AMANECE EN MERCURIO

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El planeta Mercurio es el más cercano al Sol.

Como viaja por el espacio a casi 50 km por segundo -más rápido que cualquier otro planeta del Sistema Solar- realiza un giro completo cada 88 días terrestres. Eso significa que en un año terrestre tenemos algo más de cuatro años “mercurianos”.

No es el único dato curioso: debido a su lenta rotación un nuevo día solar equivale aquí a 175,97 días en La Tierra. Si cada día terrestre tiene 24 horas, un día “mercuriano”… espera, espera, ¿qué harías si cada día durara 4.223,28 horas?

Muchas cosas, ¿verdad?

Daría tiempo a hacer de casi todo, ¿no?

Lástima que en La Tierra cada día sólo tenga 24 horas.

O te administras mejor el tiempo o, bien, te vas a vivir a Mercurio; hace un poco de calor, pero todo es acostumbrarse.

¿Sabes un secreto?

Algunas veces hasta puedes disfrutar de dos amaneceres: el Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente -casi exactamente por donde salió- y luego vuelve a salir, para continuar su recorrido por el cielo.

Esto solo ocurre en algunos puntos de la superficie: por el mismo procedimiento, en el resto del planeta se observa que el Sol -aparentemente- se detiene en el cielo y realiza un movimiento de giro.

Amanece en Mercurio…

Partículas elementales

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Aunque no se aprecia muy bien en la fotografía, hoy estreno el nuevo “estilismo judiciario”. Veo que la mascarita combina bien con la toga negra, con la camisa de puños y cuellos blancos que me he puesto esta mañana y, por supuesto, con la inefable corbata de topillos.

Bromas aparte, después de pasar el tiempo suspendido, toca dejar por aquí algunas pinceladas sobre el primer día de regreso a estrados (realmente hoy ha sido el “gran día”, porque el juicio del viernes pasado se suspendió).

A diferencia de lo que me comenta un compañero en la puerta de la sala de vistas, no estoy -para nada- nervioso sino, más bien, deseando saltar al ruedo, “torear” y volverme al despacho; que tengo mucha faena tipo “qué hay de lo mío” esperando.

Total, para qué actuar con aprensión; se corren más riesgos de tapeo que trabajando.

En la nueva normalidad judicial veo que, por separar, han separado hasta las salas de vistas; al menos las que hoy estaban operativas: solo abren dos, una a cada lado del pasillo. Las del centro -he contado unas tres- permanecen mudas.

Una vez dentro de la sala, el juez nos ha dispensado del uso de la máscara (bien por él, porque a ver cómo te haces entender con ese trasto delante). Eso sí, no veo que el lugar se desinfecte después de cada uso. Los micros, por otro lado, tienen un plástico de protección, de acuerdo, pero si no los cambias después de cada uso me da la sensación de que esa medida vale de muy poco.

Antes de llegar al Palacio de Justicia he aparcado donde solía hacerlo -antes del tiempo suspendido, se entiende- y observado el avance de las obras circundantes. Son tres meses sin pasar por la zona. Donde antes había cimentaciones, hoy encuentro estructuras terminadas, listas para ser enladrilladas. Va ser cierto lo de que el sector de la construcción ha seguido tirando del carro.

Está siendo un lunes inusual (y hablo en presente, mientras escribo, porque todavía no ha terminado: me quedan tres reuniones). Los pasillos del Palacio de Justicia están casi vacíos. Como vacíos se quedaron -también- los patios de los tres centros educativos que hay por la zona. Se me hace raro -sobre todo- no ver a los de educación especial. De alguna manera, los echo de menos.

Una vez terminada la vista, y como diría el ministro Trillo, me vuelvo a la base “con viento fuerte de Levante”, el que a mediodía ha puesto bien tiesas las banderas. Apresuro el paso, porque tiene pinta de que caerá un buen chaparrón.

Ayer leí un artículo acerca de lo que cuesta volver a socializar. Pues tiene razón y, si de mí depende, no solo se aplicaría al asunto de la caña y tapa.

Esta mañana, sin darme cuenta, me he visto en corrillo, comentando si el juez es simpático, que si viene de Cartagena, que si va rápido hoy, que si mi juicio a qué hora es…

Les he comentado a mis interlocutores que si no se acordaban de un juego de la infancia que consistía en correr por la pista polideportiva sin tocarse ni chocarse, buscando el desmarque, el hueco… Algo así como sucede con las partículas elementales.

Me dijeron que no.

Por lo visto, yo iba a un colegio muy raro; o resulta que mi profe de gimnasia era muy original.

Así que, como no se captaba la indirecta, me he salido al pasillo de al lado, con la excusa de tomarte un selfie (el de la foto), por aquello de guardar la distancia social de seguridad.

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CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y SIETE (y, por ahora, último)

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“Non bene pro toto libertas venditur auro”

(“La libertad no se vende bien por todo el oro”, lema de la antigua República de Ragusa, hoy Dubrovnik, CROACIA)

 

Y llegó el momento de la despedida, el día de decir adiós a esta cita periódica con el tiempo suspendido.

De decir “ciao”.

Una palabra italiana, pero también universal, que lo mismo sirve para decir “hola” que para decir “adiós”.

Tal y como imaginé en su momento, este periodo se me ha hecho corto, muy corto; sabía que no me iba “a dar tiempo” (qué ironía) a hacer todas las cosas con las que uno fantasea que podría hacer si el mundo se parara de golpe, aunque solo fuera por una semana (y en nuestro caso, hablamos de  ¡dos meses y medio! ).

No querría dar a entender que ha sido tiempo desaprovechado, todo lo contrario. Solo que la vida, incluso cuando está “suspendida”, nunca es como uno se la imagina. Para bien, la mayoría de las veces; para “menos bien”, en otras.

Cuando pasen unos años recordaremos, seguro, el día en que las calles y avenidas quedaron desiertas y nuestros hogares se convirtieron en una gigantesca cárcel colectiva. Y todo lo que siguió después. Los aplausos y los arcoiris en los balcones, los muertos sin entierro, las estadísiticas sin alma.

Afortunadamente podemos dejar atrás el confinamiento. Hemos sobrevivido, la mayoría, para contarlo. Sería indecente olvidar lo que ha pasado, los nombres y las familias de los que se quedaron en el camino.

“Adiós”, en cualquier caso, a este tiempo suspendido.

Y “Hola” también a otros retos, a otros proyectos, a otras ilusiones.

Ciao.

De mis lecturas he aprendido que “ciao” viene del dialecto véneto, donde se decía “s’ciao”, que viene de “s’ciavo” (en español, “esclavo”), para dirigirse a los señores con el significado de “soy su esclavo”, “servidor suyo”, o “a sus órdenes”.

Venecia como imagen de lo sucedido, la República Serenísima, el “Stado da Mar”, la que gracias al confinamiento recuperó el color en sus canales infinitos. La que en su orígenes, precisamente, se benefició del aislamiento que le procuraba ocultarse tras una zona pantanosa, infecciosa, por tanto. La república que, embarcada en la panza de sus galeras, también se trajo en su día la Peste Negra desde la lejana China.

Y, desde Venecia, navegando por el Adriático camino de Estambul -la Sublime Puerta-, econtramos la antigua República de Ragusa (hoy Dubrovnik), siempre porfiando para sobrevivir independiente entre ambos imperios y a otras calamidades, como un terremoto y, en tiempos recientes, al asedio y bombardeo durante la guerra que siguió a la descomposición de la antigua República de Yugoslavia.

Para muchos de mis contemporáneos Dubrovnik no deja de ser una escala más en un crucero por el Mediterráneo o, en el mejor de los casos, un pintoresco centro de localizaciones para la serie “Juego de Tronos”.

Para mi es mucho más que eso. Así que, pidiendo disculpas de antemano por extenderme hoy un poco más, me despido con una última anécdota.

En mi segunda visita a la antigua Ragusa, el paseo guiado empezó una vez atravesadas las imponentes murallas que delimitan la Ciudad Vieja, desde la Fuente de Onofrio, al inicio de la calle principal (la “Placa” o “Stradum”). El guía era un piratilla que me ganó enseguida porque, para ponernos en situación, lo primero que hizo fue enseñarnos la reproducción del primer contrato de seguro marítimo de la Historia, al tiempo que empezó a presumir del origen mercantil de su ciudad.

Le llamo piratilla porque su paseo incluyó una tienda de joyas de algún primo suyo y la pizzería de otro pariente al que, pobrecito, le habían machacado el local las granadas del ejército federal. Nos enseñaba las fotos del desastre para comparar el estado actual, lamentando que no se hubiera respetado en su día un casco urbano que es Patrimonio de la Humanidad. Y de paso, hacía publicidad para el almuerzo y las compras una vez terminado el servicio de guía.

En cualquier caso, de no lo que no me olvidé -ni olvidaré nunca- fue de la explicación del lema de Dubrovnik. En la Edad Media era una república mercantil que ganaba mucho dinero con el comercio, con la navegación, pero a la que cada cierto tiempo los turcos le exigían tributo. Estos eran unos espabilados, porque, en lugar de tomarla y arrasarla, preferían ordeñarle periódicamente su oro a cambio de respetar su independencia.

Así que los dirigentes locales recaudaban entre todos los ragusanos y pagaban el tributo. Porque “la libertad no se vende bien por todo el oro del mundo”, se consolaban.

“Non bene pro toto libertas venditur auro”

Es desde entonces que en mi estado de guasap llevo el lema de la antigua República de Ragusa grabado a fuego (si tuviera otra edad y, por qué no decirlo, otra forma de ver las cosas, quizá sería el único tatuaje que me haría en la piel).

Adiós tiempo suspendido, hola libertad.

“Anol shalom
Anol sheh lay konnud de ne um {shaddai}
Flavum
Nom de leesh
Ham de nam um das
La um de
Flavne…

Porque como se canta en el final de “Gladiator”, ahora somos libres.

Además de erizarte la piel, resulta que la letra no tiene traducción.

Así que esa canción puede ser interpretada por cada cual como mejor la sienta.

En eso consiste, en definitiva, ser libres.

 

CODA: No podía cerrar capítulo vital sin antes dar las gracias a todos los que han tenido la paciencia de leer estas “boludeces” mías, empezando por la mamma, a quien se le habría de rebautizar como “Doña Prime”, y a mi padre (mi otro maestro, mi otro sostén), así como a tí, que me has leído y me estás leyendo ahora haciendo bueno eso de que la tecnología acerca a las personas; porque “ni toda distancia es ausencia, ni todo silencio, olvido”.

Gracias por los “me gusta”, por los comentarios que me habéis hecho -en público y por privado-, por las correcciones a los textos -siempre acertadas, siempre pertientes-; y gracias sobre todo por las opiniones, que son lo que más vale, porque son patrimonio de cada cual y no siempre es fácil compartirlas.

Corren tiempos difíciles para las personas que se atreven a decir lo que piensan y lo que sienten.

Os deseo lo mejor en esta nueva etapa…

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CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y SEIS

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“-¿Sabes en qué se parece tu piscina a tu mujer?

-No

-En la cantidad de tiempo que le dedicas y lo poco que te metes en ella.”

(Viejo chiste que se contaba antes de la dictadura de lo políticamente correcto)

 

Que si era cosa del limón; que si era por la magia del paparajote; que si, más bien, era por la temperatura… El caso es que, en todo este tiempo, la Región de Murcia ha parecido ser la campeona de la lucha contra el bichito: fue la que más tardó en caer y de las que menos lo han padecido.

A diferencia de lo que dijo alguna lumbrera (que “eso pasaba porque no teníamos AVE”), lo que realmente sucedió es que el dichoso virus llegó a estas tierras, olió la pestucia marmenorense y… salió por patas hacia Madrid, siguiendo la misma ruta -pero a la inversa- que hicieron los que que bajaron infectados dos semanas después:

-Me marcho, no vaya a ser que pille algo -dicen que comentaba el bichito entre dientes.

Lo que pasa con el Mar Menor es algo parecido a lo de ciertas piscinas, pero a otra escala.

Que durante todo el invierno están verdes, tirando a asquerosillas.

Fuera de temporada, como no hace tiempo de bañarse, casi nadie se fija en ellas. Tampoco molestan los mosquitos -por el frío-. Así que todo el mundo hace como que no las ve: ni el dueño de la casa ni -por supuesto- los visitantes.

Los más pudientes -o escaldados- les ponen unas fundas.

Y así, como hacen los niños pequeños tapándose los ojos, todos aliviados; porque lo que no se ve, no existe.

Del Mar Menor, como digo que pasa con ciertas piscinas, solo se acuerdan para cuidarlo cuando se acerca el verano. Entonces sí, aparecen como por ensalmo brigadas de operarios y maquinaria variada que se publicita con ruedas de prensa grabadas a pie de obra, en la misma orilla… En ellas hasta nos hablan de que la solución puede ser la araña finlandesa. Como dicen por ahí, “la tontería es gratis y cada cual se sirve la que quiere”.

Ahora que veo a los operarios enfangados, pisando sobre una mugre negra y maloliente (“apta para el baño”, dicen), me acuerdo de la única vez en mi vida que he tenido la ocasión de cuidar de una piscina.

La piscina en cuestión, en lugar de gresite, estaba hecha con un “lainer” (creo que así lo llamaban), un plástico fuerte parecido al que se usa para hacer los embalses de riego, pero decorado con un dibujo que reproducía el diseño de unos manises.

Era por eso por lo que el fabricante recomendaba no echar cloro (para evitar la decoloración del dibujo), y en su lugar, que se utilizaran productos alternativos -más ecológicos decían ellos, más caros pensaba yo-, productos que, en el fondo, nunca mejor dicho, no servían de mucho.

Así que, después de tres baños, el agua se ponía turbia y a la semana empezaba a verdear.

Fueron los años en los que incorporé a mi vocabulario términos como “skimmer”, “floculante”, “reductor de ph”, “barredera”, “antialgas”… Y el chiste del principio de este escrito.

Al final comprendí que era una guerra perdida. Porque, después de investigar un poco más, descubrí que la depuradora que nos vendieron (“de mochila” la llamaban), estaba hecha a base de cartuchos con filtros de papel que eran para piscinas de interior.

Con las de exterior, en cambio, el polvo, el barro y otras sustancias obstruían esos filtros, inutilizándolos.

Cuando el agua era irrecuperable, no había más alternativa que vaciar la piscina, rascar paredes y fondo a base bien, desinfectar con lejía… y volver a llenar.

Así que lección aprendida: en lugar de dedicar tiempo y recursos para limpiarla, lo suyo era atacar sin rodeos la fuente del problema, cambiar el sistema de cloración y, sobre todo, de depuradora.

Pero, por lo visto, eso (me refiero a lo de ir al origen de la corrupción de las aguas), no se puede hacer con nuestra laguna.

Los políticos no le dedican tiempo ni, por supuesto, tienen el más mínimo interés por meterse en ella.

 

blog viernes 29 05 2020

CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y CINCO

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Escribo estas líneas “confinado” en mi despacho, después de una larga y agotadora jornada de trabajo que ha incluido un poco de todo; por no faltar, no ha faltado ni siquiera una videoconferencia.

¿Era esta la vida que teníamos antes? ¿La de salir a las tantas con la mesa repleta de “qué-hay-de-lo-mío”? Bueno, es lo que toca. Los plazos aparecen -amenazadores- en el horizonte.

He recibido -por otro lado- mi primer señalamiento de fecha para un juicio que se había tenido que suspender por la pandemia. Será, si no pasa nada, el próximo ocho de junio.

Buen síntoma: no lo han puesto a la cola. Alegría para mí y para mi cliente.

Entiende servidor, por otro lado, que va llegando el momento de ir poniendo fin a esta especie de “diario del coronavirus”, uno más de los miles que -imagino- se habrán estado escribiendo. Cada cual a su manera, cada cual a su estilo.

Eso no significa que no tenga cosas que decir, ni mucho menos. Solo que, como no estamos en Mercurio, el día terrestre “solo” tiene veinticuatro horas. Y hay que priorizar.

Además, como cuando se cae la primera hoja de otoño, el karma -o lo que sea- me ha mandado aviso.

Esta mañana cayó en mi terraza el dibujo de un niño. Lo trajo el viento. Cuando lo he visto lo he vuelto a dejar en la mesa para que el viento se lo llevara a otro sitio (no lo iba a tirar la basura). Para mi sorpresa, cuando he salido de la ducha, el viento me lo había metido en el salón.

El dibujo tiene al sol en una esquina, un arco iris, un pájaro y hasta una liebre (al menos eso parece, por el tamaño de las orejas). En el aire, flotando, figuran varios corazones multicolores.

Yo quería desprenderme de esta especie de “pájaro herido” pero, por lo visto, ha encontrado la casa acogedora y ha querido echar raíces. Será verdad eso de que dentro hay mucha paz. O le habrán gustado las macetas.

Después de pensar qué hacer con él (insisto, no se me ocurriría tirarlo a la basura), he decidido volver a colgarlo -a falta de otro sitio mejor- en el ascensor de la comunidad, junto al cartel de la empresa de limpìeza que dice que el próximo miércoles tenemos que sacar los vehículos del garaje.

Así que, si el aprendiz de Velázquez lo ve mañana cuando baje al parque, podrá rescatarlo.

Mientras tanto, espero que sirva de aviso a navegantes y recordatorio de lo que hemos pasado. Para que no se relaje tanto el personal.

 

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CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y CUATRO

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¿Y cómo es que se dice? ¿”LA” Covid19? ¿”EL” Covid19?

Parece que ningún “género” quiere cargar con el mochuelo.

El lenguaje, aquí, es “desinclusivo”.

Se dice “la” enfermedad y se dice “el” virus. Parece que está bien en ambos casos.

Me recuerda lo que pasó en su día con los huracanes. Que se iban bautizando con nombre de mujer (Casandra, Gilda…), por orden alfabético. Hasta que alguna fémina ofendidita protestó. Y ahora se les llama también con nombres masculinos, alternado en cremallera: Mitch, Katrina, Gilbert, Camille…

Seguro que cuando “los del aprobado general” lleguen a los puestos de mando harán otra reforma. Nada de llamar a la gota fría “LA Dana”. La Dana y “El Dano”. Todos iguales.

Como en las peluquerias unisex.

Esta tarde pedí cita para “sanear puntas”. Ya tocaba. Se te hace un poco raro ver cómo, por un lado, utilizan contigo las mismas herramientas que para el paisano que me ha precedido en el sillón del trono. Pero, luego, han desinfectado con el frus-frus y eso.

Las sillas de espera, además, separadas a distancia prudencial.

Tranquilo me dejan.

Y en la frutería del barrio, donde he comprado antes de volver a casa, otro tanto: guantes, señalización… Todo ordenado, conforme al reglamento.

Antes de todo eso, esta mañana la misma persona que antes de empezar “el baile” me avisó de la que se avecinaba, ahora me dice que ha bajado la virulencia, que está todo camino de enderezarse y que para el 1 de agosto el virus se queda residual. Que mire las estadísticas de la Región de Murcia.

Vamos, poco menos que el confinado va a ser el bichito.

Como soy un ignorante de esto, además con certificado y todo, no me he atrevido a preguntarle por qué estaba tan seguro. Me ha notado un silencio al otro lado del teléfono y me ha dicho que solo hay que mirar lo que pasó en otras épocas.

Bueno, de otras pestes hemos salido; la Humanidad, digo. Eso no se lo puedo discutir.

Pero lo cierto y verdad es que la crisis económica en la que ya estamos no nos la quita nadie.

Y de ese tipo de crisis, para mi desgracia, uno ya va sabiendo un poco.

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y TRES

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La Municipalidad de Iguazú publica hoy un vídeo en redes sociales en el que aparece la Garganta del Diablo con las cataratas rugiendo de nuevo. Parece que la sequía que las ha tenido en silencio unas cuantas semanas ha pasado y todos lo celebran.

Como en las terrazas de los bares.

Como en los jardines.

A lo mejor es cosa mía, pero me parece que no se está manteniendo la distancia social. Peor aún, que existe la falsa sensación de que esto ha pasado, que ha sido un mal sueño.

Enseguida vuelve la Liga de “jurbo”, nada menos que con derbi sevillano. Qué bien, que ya puede apostar y eso.

Y los políticos, otra vez a lo suyo.

Hasta el Tribunal Superior de Justicia de Murcia nos envía una circular en la que, sin esperar a que pase el estado de alarma, nos dice que a partir del cuatro de junio “inclusive” (sic) ya se tienen que atender citaciones y señalamientos.

¿Les ha entrado la prisa ahora?

He mirado mi agenda; tengo uno señalado para el día cinco, otro para el diez… Y tranquilo, que esto es como nadar o montar en bicicleta. Que no se olvida.

Hoy he firmado dos contratos con un año vista. Si eso no es ser optimista, que baje Dios y lo vea. Porque la vida sigue.

Pero entre tanta euforia, entre tanto día de “vino y rosas”, encuentro alguna noticia inquietante: un repunte en Lleida, otros que dicen que, a pesar de haberse curado del coronavirus, llevan setenta días sin poder dormir por que les falta la respiración…

Vaya. Es la “letra pequeña”, porque nadie ha caído en la cuenta de que esto deja secuelas.

A todos los que los Reyes les trajeron un perrito en Navidad, que no se emocionen mucho pensando en las vacaciones y no lo dejen abandonado en la cuneta este verano.

No vaya a ser que vuelva el confinamiento y luego lo echen de menos.

 

CODA: a lo mejor el texto de hoy me ha salido un poco “negro”. No me considero pesimista. Solo realista. Hoy se inicia luto oficial, por diez días. Desde aquí mi más sentido pésame a esas más de veinticinco mil familias que han perdido a un allegado y que, desde luego, no van a salir “mas fuertes” del confinamiento.

 

CORONAVIRUS, DIA SETENTA Y DOS

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“Ansiedad
De tenerte en mis brazos
Musitando palabras de amor
Ansiedad
De tener tus encantos
Y en la boca volverte a besar”

(Nat King Cole – “Ansiedad“)

 

Entre otras máximas estoicas y frente a los efectos de la ansiedad, hay una que nunca falla: “no son las cosas que nos pasan las que nos hacen sufrir, sino lo que nosotros nos decimos sobre esas cosas”.

Sucedió -así me lo contaron- a las puertas de un examen de matemáticas, en el edificio que fue de la antigua Escuela de Estudios Empresariales de Murcia.

El pasillo de la primera planta era una tremolina de pipiolos agarrados a sus apuntes como si fueran una tabla salvavidas. Alguno había -incluso- que estaba repasando tirado en el suelo. Otros, en cambio, hacían corro con risas nerviosas. Todos a una, en definitiva, esperando con cara de degollina a que el profesor diera la orden de pasar con el DNI en una mano y con la calculadora y un lápiz, en la otra.

Para alguna alumna también era la última oportunidad que le quedaba de aprobar -por lo menos- una asignatura. Porque lo de los “juernes” universitarios había hecho estragos (entonces aún no los llamaban así, pero se entiende el concepto) y, de las nueve asignaturas que tenía el primer curso, aún no se había presentado a ninguna.

-¿Y cómo vuelvo yo a mi casa este verano, después del esfuerzo que han hecho mis padres, sin ningún aprobado? -se lamentaba la moza hecha un mar de lágrimas.

Y en estas estaban cuando un “bordesico” le dijo a otro, con voz supuestamente queda pero con el suficiente tono para que lo oyera toda la concurrencia:

-Tío, me han soplado que va a caer el Teorema de Alonso Mourning.

-¿Seguro?

-Sí, tío, seguro.

-Menos mal que lo llevamos clavado.

Así que todos los que había alrededor se pusieron a mirar los apuntes como si no hubiera un mañana (y, en realidad, no lo había, porque el examen empezaba ya), sin darse cuenta de la cara de cachondeo que se les dibujó a ese par de bribones.

Y todavía más cachondeo hubo entre ambos conforme desfilaban los compañeros con la mirada perdida, puesto que ninguno había acertado a ver en qué parte del temario se explicaba lo del dichoso teorema.

Así que entraron más nerviosos -si cabe-, hechos unos flanes, con un ataque de ansiedad y sin llegar a saber que no existía ese teorema; porque el tal Alonzo Mourning, en realidad, era… un pívot de la NBA.

Solo cuando les pasaron las preguntas del examen respiraron aliviados:

-Qué suerte tía, que no ha caído el dichoso Teorema del Mourning ese.

-Listos, que sois unos listos…

Moraleja primera

Se le atribuye a Roosevelt, al que fue presidente de los Estados Unidos, la famosa frase de que “a lo único que hay que tenerle miedo es al miedo”. Recordemos que se enfrentó a una crisis económica pavorosa (la del 29) y luego a una Guerra Mundial.

Y está bien traída la cita para los tiempos que corren; aunque su origen está -una vez más- en un filósofo romano (Epícteto para más señas).

Segunda moraleja

La historia del pívot Alonzo Mourning, si no se merece un teorema, sí que tiene su punto y aparte. El tipo sufrió en el año 2002 una enfermedad renal que precisó de un trasplante de riñón. A mucha gente eso le habría supuesto retirarse de la elite deportiva. Pero no, pese a ello, Alonzo volvió a jugar al año siguiente y, cuatro años después, llegó a ganar el anillo de la NBA.

¿Ansiedad?

¿A que ya no se te va olvidar la historia del “Teorema de Alonzo Mourning“?

 

 

CORONAVIRUS, DÍA SETENTA Y UNO

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“¿Qué diferencia hay entre estar conectados y estar unidos y por qué no nos hemos sentido nunca tan solos en la historia del ser humano? ¿Es esta la época de la infinita conexión y de la perpetua interrupción?”

(Andrea Marcolongo – “La medida de los héroes”)

 

Ayer, por fin, cayó mi regalo de santo, un paquetito con unos cuantos “papiros” de esos que llegan vía Amazon y entre los que se encontraba “El Giro”, de Stephen Greenblatt (Premio Pulitzer 2012), al que ya tenía echado el ojo desde hace tiempo.

Aunque no se trata de una novela, el texto te atrapa desde el primer párrafo:

“En el invierno de 1417, Poggio Bracciolini cruzó a lomos de su caballo los boscosos montes y valles del sur de Alemania rumbo a su remoto destino, un monasterio del que se decía que ocultaba antiguos manuscritos tras sus muros”.

El ambiente y las descripciones recuerdan mucho a las de “El nombre de la rosa”. El protagonista es un italiano del S. XV que, antes de que se inventara la imprenta, hizo carrera por algo que ahora se considera absolutamente irrelevante, pero que en su momento era muy valorado: Poggio Bracciolini poseía una caligrafía excelente, lo que le permitió llegar a ser secretario del papa.

Su profesión, al menos antes de que cayera en desgracia el pontífice para que el que prestaba servicio, era la de scriptor, esto es, escribiente de documentos oficiales de la burocracia papal. Dicho de otra forma, era el encargado de poner por escrito las palabras del papa, registrar sus decisiones supremas y llevar su amplísima correspondencia internacional, siempre en un latín sumamente elegante.

En aquella época, el Vaticano era una fábrica de bulos, además de bulas. En “El Giro” se cuenta que en un determinado aposento de la curia -que Poggio llamaba el Bugiale (el “Mentidero” o la “Fábrica de Mentiras”)- los secretarios papales se reunían para contarse unos a otros anécdotas y chistes, “charlas mendaces, maliciosas, calumniosas y, a menudo, obscenas” -señala Greenblatt.

Poggio, que además de buena caligrafía también tenía una excelente memoria, no se olvidaba de nada y, luego, en su pupitre, recopilaba las conversaciones en latín, anotándolas en lo que él llamaba “Facecias”.

Todo esto esto sucedía seiscientos años antes de que se inventara “Cámera Café” y los rusos se dedicaran a infectar las redes sociales con “fakes news”.

Pero la historia principal de “El Giro” no es esa.

Los italianos de aquella época estaban obsesionados por la “caza de libros”, la búsqueda de obras perdidas de autores clásicos, entre las que se econtraba “De rerum natura”, un poema filosófico de Tito Lucrecio, escrito en el siglo primero antes de Cristo, que Poggio rescató del olvido, copiándolo y regresando con él a Italia, donde -señala Greenblatt- fue una de las fuentes del giro cultural que supuso el Renacimiento.

Quizá esta historia pueda parecer banal, un simple entretenimiento de fin de semana o alternativo a Netflix, pero en el poema de Lucrecio se contienen una serie de ideas que tenemos más que asumidas en el pensamiento moderno.

La primera idea tiene que ver con que todo el mundo aspira a ser, simplemente, “feliz”. ¿Acaso no nos deseamos entre nosotros “feliz cumpleaños”, “feliz fin de semana” o, antes de acostarnos, que tengamos “felices sueños”?

Cuenta Greenblatt que Thomas Jefferson, presidente que fue de los Estados Unidos, poseyó por lo menos cinco ediciones de “De rerum natura”, así como traducciones del poema al inglés, al italiano y al francés.

Así que no es de extrañar que en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos se diga que la obligación del gobierno no es solo la de asegurar las vidas y las libertades de sus ciudadanos; también tiene que ayudarles “a la búsqueda de la felicidad”.

La segunda idea tiene que ver con la teoría atomista, puesto que Lucrecio considera que el mundo está compuesto de partículas elementales de la materia que son “infinitas y eternas”, algo que chocaba con la doctrina oficial de la Iglesia (que habla de un mundo “creado” de la nada) y que podría explicar por qué se le consideró, en su momento, un libro “peligroso”.

Los humanos somos criaturas ciertamente curiosas. El texto de un poeta romano escrito en el siglo primero antes de Cristo, lo mismo le quitaba el sueño a los preservadores de la pureza de la fe, que se elevaba a rango constitucional en el acta fundacional de una república naciente allá, en Ultramar.

En el final de “Romeo y Julieta”, Shakespeare, de quien sostiene Greenblatt que pudo tomar contacto con Lucrecio leyéndolo directamente en latín, o a través de los “Ensayos” de Montaigne, puso en boca de Julieta estas palabras (refiriéndose a su amado, claro está):

“Recórtalo en pequeñas estrellas,

y la faz del cielo será por él tan embellecida

que el mundo entero se enamorará de la noche”.

Así que, gracias a Greenblatt pero, sobre todo a Lucrecio, ya sabemos por qué nos quedamos así, de “esa” manera, mirando un cielo estrellado.

En el fondo nos hace felices saber que somos parte de un todo interconectado, eterno e infinito.

WADI RUM

 

CORONAVIRUS, DÍA SETENTA

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Cuando la he sacado del fondo del maletero todavia llevaba puesto el precio. Apenas la habré usado tres o cuatro veces. Como es de aluminio, no se oxida; y así sigue, impecable. Como el primer día.

La compré en un chino que hay a la salida de Cabo de Palos hace ya unos cuantos años. Era uno de esos días en los que sabes que todo saldrá bien porque no lo has planeado. Fue un día “de mucho” que antes fue “víspera de nada”.

De todos los restaurantes que tienes para elegir en el paseo del puerto, el que más me gusta es “El Pez Rojo”. Se come bien, a un precio razonable; y, aunque a veces van un poco de “sobraos”, te aconsejo que pelees por una mesa al borde de la terraza, con vistas a la bocana del puerto.

A veces, en invierno, si alargas la sobremesa tienes el regalo de una puesta de sol espectacular. Y en temporada alta, el trasiego de embarcaciones es, en sí mismo, hipnotizante. Más que verlas llega un momento en que solo las intuyes, dibujado su contorno a contraluz; pues tal es el brillo del sol cuando rebota en el mar.

El caso es que ese día de plan improvisado compré una sombrilla para bajar a la playa. Y después de ese primer uso, ahí se quedó, en el maletero. Preparada para otros “por si” que, sin embargo, no llegaron.

Ha viajado luego por toda España, conmigo de aquí para allá, agazapada al fondo, sin quejarse. Sin estorbar.

Pero, aunque en Almería, en Málaga, en Asturias, en Cantabria o, incluso, en el pantano de Iznájar -en la Subbética- también hay playas, desde entonces, como he dicho, la habré usado dos o tres veces más. En La Torre de la Horadada. Y pare usted de contar.

Para la “nueva normalidad” se prevé que las playas estén parceladas, cuadriculadas, vigiladas con drones, con aforo limitado y entrada restringida, previa cita.

Creo que la espontaneidad esa del “aquí me paro, aquí me baño” se ha perdido, y para mucho tiempo, además.

Así que ya no tiene mucho sentido llevarla en el maletero. No habrá más “por si”, al menos a corto y medio plazo.

Esta mañana compré un soporte para la sombrilla.

Desde esta mañana es la bandera que luce en mi terraza.

 

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CORONAVIRUS, DÍA SESENTA Y NUEVE

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“Pero el viajero que huye,
Tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido que todo lo destruye,
Haya matado mi vieja ilusión,
Guarda escondida una esperanza humilde,
Que es toda la fortuna de mi corazón”

(CARLOS GARDEL – “Volver”)

 

A las seis y cuarto de la mañana todavía es de noche. Aún así, ya se oye el piar desenfrenado de los pájaros. Desde no se sabe dónde también se hace notar un gallo ¿Será su primer canto o acaso el tercero?

Ya vino el calor y se duerme con la ventana abierta.

¿Da tiempo para un café?

Es casi la hora de que pase el primer tranvía y espera una jornada intensa. Aún no sabes si llegarás a todo. Solo que tus hijos vienen a pasar el fin de semana contigo y que tienes que llenar el frigo.

Han pasado más de setenta días desde la última vez que estuvieron aquí. Setenta días o más que han pasado como un suspiro. Un simple soplo de vida, como dice el tango.

Apremia el trabajo.

-Te he llamado esta mañana, compañero, pero tenías el móvil desconectado. O fuera de cobertura.

-Sí, es posible. Tenía que entregar un encargo antes de la hora de comer y necesitaba silencio para concentrarme.

Silencio.

¿Qué evento había todas las tardes a las ocho? ¿Eran aplausos? ¿Dijimos a las ocho?

Me asomo al balcón. Se acabó.

Silencio.

Contrasta con la algarabía vespertina del parque. O la del paseo de la avenida.

Los de las “zapas” con el logo de la victoria corren por el asfalto para no cruzarse con ciclistas y mujeres con carrito. En las esquinas se hacen corros. También a la salida del tajo. Los observo en silencio.

En el súper concluyo que estamos aprendiendo a hablar con los ojos. Un leve parpadeo equivale a un asentimiento. Un gesto a la izquierda -o la derecha- a un “usted primero”. Las viejas fómulas de cortesía, recicladas.

El orden lo imponen las cajeras y los guardas de seguridad: uso obligatorio de guantes; el ascensor de uno en uno; el carrito me lo pone usted de esta manera…

La nueva autoridad.

Ahora caigo que los soldados volvieron a sus cuarteles. Ya no se les ve en los cruces, ni en las rotondas.

Marcharon en silencio.

El mismo que rompes al encontrarte en el rellano.

-¿Cómo está tu padre, vecino?

-Falleció este domingo.

Silencio.

Silencio en las aulas. Silencio en las UCI. Silencio en los cementerios.

Como el de las máquinas del gimnasio. O el de la sala de baile del Zig Zag.

A las doce pasará el último tranvía.

Y todo quedará otra vez en silencio.