AMANECE EN MERCURIO

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El planeta Mercurio es el más cercano al Sol.

Como viaja por el espacio a casi 50 km por segundo -más rápido que cualquier otro planeta del Sistema Solar- realiza un giro completo cada 88 días terrestres. Eso significa que en un año terrestre tenemos algo más de cuatro años “mercurianos”.

No es el único dato curioso: debido a su lenta rotación un nuevo día solar equivale aquí a 175,97 días en La Tierra. Si cada día terrestre tiene 24 horas, un día “mercuriano”… espera, espera, ¿qué harías si cada día durara 4.223,28 horas?

Muchas cosas, ¿verdad?

Daría tiempo a hacer de casi todo, ¿no?

Lástima que en La Tierra cada día sólo tenga 24 horas.

O te administras mejor el tiempo o, bien, te vas a vivir a Mercurio; hace un poco de calor, pero todo es acostumbrarse.

¿Sabes un secreto?

Algunas veces hasta puedes disfrutar de dos amaneceres: el Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente -casi exactamente por donde salió- y luego vuelve a salir, para continuar su recorrido por el cielo.

Esto solo ocurre en algunos puntos de la superficie: por el mismo procedimiento, en el resto del planeta se observa que el Sol -aparentemente- se detiene en el cielo y realiza un movimiento de giro.

Amanece en Mercurio…

CORONAVIRUS, DIA VEINTIUNO

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Después de veintiún días hoy he tenido curiosidad por conocer el significado del término “COVID-19”: resulta que es el acrónimo de “coronavirus disease 2019”.

Que tenga una fecha (2019) no augura nada bueno. Me acuerdo, una vez más, de las novelas de David Peace y su llamada “tetralogía de Yorkshire”, compuesta por cuatro novelas negras sobre asesinatos en serie identificadas -cada una de ellas- con un año: “1974″, “1977”, “1980” y “1983″.

Pero todos los asesinos en serie, como el coronavirus, suelen tener enfrente héroes que les hacen cara. En otro caso, no habría relato ni historia. Aunque no siempre los héroes salen bien parados. Como en las novelas de Peace.

A medida en que se estira este tiempo suspendido vamos conociendo profesiones que para nosotros eran desconocidas y que parecen, más bien, ideadas por algún guionista de Hollywood. Como la de Carlos Zambrana, “cazador de virus” boliviano, que advierte:

“A medida que la población crece, avanza la frontera agrícola y viajamos más, los brotes serán más comunes”.

Y lo explica porque existen virus “dormidos” en zonas forestales vírgenes del planeta. Entonces solo es cuestión de tiempo, concluyo, que aparezcan nuevas “diseases”. ¿Covid-20, Covid-21…?

En cuanto a nuestro confinamiento se refiere, esta mañana se ha prorrogado el estado de alarma; de manera que vamos por la tercera entrega de este serial. Desde aquí apuesto a que habrá una cuarta entrega. Como mínimo.

En el Boletín Oficial del Estado, el Gran Hermano se quita la careta y, ya sin disimulo, permite el espionaje de nuestros móviles. “Para controlar al confinamiento”, se justifican. Idiota o conspiranoico, recuerdo que poco antes de la crisis ya hubo un ensayo general para esto. “Para estudiar los desplazamientos y la movilidad laboral”, nos dijeron. Por supuesto, “queda garantizada la protección de los datos de carácter personal”. Qué tranquilo me quedo, oye.

Ganas me dan de bajar a la parada del tranvía y esconder debajo del asiento mi penúltimo móvil, si es que aún funciona (no es un Nokia, vaya) y si tuviera batería suficiente. Para que me estén “geolocalizando” un día entero: de las universidades a los centros comerciales; de los centros comerciales, a las universidades. Y así en un bucle infinito, en un movimiento perpetuo; hasta que finalice el servicio. A ver qué dice de mí el superordenador dentro de una semana.

Pronto desecho la idea y me tumbo en mi hamaca, a leer al sol.

Hoy es sábado y “el despacho” está cerrado. Para este momento me había reservado algunos cuentos de Borges y otros tantos de Cheever (autor de “El nadador”), que me tiene enganchadísimo y con el que he establecido una curiosa conexión: para mí, leer a John Cheever (1912-1982) es como “escuchar” lo que te narran algunos cuadros de Edward Hopper (1882-1967). Y al revés. Porque detrás de esos personajes solitarios, a veces meditabundos a veces desolados, detrás hay muchas historias como las que relata Cheever.

Me imagino cómo tienen que estar en algunos hogares después de tantos días de confinamiento. En el cuento “La Quimera”, Cheever relata cómo el esposo le preparara cuidadosamente el desayuno a su “contraria” y ésta, sin embargo, se queja hecha un mar de lágrimas:

-“No puedo aguantar por más tiempo que me sirva el desayuno en la cama un hombre peludo en calzoncillos”.

El desconcierto de nuestro héroe es total: “hago lo que tengo que hacer, como todo el mundo; y una de las cosas que han tocado en suerte es servir el desayuno en la cama a mi mujer. Trato de prepararle un excelente desayuno, porque a veces el detalle mejora su carácter, por lo general horrible”.

Disciplina es hacer “todo lo que se tiene que hacer”. ¿Estamos preparados para tomarnos en serio el confiamiento?

Byun-Chul Han, el autor -entre otras obras- de “La sociedad del cansancio”, advierte que con la pandemia podemos regresar a una suerte de “sociedad disciplinaria”; que los asiáticos están venciendo al virus con un rigor y una disciplina inimaginables para los occidentales.

Han no es ningún idiota. Suya es la frase de que “el paradigma inmunológico es incompatible con el proceso de globalización”. Ninguna sociedad abierta, por tanto, está libre de volver a recaer en la pandemia. Pero establecer un sistema de sociedades cerradas es totalmente incompatible con el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

A Fernando Simón, el que nos daba el parte diario antes de caer enfermo él mismo, le pasa lo mismo que al especialista bolivinano que he aludido antes, que tiene una profesión hasta ahora desconocida para el público en general (epidemiólogo). Simón recomienda cambiar los hábitos mediterráneos por los de los japoneses. No es broma. El gobierno va a recomendar el uso generalizado de la mascarilla para salir a la calle, incluso para cuando se levanten las actuales restricciones.

¿Quiere decir -entonces- que a la salida nos esperan disciplina y cultura japonesas?

Mi consuelo es que, sin renunciar nunca a mis raíces mediterráneas, algo tengo adelantado. Porque me encantan los haikus y los cerezos en flor, que los mismos chiflados que se pirran por las máquinas expendedoras de bragas usadas hacen que sus hijos limpien sus propios colegios; y, por supuesto, los relatos de Yasutaka Tsutsui (más que Murakami, lo siento).

Y por lo visto, porque soy “frío, ordenado y disciplinado”. Al menos eso me dijo una vez mi hija.

Jamás me ofendí por sus palabras que, más bien, me tomé como un cumplido.

Porque cuando me dijo “frío” ambos sabíamos a qué se refería; porque el afecto no siempre ha de ser expresado de un modo “kinésico”.

Y porque estoy seguro de que mi hija piensa como yo, aunque no lo diga. Que el sushi es una delicia y

como me vuelvas a tocar el puto brazo mientras me hablas, te mato

En algunas cosas, quizá, la futura distancia social no llegue a ser tan negativa como imaginamos.

 

CODA: Cada cual tiene su preferida de Luis Eduardo Aute, fallecido hoy a la edad de 76 años por el dichoso coronavirus. Hoy termino mi entrada antes de la hora habitual, porque pretendo homenajearle viendo un buen clásico del cine.

Pido perdón
Por confundir el cine con la realidad.

Cine, cine, cine,
Más cine por favor,
Que todo en la vida es cine
Y los sueños,
Cine son.

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA VEINTE

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Todo lo que tiene nombre, existe. Y todo lo que existe, tiene nombre.

Con esa lógica, en el Diccionario de la RAE debería aparecer la palabra “conspiranoia”. Pero no. Sigo buscando por la Red y encuentro que esa voz fue acuñada en 1989 por el sociólogo Enrique de Vicente a partir de conspiración y paranoia, y se empezó a utilizar con sentido humorístico, irónico o despectivo, para referirse a la obsesión por las teorías conspirativas cuando se consideraban sin fundamento, basadas en datos falsos.

En el día vigésimo de este tiempo suspendido a algunos les puede estar pasando ya como a los que tienen visiones cuando vagan por el desierto. Por exceso de confinamiento y de tiempo libre.

Así, un primer grupo de conspiranoicos cuenta teorías sobre el nacimiento del virus: que si lo llevaron los norteamericanos a Wuhan; otros, que si se escapó de una fábrica de armas biológicas; y otros, que todo esto es el resultado de un plan premeditado de China para hacerse con el mundo, algo que ya estaba escrito por unos coroneles en un libro o no sé qué. Y apuntan, como argumento irrefutable, el siguiente: fíjense en que los aliados de China apenas lo están padeciendo.

Otro grupo de conspiranoicos, más “domésticos” ellos, denuncia que el Gobierno (el nuestro, no el de los chinos) no quiere rescatar a los autónomos y a las Pymes; y que ello no es otra cosa que una maniobra encaminada a que la economía se articule en el futuro a través de grandes empresas y multinacionales.

Yo me quedo con el principio de Ockham, ese que dice que, “entre varias opciones, la explicación más simple y suficiente es la más probable, más no necesariamente la verdadera”.

A lo mejor nadie se ha parado a pensar en que lo que nos pasa es, simplemente, porque somos unos idiotas. La Humanidad, en su conjunto, que no se me moleste nadie. Idiotas. Pero no en el sentido de “corto de entendederas”, sino el de su etimología griega, el que nos dice que idiota era aquel que se preocupaba solo de sí mismo, de sus intereses privados y particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos.

Leo que en Barcelona suspiran -ahora- por los turistas que antes abarrotaban sus Ramblas y a los que, no hace mucho, unos idiotas apedreaban cuando iban en el bus turistic. Son los que propiciaron el nacimiento de una nueva palabra: “turismofobia”. Que ya he buscado y aún no está en el diccionario de la RAE.

En la “España Vaciada”, la España olvidada, levantan barricadas a las entradas de los pueblos para que no les contaminen los forasteros. Porque otros idiotas han decidido pasar el confinamiento y la Semana Santa en sus segundas residencias.

Y, hablando de conspiraciones y de tomarnos por idiotas, no sé si soy el único que tiene curiosidad en saber qué está pasando con el tráfico de drogas.

Porque con el sistema productivo en estado de hibernación (sic), con todas las vías públicas tomadas por policías y militares; con puertos y aeropuertos sin apenas viajeros; y todo ello mezclado -pero no agitado- con veinte días de confinamiento domiciliario (Rodofo y Daniel Serrano dirían “Toda España era una cárcel”), ello supondría, como digo, una bomba de relojería que cuando estalle debería llenar las calles de adictos tirados en el suelo echando espumarajos por la boca.

Cuenta una antigua leyenda urbana que en las prisiones no suele haber motines porque dentro se tolera el menudeo. En otro caso, serían ingobernables, sobre todo cuando aprietan los meses de calor. Pero, claro, eso es una leyenda urbana.

No lo dijo Okcham; lo dice el saber popular: lo que hoy cuesta dinero, mañana lo sabrás gratis.

Después de veinte días de confinamiento no sé si prefiero que me llamen idiota o conspiranoico.

CORONAVIRUS, DIA DIECIUEVE

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-¡Abuelo! Cuéntanos otra vez cómo le diste el primer beso a la abuela; que nos hace mucha gracia…

-Pero, hija, si os lo he contado muchas veces.

-Ya, pero es que nos encanta.

-Anda, tonto. Cuéntaselo. A ver si lo recuerdas igual que yo…

-Vale. Pero, a cambio, cuando terminemos el postre y antes de marcharos, nos ayudáis a colocar la vajilla en la esterilizadora. Que os gusta mucho escaquearos, pillastres.

Como todos los miércoles final de cada trimestre y provistos del preceptivo permiso de desplazamiento, Inés, María, Sonia y Alex hacen una pausa en sus teletareas y se acercan, debidamente vestidos con sus equipos de protección individual, a cenar a la cápsula habitacional de sus abuelos. Ellos no lo saben, claro, pero esa cena era toda una “institución” que se instauró a finales del Siglo XX y que ahora queda como un homenaje a la memoria de sus bisabuelos paternos. De hecho, el comedor familiar lo preside un viejo cuadro de la bisabuela.

-Pues veréis, niños, je je… -y, a continuación, el abuelo se esmera en contar los detalles de ese primer beso. Ese que nunca se olvida.

Entonces, Inés y María, las dos nietas mayores, se dan un codazo cómplice: “Mira cómo se le están poniedo de brilantes los ojos al abuelo”.

Al terminar su relato, Sonia, la nieta más radical, apunta:

-Y cómo era posible darte un beso así, sin antes haberos hecho un análisis y un test de compatibilidad. Puaj, que inconscientes; para haber pillado algo…

-No lo sé; ahora sería impensable. El día en el que se instauró la Ley de Distancia Social me acordé de aquella nochevieja en que se prohibió fumar en los bares. Casi cuesta una revolución, pero al final todo el mundo se acostumbró -apunta el abuelo.

-Pues a mi me vino muy bien. Porque no fumaba –dice la abuela- y me daba rabia volver a casa siempre oliendo a tabaco; ropa y pelo impregnados, imaginad, chicas…

-¡Qué asco! -protesta Sonia-. Por favor, cambiad de tema, que me vais a dar la cena.

-Fíjaos chicos -la interrumpe Miguel, el hijo mayor-. El abuelo madrugaba todas las mañanas para ira un sitio que se llamba “gimnasio” y hacía spinning, compartiendo las máquinas que usaban otros.

-Ya, pero yo me duchaba siempre en mi casa -se excusa el abuelo ante la mirada atónita de sus cuatro nietos-. Que no me iba a llevar el traje y la corbata doblados en el macuto.

-Ah, claro, traje y corbata; es que, para los que no lo sepáis, los juicios antes eran todos presenciales -apunta Alex, dándoselas de sabihondo, y sin levantar la mirada de su omnicomunicador.

-¡Alex! Te tengo dicho que cuando estemos en la mesa quiero que dejes tu omnico en pausa. Que aproveches el tiempo; porque no nos veremos en persona hasta dentro de tres meses.

-Eso… si nos volvemos a ver, que nunca se sabe.

-Ay, ya está el abuelo con sus pesimismos. ¿Qué nos puede pasar?

***

El día diecinueve del coronavirus es el día en el que, entre otras cosas, nos enteramos que se han secado las cataratas de Iguazú. Parece mentira, pero hace solo dos meses que estuve allí.

Me pongo la banda sonora de “La Misión”… Una música que por un rato me transporta lejos, en el espacio y en el tiempo.

-¿Sabes que tuviste la suerte de ver el último concierto dirigido por Ennio Morricone en el Lucca Summer Festival?

-Si -me respondo-. Esa noche ya era muy consciente. El maestro tuvo que dirigir sentado y sabía que no iba a tener otra oportunidad para verlo en directo.

La lista de reproducción es caprichosa y va saltando de un tema a otro. Hasta que llega el de “Cinema Paradiso”. Me dejo lo que estoy haciendo y busco la escena final en Youtube. La de los besos.

La habré visto decenas de veces, nunca me canso.

Pero hoy, por vez primera, caigo en la cuenta de que el final de “Cinema Paradiso” no contaba una historia de amor, qué va.

Contaba un relato de ciencia ficción. Que empieza y termina así:

“Años después de fallecidos sus abuelos, Alex, el nieto curioso de mi relato, decidió investigar qué era eso de besarse con una chica y, gracias a sus contactos, consiguió que un amigo le proyectara una recopilación de los que pudieron salvarse antes de que el llamado Distanciamiento Social los enterrara para siempre como una práctica social repugnante y antihigiénica”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA DIECIOCHO

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Y así llegó el día dieciocho de nuestro encierro; ese en el que nos hicimos mayores de edad y “nos graduamos en confinamiento”.

Sabina se pregunta que “quién le ha robado el mes de abril”; pero, lamentos al margen, el tiempo suspendido es tiempo también para ganar otras cosas: aprendizaje y autoconocimiento. Para crear nuevos hábitos y asimilar lecciones.

De recordar, por ejemplo, que ese olor que tanto nos gusta cuando llueve se llama “petricor”. Escribo con las ventanas abiertas. Llueve desde hace un buen rato y el viento mueve las cortinas, mientras me dejo arrullar por una selección de grandes mujeres del jazz. Por si fuera poco, esta noche he decidido darme otro capricho. He estrenado la “Moroccan Red Cinnamom”, un velón de dos mechas que me había reservado para una ocasión especial.

Ángeles González-Sinde publica hoy en El País un artículo en el que cuenta que está bien en su confinamiento y añade: “No soy la única. Casi desde los primeros días, algunos amigos fueron confesándome, en estricta confidencialidad y creyendo ser la/el único, el/la rara, que son felices como hacía tiempo. Lo reconocían avergonzados por sacar partido a una situación que en verdad es una catástrofe. Y yo me pregunto: ¿Qué clase de vida llevábamos antes para que estemos felices ahora? ¿Estamos contentos porque nos hemos acompasado a un ritmo más acorde con nuestra biología”.

Lo comparto casi con alivio. Porque me estaba entrando complejo de ser un asocial. Yuval Harari (autor de “Sapiens” y “Homo Deus”) decía que somos los tataranietos de los más hijos de puta de la tribu; porque los genes que han ido sobreviviendo generación tras generación son los que portaban los que robaban comida en la cueva mientras los demás monitos se calentaban al fuego de la hoguera. Esos son los que sobrevivieron, porque estaban bien alimentados.

Pero no. No creo que tenga que sentirme culpable por sentirme bien. ¿Ayudaría a alguien pensar o decir lo contrario? Mi alimento precisamente no es el que guardo en la nevera, me justifico. Y además no le privo a nadie del suyo.

La respuesta me llega esta tarde, a través de un texto leído por la actriz María Esteve. Se trata de un fragmento de “El Libro Rojo” de C.G. Jung que, en sí mismo, es un manual para el confinamiento. Narra así la experiencia de sufrir una cuarentena en un barco: “En vez de pensar en todo lo que no podía hacer, pensaba en lo que habría hecho una vez hubiera bajado a tierra. Adquirí una serie de costumbres nuevas (…)”. Y concluye: “Aquel año me privaron de la primavera y de muchas cosas más; pero yo había habia florecido igualmente, me había llevado la primavera dentro y nadie, nunca más, habría podido quitármela”.

He hecho bien en encender el velón.

Porque celebrar la vida también es haber tenido las respuestas antes de terminar de plantearte las preguntas.

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA DIECISIETE

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“- ¿Quién eres tú?
– La muerte.
– ¿Es que vienes por mí?
Hace ya tiempo que camino a tu lado.
– Ya lo sé.
– ¿Estás preparado?
– El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.
– Es lo que todos decís, pero yo no concedo prórrogas.
– Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones.
– Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.
– No creo que seas tan bueno como yo.
– ¿Para qué quieres jugar conmigo?
– Es cuenta mía.
– Por supuesto.
Juguemos con una condición: si me ganas me llevarás contigo, si pierdes la partida me dejarás vivir.
– Las negras para tí.
– Era lo lógico, ¿no te parece?”

Diálogo inicial de “El Séptimo Sello” (Bergman – 1957).

Anoche encontré un momento de paz para ver este filme (Amazon Prime), que narra la historia de un caballero sueco que vuelve de las Cruzadas y se encuentra el reino asolado por la peste. A partir de ahí sigue una reflexión continua sobre el significado de la vida y el terror que a este personaje le causa pensar que, después de todo lo vivido, no haya nada.

En el decimoséptimo día de este tiempo suspendido se han establecido limitaciones en el servicio de los tanatorios, a la presencia en velatorios; se prohíben besos y abrazos de condolencia. Muchas personas estaban muriendo sin el consuelo de sus familiares y ahora éstos tampoco tienen el descanso de poder despedirlos con un funeral.

La muerte siempre camina a nuestro lado. Solo que ahora parece más cercana, contabilizada a diario por centenas. Seguro que conoces a alguien que está pasando por ese trance. Yo sí. Mis condolencias. Y mi deseo para tí y los tuyos es que, cuando esta peste se nos despida con un “hasta la próxima”, podamos celebrar la vida.

Hoy ha sido un día de pensamientos macabros, de notar cómo la muerte danza a nuestro alrededor. Pero la muerte no tiene por qué ser algo sombrío o siniestro. Me he acordado del cementerio de Palermo y las catacumbas de los Capuchinos. Para el que no haya oído hablar de ese sitio le apunto que allí hay más de ocho mil cuerpos momificados, clasificados por sexo, edad y profesiones; se exponen vestidos con los ropajes que eligieron antes de morir. Porque, en lugar de ser enterrados (o incinerados), quisieron estar siempre presentes. Cuando estuve oí la historia de que algunas familias llegaban a compartir celebraciones señaladas con sus momias. Una manera de despedirse, pero sin terminar de irse. En España, en cambio, a los muertos los sacamos de nuestras vidas y los enterramos en cementerios situados a las afueras de nuestros pueblos y ciudades.

Recordé esta mañana también la imagen de la niña Rosalía, su cuerpo de dos años incorrupto y ese lazo que le dejaron en el pelo; como el que llevaba mi hija cuando tenía esa edad. La urna está accesible, en un pasillo de esas catacumbas: cuando enfrentas tu rostro al suyo, casi la notas respirar. Sus padres y el resto de su familia morirían después, pero ella parece que sigue durmiendo su sueño eterno. Como el de la primavera siciliana.

O la romana. Porque hoy ha sido tiempo de recordar también mi último viaje a Roma, donde celebramos la vida mirando al Coliseo y, asimismo, donde recordamos que somos mortales. Así se lo decían a los césares (memento mori) cuando celebraban sus triunfos; así lo vivimos en la Iglesia Santa Maria della Concezione dei Cappuccini y su galería visitable de cuerpos momificados. Justo enfrente, tres ventanas con la leyenda: “TEMPORA. TEMPORE. TEMPERA”.

No se entiende la vida sin tener presente la muerte. Y me gustaría creer que en algún momento también lo llegara a pensar el “San Francisco meditando” de Caravaggio que se esconde esa iglesia romana.

El tiempo suspendido también es tiempo de prórroga.

Hace tiempo que moví mi peón. Te toca hacer el siguiente movimiento.

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA DIECISÉIS

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Lo dijo Hamlet: “Ser o no ser”. Lo dijo Paul Samuelson: “Cañones o mantequilla”. Esa es la cuestión.

En el decimosexto día del este tiempo suspendido se apuesta ya por los cañones. Todo el sistema productivo nacional entra en “hibernación” (sic). Como los osos.

Los Amancios y los Armanis, no obstante, se han reciclado y andan poniendo sus emporios al servicio de la colectividad. Chicos listos, además de generosos. De esa manera sus negocios siguen siendo esenciales, mantienen la actividad y, de paso, el empleo.

Yo solo tengo que darles las gracias. Porque bien podrían haberse recluido en una isla privada y desentenderse del problema. No nos engañemos. Además de filántropos, tienen detrás a un buen equipo de comunicación. Bien que hacen. “Que lo olvidao, ni agradecío ni pagao“.

No sé si será un bulo, pero leo también que el petróleo entra en ¿precios negativos? Derivada lógica, dado el parón general de toda la economía. De pronto, las grandes reservas pueden ser un estorbo porque no se queman apenas combustibles fósiles. En Madrid desaparece la boina de contaminación y hasta se recupera la capa de ozono a niveles de hace 30 años.

Economía, Ecología y, también, Derecho. Se publican artículos sobre si es legal o no difundir imágenes grabadas desde el balcón a personas que se saltan el confinamiento. Personas que son detenidas por ¡salir a correr! Quién lo hubiera dicho.

Las palabras empiezan a mudar también de significado. Por ejemplo, “balconing”, que ya no es tirarse a la piscina en un hotelucho de las Baleares. El “balconing”, ahora, es agazaparse y apuntar al vecino con el móvil.

Antes de que en Cataluña se popularizaran los “CDR”, en Cuba ya existía un sistema homónimo (Comités de Defensa de la Revolución) que, con la excusa de organizar el mantenimiento de edificios, la limpieza de calles, la separación de residuos, el patrullaje nocturno de vigilancia… con esa excusa, dicen, se creó una estructura que vigilaba y controlaba la vida -pública y privada- de los vecinos.

Delación entre vecinos que tampoco ha sido propia o específica de una ideología. Porque en el lado opuesto, en Estados Unidos y en tiempos del “macartismo”, sucedía otro tanto, en este caso frente a los comunistas. El cuerpo social podría estar infectado por los otros, por los traidores y los desafectos. O como los judíos, a los que los nazis llamaron, sin ambages, “el bacilo disolvente de la sociedad”.

En esta hibernación, los osos que no se reciclan tendrán que dormir la cuarentena mientras que se despiertan otro tipo de alimañas.

De pronto, tu vecino se puede convertir en tu enemigo.

Este tiempo suspendido empieza a parecerse mucho a “La invasión de los ultracuerpos” (1978).

Las calles vacías.

Solo se escuchan los pájaros…

-Matthew, Matthew…

 

 

(Felices sueños)

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA QUINCE

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-Y le han puesto hasta un nombre.

-¿Sí? ¿Cual?

-Suart Little.

“Si tiene nombre es más fácil encariñarse con él”, pienso.

-Es que es un ratón muy listo…

-Seguro que “colorao”– interrumpo. Y me lo confirma:

Así es. Un ratón de campo que hace bueno el dicho. No se deja atrapar.

En el decimoquinto día de confinamiento, en este tiempo suspendido, compruebo que hay personas que han pasado de vivir al ralentí a llevar el motor con las revoluciones en la zona roja. Me hablan de actividad frenética, de muchas horas extra. Faltan manos y faltan recursos. Pero ahí están, dándolo todo.

-Esta noche, de vuelta a casa, me encontré dos conejos. Y la pasada, con la lluvia, había sapos.

-Cuidado con la carretera -balbuceo antes de colgar.

En su antigua empresa han despedido a las que hasta hace no mucho eran sus compañeras. A todas. Han tenido que cerrar. Está claro que fue una suerte que a ella la echaran la primera, antes de que se desatara la crisis. Y que enseguida encontrara acomodo en otra.

-Son muchos kilómetros diarios, pero me compensa -recuerdo que me dijo en su día.

La historia de mi amiga me recuerda el famoso cuento zen de “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”, el que aparece al final de la película “La Guerra de Charlie Wilson” (para el que no lo conozca, lo puede consultar, por ejemplo, en el blog de Alex Rovira).

A pesar del sol y de la hamaca, no todas las conversaciones son tan amables.

-Están quitando respiradores a ancianos para salvar a otros más jóvenes.

-¿Seguro que no es un bulo? No me jodas, que eso pasa en Italia o en Holanda; pero, ¿en España también?

-También. Es el protocolo a seguir. Pero no se comenta. Aun no. Tienen los nervios destrozados: sienten que están decidiendo la muerte de otros.

La noticia contrasta con el azul del cielo, con las risas y juegos infantiles que se oyen en el edificio de enfrente. Con los cánticos de cumpleaños feliz. Me incorporo, incómodo, de mi hamaca. Ah, mi hamaca…

“Vista desde abajo parece una nave fenicia. Pero sin el peligro de que Poseidón te trinche” -me apunta un amigo que la ha visto en mi estado de guasap. “En esta hamaca lo que viaja es la imaginación. No hay peligro” -le digo.

Casi todo el día lo he pasado -o más bien gozado, me atrevería yo a decir- en mi terraza. No tiene vistas al mar, ni a la sierra. Pero me basta. No sé si es por la lluvia o porque no circulan apenas vehículos, pero el aire que se respira es una maravilla.

Con buen ánimo y cargado de energía hasta me he atrevido con un libro sobre el místico murciano Ibn Arabi que, paradoja, me traje de la librería más bonita de Buenos Aires, el Ateneo Grand Splendid. Me lo había reservado como delicatessen, para un momento como este; porque es de lectura compleja, muy densa. Y en esas estoy cuando un impresentable aparca su coche debajo, abre la puerta y pone música macarra a todo lo que da la mata.

Mi primer impulso es netamente homicida (tengo a mis pies un macetero que pesará unos ocho kilos), pero mis ojos se posan en el libro que tengo en mis manos:

Oh tú, que buscas el camino que conduce al secreto, retorna sobre tus pasos porque es en ti mismo donde se halla todo el secreto

Así que se lo recito al cani que, para mi sorpresa, un minuto después cierra la puerta de su coche y se mete justo en el garaje en enfrente.

Va a resultar que sí, que la fama del místico, del ilustre paisano, es más que merecida.

Con el cambio de hora, los aplausos se hacen hoy de día. Poco antes de la hora convenida, las 20:00, el personal de mi barrio ya se llama gritando “hola, holaaa”. Desde mi terraza he estado oyendo todo el día cómo los perros se llaman también unos a otros. Tienen que estar alucinados con sus dueños.

Desde Brasil y también por guasap, recibo noticias e imágenes de un confinamiento aún más cómodo que el mío. Les ha pillado en la segunda residencia, con las nietas, la hija y su marido. “Que están bien” -me dicen- “que bajan todos los días a la playa. Que hace sol y no hay lluvia”. Y que esperan que, al tener sol todo el tiempo, la epidemia pase mucho más rápido que acá, en España.

-Mira, mira, si hasta hemos podido hacer una paella… brasileira.

Y me manda una foto. Paella brasileira. Madre de Dios.

 

CODA: de cara a las nuevas restricciones y según el BOE, parece que los servicios legales se consideran esenciales.

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA CATORCE

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Sábado de abrir los ojos y remolonear en la cama, de no levantarme hasta que suena el despertador (los findes lo tengo puesto a las 08:30 a.m., dos horas más tarde de cuando suelo despertarme). Cuando se puede -y ahora se puede- da gusto quedarse un ratito leyendo. Son cosas que, antes de que llegara este tiempo suspendido, eran todo un lujo. Así que por qué no aprovecharlo.

Releo el cuento “La casa tomada”, una joya de Julio Cortázar. Y cuando lo termino reflexiono: ahora somos nosotros los que hemos “tomado” nuestras propias casas. Nos hemos convertido en “los otros”, en los “extraños”, en los visitantes… en los “okupas”. Somos fantasmas asustados vagando por un pasillo.

Esta mañana amanece con un sol radiante; cuando me canso de la lectura me pongo manos a la obra y, antes que nada, le pego un buen repaso a la terraza. Es una de las cosas que me encantaron del piso donde vivo que, como he dicho antes, disfruto muy poco por las prisas del día a día. La faena incluye labores de “peluquería”, esto es, sanear las puntas de mi “Pinchosa”, que con ese nombre llamo a la única planta que me ha sobrevivido todos estos años (atrás quedaron “Tina” y “Zumba”, descansen en paz). El remate vendrá con la extensión de mi hamaca (regalo de Brasil, obrigado) y todo listo para “salir de finde”. Que es sábado, qué narices, y hoy no trabajo.

Con la limpieza aún a medio, avisa mi teléfono móvil que hoy, como todos los sábados, tengo clase presencial de spinning. Qué risa. En el móvil otro mensaje gracias al cual caigo en la cuenta de que llevamos ya catorce dias de cuarentena y, no teniendo síntomas, en sí misma es una buena noticia. Vamos bien.

Es pronto para decirlo pero a lo mejor no vuelvo más al gimnasio y, para cuando esto pase, me planteo seguir haciendo las rutinas en casa. Será por vídeos y aplicaciones… Ole por los visionarios, por los que se adelantaron e invirtieron. Ni ello se lo podían imaginar, claro, pero ahora tienen su premio. Como sucede también con “Bizzum” (pagos con el móvil; mamá, toma nota). O con “Zoom”, plataforma para videoconferencias cuyo servidor tiene que estar echando humo.

Otra que se va a hacer famosa -si ya no lo era- es la voz chillona y desagradable del Spotify. Esa que te suena a mitad del Chi Kung para molestar e invitarte a que te hagas “Premium”.

Me he tomado en serio lo de “no salgas de tu puta casa”; tanto que, hoy, despues de cinco días sin ni siquiera salir al rellano, he vuelto a pisar la calle, y solo para tirar ¡cinco bolsas de basura! (desde el punto de vista de la sostenibilidad esto hay que hacerselo mirar, porque aquí solo vive una persona…). En el ascensor he pensado “si me ve la Policía, me detiene seguro”, pero no por incumplir la norma, que no era eso, sino porque espejo me devolvía la imagen de un ninja: solo se me veían los ojillos.

Y parece que la tónica va a ser esa porque, entre película y película, leo esta noche que a partir del lunes se le va a dar otra vuelta de tuerca al confinamiento.

Hoy termino mi diario antes que de costumbre, porque estoy enganchadísimo con una trilogía de películas llamada “RED RIDING” (Amazon Prime), basadas en otras tantas novelas que David Peace ambientó en la Inglaterra de los años 70 y 80, los años duros de la Sra. Tatcher. Novela negra con tintes sociales que, cuando la leí, me gustó mucho y cuya adaptación al cine está a la altura.

Estoy tranquilo, no obstante, porque todavía sigo siendo parte de ese club que todavia no ha visto “Juego de Tronos”; pero me preocupa, eso sí, que pase este tiempo suspendido y termine enganchado a Netflix. No es que tenga nada de malo eso, al contrario, pero es que me acuerdo de un meme que circulaba hace un año y decía algo como esto:

-¿Qué tal tu vida amorosa?

-Veo muchas series.

CORONAVIRUS, DIA TRECE

Y como hacen los presos en sus cárceles, vamos añadiendo palitos en la pared. Con este de hoy, llevamos ya trece.

Dicen que trece es el número de la mala suerte. Pero depende de dónde lo digas. En Vietnam, como en el resto del Este de Asia, la fobia es con el número cuatro. Lamento no tener memoria para eso, pero no recuerdo en este momento si en los hoteles en los que me alojé figuraba el piso cuatro entre los números del ascensor. La verdad es que estaba más pendiente de subir a la piscina de la última planta que de otros detalles.

El actual skyline de Hanoi no tiene nada que envidiar a los de otras grandes urbes, jalonado de torres y más torres en construcción que pugnan entre sí por ser la más alta.

Me acordé, entonces, de las torres de San Gimignano, en La Toscana, el pueblecito italiano que los cursis llaman “el Manhattan del medievo”. Y me acordé porque, en el fondo, no deja de ser siempre la misma historia repetida siglos tras siglos: ese tipo de torres representan el orgullo, la soberbia… el poder.

Durante años, sin embargo, el “alojamiento” más famoso de todos era el llamando “HANOI HILTON HOTEL”, nombre que le pusieron a la cárcel de Hoa Lo los prisioneros estadounidenses en “su” guerra de Vietnam. Y digo “su” guerra porque los vietnamitas han tenido varias: chinos, franceses, norteamericanos… Y de todas salieron adelante, no sin grandes sacrificios. Todo un ejemplo para nosotros en las actuales circunstancias.

Como también lo fue, todo sea dicho, el comportamiento de algunos ilustres prisioneros de guerra americanos, como Charles PLUMB (seis años preso), cuya historia conté aquí hace tiempo y puede consultarse en esta entrada de mi blog. O la de Jeremiah DENTON (ocho años preso), conocido porque, al ser obligado a realizar una conferencia televisada como prisionero de guerra, aprovechó la oportunidad para confirmar que estaban siendo torturados y para ello parpadeó varias veces sus ojos durante la entrevista, deletreando en código morse la palabra T-O-R-T-U-R-E (Tortura).​ No puedo dejar de citar, tampoco, al ya fallecido senador McCAIN, quien a punto estuvo de ser Presidente de los Estados Unidos y estuvo nada menos que cinco años preso.

Todos tienen en común que salieron adelante. Y para hacerse una idea de las circunstancias que afrontaron, me remito a la película “El Cazador”, de Michael Cimino, con Robert de Niro y Cristopher Walken. ¿Quién ha olvidado las escenas del juego de la ruleta rusa?

Pero para películas de prisioneros de guerra, mi favorita, “La Gran Evasión, que para colmo también está basada en hechos reales. Ahora sería un buen momento para revisitarla. Los prisioneros aliados, así se relata, en ningún momento perdieron su dignidad, respetando el rango, la disciplina y hasta celebrando desfiles.

Como paradoja (lo dejo para quien la quiera ver), en ese campo de prisioneros el castigo era lo que llamaban ¡nevera!

Justo lo contrario de lo que nos pasa a los confinados por el dichoso cornavirus y que, después de “hacer inventario” de lo que hay en la mía, mamá por favor, tranquila, atenta al código morse: tengo-para-un-par-de-semanas.

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA DOCE

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En el sueño de esta mañana -ese que aún se recuerda cuando abres los ojos- soy el propietario de un viejo “dos caballos”. Se lo he dejado a un carrocero para que me lo ponga otra vez en solfa, acondicionándolo por fuera pero, sobre todo, por dentro: lo tenía arrumbado en un corral donde lo usaban las gallinas para corretear y hacer en él sus necesidades. Estoy seguro que he tenido que arrugar la nariz durmiendo porque, en mi sueño, olía a demonios.

Cuando me lo entrega, con la carrocería pulida y adornado con cromados, el viejo “dos caballos” reluce bajo el sol y, por dentro, de sus asientos retapizados se aspira ese inconfudible olor a coche nuevo. “Son mil euros” -me espeta el paisano, mientras me extiende un recibí en un talonario sin memebrete y añade: “Conste que te hago precio de amigo; que he tenido que recorrerme muchos desguaces para buscar las piezas; y, a lo que me las cobran, apenas me va a quedar margen para convidarme en el bar”.

Ahí, justo en ese momento, se me ha descosido el relato; porque -me digo- este tío me está engañando. No puede ser cierto lo que me cuenta porque, ahora, en este tiempo suspendido… no hay bares abiertos para almorzar ni convidarse.

Nunca he tenido gallinas, ni corrales y, ni mucho menos, un “dos caballos”. Así que pienso que el sueño tiene más que ver con el reciclaje: una alegoría del volver a lo antiguo, a lo usado. De eso saben, y mucho, en Buenos Aires, donde florecen los mercados de segunda mano, las librerías de viejo; donde una empresa tipo Wallapop, llamada “MERCADO LIBRE”, cotiza por las nubes. Me permito un apunte economicista: como allá el valor de la moneda fluctúa mucho y nunca estás seguro de lo que puedes comprar con tus pesos, recuerdo una tienda en la que me dijeron que comparara el precio que marcaban con el de esa web. Y que no lo iba a comprar más barato. “Ríete tú del famoso índice BigMac” -pensé.

Me desayuno con algunos comentarios -amables, afectuosos…-, sobre este blog donde, a modo de diario, todas las noches me entretengo juntando unas cuantas letras sin ninguna finalidad concreta. Comparado con lo que publicaba antes me quedará como una cápsula de tiempo, un paréntesis -espero que no muy extenso- entre dos vidas de perpetuo arrebato. Apuntes para releer cuando los relojes recuperen su vida y marquen otra vez las horas.

Ahora echamos de menos esos ratos en los que hacíamos eso, andar por andar, sin un rumbo concreto. Como cuando estuve en Nápoles, por ejemplo, y me dio por subir al Vesubio. La tarde anterior habia pasado por Pompeya, que era el único “fijo” de esa etapa, y me relajaba tomando un cappuccino en el Castel dell’Ovo, una fortaleza desde la que escuché cómo me llamaba el volcán cuya silueta me recordaba el famoso dibujo de El Principito. Solo que más achatada en sus formas. “Ven, veeen…” -me susurraba-. Así que decidí acercarme. Subí y subí con el coche hasta donde me permiteron. Aparqué y me deje llevar hasta la falda en una furgoneta lanzadera. Una vez allí, previo pago de la entrada, seguí subiendo a pie hasta el cráter que rodeé hasta que se acabó el sendero y me tuve que dar la vuelta. Más o menos como Forrest Gump cuando salió a correr y llegó hasta el mar. Solo que, en este caso, se desató una tormenta terrible y los que por allí andábamos tuvimos que refugiarnos en un chiriguito a esperar que escampara. Cuento todo esto porque imagino que con el blog pasará lo mismo. Un día se acabará el confinamiento, todo habrá llegado a su fin y no me quedará otra que descender del volcán.

Hoy he notado cierto desánimo y no solo porque no hay tantos memes. Te lo dicen abiertamente y entonces es cuando lamentas no poder más que mandar un abrazo virtual. Pero si esto parece duro y aprovechando que en mi relato me he pasado por Nápoles, recomiendo releer, por ejemplo,”La Piel”, de Curzio Malaparte. O el “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago. Más que por nada por comparar situaciones. Y, lo puedo asegurar, salimos ganando.

Quizá mi manera de expresarme no sea la de retuitear memes ingeniosos y tampoco soy de lo que gustan hablar mucho por teléfono. Es posible que sea porque lo tengo asociado al trabajo, nunca con el ocio o el divertimento. Y hablando de teléfono, el mío me avisa que me pase por el IKEA a comprar unos marcos para enmarcar un par de mapas que me compré antes de que se desatara la crisis.

Se quedará pospuesto, para cuando se pueda. Porque, aunque me dejaran salir, apenas he tenido un respiro hoy.

Termino la jornada como si hubiera estuviera corriendo por un playa sobre algas podridas. Cansado y con la sensación de no haber llegado casi a nada.

Pero con margen aún para una última sonrisa.

En este tiempo suspendido, en este mundo al revés, donde las personas están enjauladas y los pájaros volando, resulta que se van a cambiar hasta los refranes. Porque, visto cómo se las gastan algunos comprando test para el coronavirus, se acabó lo de decir eso de que “lo han engañado como a un chino”.