AMANECE EN MERCURIO

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El planeta Mercurio es el más cercano al Sol.

Como viaja por el espacio a casi 50 km por segundo -más rápido que cualquier otro planeta del Sistema Solar- realiza un giro completo cada 88 días terrestres. Eso significa que en un año terrestre tenemos algo más de cuatro años “mercurianos”.

No es el único dato curioso: debido a su lenta rotación un nuevo día solar equivale aquí a 175,97 días en La Tierra. Si cada día terrestre tiene 24 horas, un día “mercuriano”… espera, espera, ¿qué harías si cada día durara 4.223,28 horas?

Muchas cosas, ¿verdad?

Daría tiempo a hacer de casi todo, ¿no?

Lástima que en La Tierra cada día sólo tenga 24 horas.

O te administras mejor el tiempo o, bien, te vas a vivir a Mercurio; hace un poco de calor, pero todo es acostumbrarse.

¿Sabes un secreto?

Algunas veces hasta puedes disfrutar de dos amaneceres: el Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente -casi exactamente por donde salió- y luego vuelve a salir, para continuar su recorrido por el cielo.

Esto solo ocurre en algunos puntos de la superficie: por el mismo procedimiento, en el resto del planeta se observa que el Sol -aparentemente- se detiene en el cielo y realiza un movimiento de giro.

Amanece en Mercurio…

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PRUEBA Y ERROR

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Entre las llamadas “frase de azucarillo” resulta habitual encontrarse una cita atribuida a Charles Chaplin que dice así: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos; por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida… antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”.

Me quedo con la idea del no-ensayo, con eso de no disponer de una segunda oportunidad y de tener que hacer las cosas a la primera; y me acuerdo de una de mis primeras intervenciones profesionales.

Esta sucedió después de formalizar un trato en la notaría y antes de ir a “convidarnos”; a eso que también se conoce como “echar el alboroque”, muy de mi tierra.

Tanto la parte compradora -mi cliente- como la vendedora llegaron a un acuerdo relativo al local que no había necesidad de hacer constar en la escritura; un simple pacto privado que ahora ni recuerdo. El caso es que me cogieron en un aparte y me dijeron que preparara un anexo, que le diera forma, que para eso tenían al abogado al lado.

Total que, sin esperarlo ni prepararlo, me encontré sentado con los dos de pie -uno a cada lado- explicándome lo que querían reflejar; y, enfrente, una máquina de escribir, coronada con un folio en blanco. Por dentro -es comprensible- sudando la gota gorda, puesto que desde que terminé la carrera nunca me había visto en un aprieto así.

En aquella época no había tabletas, ni portátiles, y el PC lo tenía en mi despacho, a más de 100 kilómetros de donde estábamos; no tenía otra que operar “en vivo”, tecleando con cuatro dedos, dos por mano.

Ahora me río de los programas informáticos que permiten recuperar versiones antiguas y dar marcha atrás (el Word es un magnífico ejemplo); por no hablar de que trabajamos con bases de datos y formularios.

Con las fotos del Iphone pasa otro tanto: el teléfono te permite hacer todo tipo de perrerías con ellas y, cuando te cansas, tienes una tecla para recuperar el original.

La última ocurrencia, que yo sepa, ha sido la del “guasá”, que te permite enviar un mensaje y, si te arrepientes, borrarlo al instante. Diríase que es el fin de aquel aforismo de que “lo escrito, escrito queda”. Pues no, no queda; también se lo puede llevar el viento.

Pienso, no obstante, que hay un sinfín de tareas que, una vez ejecutadas, no tienen la tecla de “deshacer”: un juicio, una declaración en el juzgado… Y, por no centrarme en mi oficio, un despegue/aterrizaje, una intervención quirúrgica, cualquier prueba deportiva, una demolición o un examen de oposiciones.

No sé qué clase de personas estamos haciendo de nuestros nativos digitales (pienso en mi hijos, claro). Igual piensan que todo se puede borrar y rehacer. Que para qué prestar atención. Y no es así. La vida no suele dar segundas oportunidades y el que piense lo contrario, al menos en el terreno profesional, lo va a tener “chungo”.

Pero -en fin- no he contado cómo terminó mi historia con la Olivetti: pensando y escribiendo a la vez, conseguí mecanografiar un texto sin tachas y a la primera, que ambos firmaron gustosamente y cuya custodia me confiaron.

Tuve que hacerlo razonadamente bien, porque ese mismo día el vendedor de la finca, que no era mi cliente, decidió contratar mis servicios para otros asuntos. Examen superado en primera y única convocatoria.

Esta es la historia verdadera de lo que pasó (lo juro por la cobertura de mi móvil). Pero si me canso, siempre puedo editar este post y cambiar el final por otro distinto. ¿O no?

“SECUÉSTRAME EL LIBRO, POR FAVOR. SECUÉSTRAMELO…” (caso “FARIÑA”)

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Publica el Ministerio de Cultura que el sector editorial español registró durante 2017 un 7,3% más de títulos nuevos respecto al año anterior, lo que supone un total de 87.292 títulos (datos de la Agencia del ISBN facilitados por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE).

Un 31,3% de ese global (es decir, 27.394 títulos) correspondieron a ediciones digitales, lo que conlleva un incremento de tres puntos con respecto al ejercicio anterior, “a pesar de la ralentización en las cifras de facturación” de este subsector.

Si tuviéramos que acudir a las presentaciones de cada uno de esos libros, estaríamos citados a más de 87.000 eventos al año. Esas presentaciones -doy fe de ello- son un híbrido entre acto social e impulso de ventas, aunque los libreros reconocen que “la mayoría de ellas no son rentables”.

Se trata, por tanto, de un mercado más que maduro, en el que la competencia se acuchilla a cara de perro. Y ello a pesar de que durante 2017 parece que se incrementó levemente el número de lectores en España (hasta el 65,8 por ciento), si bien tan sólo un 59,7 por ciento lee por ocio en su tiempo libro, al margen del trabajo o estudios.

Una cifra que, según El Mundo, nos sitúa por debajo de los países europeos del entorno, cuyo porcentaje de no lectores se acerca al 30 por ciento.

Estando así las cosas, una juez de Collado Villalba (Madrid) ha acordado el secuestro cautelar del libro “Fariña”, obra en la que el periodista Nacho Carretero profundiza en la historia del narcotráfico gallego, medida que ha adoptado a petición del exalcalde de O Grove (Pontevedra), un tal José Alfredo Bea Gondar, quien demandó al citado Carretero y a la editorial “Libros del KO” por supuesta vulneración de su derecho al honor.

Gracias al “genio” que ha pedido el secuestro en un país en el que muy poca gente lee (por gusto) y en el que se publican más de 87.000 títulos al año, el resultado es el siguiente:

1.- Mientras se ejecuta la orden, las ventas del libro suben como la espuma.

2.- El libro se ha convertido este miércoles en el libro más vendido por Amazon en España.

3- La cadena A3 se apresuró a estrenar la serie para aprovechar el tirón.

y…

4.- Ahora toda España sabe la historia, puesto que para ello no hacía falta leerse el tocho: lo que ha ofendido es una simple nota a pie de página y un párrafo en un libro de 400 páginas.

He consultado y, por lo visto, no producía un secuestro judicial en España desde hace más de diez años: fue un ejemplar de la revista ‘El Jueves’ por un dibujo del entonces Príncipe de Asturias y doña Letizia.

Si nadie ha vuelto a pedir este tipo de medidas, será por algo.

No sé si es un delincuente, eso lo tendrá que decir la Justicia; pero muy espabilado no parece quien, en la era digital, pretende ponerle puertas al campo.

A ver cómo borras los libros electrónicos y las redes sociales, valiéndote -para ello- de una vetusta ley decimonónica y de un humilde Juzgado de Collado Villalba. Campeón.

 

 

UNA JUSTICIA DE DOS VELOCIDADES

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Mismo Partido Judicial y misma Gerencia de Justicia, dos casos tramitados en paralelo:

CASO 1.– Contestamos demanda de divorcio a finales de diciembre de 2017; en el momento de escribir estas líneas (febrero de 2018) todavía no está proveído el escrito de contestación.

La vista para las medidas provisionales se señaló -a la vez que se dictaba el decreto de admisión a trámite- para mediados de octubre de 2018. Mientras tanto, tic-tac, tic-tac, ambos cónyuges comparten el mismo techo… Podría hacer un chiste sobre zonas desmilitarizadas y cascos azules, pero, la verdad, como están las cosas con la violencia de género, bromas las justas. Es decir, ninguna. Maldita sea la gracia.

CASO 2.- Nos oponemos a una ejecución hipotecaria en septiembre 2017. En febrero 2018 ya se ha celebrado la vista y presumiblemente (lo digo por cómo se ha desarrollado la vista), en una semana tendremos el auto que la resuelve.

CONCLUSIÓN:

La Administración de Justicia y, más concretamente, sus “mandamales”, ofrecen una respuesta más rápida a los requerimientos de la banca que a los de los ciudadanos a cuyo servicio se deben (y digo bien, digo “deben”, que para eso se presentan a las elecciones, ¿no?); echemos cuentas:

En el asunto de divorcio, DIEZ meses para que se celebre la vista de medidas PROVISIONALES (luego nos quedará el juicio y échale otro tanto). En el juzgado que ejecuta la hipoteca, asunto zanjado en SEIS meses.

Parece que se estima más prioritario que un banco cobre su deuda y desahucie una vivienda antes que poner paz en un conflicto familiar. Al menos eso cabe deducir por el “interés” (léase, medios) que le pone a cada asunto.

Ah, una cosa más: si un banco ejecuta una hipoteca tiene varios juzgados de primera instancia a su disposición para que le lleven su caso. Pero si es el ciudadano quien reclama por el suelo o los gastos de su hipoteca, entonces no, a este le toca pasar por el embudo del juzgado especializado de cláusulas abusivas (uno para toda la provincia).

Me esfuerzo en explicarlo y hasta tiro de estadísticas e informes; pero mis clientes no entienden, por ejemplo, cómo una demanda que ni siquiera ha sido contestada por el banco, entidad a la que se ha declarado en rebeldía (“mira-como-tiemblo”, parece que le oigo decir), se va a juzgar y resolver, con suerte, en enero de 2019. Porque, hasta esa fecha y no antes, por lo visto no hay ni un hueco.

Lo dicho.

Justicia de dos velocidades: una, la de la marcha lenta; y la otra, la que avanza al ritmo del Perito Moreno.

 

 

ESTO ES ESPARTA

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Y esto es la vida, hijo.

Sí, este finde estaba pasando canales de forma distraída mientras mi hijo -que ya no ve la tele ni por equivocación- levantó la cabeza de su ordenador y me miró de forma cómplice. Pasaban, una vez más, “300” y estábamos ante la famosa escena.

Nos quedamos paralizados, atentos, conteniendo el aliento. Esa es la magia del cine.

Con una coreografía que nunca habíamos ensayado, asentimos, mostrando nuestra conformidad a la vez que la mujer de Leónidas, y ello justo un instante antes de que éste pateara y gritara lo de “ESTO ES ESPARTAAA”.

Pero la complicidad no quedaba ahí, puesto que descubrí que mi hijo se hacía la misma pregunta que yo:

-Papi, a dónde conduce ese abismo, dónde acaban los que caen por él…

La verdad es que me había hecho siempre la misma pregunta, pero no hay respuesta. Nadie lo sabe con certeza… a menos que se caiga en él.

La mención a “tierra y agua” evoca un pozo. En realidad, es un recurso cinematográfico porque solo al que asó la manteca se le ocurre poner un agujero tan peligroso en medio de un palacio real.

Aun así, la pregunta tiene su miga.

Salta al abismo quien comete el sacrilegio (“blasfemia”, dice) de asesinar a unos diplomáticos, por muy agresivas y ofensivas que fueran sus propuestas.

Se enfrenta al abismo quien en su vida sabe que cruza una línea roja, que toma una decisión a sabiendas de que no hay marcha atrás.

Antes de que a la señora Oprah WINFREY la elogiaran por su discurso contra el acoso sexual, ya me había hecho anotar una frase que se le atribuye y que habla del coraje:

Haz eso que piensas que no puedas hacer. Falla en ello. Inténtalo de nuevo. Las únicas personas que nunca caen al vacío son aquellas que nunca se suben a la cuerda floja

Y es que los necios actúan sin considerar las consecuencias; los cobardes, por miedo a ellas. Solo los valientes actúan a pesar de las consecuencias.

Esto es Esparta, hijo.

 

31 de Agosto

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Los 31 de agosto de mi infancia solían oler a viento de Levante; viento húmedo que se colaba silbando a través de las rendijas de las ventanas de nuestro apartamento playero y que acompañaba su lamento con un rítmico baqueteo de persianas.

La verdad es que ese día te despertabas en un escenario un poco tétrico, al menos por contraposición a la luminosidad habitual del Mediterráneo.

En esa época, la Torre de la Horadada tenía tan solo una única calle asfaltada que pasaba por la plaza principal del pueblo que, a pesar de llamarse “Del Generalísimo”, todo el mundo conocía como “La Plaza”. Sin más.

Daba igual que hubiera nubes o brillara el Sol: los tres “días de Levante” no te los quitaba nadie.

Ese día no había baño y apenas se podía montar en bici o jugar al fútbol; aunque aguantaras el tipo frente al viento, las calles se convertían en auténticos barrizales. Y tampoco había mucho más que hacer.

No obstante, todavía hoy (en el año 2017) hay quien se acuerda, como me pasa a mí, que el final del veraneo lo marcaba San Ramón y se “concelebraba” degustando, entre otras cosas, unas migas.

A su manera y casi sin quererlo, mis padres demostraban que el final del “veraneo” no tenía por qué ser un día triste.

Pasados los años leo eso que llaman “síndrome de estrés postvacacional” que, al menos esa es mi sensación, es un refrito que se tiene preparado de antemano para rellenar publicaciones y que se repite, temporada tras temporada, como un mantra; lo mismo que se hace con las épocas de rebajas o las navidades. O el aniversario de la muerte de “Lady Di”.

Y, siguiendo esa moda de etiquetarlo todo, ahora se le llama “gota fría” a ese fenómeno meteorológico al que me estoy refiriendo, frente al que nadie mostraba ningún tipo de sorpresa. Era algo connatural al final de agosto.

Hay quien lamenta volver a la rutina sin pararse a pensar en la suerte que tiene.

Hoy 31 y con el cambio de fecha, finalizan muchos contratos de trabajo concertados con sustitutos, eventuales y/o temporeros.

Mi pensamiento está con todos aquellos que durante este mes de agosto me han acompañado en la faena; esos que han puesto un café, distribuido la prensa o repartido el correo… y que hoy lo hacen despidiéndose de un servidor diciendo eso de “por última vez”.

No; espero que no sea la última y que encontréis pronto faena, compañeros.

“EL SOL PUEDE SER SUYO”

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Quienes me conocen saben cómo me gano la vida.

Ni mi actividad profesional ni mi formación académica tenían nada que ver con esta industria. Por eso me fié de lo que decía el B.O.E. (“nunca más”) y me tiré de cabeza a la piscina. Ahora me parece increíble, sí, pero en aquel momento no podía sospechar nada.

Lo de la fotovoltaica fue, como cuentan en la prensa y por resumir aquí, una supuesta inversión en futuro: futuro para mi país, que carece de combustibles fósiles pero tiene Sol a manta… y futuro para mi familia, en la idea (ingenua como se ha visto después) de procurarnos unos ingresos con el horizonte de la jubilación.

Tan bien lo pintaron todo que hubo una auténtica fiebre para montar campos solares.

Nueve años después me encuentro con que no solo no tengo ningún retorno de esa inversión sino que, por contra, mes a mes tengo que detraer de mis ingresos personales dinero para pagar el préstamo. Por supuesto, llevo la cuenta de todo lo que llevo pagado en este tiempo… y lo que te rondaré, morena.

Hay quienes cuentan los días que le quedan para estar en prisión. Yo, los meses, años, que restan para librarme de estas cadenas. No me sirve de consuelo conocer a otras personas que están en la misma situación.

Se hace muy cansado ya explicar a los profanos cómo te sientes cuando te cambian las reglas del juego a mitad de partido. Pero es así. Y no veas la cara de tonto que se te queda.

Antes me dolía la incomprensión de terceros que, ajenos a esta monumental estafa, te decían que eso no se sostenía, que era algo inverosímil, que cómo se nos ocurrió meternos en algo que dependía de las primas para salir adelante… Puedes vivir soltero, puedes estar divorciado y aun así siempre te salen “cuñados” sabihondos por todas partes. Qué le vamos a hacer. Ahora ni siento ni padezco.

Dice el refrán, con toda la razón, que lo que no te mata te hace más fuerte. He aprendido mucho: de puertas giratorias, del jeroglífico en que se ha convertido el recibo de la luz, y hasta de permutas de tipos de interés, por supuesto, pero también de que hay dos tipos de personas: los que hemos nacido para trabajar y los parásitos, esos que vinieron al mundo solo para veranear.

Y que para seguir veraneando en el cortijo no tienen empacho en envenenar a la opinión pública y mentir descaradamente, afirmando, para mayor recochineo, que si el recibo de la luz sube es por culpa de las energías renovables. Dímelo a la cara, si te atreves.

Nueve años después uno siente una natural desconfianza frente a todo lo que tenga tufo a “gubernamental” o “institucional”.

“Con la garantía del Estado”. Venga ya… Que no cuenten conmigo.

No me queda más remedio que confiar en la Justicia, que necesariamente tendrá que venir de fuera de este mi propio país, cuyos gobernantes me hacen sentir, conforme voy pagando por las dichosas placas, más lejano y extraño, si cabe. Lejano, sí, como también lo estarán viendo los responsables de este desaguisado allá donde estén, disfrutando de su rapiña bajo la salvaguarda de algún paraíso fiscal.

CARA DE ANCHOA… A LA ROMANA

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Bofetada-Batman-por-lovelyobnoxious

La montaña por fin parió su ratón o, lo que es lo mismo decir, la Justicia dictó sentencia.

Me refiero al caso del repartidor que pegó al “youtuber” que le llamó “cara de anchoa”. Ya podemos dormir todos tranquilos.

Los profanos en Derecho se sorprenden con el hecho de que, al final, la multa se quede en 30 euros. Los que llevamos unos cuantos años en esto, en cambio, no.

Recuerdo el primer caso que tuve ante un juzgado del orden jurisdiccional penal; era algo similar: pelea, algún “soplamocos”, insultos varios y, al final, condena a una multilla de cinco mil pesetas. Sentencia dictada in voce por un juez de instrucción en un juicio de faltas; por mi parte, estreno como abogado defensor en ese tipo de pleitos.

Al salir, mi cliente, lejos de estar escocido por el resultado, me dijo textualmente que iba a juntar las diez mil pesetas y yo le dije que no, que no había entendido bien, que eran cinco mil.

Y entonces me replicó que el que no se enteraba era yo, que si al final era que la cosa se quedaba en cinco mil, que pagaba ya mismo diez mil pesetas, cinco mil por la que le había dado y otras cinco mil por la que le iba a dar en cuanto se lo encontrara otra vez. Y me razonó:

Así nos ahorramos juicios y papeleos.

Han desaparecido los juicios de faltas (sustituidas por delitos leves) y hasta las pesetas (ahora son euros). Pero el razonamiento es viejo, muy viejo, verán ustedes.

Cuenta AULEIO GELIO, que cita, a su vez a FAVORINO (filósofo griego), la siguiente historia que, por lo visto, motivó un cambio en las primitivas leyes de Roma:

“Lucio Veracio era un hombre desalmado y de una brutalidad inmensa. Para divertirse tenía por costumbre golpear el rostro de los hombres libres con la palma de la mano. Solía llevar tras él un esclavo con una bolsa llena de ases [moneda de poco valor] y, cuando abofeteaba a alguien, ordenaba que dieran inmediatamente al injuriado veinticinco ases, como disponían las Doce Tablas. Por eso los pretores decidieron luego que esta norma debía ser abandonada e invalidada, y anunciaron por medio de un edicto que nombrarían unos asesores que tasaran el valor de las injurias”.

Desde tiempos inmemoriales el personal tenía muy claro que hay una justicia para los ricos y otra para el resto de mortales. La cuestión, entonces como ahora, era la de determinar ese precio y si podías pagarlo.

Y a Lucio Veracio, que por lo visto unía en su persona los defectos de “Cara de Anchoa” y los del malhadado “youtuber”, le cuadraron las cuentas: conocía el precio y, además, era un hombre de “posibles”.

En aquel tiempo no había internet ni cámaras ocultas pero, al menos, alguien con sentido común le tomó la matrícula y los pretores pudieron pararle los pies.

Será por eso, entre otros millones de motivos, por lo que los juristas de hoy se siguen formando con el Derecho Romano.

Por cierto, ahora que lo pienso; voy a ver cuánta pecunia numerata llevo en la cartera y darme un paseo por ahí…

 

LOS NAZIS (ALEMANES) TENÍAN UN PROBLEMA DE MARKETING

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De mi profesor de Derecho Romano aprendí, antes que sobre acciones edilicias, el Digesto o lo que era el “senadoconsulto macedoniano”, lo que significaba el término “misógino”.

Al hilo de sus clases magistrales (se llaman así, ¿no?) hablaba de las putas distinguiendo, por un lado, las que eran profesionales de todas las demás.

Es decir, que las primeras eran las comerciaban con su cuerpo por la “pecunia numerata” o, como gustaba de decir, por engordar la víscera más sensible del ser humano: la cartera.

Y luego estaba el resto de putas. Todas las demás.

Viene a cuento acordarse de eso en estos días convulsos en los que allende los mares el Sr. Trump dice que el muro con México lo van a pagar los mexicanos.

Y cuando se habla de muros es inevitable acordarse, por ejemplo, de las imágenes de “El Pianista”, de Roman Polanski, recreando lo que fue el gueto de Varsovia. O todavía más palpable (en sentido literal, porque ahí sigue para verlo y hasta tocarlo), del muro de Podgorze, Crakovia (Polonia), donde la parte alta se coronó con unas formas que imitaban las lápidas de los cementerio judíos (la forma era el mensaje: “de aquí no vais a salir vivos”).

Este fin de semana leo otro artículo en el que se analizan las consecuencias que para el sistema británico de salud tendrá el Brexit; no puedo evitar erizarme cuando uno de los posibles afectados trata de tranquilizarse y manifiesta al periodista que “no creo que nos deporten, nos necesitan”. ¿Recuerdan esa frase? ¿No era al que decía uno de los judíos en “La Lista de Schindler”?

Y faltaba, para rematar, lo de ETB de este fin de semana, hablando de los españoles en términos despectivos: solo les faltaba tacharnos de “bacilo disolvente de la sociedad”, entre otras lindezas.

El eterno “ellos y nosotros”.

Líbreme Dios de hacer ningún tipo de apología de los nazis (alemanes). Solo apunto que es evidente que tuvieron un problema de marketing. A lo mejor no les ayudaban esos uniformes diseñados por Hugo Boss, que los hacía tan visibles.

Mi conclusión es que siempre ha habido y siempre habrá nazis: primero claro, estaban los alemanes, los que perdieron la guerra (incluida la del “marketing de las ideas”); y luego, todos los que han venido después, sus actuales herederos intelectuales.

Todos los demás.

EL CARRO DELANTE DE LOS BUEYES

Desde el pasado 2 de octubre de 2016, fecha en que entró en vigor la nueva Ley del Procedimiento Administrativo Común, para los abogados, procuradores, economistas, notarios y demás profesiones cuyo ejercicio requiere colegiación resulta obligatorio relacionarse con las Administraciones Públicas a través de medios electrónicos, requisito que se exige para cualquier trámite administrativo, y que extiende, en el caso concreto de los letrados, la carga que ya teníamos desde la implantación de Lexnet.

Todo sea por el tan cacareado “papel cero” que, dicho sea de paso, no se cumple con la Administración de Justicia, porque, entérense los legos en Derecho, cada que presentamos un escrito iniciador de un proceso tenemos que hacerlo por Lexnet, escaneando los archivos y, además, en papel. Como lo leen.

El caso es que, ingenuo de mi, la semana pasada decidí probar el sistema en la pagina web de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, simplemente para presentar una sencilla instancia. Y en mala hora.

Digo en mala hora porque ese es -más o menos- el tiempo que tardé en darme por vencido, puesto que lo que yo quería presentar no estaba dentro de la pestaña donde figuran codificados los distintos procedimientos administrativos.

Probé ayuda y… ¿adivinan qué me decía el sistema? Si, eso, que entrara (como si pudiera) y solicitara soporte, es decir, que para ayudarme tenía que saltar esa primera barrera que no podía franquear.

Total, que después de varios intentos opté por desplazarme a la ventanilla de toda la vida, tratar con la funcionaria de toda la vida que me estampilló el sello… como toda la vida.

Esta mañana leo en La Opinión de Murcia que el Consejo de Gobierno aprobará la próxima semana la convocatoria de un concurso para conseguir la tecnología que sustentará la Administración electrónica por importe de 7,5 millones.

Acabáramos, resulta que primero pusieron la obligación y luego los medios. Y yo sin enterarme.

Lo dicho: el carro delante de los bueyes.

 

EXTRAESCOLARES

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Leo artículo de Pérez Reverte en el Semanal y recuerdo que, cursando estudios de E.G.B., D. Isidoro, mi maestro, encargó un trabajo sobre la División Azul, trabajo para el que un servidor (no había Wikipedia) se acercó al Diario La Verdad con la esperanza de documentarse, así, sin anestesia, sobre el tema.

Por aquel entonces la sede -rotativa incluida- estaba al lado de casa. Ahora hay un gimnasio de esos que llaman low cost.

El caso es que, a falta de mejor orientación, me puse a leer periódicos de aquellas fechas. Eran periódicos tamaño sábana, amarillentos, que tocaba con una mezcla de veneración y miedo, pues parecía que se iban a deshacer entre mis dedos.

En los tiempos que corren al pobre D. Isidoro lo habrían mandado fusilar los que se oponen a las extraescolares pero yo, en cambio, solo le puedo dar las gracias desde aquí.

Si no hubiera sido por D. Isidoro, que prendió la mecha de mi curiosidad, jamás hubiera descubierto que tenía otra fuente todavía más cerca: años después descubrí en las estanterías de mi casa un libro, “División 250”, escrito por un superviviente de la División Azul, Tomás Salvador. Y me familiaricé con las batallas de Krasny Bor, la del Lago Ilmen, la historia de Agustín Muñoz Grandes y su Cruz de Hierro, con la Legión Azul… Con mi padre he tenido ocasiones para charlar sobre el tema, sin lastres ideológicos y con una mirada desapasionada.

En esas estanterías, además de “División 250”, reposaban “Treblinka”, varios libros de León Uris… y muchos más; era tocar sus tapas e intuir que algo terrible había ocurrido antes de que uno naciera.

Gracias a mis maestros aprendí que la Historia no es cuestión de buenos y malos, o de rojos y azules; que entre el blanco y el negro siempre hay una infinita gama de grises.

Y de mi cosecha queda que, si la Historia se aprende revisando solo lo que cada día se publica en los periódicos, no es de extrañar que a largo plazo triunfe la llamada “posverdad”, puesto que ya lo dicen los plumillas: “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”.

No guardo copia de ese primer “gran” trabajo escolar.

Solo me queda su recuerdo que, como el del primer beso en la escuela, nunca se olvida.