopía se despierta y corre. Nadie nada. Pero yo no quería correr, quería nadar. Y no me importa en qué lugar quede.

“Citius Altius Fortius”.

El tiempo y la mugre han borrado los rótulos, la publicidad y hasta el lema olímpico. Ni siquiera la poderosa brazada de Michael Phelps sería capaz de espantar a los nuevos usuarios de la piscina, a los que no les importa -todo lo contrario- nadar entre tanta pestilencia.

Nosotros no podemos saberlo pero los mosquitos se animan unos a otros con el ejemplo de Robel. Y han hecho suyo el mejor tuit que inspiró el etíope: “Para llamar la atención no seas diferente; sé excepcional”.

No van a poder echarlos nunca.

PRUEBA Y ERROR

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foto

Entre las llamadas “frase de azucarillo” resulta habitual encontrarse una cita atribuida a Charles Chaplin que dice así: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos; por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida… antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”.

Me quedo con la idea del no-ensayo, con eso de no disponer de una segunda oportunidad y de tener que hacer las cosas a la primera; y me acuerdo de una de mis primeras intervenciones profesionales.

Esta sucedió después de formalizar un trato en la notaría y antes de ir a “convidarnos”; a eso que también se conoce como “echar el alboroque”, muy de mi tierra.

Tanto la parte compradora -mi cliente- como la vendedora llegaron a un acuerdo relativo al local que no había necesidad de hacer constar en la escritura; un simple pacto privado que ahora ni recuerdo. El caso es que me cogieron en un aparte y me dijeron que preparara un anexo, que le diera forma, que para eso tenían al abogado al lado.

Total que, sin esperarlo ni prepararlo, me encontré sentado con los dos de pie -uno a cada lado- explicándome lo que querían reflejar; y, enfrente, una máquina de escribir, coronada con un folio en blanco. Por dentro -es comprensible- sudando la gota gorda, puesto que desde que terminé la carrera nunca me había visto en un aprieto así.

En aquella época no había tabletas, ni portátiles, y el PC lo tenía en mi despacho, a más de 100 kilómetros de donde estábamos; no tenía otra que operar “en vivo”, tecleando con cuatro dedos, dos por mano.

Ahora me río de los programas informáticos que permiten recuperar versiones antiguas y dar marcha atrás (el Word es un magnífico ejemplo); por no hablar de que trabajamos con bases de datos y formularios.

Con las fotos del Iphone pasa otro tanto: el teléfono te permite hacer todo tipo de perrerías con ellas y, cuando te cansas, tienes una tecla para recuperar el original.

La última ocurrencia, que yo sepa, ha sido la del “guasá”, que te permite enviar un mensaje y, si te arrepientes, borrarlo al instante. Diríase que es el fin de aquel aforismo de que “lo escrito, escrito queda”. Pues no, no queda; también se lo puede llevar el viento.

Pienso, no obstante, que hay un sinfín de tareas que, una vez ejecutadas, no tienen la tecla de “deshacer”: un juicio, una declaración en el juzgado… Y, por no centrarme en mi oficio, un despegue/aterrizaje, una intervención quirúrgica, cualquier prueba deportiva, una demolición o un examen de oposiciones.

No sé qué clase de personas estamos haciendo de nuestros nativos digitales (pienso en mi hijos, claro). Igual piensan que todo se puede borrar y rehacer. Que para qué prestar atención. Y no es así. La vida no suele dar segundas oportunidades y el que piense lo contrario, al menos en el terreno profesional, lo va a tener “chungo”.

Pero -en fin- no he contado cómo terminó mi historia con la Olivetti: pensando y escribiendo a la vez, conseguí mecanografiar un texto sin tachas y a la primera, que ambos firmaron gustosamente y cuya custodia me confiaron.

Tuve que hacerlo razonadamente bien, porque ese mismo día el vendedor de la finca, que no era mi cliente, decidió contratar mis servicios para otros asuntos. Examen superado en primera y única convocatoria.

Esta es la historia verdadera de lo que pasó (lo juro por la cobertura de mi móvil). Pero si me canso, siempre puedo editar este post y cambiar el final por otro distinto. ¿O no?

“SECUÉSTRAME EL LIBRO, POR FAVOR. SECUÉSTRAMELO…” (caso “FARIÑA”)

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Publica el Ministerio de Cultura que el sector editorial español registró durante 2017 un 7,3% más de títulos nuevos respecto al año anterior, lo que supone un total de 87.292 títulos (datos de la Agencia del ISBN facilitados por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE).

Un 31,3% de ese global (es decir, 27.394 títulos) correspondieron a ediciones digitales, lo que conlleva un incremento de tres puntos con respecto al ejercicio anterior, “a pesar de la ralentización en las cifras de facturación” de este subsector.

Si tuviéramos que acudir a las presentaciones de cada uno de esos libros, estaríamos citados a más de 87.000 eventos al año. Esas presentaciones -doy fe de ello- son un híbrido entre acto social e impulso de ventas, aunque los libreros reconocen que “la mayoría de ellas no son rentables”.

Se trata, por tanto, de un mercado más que maduro, en el que la competencia se acuchilla a cara de perro. Y ello a pesar de que durante 2017 parece que se incrementó levemente el número de lectores en España (hasta el 65,8 por ciento), si bien tan sólo un 59,7 por ciento lee por ocio en su tiempo libro, al margen del trabajo o estudios.

Una cifra que, según El Mundo, nos sitúa por debajo de los países europeos del entorno, cuyo porcentaje de no lectores se acerca al 30 por ciento.

Estando así las cosas, una juez de Collado Villalba (Madrid) ha acordado el secuestro cautelar del libro “Fariña”, obra en la que el periodista Nacho Carretero profundiza en la historia del narcotráfico gallego, medida que ha adoptado a petición del exalcalde de O Grove (Pontevedra), un tal José Alfredo Bea Gondar, quien demandó al citado Carretero y a la editorial “Libros del KO” por supuesta vulneración de su derecho al honor.

Gracias al “genio” que ha pedido el secuestro en un país en el que muy poca gente lee (por gusto) y en el que se publican más de 87.000 títulos al año, el resultado es el siguiente:

1.- Mientras se ejecuta la orden, las ventas del libro suben como la espuma.

2.- El libro se ha convertido este miércoles en el libro más vendido por Amazon en España.

3- La cadena A3 se apresuró a estrenar la serie para aprovechar el tirón.

y…

4.- Ahora toda España sabe la historia, puesto que para ello no hacía falta leerse el tocho: lo que ha ofendido es una simple nota a pie de página y un párrafo en un libro de 400 páginas.

He consultado y, por lo visto, no producía un secuestro judicial en España desde hace más de diez años: fue un ejemplar de la revista ‘El Jueves’ por un dibujo del entonces Príncipe de Asturias y doña Letizia.

Si nadie ha vuelto a pedir este tipo de medidas, será por algo.

No sé si es un delincuente, eso lo tendrá que decir la Justicia; pero muy espabilado no parece quien, en la era digital, pretende ponerle puertas al campo.

A ver cómo borras los libros electrónicos y las redes sociales, valiéndote -para ello- de una vetusta ley decimonónica y de un humilde Juzgado de Collado Villalba. Campeón.

 

 

UNA JUSTICIA DE DOS VELOCIDADES

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Mismo Partido Judicial y misma Gerencia de Justicia, dos casos tramitados en paralelo:

CASO 1.– Contestamos demanda de divorcio a finales de diciembre de 2017; en el momento de escribir estas líneas (febrero de 2018) todavía no está proveído el escrito de contestación.

La vista para las medidas provisionales se señaló -a la vez que se dictaba el decreto de admisión a trámite- para mediados de octubre de 2018. Mientras tanto, tic-tac, tic-tac, ambos cónyuges comparten el mismo techo… Podría hacer un chiste sobre zonas desmilitarizadas y cascos azules, pero, la verdad, como están las cosas con la violencia de género, bromas las justas. Es decir, ninguna. Maldita sea la gracia.

CASO 2.- Nos oponemos a una ejecución hipotecaria en septiembre 2017. En febrero 2018 ya se ha celebrado la vista y presumiblemente (lo digo por cómo se ha desarrollado la vista), en una semana tendremos el auto que la resuelve.

CONCLUSIÓN:

La Administración de Justicia y, más concretamente, sus “mandamales”, ofrecen una respuesta más rápida a los requerimientos de la banca que a los de los ciudadanos a cuyo servicio se deben (y digo bien, digo “deben”, que para eso se presentan a las elecciones, ¿no?); echemos cuentas:

En el asunto de divorcio, DIEZ meses para que se celebre la vista de medidas PROVISIONALES (luego nos quedará el juicio y échale otro tanto). En el juzgado que ejecuta la hipoteca, asunto zanjado en SEIS meses.

Parece que se estima más prioritario que un banco cobre su deuda y desahucie una vivienda antes que poner paz en un conflicto familiar. Al menos eso cabe deducir por el “interés” (léase, medios) que le pone a cada asunto.

Ah, una cosa más: si un banco ejecuta una hipoteca tiene varios juzgados de primera instancia a su disposición para que le lleven su caso. Pero si es el ciudadano quien reclama por el suelo o los gastos de su hipoteca, entonces no, a este le toca pasar por el embudo del juzgado especializado de cláusulas abusivas (uno para toda la provincia).

Me esfuerzo en explicarlo y hasta tiro de estadísticas e informes; pero mis clientes no entienden, por ejemplo, cómo una demanda que ni siquiera ha sido contestada por el banco, entidad a la que se ha declarado en rebeldía (“mira-como-tiemblo”, parece que le oigo decir), se va a juzgar y resolver, con suerte, en enero de 2019. Porque, hasta esa fecha y no antes, por lo visto no hay ni un hueco.

Lo dicho.

Justicia de dos velocidades: una, la de la marcha lenta; y la otra, la que avanza al ritmo del Perito Moreno.