AMANECE EN MERCURIO

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El planeta Mercurio es el más cercano al Sol.

Como viaja por el espacio a casi 50 km por segundo -más rápido que cualquier otro planeta del Sistema Solar- realiza un giro completo cada 88 días terrestres. Eso significa que en un año terrestre tenemos algo más de cuatro años “mercurianos”.

No es el único dato curioso: debido a su lenta rotación un nuevo día solar equivale aquí a 175,97 días en La Tierra. Si cada día terrestre tiene 24 horas, un día “mercuriano”… espera, espera, ¿qué harías si cada día durara 4.223,28 horas?

Muchas cosas, ¿verdad?

Daría tiempo a hacer de casi todo, ¿no?

Lástima que en La Tierra cada día sólo tenga 24 horas.

O te administras mejor el tiempo o, bien, te vas a vivir a Mercurio; hace un poco de calor, pero todo es acostumbrarse.

¿Sabes un secreto?

Algunas veces hasta puedes disfrutar de dos amaneceres: el Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente -casi exactamente por donde salió- y luego vuelve a salir, para continuar su recorrido por el cielo.

Esto solo ocurre en algunos puntos de la superficie: por el mismo procedimiento, en el resto del planeta se observa que el Sol -aparentemente- se detiene en el cielo y realiza un movimiento de giro.

Amanece en Mercurio…

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31 de Agosto

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Los 31 de agosto de mi infancia solían oler a viento de Levante; viento húmedo que se colaba silbando a través de las rendijas de las ventanas de nuestro apartamento playero y que acompañaba su lamento con un rítmico baqueteo de persianas.

La verdad es que ese día te despertabas en un escenario un poco tétrico, al menos por contraposición a la luminosidad habitual del Mediterráneo.

En esa época, la Torre de la Horadada tenía tan solo una única calle asfaltada que pasaba por la plaza principal del pueblo que, a pesar de llamarse “Del Generalísimo”, todo el mundo conocía como “La Plaza”. Sin más.

Daba igual que hubiera nubes o brillara el Sol: los tres “días de Levante” no te los quitaba nadie.

Ese día no había baño y apenas se podía montar en bici o jugar al fútbol; aunque aguantaras el tipo frente al viento, las calles se convertían en auténticos barrizales. Y tampoco había mucho más que hacer.

No obstante, todavía hoy (en el año 2017) hay quien se acuerda, como me pasa a mí, que el final del veraneo lo marcaba San Ramón y se “concelebraba” degustando, entre otras cosas, unas migas.

A su manera y casi sin quererlo, mis padres demostraban que el final del “veraneo” no tenía por qué ser un día triste.

Pasados los años leo eso que llaman “síndrome de estrés postvacacional” que, al menos esa es mi sensación, es un refrito que se tiene preparado de antemano para rellenar publicaciones y que se repite, temporada tras temporada, como un mantra; lo mismo que se hace con las épocas de rebajas o las navidades. O el aniversario de la muerte de “Lady Di”.

Y, siguiendo esa moda de etiquetarlo todo, ahora se le llama “gota fría” a ese fenómeno meteorológico al que me estoy refiriendo, frente al que nadie mostraba ningún tipo de sorpresa. Era algo connatural al final de agosto.

Hay quien lamenta volver a la rutina sin pararse a pensar en la suerte que tiene.

Hoy 31 y con el cambio de fecha, finalizan muchos contratos de trabajo concertados con sustitutos, eventuales y/o temporeros.

Mi pensamiento está con todos aquellos que durante este mes de agosto me han acompañado en la faena; esos que han puesto un café, distribuido la prensa o repartido el correo… y que hoy lo hacen despidiéndose de un servidor diciendo eso de “por última vez”.

No; espero que no sea la última y que encontréis pronto faena, compañeros.

“EL SOL PUEDE SER SUYO”

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Quienes me conocen saben cómo me gano la vida.

Ni mi actividad profesional ni mi formación académica tenían nada que ver con esta industria. Por eso me fié de lo que decía el B.O.E. (“nunca más”) y me tiré de cabeza a la piscina. Ahora me parece increíble, sí, pero en aquel momento no podía sospechar nada.

Lo de la fotovoltaica fue, como cuentan en la prensa y por resumir aquí, una supuesta inversión en futuro: futuro para mi país, que carece de combustibles fósiles pero tiene Sol a manta… y futuro para mi familia, en la idea (ingenua como se ha visto después) de procurarnos unos ingresos con el horizonte de la jubilación.

Tan bien lo pintaron todo que hubo una auténtica fiebre para montar campos solares.

Nueve años después me encuentro con que no solo no tengo ningún retorno de esa inversión sino que, por contra, mes a mes tengo que detraer de mis ingresos personales dinero para pagar el préstamo. Por supuesto, llevo la cuenta de todo lo que llevo pagado en este tiempo… y lo que te rondaré, morena.

Hay quienes cuentan los días que le quedan para estar en prisión. Yo, los meses, años, que restan para librarme de estas cadenas. No me sirve de consuelo conocer a otras personas que están en la misma situación.

Se hace muy cansado ya explicar a los profanos cómo te sientes cuando te cambian las reglas del juego a mitad de partido. Pero es así. Y no veas la cara de tonto que se te queda.

Antes me dolía la incomprensión de terceros que, ajenos a esta monumental estafa, te decían que eso no se sostenía, que era algo inverosímil, que cómo se nos ocurrió meternos en algo que dependía de las primas para salir adelante… Puedes vivir soltero, puedes estar divorciado y aun así siempre te salen “cuñados” sabihondos por todas partes. Qué le vamos a hacer. Ahora ni siento ni padezco.

Dice el refrán, con toda la razón, que lo que no te mata te hace más fuerte. He aprendido mucho: de puertas giratorias, del jeroglífico en que se ha convertido el recibo de la luz, y hasta de permutas de tipos de interés, por supuesto, pero también de que hay dos tipos de personas: los que hemos nacido para trabajar y los parásitos, esos que vinieron al mundo solo para veranear.

Y que para seguir veraneando en el cortijo no tienen empacho en envenenar a la opinión pública y mentir descaradamente, afirmando, para mayor recochineo, que si el recibo de la luz sube es por culpa de las energías renovables. Dímelo a la cara, si te atreves.

Nueve años después uno siente una natural desconfianza frente a todo lo que tenga tufo a “gubernamental” o “institucional”.

“Con la garantía del Estado”. Venga ya… Que no cuenten conmigo.

No me queda más remedio que confiar en la Justicia, que necesariamente tendrá que venir de fuera de este mi propio país, cuyos gobernantes me hacen sentir, conforme voy pagando por las dichosas placas, más lejano y extraño, si cabe. Lejano, sí, como también lo estarán viendo los responsables de este desaguisado allá donde estén, disfrutando de su rapiña bajo la salvaguarda de algún paraíso fiscal.

CARA DE ANCHOA… A LA ROMANA

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Bofetada-Batman-por-lovelyobnoxious

La montaña por fin parió su ratón o, lo que es lo mismo decir, la Justicia dictó sentencia.

Me refiero al caso del repartidor que pegó al “youtuber” que le llamó “cara de anchoa”. Ya podemos dormir todos tranquilos.

Los profanos en Derecho se sorprenden con el hecho de que, al final, la multa se quede en 30 euros. Los que llevamos unos cuantos años en esto, en cambio, no.

Recuerdo el primer caso que tuve ante un juzgado del orden jurisdiccional penal; era algo similar: pelea, algún “soplamocos”, insultos varios y, al final, condena a una multilla de cinco mil pesetas. Sentencia dictada in voce por un juez de instrucción en un juicio de faltas; por mi parte, estreno como abogado defensor en ese tipo de pleitos.

Al salir, mi cliente, lejos de estar escocido por el resultado, me dijo textualmente que iba a juntar las diez mil pesetas y yo le dije que no, que no había entendido bien, que eran cinco mil.

Y entonces me replicó que el que no se enteraba era yo, que si al final era que la cosa se quedaba en cinco mil, que pagaba ya mismo diez mil pesetas, cinco mil por la que le había dado y otras cinco mil por la que le iba a dar en cuanto se lo encontrara otra vez. Y me razonó:

Así nos ahorramos juicios y papeleos.

Han desaparecido los juicios de faltas (sustituidas por delitos leves) y hasta las pesetas (ahora son euros). Pero el razonamiento es viejo, muy viejo, verán ustedes.

Cuenta AULEIO GELIO, que cita, a su vez a FAVORINO (filósofo griego), la siguiente historia que, por lo visto, motivó un cambio en las primitivas leyes de Roma:

“Lucio Veracio era un hombre desalmado y de una brutalidad inmensa. Para divertirse tenía por costumbre golpear el rostro de los hombres libres con la palma de la mano. Solía llevar tras él un esclavo con una bolsa llena de ases [moneda de poco valor] y, cuando abofeteaba a alguien, ordenaba que dieran inmediatamente al injuriado veinticinco ases, como disponían las Doce Tablas. Por eso los pretores decidieron luego que esta norma debía ser abandonada e invalidada, y anunciaron por medio de un edicto que nombrarían unos asesores que tasaran el valor de las injurias”.

Desde tiempos inmemoriales el personal tenía muy claro que hay una justicia para los ricos y otra para el resto de mortales. La cuestión, entonces como ahora, era la de determinar ese precio y si podías pagarlo.

Y a Lucio Veracio, que por lo visto unía en su persona los defectos de “Cara de Anchoa” y los del malhadado “youtuber”, le cuadraron las cuentas: conocía el precio y, además, era un hombre de “posibles”.

En aquel tiempo no había internet ni cámaras ocultas pero, al menos, alguien con sentido común le tomó la matrícula y los pretores pudieron pararle los pies.

Será por eso, entre otros millones de motivos, por lo que los juristas de hoy se siguen formando con el Derecho Romano.

Por cierto, ahora que lo pienso; voy a ver cuánta pecunia numerata llevo en la cartera y darme un paseo por ahí…

 

LOS NAZIS (ALEMANES) TENÍAN UN PROBLEMA DE MARKETING

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De mi profesor de Derecho Romano aprendí, antes que sobre acciones edilicias, el Digesto o lo que era el “senadoconsulto macedoniano”, lo que significaba el término “misógino”.

Al hilo de sus clases magistrales (se llaman así, ¿no?) hablaba de las putas distinguiendo, por un lado, las que eran profesionales de todas las demás.

Es decir, que las primeras eran las comerciaban con su cuerpo por la “pecunia numerata” o, como gustaba de decir, por engordar la víscera más sensible del ser humano: la cartera.

Y luego estaba el resto de putas. Todas las demás.

Viene a cuento acordarse de eso en estos días convulsos en los que allende los mares el Sr. Trump dice que el muro con México lo van a pagar los mexicanos.

Y cuando se habla de muros es inevitable acordarse, por ejemplo, de las imágenes de “El Pianista”, de Roman Polanski, recreando lo que fue el gueto de Varsovia. O todavía más palpable (en sentido literal, porque ahí sigue para verlo y hasta tocarlo), del muro de Podgorze, Crakovia (Polonia), donde la parte alta se coronó con unas formas que imitaban las lápidas de los cementerio judíos (la forma era el mensaje: “de aquí no vais a salir vivos”).

Este fin de semana leo otro artículo en el que se analizan las consecuencias que para el sistema británico de salud tendrá el Brexit; no puedo evitar erizarme cuando uno de los posibles afectados trata de tranquilizarse y manifiesta al periodista que “no creo que nos deporten, nos necesitan”. ¿Recuerdan esa frase? ¿No era al que decía uno de los judíos en “La Lista de Schindler”?

Y faltaba, para rematar, lo de ETB de este fin de semana, hablando de los españoles en términos despectivos: solo les faltaba tacharnos de “bacilo disolvente de la sociedad”, entre otras lindezas.

El eterno “ellos y nosotros”.

Líbreme Dios de hacer ningún tipo de apología de los nazis (alemanes). Solo apunto que es evidente que tuvieron un problema de marketing. A lo mejor no les ayudaban esos uniformes diseñados por Hugo Boss, que los hacía tan visibles.

Mi conclusión es que siempre ha habido y siempre habrá nazis: primero claro, estaban los alemanes, los que perdieron la guerra (incluida la del “marketing de las ideas”); y luego, todos los que han venido después, sus actuales herederos intelectuales.

Todos los demás.

EL CARRO DELANTE DE LOS BUEYES

Desde el pasado 2 de octubre de 2016, fecha en que entró en vigor la nueva Ley del Procedimiento Administrativo Común, para los abogados, procuradores, economistas, notarios y demás profesiones cuyo ejercicio requiere colegiación resulta obligatorio relacionarse con las Administraciones Públicas a través de medios electrónicos, requisito que se exige para cualquier trámite administrativo, y que extiende, en el caso concreto de los letrados, la carga que ya teníamos desde la implantación de Lexnet.

Todo sea por el tan cacareado “papel cero” que, dicho sea de paso, no se cumple con la Administración de Justicia, porque, entérense los legos en Derecho, cada que presentamos un escrito iniciador de un proceso tenemos que hacerlo por Lexnet, escaneando los archivos y, además, en papel. Como lo leen.

El caso es que, ingenuo de mi, la semana pasada decidí probar el sistema en la pagina web de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, simplemente para presentar una sencilla instancia. Y en mala hora.

Digo en mala hora porque ese es -más o menos- el tiempo que tardé en darme por vencido, puesto que lo que yo quería presentar no estaba dentro de la pestaña donde figuran codificados los distintos procedimientos administrativos.

Probé ayuda y… ¿adivinan qué me decía el sistema? Si, eso, que entrara (como si pudiera) y solicitara soporte, es decir, que para ayudarme tenía que saltar esa primera barrera que no podía franquear.

Total, que después de varios intentos opté por desplazarme a la ventanilla de toda la vida, tratar con la funcionaria de toda la vida que me estampilló el sello… como toda la vida.

Esta mañana leo en La Opinión de Murcia que el Consejo de Gobierno aprobará la próxima semana la convocatoria de un concurso para conseguir la tecnología que sustentará la Administración electrónica por importe de 7,5 millones.

Acabáramos, resulta que primero pusieron la obligación y luego los medios. Y yo sin enterarme.

Lo dicho: el carro delante de los bueyes.

 

EXTRAESCOLARES

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Leo artículo de Pérez Reverte en el Semanal y recuerdo que, cursando estudios de E.G.B., D. Isidoro, mi maestro, encargó un trabajo sobre la División Azul, trabajo para el que un servidor (no había Wikipedia) se acercó al Diario La Verdad con la esperanza de documentarse, así, sin anestesia, sobre el tema.

Por aquel entonces la sede -rotativa incluida- estaba al lado de casa. Ahora hay un gimnasio de esos que llaman low cost.

El caso es que, a falta de mejor orientación, me puse a leer periódicos de aquellas fechas. Eran periódicos tamaño sábana, amarillentos, que tocaba con una mezcla de veneración y miedo, pues parecía que se iban a deshacer entre mis dedos.

En los tiempos que corren al pobre D. Isidoro lo habrían mandado fusilar los que se oponen a las extraescolares pero yo, en cambio, solo le puedo dar las gracias desde aquí.

Si no hubiera sido por D. Isidoro, que prendió la mecha de mi curiosidad, jamás hubiera descubierto que tenía otra fuente todavía más cerca: años después descubrí en las estanterías de mi casa un libro, “División 250”, escrito por un superviviente de la División Azul, Tomás Salvador. Y me familiaricé con las batallas de Krasny Bor, la del Lago Ilmen, la historia de Agustín Muñoz Grandes y su Cruz de Hierro, con la Legión Azul… Con mi padre he tenido ocasiones para charlar sobre el tema, sin lastres ideológicos y con una mirada desapasionada.

En esas estanterías, además de “División 250”, reposaban “Treblinka”, varios libros de León Uris… y muchos más; era tocar sus tapas e intuir que algo terrible había ocurrido antes de que uno naciera.

Gracias a mis maestros aprendí que la Historia no es cuestión de buenos y malos, o de rojos y azules; que entre el blanco y el negro siempre hay una infinita gama de grises.

Y de mi cosecha queda que, si la Historia se aprende revisando solo lo que cada día se publica en los periódicos, no es de extrañar que a largo plazo triunfe la llamada “posverdad”, puesto que ya lo dicen los plumillas: “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”.

No guardo copia de ese primer “gran” trabajo escolar.

Solo me queda su recuerdo que, como el del primer beso en la escuela, nunca se olvida.

CUMPLÍAMOS ÓRDENES (ENDLÖSUNG)

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Todos estamos embarcados en el mismo navío y nadie puede abandonarlo. Quien quiera separarse de mí, debe convertirse antes en cómplice, de forma que no le quede ningún camino de retirada

Adolf Eichmann, en Hungría

 

Con los telediarios abriendo con imágenes de las salas de vistas de la Audiencia Nacional –estos días no dan abasto- me resulta imposible no evocar en mi memoria ciertos juicios, con multitud de acusados, en los que una de las excusas ofrecidas para pedir la absolución era el consabido “cumplíamos órdenes”.

Es de manual: si mutualizamos la culpa, cualquier tipo de condena -si la hay- será siempre más llevadera.

Ya ha sido objeto de estudio el proceso por el cual personas “corrientes”, con independencia de su clase social, ideología e instrucción, fueron los implacables ejecutores de algunas de las matanzas más crueles que recuerda la Historia. Miles de seres humanos (judíos, gitanos, homosexuales, comunistas…) perecieron bajo sus manos de una manera atroz e indiscriminada.

A estos ejecutores les han llamado “hombres grises” (Christopher Browning) o “verdugos voluntarios de Hitler” (Daniel Goldhagen).

Si hubo gente que a mediados del Siglo XX se prestó a cooperar con el Holocausto, ¿cómo no iba a ver gentuza en el Siglo XXI que tuviera estómago para vender basura financiera a sus propios clientes?

Remontémonos a 2007, cuando pintaban bastos y la contabilidad creativa no era suficiente ya para tapar las vergüenzas de algunas entidades financieras patrias. A un genio –o grupo de genios- se le ocurrió la idea de crear y comercializar basura financiera para recapitalizar el balance.

“Recapitalizar” es un eufemismo que, en realidad, significa tapar el agujero que deja la pasta que se han llevado cuatro listos.

Y ahí que surgieron las llamadas “cuotas participativas”, las “preferentes”, las “subordinadas” y otros tantos productos basura pensados e ideados para captar con artimañas el ahorro de los propios clientes de la entidad financiera (que era “demasiado grande para caer”) y apropiárselo para cuadrar el maldito balance.

Tocaron generala, convocaron reuniones y enviaron los consabidos powerpoint.

“Ahora no sois directores de oficina, sois comerciales” –les dijeron.

“El proceso de venta es responsabilidad de toda la organización” –les tranquilizaron.

“Hay que cumplir objetivos” –les ordenaron.

Se remangaron la camisa y se pusieron a ello, con ardor guerrero.

Hubo gente que se resistió:

“¿Para qué querría ganar yo más si con el depósito que firmamos era suficiente?”.

El director, a veces, se enfadaba con el yayo. Le hacía ver que no estaba pensando en el futuro de los suyos, que era un egoísta…

Y el señuelo no fallaba. Era como convencerle de que se quitara la ropa antes de una ducha… justo en la antesala de una cámara de gas. Así de fácil.

Total, que empezaron a firmarse contratos y más contratos.

Pero pasaron los años y, cuando el yayo quería rescatar el dinero para los estudios del nene, por poner solo un ejemplo, le decían que no era posible.

Y empezaron los “madresmías”.

Pero las cabezas-pensantes lo tenían todo previsto.

“Fácil, lo trasladamos de oficina y punto. En Moratalla no lo conoce nadie…”

Y continuaron con un baile de traslados. O de prejubilaciones. No sea que a alguno se le fuera la olla y “salieran en los papeles”.

Muchas sucursales, incluso, cerraron. Ya no había nadie a quien protestar.

Oiga, que le vendieron preferentes a alguien que no tenía cultura financiera…

“Cumplíamos órdenes”.

Oiga, que no le dijeron que las cuotas participativas no cotizan en un mercado secundario y que jamás iban a recuperar el dinero…

“Cumplíamos órdenes”.

Oiga, que era un matrimonio de ancianos sordomudo…

-“Cumplíamos órdenes”.

Algún día se sabrá la verdad de esta ignominia, de esa especie de “Conferencia de Wansee” bancaria que convirtió a probos empleados de banca en cómplices y ejecutores de esa política. Conferencia “de Wansee” o, más propiamente dicho, “de Alcalá”, que es la calle donde está la sede del Banco de España. Las últimas noticias apuntan a que el propio órgano supervisor estaba metido en el ajo, al menos, mirando para otro lado.

Quizá los juicios sobre las “tarjetas black”, las “preferentes” y demás nos ayuden a saber cómo se toman esas decisiones, decisiones que han arruinado a tantas y tantas familias. Y ponerle medios para que no se repita.

Soy más pesimista, en cambio, a la hora de que verdaderamente se haga justicia con esos otros empleados de banca, kapos y oficiales ejecutores en definitiva, que hoy por hoy gozan de una prejubilación dorada, impunes y sabedores de que no los va a buscar ningún Simon Wiesenthal que perturbe su descanso.

“Cumplíamos órdenes”, te dirán, mientras se comen la última aceituna del plato y le dan un buen sorbo a su cerveza.

CUENTA DE CONSIGNACIONES: UN CAMINO DE IDA Y VUELTA

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Después de ponernos un mostrador-barricada para cada servicio y fiel a su estrategia de externalizar (como dicen ahora los modernos) todo el trabajo que se pueda, la Administración de Justicia -sede de Murcia- nos remite, para consultas de la cuenta de consignaciones de los juzgados, a un acceso telemático que, según parece, han puesto a nuestra disposición.

Vamos, que para ver cómo van los cobros y pagos de un expediente judicial concreto no les demos el follón (“qué hay de lo mío, qué hay de lo mío”) y lo veamos por internet. Vale.

Me preguntaba cómo podía acceder a la cuenta del Juzgado cuando recibo comunicación a través del Colegio de Abogados en la que se nos confirma este extremo:1

Bien -me digo-, voy a meterme en este nuevo follón digital y ver si desde mi despacho puedo consultar un expediente concreto.

Como me creo lo que me dice mi colegio profesional y, por supuesto, a pies juntillas lo que dice la Administración, llamo al teléfono que ponen en la circular que, como no podía ser de otra forma, supone un peregrinar de operadores hasta que doy con el que sabe de qué va esto. Como no tengo cuenta -me dicen- debería de darme de alta en una oficina.

2

Después de varios pantallazos (esto parece una partida de “Mario Bros”), llego al límite y me encuentro que ni con mi certificado digital de la ACA ni con mi DNI electrónico puedo entrar.

4

Nada, imposible, que no…

5Inasequible al desaliento, me acerco a la oficina central de Banco Santander en Murcia donde me atiende una comercial con la que, al final, me tengo que abrir una cuenta en el banco; me da un acceso específico a su plataforma de internet, me facilita unas claves y me despide después de una hora de papeleo. Ni una queja del trato dispensado que, por lo demás, ha sido exquisito.

Me vuelvo a mi despacho más contento que unas castañuelas, introduzco las claves y, tachán, pido acceso al expediente que me interesa:

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Acceso que ha sido denegado (para eso no tardan mucho, es verdad) sin una mísera explicación:

7

En este momento es cuando me acuerdo del gesto de la comercial cuando hemos probado “in situ” el acceso, que no lo tenía de inicio: suspiraba aliviada porque la parte del banco funcionara.

Al final, para ver una cuenta de consignaciones tienes que obtener el permiso del Sr. Letrado de la Administración.

Toma castaña.

Y digo yo, llegados a este punto ¿no sería más fácil que nos dieran el extracto de primeras y ahorrarnos tanto paseo?

Más aún, ¿por qué no tengo acceso al expediente desde el minuto cero si, ya consta que soy el letrado de una de las partes?

¿Deportes de riesgo? ¿Turismo rural?

Bienvenidos a la jungla.

REGALO UNA AYUDA PARA LEXNET

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pum

Casi de manera desapercibida -pero ahí está para verlo-, el campo de minas en que se ha convertido la Administración de Justicia nos ha colocado a los abogados una bien grande en el registro general, esto es, a la entrada del sistema; una mina que es para tentarse la toga.

Con el uso obligatorio de Lexnet, este verano se nos ha añadido el cumplimiento de una serie de exigencias que dificultan aún más nuestro desempeño. Y es que, conforme a lo previsto en los artículos 267, 268, y 273.5 de la LEC, y 17 del RD 1065/2015, anexo IV de éste último, lo que presentemos tendrá que cumplir los siguientes requerimientos “técnicos”:

– Los escritos deberán tener formato PDF con “OCR”; es decir, que para que S.Sª. Ilma no se canse y pueda hacer un “cortaypega”, el PDF debe permitir el reconocimiento de caracteres.

– Se digitalizará un documento por archivo (más trabajo administrativo).

– El primer anexo debe contener el índice de los documentos que se aportan (algo que no exigía la norma procesal lo requiere la técnica).

– Cada anexo debe ir precedido del número que ocupa en el índice documental.

– Los documentos deber de ser nombrados de forma descriptiva, que los identifique claramente.

Y, ojo, que ya no cuela el consabido método de “prueba y error”. A la primera vez que te equivoques te van a sacar tarjeta amarilla y te concederán plazo para subsanar. Pero, cuidado, si el profesional ya ha sido requerido por otro órgano del mismo partido judicial se rechazará de plano conforme a lo dispuesto en el artículo 43.2 de la Ley 18/2011.

La tarjeta roja será no tener por presentado el escrito, con la pérdida de oportunidad procesal que ello supone y, por tanto, riesgo de que se te impute responsabilidad profesional.

Comparto aquí esta sencilla plantilla para os ayude a cumplir esta tarea. Su uso es muy simple e intuitivo: en la tabla vas relacionando -debidamente numerados- los documentos que acompañas al escrito. En la segunda columna distingues si es público o privado (esto es de mi cosecha: no tienen el mismo valor probatorio y distinguirlos te va a servir para conclusiones). En la tercera se abre un desplegable para indicar la fecha. En la siguiente incluyes una breve descripción del documento. Y, finalmente, indicas el número de páginas. Aquí no te canses, que al digitalizarlo y convertirlo en PDF ya te lo calcula la aplicación. Poner el número de páginas dificulta posibles manipulaciones. Que de todo ha visto ya uno.

Fácil ¿no?

Pongo “versión 1” porque es mejorable: se admiten y agradecen sugerencias.

De nada.

TU BANCO ENEMIGO

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ccx

Si alguna lección hemos aprendido de la última crisis financiera es que, en muchos casos y a la hora de capear el temporal, las cajas de ahorros y los bancos no fueron precisamente lo que se dice unos aliados fiables. Todo lo contrario. Cuando empezaron a venir mal dadas muchos empezamos a comprobar, con desazón, que los productos denominados “estructurados” (basura financiera, diría yo) pesaban como botas de plomo que arrastraban hacia el fondo a pequeños empresarios justo cuando braceaban y boqueaban en un intento de no ahogarse definitivamente.

Es el caso de los ahora famosos SWAPs; y digo “ahora” porque en su día nadie sabía o entendía lo que era eso, ni siquiera por su nombre en castellano: permuta de tipos de interés.

Yo tampoco, lo confieso; ello a pesar de que tener tres carreras universitarias y -esto es lo más triste- un curso de especialización en derecho bancario. Que me devuelvan el dinero, oiga.

En realidad, hablamos de un producto supuestamente innovador que, para entendernos, precisaba del compadreo de dos entidades financieras quienes, a su vez, pactaban con sus respectivos clientes unas determinadas condiciones-espejo que los convertían en rehenes en un maquiavélico juego de “suma cero”: daba igual si subían o bajaban los tipos de interés; ganaba uno y perdía el otro. Pero los bancos, que estaban en medio, no.

Era un producto estructurado… para hacer bueno el dicho de que la banca siempre gana.

Y ese era el caso de mi cliente, a quien, al tiempo de formalizar un préstamo para ampliar instalaciones, se le vendió una especie de seguro de tipo de interés para protegerle (sic) de una tormenta cuyos negros nubarrones ya asomaban desde el otro lado del Atlántico. Un “seguro” por el que, cuanto más bajaban los tipos de interés, más tenía que pagarle al banco. El mundo al revés.

Estudiada toda la documentación concluimos que le habían tomado el pelo (no era un seguro) y hasta él mismo se retorcía azorado cuando se lo explicábamos:

-“Eso no era lo que me dijeron…”.

Estábamos ante un error invencible, como una catedral de grande, causa de nulidad radical del contrato pero, antes de demandar, negociamos con la entidad y ésta respondió, a través de un jefecillo de zona, poniendo en duda nuestra profesionalidad y capacidad.

Eso me convenció, definitivamente, de que habíamos dado en el clavo. Solo desde la altivez y una sensación de impunidad se nos podía tratar de esa manera. Se valían de la misma prepotencia con la que le colocaron a mi cliente un producto que no necesitaba.

Demandamos y ganamos en el juzgado de instancia la primera batalla. Pero el banco no se iba a conformar. En su cuartel general tenían clara la estrategia: “patada a seguir” y a ver si mientras escampa. O, mejor, nos rescatan.

Cinco años después, recurso tras recurso, por fin han topado con el Supremo. Ese tribunal que siempre tiene razón y no lo digo porque ahora nos la haya dado a nosotros: la tiene, simplemente, porque es el último en hablar.

Y en este caso, al tiempo de inadmitir el último recurso, el Tribunal Supremo ha dicho lo siguiente:

1.- Sobre el plazo para demandar y dado que el Banco decía que había caducado la acción de nulidad entablada por nosotros, responde diciendo que su cómputo, salvo expresa disposición que establezca lo contrario, no puede empezar sino hasta que se tiene o puede tenerse cabal y completo conocimiento de la causa que justifica el ejercicio de la acción; en este caso la existencia de error.

Con este planteamiento, el día inicial del plazo de ejercicio de ese tipo acción será cuando se produzca en el desarrollo de la relación contractual un acontecimiento que permita la comprensión real de las características y riesgo del producto que se ha adquirido mediante un consentimiento viciado, señalándose, en este sentido, el de suspensión de las liquidaciones de beneficios o de devengo de intereses, el de aplicación de medidas de gestión de instrumentos híbridos acordadas por el FROB, o, en general, otro evento similar que permita la comprensión real de las características y riesgos del producto complejo adquirido por medio de un consentimiento viciado por el error.

2.- Sobre el error en la contratación de productos y servicios de inversión, y en concreto, en la contratación de “swaps” de tipos de interés o de inflación el error propiamente dicho, la Sala ha dictado recientemente un número considerable de sentencias, declarando la nulidad del contrato por concurrencia de error vicio del consentimiento cuando el mismo ha sido causado por el incumplimiento por la empresa de servicios de inversión del deber de información al cliente que le impone la normativa sectorial.

La norma reguladora de estos productos complejos recoge la obligación de la entidad financiera de informar debidamente al cliente de los riesgos asociados a este tipo de productos, puesto que siendo el servicio prestado de asesoramiento financiero (la suscripción de los contratos fue ofrecida por el Banco al cliente), el deber que pesaba sobre la entidad comprendía tanto cerciorarse de que el cliente conocía bien en qué consistía el swap que contrataba y los concretos riesgos asociados a este producto, como asimismo haber evaluado que en atención a su situación financiera y al objetivo de inversión perseguido, era lo que más le convenía.

3.- Es importante, asimismo, saber que esta jurisprudencia ha declarado que lo determinante no es tanto que aparezca formalmente cumplido el trámite de la información, sino las condiciones en que materialmente se cumple el mismo. Es decir, que no basta con un firmar unos papelitos que te pongan delante.

4.- Por otro lado, el hecho de que el cliente sea una sociedad mercantil no supone necesariamente su carácter experto, puesto que la formación necesaria para conocer la naturaleza, características y riesgos de un producto complejo y de riesgo como es el swap no es la del simple empresario sino la del profesional del mercado de valores o, al menos, la del cliente experimentado en este tipo de productos. Así no basta con los conocimientos usuales del mundo de la empresa, pues son necesarios conocimientos especializados en este tipo de productos financieros para que pueda excluirse la existencia de error o considerar que le mismo fue inexcusable, y «no por tratarse de una empresa debe presumirse en sus administradores o representantes unos específicos conocimientos en materia bancaria o financiera» (sentencia 676/2015, de 30 de noviembre).

5.- La Sala le pega un buen tirón de orejas a la entidad al manifestar que quien ha sufrido el error merece en este caso la protección del ordenamiento jurídico puesto que confió en la información que le suministraba quien estaba legalmente obligado a un grado muy elevado de imparcialidad, exactitud, veracidad y defensa de los intereses de su clientela en el suministro de información sobre los productos de inversión cuya contratación ofertaba y asesoraba.

6.- El cliente, continúa, debe poder confiar en que la entidad de servicios de inversión que le asesora no está omitiendo información sobre ninguna cuestión relevante. La parte obligada a informar correctamente no puede objetar que la parte que tenía derecho a recibir la información correcta debió haberse asesorado por un tercero y que al no hacerlo, no observó la necesaria diligencia. Es decir, que no se le puede exigir que vaya con un notario y con un abogado a la oficina bancaria.

Y es que en esta resolución se declara probado que la entidad no cumplió adecuadamente sus deberes de información y que el cliente no tuvo conocimiento de la naturaleza y riesgos de la contratación, en concreto sobre la cancelación anticipada del producto ni sobre su coste en un escenario perjudicial para él.

7.- La Sala reprocha también la existencia de un conflicto de intereses con la entidad, conflicto que era evidente; y que no conste, tampoco, mención alguna sobre la posible idoneidad o falta de idoneidad del producto para el perfil del cliente.

8.- Finalmente, El Tribunal Supremo ha rechazado que la circunstancia de recibir liquidaciones positivas o la realización de contratos sucesivos suponga la confirmación tácita del negocio, o un acto propio vinculante. Es decir, que a mi cliente se le reprochaba que solo cuando recibió liquidaciones negativas, protestó. Bien, es lo que la Sala explicaba al principio de su resolución, que es a partir de ese momento cuando se dio cuenta del engaño, no antes. Y ese fue el momento en que pudo demandar para pedir la nulidad.

Comparto aquí el texto completo con la esperanza de que le sea de utilidad a compañeros y otros operadores jurídicos.

En la actualidad mi cliente sigue con su negocio abierto mientras que la entidad financiera, finalmente, fue intervenida por el FROB. Traducido, que fue rescatada con el dinero de todos los españolitos. La sucursal, por supuesto, cerró.

Y si mi cliente sigue abierto no es gracias, precisamente, a la ayuda que tuvo por parte de su “banco amigo”.

Simplemente fue porque su modelo de negocio nunca se ha basado en engañar y defraudar la confianza que, a su vez, le vienen depositando sus propios clientes.