CORONAVIRUS, DIA NUEVE

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Acabo de cerrar la puerta de mi casa. Detrás dejo un lunes lluvioso, lleno de trajines. Aunque tengo todo el despacho digitalizado y, en realidad, no me haria falta manejar papel, me he traido los montoncitos de expedientes que habitualmente coronan mi mesa de trabajo. Los coloco ahora en mi comedor exactamente en el mismo orden, junto con la agenda y la lista de tareas pendientes. Todo sea para crear ambiente y, con ese atrezzo, mejorar mañana mi concentración.

Definitivamente, al mundo le hemos dado la vuelta. Antes uno iba a su casa a olvidarse de los problemas del curro. Ahora tiene la sensación de que no puede sobrevivir sin ellos.

Ha sido un lunes exigente, decia, y ello a pesar de no tener juicios que preparar ni vistas a las que asistir. Lunes de llamadas, gestiones con el banco y de preparar, también, unos cuantos escritos legales.

Hoy ha sido lunes de despedida, puesto que mi intención es la de no volver hasta que pase el estado de alarma. Por lo que voy contrastando con otros compañeros, creo que no voy a ser el único del gremio. Cerramos y al personal lo mandamos a casa, hasta nuevo aviso.

De hecho, ni corren plazos ni dejan -tampoco- presentar escritos que no sean urgentes. Me lo estoy viendo venir: se declarará agosto hábil y habrá que recuperar el tiempo perdido. Y en mi humilde opinión seria lo lógico. Se avecinan tiempos de mucho sacrificio.

Pero no todos los juzgados se han quedado sin trabajo o con servicios mínimos. Hay unos a los que le pasa como al Mercadona, que les faltan horas y manos. Son los encargados del Registro Civil que, según leo, tienen que abrir de lunes a domingo porque no dan abasto para inscribir tantas defunciones. Otros que también están entrenidos son los de jueces de guardia. Por lo visto hay más de quinientos detenidos por desobediencia.

Aunque podría justificar mi desplazamiento (la letra del Real Decreto lo permite para profesionales), para mí no ha sido plato de gusto salir hoy a la calle. De hecho circulaba con el temor de ser parado en cualquier cruce por agentes de la autoridad y tener que dar explicaciones.

Ya pasó. Sigue cayendo lluvia fina. Dejaré entreabierta la ventana para escucharla desde la cama.

Me vendrá bien, porque esta noche me voy a acostar cansado y también enfadado. Esto último por saber que hay gente intentando estafar a nuestros ancianos, primero, diciéndoles que tenían que desinfectarles el dinero (para quitárselo, obviamente); después, con la venta de unos supuestos test para detectar el virus.

Se dice que la primera víctima de una guerra siempre es la verdad; con lo de los bulos y las estafas que se van conociendo, ese principio se confirma. Decía el Coronel Kurtz (Marlon Brando) en su discurso final de “Apocalypse Now” que no había nada que detestara más que “el hedor de la mentira”. Pues si, es detestable. Son detestables.

Pero lo peor es lo que ha contado hoy la Ministra de Defensa, de que el Ejército se ha encontrado en varias residencias ancianos abandonados a su suerte, rodeados de otros que ya habían fallecido.

Nuevamente se me aparece la imagen del Coronel Kurtz:

-“He visto horrores… horrores que usted no ha visto”.

¿Qué nos deparará mañana?

Son casi las doce, sigue lloviendo…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA OCHO

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Y llegamos vivos, con energía y entusiasmo, al octavo día.

El ocho es un número curioso. Dibujado, tal y como se enseña por vez primera en la escuela, son dos círculos montados uno encima del otro. Tumbado, el ocho nos recuerda al símbolo del infinito. El ocho es la bola negra del billar americano y octavo era el pasajero de la nave “Nostromo”.

La palabra “círculo” es prima hermana de “ciclo”, que -a su vez- nos evoca un empezar justo en el punto donde termina todo. Tenemos ciclos de un dia y ciclos de una semana. Como la que ya terminamos, con la confirmación de que el actual estado se va a prorrogar otros quince días más.

Los días se amontonan, calcados unos a otros; amenaza el tedio, el aburrimiento y la desesperación.

Porque ahora es cuando algunos empiezan a darse cuenta de ciertas verdades de la vida.

-Que tener mucho dinero en el banco no te sirve para nada, si no tienes dónde gastarlo.

-Que tener un carro de doscientos caballos en el garaje no te sirve de nada, si no puedes circular ya por ninguna carretera.

-Que tener una mansión enorme no te sirve de nada, si no tienes con quién compartirla.

-Que tener bolsos de marca acumulados en el altillo no te sirve de nada, si no puedes salir a lucirlos.

-Que, en definitiva, “ser alguien”, aparentar, tener un carguito y algo de poder, nada de eso te pueden esconder del virus, si éste ha logrado encontrarte.

Como le pasó a los tripulantes de la nave “Nostromo”.

Tristes los que se han procurado un buen entierro, pagando mes a mes el llamado “seguro de los muertos”; tristes porque, si mueren en la UCI lejos del consuelo de los suyos, ni eso van a poder aprovechar.

Hacía falta una pandemia para que muchos cayeran en la cuenta que contemplar la muerte cerca te hace valorar más la vida.

Fue en agosto del año pasado cuando, quemado por el estrés y buscando un poco de silencio, me perdí unos días huyendo de playas y bullicio; sin pretenderlo, durante ese retiro ensayé una rutina que me ha venido muy bien para encarar estos días. No es comparable, porque podía salir a pasear, nadar, montar en bicicleta… pero también me recluía HORAS en mi habitación del hotel, a leer y a meditar.

Y como compañía elegí, entre otros libros, precisamente el de las “MEDITACIONES” de Marco Aurelio; sí, Marco Aurelio, el papá de Cómodo, el emperador “malo” de la película “Gladiator”. Resulta que el “padre de Joaquin Phoenix”, aparte de guerrear con los germanos, también escribía y fue llamado el “Emperador Filósofo”.

Esta mañana he buscado mis anotaciones, las que iba tomando según leía; así, de corrido, se han convertido en un resumen ejecutivo para afrontar esta calamidad:

1.- “En ningún lugar encuentra el hombre refugio más apacible, más tranquilo, que en su propia alma”.

2.- “Qué cosa no puedes soportar con paciencia”.

3.- “Entiende que los hombres cometerán siempre, aunque te exaspere, los mismos errores”.

4.- “Atención en lo que tienes entre manos, vigila la actividad en curso, el principio idóneo, el sentido de las palabras”.

Y, para mí, la mejor:

5.“No desprecies a la muerte; recíbela, antes bien, de grado, como es esta una de aquellas cosas que quiere la naturaleza. Es propio del hombre dotado de razón no afligirse ante la muerte, ni apartarla rudamente, ni tratarla con altivez, sino esperarla como uno de los otros efectos naturales”.

El retiro que en agosto fue una cura, hoy se ha convertido en prevención.

-“Estudiar Filosofía no sirve de nada” -decían.

Pero si no querías estudiar, al menos pudiste escucharla de tu madre, que la aprendió de la suya y ésta, a su vez, de la suya…

Mi madre lo resume así:

-Hijo. Las mortajas no tienen bolsillos

Gracias, madre, por darme la vida. Pero gracias, también y sobre todo, por enseñarme a disfrutarla.

 

CODA: La película “Alien, El Octavo Pasajero” es, por derecho propio, todo un clásico del cine de ciencia ficción. Pero se vendía como una película de terror: Recuerdo lo que anunciaba el cartel: “En el espacio nadie puede oir tus gritos”. El tema era precisamente el de una infección, como organizar la cuarentena… Me acuerdo del informe final de la última superviviente, la Teniente Ripley y la última reflexión: “Para cuando llegues allá, ya sabrán ellos si era una advertencia”.

CORONAVIRUS, DIA SIETE

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Y al fin, en el Séptimo Día -como se cuenta en el Génesis- llegó el reposo.

Antes de eso, he tenido sueños premonitorios: esta noche he soñado con calles vacías, rociadas con lluvia. Me acordé de la película de Amenábar: “abre los ojos, abre los ojos…”. Imágenes apocalípticas de la Gran Vía desierta.

Del Génesis al Apocalipsis he soñado también con una cena en un restaurante situado lejos, muy lejos de aquí.

En un mundo de certezas y engaños, la lluvia ha sido la verdad. A la hora de la siesta cerré los ojos y busqué, en el silencio, el acompañamiento que hacen las gotas al caer. Se me ha acabado el café, así que no voy a tener problemas para dormir. Y en efecto, la siesta la duermo sin soñar nada.

En un mundo de certezas y engaños, lo del restaurante era ya inimaginable. Lo sueñas pero no puede ser. El “no ser” también puede ser una certeza.

En lugar de lamentarse por lo que ahora “no es”, pienso: ¿por qué no hacer ya una lista en la que apuntemos todas esas cosas que “apetecen y quedan para cuando se pueda”?

Ahí van mis cinco primeras:

1. Besarnos, tocarnos, acariciarnos…

2. Andar por la arena mojada, descalzo.

3. Tomar un helado en una terraza de cualquier paseo marítimo.

4. Abrazar árboles, sirinyoku…

5. Nadar y bucear con los ojos bien abiertos.

Bueno. Una más, ¿puedo?

6. Música en directo.

La lista no es para que no se te olviden. Es para que cuando las tengas a tu alcance les des el valor que se merecen.

Hoy era el Dia de la Poesía. Y en este mundo de certeza y engaños, me soplan que la que circulaba por ahí atribuida a una supuesta peste que hubo en 1800 no es tal. Con lo bonita que es. Porque no había necesidad de más adornos. ¿Verdad que no?

Recuerdo esa frase que decía que una cucharada de caviar en un tarro de mierda no tiene el mismo efecto que una cucharada de mierda en un tarro de caviar. A veces las mentiras hacen eso con el “caviar”.

Y con esta reflexión me apunto que para mañana se me queda pendiente analizar lo de los bulos, encargo que recibo para hacerlo desde el punto de vista jurídico. Y también buscar otras respuestas en el pasado. Porque en el pasado también hubo guerras y epidemias. Seguro que hay precedentes jurisprudenciales que resolvieron, por ejemplo, cómo amparar inquilinos que no podían pagar la renta sin perjudicar los legítimos intereses de los propietarios. Allá donde la justicia se convierte en injusta debe prevalecer la equidad o, más aún, la compasión.

Pero a ver quién se pone ahora a buscar en la base de datos de jurisprudencia. Hoy no va a ser. Esta noche me espera la Ruta de la Seda.

A Marco Polo le advierten: “una mentira es una agresión personal para el Gran Khan. Sin embargo, la verdad es siempre un escudo”.

Certezas y mentiras.

CORONAVIRUS, DIA SEIS

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De nuevo despierto antes de que suene la alarma que, por mantener la rutina, sigue puesta a la misma hora. El silencio lo rompe el tranvía que nunca falla. Me pregunto quién irá dentro, si es que hay pasajeros y si lo desinfectan cada vez que se bajan.

Cuando escribo estas líneas en el edificio de enfrente hacen una especie de gimnasia sincronizada, justo después del aplauso de rigor; la dirige una chica y la hacen con la música a tope. Me parece que hoy hace un poco más de frío. Lo noto en casa, hasta con las ventanas cerradas.

Como no se me ocurre salir ya ni al rellano, he dividido mi casa en dos zonas. Los fans de “La Casa De Tu Vida” las llamarían “zona de día” y “zona de noche”. En mi caso, una operación tan sencilla como cerrar la puerta del pasillo y dejar atrás los dormitorios tiene el mismo efecto psicológico de salir a trabajar por la mañana. La mente se prepara también cuando se mete uno en la ducha, y por supuesto, se pone ropa de calle. Aunque solo sea para ir al salón. O salir guapo en la videoconferencia.

En la zona de trabajo es donde pruebo una rutina de cardio que me han enviado por guasap. El profe es un tal Fausto Murillo, negro como el tizón y con el cráneo rapado. Después de veinticinco minutos intensos, noto como sudo y hasta se me nubla la vista. En la pantalla, al terminar, solo veo unos dientes muy blancos reírse mientras nos suelta una charla motivadora.

Después de tomar un desayuno reparador, empiezo mi primer día de teletrabajo cien por cien; llegó el momento de poner a prueba el sistema, de comprobar que el esfuerzo de digitalización ha merecido la pena. Y parece que sí, aunque todavía me cuesta acostumbrarme al portátil.

Por supuesto que no han faltado llamadas, mensajes de correo y guasaps. Esto último, racionado y filtrado según las horas. Hace unos años escribí un trabajillo sobre gestión de tiempo y, me resulta también curioso, nunca imaginé que al final lo tuviera que poner en práctica -precisamente- en un confinamiento.

Antes de apagar la luz veo las últimas noticias: la detención de una patinadora en Molina de Segura (Murcia), por saltarse las normas y resistencia a la autoridad; la cifra de muertos que aumenta en Italia… A veces nos gustaría que las cosas fueran de otra manera. Pero la realidad te pone en su sitio. Y solo hay que preocuparse por lo que quede a nuestro alcance, dentro de nuestra esfera de influencia. Lo demás genera ansiedad y con ansiedad se toman, siempre, malas decisiones.

Me quedo con los nuevos proyectos y encargos que hoy, a pesar de ser puente, aparecen en el horizonte y quedan anotados para más adelante.

CORONAVIRUS, DIA CINCO

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Para esta mañana decidí hacer otro experimento. Quitar la alarma y ver a qué hora me despertaba. Hoy ha sido a las 05:47 a.m. Es curioso porque hoy, precisamente hoy, no tenía que ir a ningún lado; ni siquiera a mi despacho.

Nada más abrir los ojos he anotado mi primer pensamiento. No sé por qué motivo, pero me he acordado del juego “Trivial Pursuit”, que me ha encantado de siempre. Y me he acordado que una vez conocí una persona que se dedicaba a memorizar las preguntas y las respuestas. Es decir que, para preparárselo, tenía la santa paciencia de estudiarse las tarjetas. Una a una. Que me perdone, pero no me acuerdo de su nombre. Tampoco lo pondría aquí. En este encierro tendría tiempo de sobra para clavar codos y sería el campeón (o campeona) de todas las reuniones. El único problema es que tendría que jugar de forma virtual, porque las reuniones entre amigos también han sido prohibidas. Repitan conmigo: “hay que actuar como si estuviéramos infectados”.

En Facebook, a falta de otra cosa, me “desayuno” imágenes de ataúdes en Bérgamo (Italia) y también de las urgencias, éstas últimas grabadas por una enfermera. Y, curiosidades de la vida, por razón de mis viajes -y de lo que a veces cuento por aquí- conozco a alguien cuya prima está en Bérgamo. Fue la primera persona que me contó, de primera mano y sin bulos, que en las UCI de Italia ya se iba eligiendo a quién se atendía y a quién se dejaba morir. La creí, por supuesto. Y ahora las noticias que llegan, lo confirman.

Wuhan (China) podría haber pasado a la historia, por ejemplo, como sede de los JJOO. O de una reunión para el desarme multilateral. O de una conferencia mundial sobre el clima. Pero no, será -para generaciones- la zona cero del coronavirus.

De Wuhan, nos dicen, llegan noticias del primer día sin contagios. Si Italia nos lleva dos semanas de ventaja, y China dos meses, ya sabemos lo que nos espera. Hay esperanza, pero lo peor todavía no ha pasado.

De Brasil me llegan otras noticias, también de primera mano. De pánico y cierto descontrol. Todavía no son conscientes allá, porque -me dicen- no se atreven con el toque de queda y, en cambio, aún permiten abrir restaurantes con ciertas medidas de seguridad (no sé si he entendido bien, pero me hablan de un metro de separación, o así). No, no son conscientes aún.

He decidido desconectar de las noticias. Y no he puesto la TV ni un segundo. Además, era mi santo y el día del padre, qué carajo; y para mí que ha sido el día más acompañado de mi vida, bañado por un torrente de calor y mensajes afectuosos.

Anoto, entre guasap y guasap, un par de apuntes de aparente “normalidad”: en el edificio de enfrente, que tiene piscina, se sigue depurando el agua de forma regular. Abro la ventana y oigo los chorros. Si eso no es ser optimista, que baje Dios y lo vea. Y en el piso de arriba, o el de al lado, que no lo sé, cantan un cumpeaños feliz. Resulta evidente, aunque no lo viera, que es por videoconferencia, por los besos que les oigo mandarse. Días extraños en los que estamos todos tan lejos y, a la vez, tan cerca.

Y entre guasap y guasap, me termino las “MEMORIAS DE LOS ÚLTIMOS DIAS DE BYRON Y SHELLEY” (de E.J. TRELAWNY). Un libro extraño, que mezcla el género biográfico con el de los viajes y del que extracto esta cita que relata, a su manera, el paso entre Escila y Caribdis:

Al este quedaba el salvaje litoral de Calabria, con sus peñascos grises y recortados; al oeste la soleada y fértil costa de Sicilia. Mientras nos deslizábamos a poca distancia de sus suaves colinas y resguardadas calas, Byron señaló hacia un rincón tranquilo y exclamó: Ahí podría ser feliz

Recuerdo una vez, hace ya unos cuantos años, cuando mis padres me ayudaron en una mudanza y, al terminar de colocar todos los libros en la estantería, mi padre, mirándolos, me soltó: “Hijo, aquí vas a ser feliz”. ¿Sabéis una cosa? Cada día que los veo me acuerdo de vosotros y de esa frase.

Trágico final el de Byron, en cambio, que no pudo ser feliz en Sicilia y que, en lugar de ello, encontró la muerte en Mesolongi (Grecia).

Lo termino hoy y empiezo “ENTRE EL MIEDO Y LA LIBERTAD”, de David M. KENNEDY. Un ensayo que relata la historia de los Estados Unidos desde la Gran Depresión hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y que los Reyes Magos, tan sabios ellos, me dejaron allá por el mes de enero.

Y en sus primeras cien páginas se relata el estancamiento de la agricultura, la disminución en la venta de automóviles y viviendas, los abusos en Wall Street, la evaporación que experimentó el valor de muchos activos y los males que aquejaban a un anárquico sistema bancario.

Veo paralelismos evidentes, claro. Y recuerdo aquello de que “la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia”. Pero en lugar de dejar consignado aquí un mensaje pesimista, precisamente debería señalarse que los Estados Unidos emergieron, después de sortear a su Escila y Caribdis particular, como una superpotencia.

No aspiro yo a eso, ni mucho menos; pero de lo que no hay duda es que saldremos adelante. Otra cosa es que el “paisaje” que nos encontremos a la salida sea muy distinto al que quedó antes de este confinamiento. Tampoco Odiseo era ya el mismo cuando regresó a Itaca.

CORONAVIRUS, DIA CUATRO

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En este tiempo de dudas e incertidumbres, emerge un principio básico: hay que comportarse como si uno estuviera ya infectado. De esa manera queda claro que, de circular por la vía pública, solo se puede hacer de forma individual. Adiós, por tanto, a la sostenibilidad, al coche y tiempo compartidos. A la reutilización. El plástico ha dejado de ser el malvado de este cuento y se ha convertido en un artículo de primera necesidad. Lo primero, dicen, es sobrevivir.

Si te consideras ya infectado, tampoco hay dudas: adiós a subir y bajar escaleras, a ejercitarse en las zonas comunes de tu comunidad. Aunque sean privadas. Hay que eliminar toda posibilidad de contagio. El muro se estrecha.

Pero no nos pongamos trágicos. Ayer me contaron un chiste muy gracioso, el de la llamada del repartidor de Amazon que pregunta el horario en el que puede pasar a dejar el paquete en casa. El chiste de hoy es el del puente de San José. “¿Dónde has pensado pasar este puente, en el salón o en la terraza?” -nos preguntamos.

Y hablando de padres, muchas consultas a la hora de cumplir los regímenes de visitas en los casos de separación y divorcio. Más allá de lo que acuerden juntas de jueces y especialistas en Derecho de Familia, sentido común; o primeros principios, que diría Hannibal Lecter: por encima de toda consideración, que prime siempre el interés del menor y, segundo principio, comportemonos ya como si estuviéramos infectados.

En el siempre árido BOE observé esta mañana una concesión a la lírica. En la exposición de motivos del último decreto se nos dice que estamos viviendo un tiempo de “disrupción”. Es una palabra que me gusta, que me suena a “distopía”. Será, probablemente, de la misma familia. Me gusta, en cualquier caso, porque anuncia el advenimiento de un nuevo tiempo, una nueva era en la que se vuelvan a barajar las cartas. Pasaremos del “nunca más” y del “para siempre” al “cuánto me alegra haberte conocido” y “cómo valoro las horas que compartimos”. ¿Por qué ha hecho falta una crisis como esta para darse cuenta?

Esta noche no me ha importado saber que no se pueden subir y bajar escaleras, que mañana no puedo ejercitarme en la azotea ni, tampoco, correr por el garaje. Tengo un plan “B”.

Porque esta noche aprendí que hay otras formas de ensanchar una casa: agarrar un cojín -o lo primero que se te ocurra- y empezar a moverse al ritmo del dos por cuatro. Rodear los muebles, subirse a ellos. Cerrar los ojos e improvisar. “Dejate” llevar, viejo, me parece escuchar.

Ya no me importa actuar como si fuera un infectado. Porque, entonces y por vez primera en mi vida, podría atreverme a echar de menos lo que aún no he conocido.

CORONAVIRUS, DIA TRES

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Se ha escrito por ahí que se necesitan, como mínimo, veintiún días para crear un hábito. ¿Durará este encierro lo suficiente para adquirir alguno nuevo? ¿Y cómo será ese hábito? ¿Sano? ¿O, quizá, nocivo?

A la mayoría resulta que el confinamiento se le está haciendo largo, muy largo.
En mi caso, los días pasan igual de rápidos que antes de que empezara el Nuevo Régimen. Cuando me vengo a dar cuenta, he tachado otro día del calendario y aquí estoy, de nuevo, delante del teclado, escribiendo esta especie de cuaderno de bitácora. Cansado. Y con los ojos medio cerrados ya. Pero me gustaría que me quedara este hábito. ¿No recomiendan los gurús dedicar un rato todos los días para hacer balance de la jornada?

Son, también, horas en las que se valora el silencio. ¿He dicho silencio? Lo peor, a mi juicio, está siendo el incesante martilleo de bulos y rumores. En eso también hay paralelismo con las curvas de contagio. Espero que llegue un momento en el que la gente se canse de hacer tanto ruido inútil.

Silencio. Lexnet ha dejado de escupir notificaciones. Esta mañana el juzgado estaba bajo mínimos. Todavía atendiendo, pero con mala cara. “¿Para qué has venido?” Yo también os quiero. Un rato después, en la notaría, he asistido a un esperpento surrealista: cada cual firmaba con su bolígrafo y con las manos higienizadas: lávenselas con hidroalcohol, a conciencia, “antes y después de”. Sentados alrededor de la mesa de firmas, con las sillas separadas unos dos metros, deseábamos, más que nunca, que el notario terminara de leer la escritura.

A la salida acechaban los controles policiales: “Señor agente, que vengo de la notaría. Y si no se lo cree, llame al notario, que no se me ocurre nadie mejor que él para dar fe”. Pero no, no ha hecho falta.

Los autónomos no nos vamos a hacer una acreditación como a nuestros empleados para justificar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Bueno, esto último se ha puesto negro, muy negro. Por el tam-tam del Whatsapp circulamos iniciativa para pedir que se suspenda el pago de las cuotas colegiales y de la Mutualidad. Suspender y no aplazar, que hay una sutil diferencia. Más que por nada, por aquello de acompasar los pagos con los ingresos, cada vez más menguantes. Que de la anterior crisis de las subprime algo aprendimos, oiga.

Por la tarde, reunión con cliente a través videoconferencia. El dichoso virus amenaza con devolvernos a la Edad Media; pero uno todavía se asombra de que pueda hablar con otro sujeto -al que supongo a cientos de kilómetros- a través de una pantalla; como cuando de críos veíamos “Star Trek” o “Galáctica”. “Hola, aquí el capitán Spok”. O como se llamara.

Algo tenemos que agradecerle a la moda de las series, al porno y los videojuegos: que nos han dejado unas autopistas estupendas para el teletrabajo. Y para los que no teletrabajen, pues contentos también, que oferta de las tres cosas tienen, y muy abundante, para tener los deditos ocupados y dejarse de guasapeos.

Todo sea por mantener la paz familiar y por no llenarnos a la vuelta la mesa con demasiadas demandas de divorcio, por supuesto.

CORONAVIRUS, DIA DOS

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Lunes 16 de marzo, lunes de “por fin es lunes”. Cuando sonó la alarma hacía ya un rato que estaba despierto. En eso no ha sido un lunes especial, que digamos. Porque ni es la primera vez ni será la última que me sucede. La novedad es que esta mañana no era un juicio lo que enturbió mi sueño. Hoy era primer lunes después de decretarse el Estado de Alarma. Hoy ha sido el Día Dos del Coronavirus.

Al despertar, tres preguntas: ¿Habrá enfermado algún familiar o allegado? ¿Se habrán endurecido las medidas? ¿Que me voy a encontrar en cuanto llegue al despacho?

Soy consciente de que hemos entrado en una dinámica en la que las jornadas empezarán a parecerse unas a otras. Se ha instaurado un Nuevo Régimen en cuyo calendario han desaparecido los viernes de tapeo, las vísperas, los festivos y los domingos futboleros. No hay verbenas, ni fiestas populares. Llegará un momento -pienso- en el que me dará igual si llueve o hace frío, si amanece el día ventoso o soleado. Me dará igual porque en el confinamiento siempre hace la misma temperatura. O casi.

Estamos muy lejos, empero, de caer en la desesperación. Todavía nos puede parecer hasta divertido -dicen algunas voces autorizadas-, pero lo peor del encierro está aún por llegar -advierten-.

De nuevo he tenido que tirar de lecturas pasadas, de voces mucho más autorizadas que las chorradas que inundan mi Whatsapp desde hace tres días; voces como la de Viktor Frankl, superviviente del exterminio nazi quien, en su “El hombre en busca de sentido”, nos enseñó aquello de que

a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino

Y de eso se trataba hoy. De actitud frente al desafío.

Está prohibido salir a correr y los gimnasios están cerrados, pero, aun así, no renuncio a mi rutina mañanera. En el Real Decreto todavía no se dice nada de que no se puedan subir y bajar escaleras; o que esté prohibido hacer un circuito en la azotea del edificio. Y, ya se sabe, lo que no está prohibido está permitido.

Es curioso. Después de siete años es la primera vez que he subido a la azotea. Y he visto que no era el único. En el edificio de enfrente otro ha decidido no dejarse vencer por la molicie. Imposible sentirse solo.

El cielo estaba nublado y amenazaba lluvia. He corrido como si fuera un ratón -pegado a la pared- observando cómo en la obra de enfrente reanudaban el tajo. A los equipos de protección individuales se les ha añadido una mascarilla. Y listo. El martilleo de las herramientas no ha dejado de ser otro síntoma de “normalidad”.

Alguien ha decidido seguir, no rendirse, para que dentro de unos meses -o años, quién sabe- los apartamentos sean habitados por niños que volverán a jugar en los columpios del parque y a los que, cuando crezcan, quizá aburramos contando estas historias del Coronavirus.

Es noche cerrada. En casa ya, me llega otro enlace por Whatsapp: por los balcones de Italia hoy sonaron los acordes de un tango -“Oblivion”-, pero cantado en francés…  Preguntas: “¿Qué más se puede pedir?”. Y te respondes rápido: “Solo una cosa: bailarlo”.

En el Segundo Día del Coronavirus aprendimos algo nuevo: que aparte de aplausos coreografiados, en tu balcón también puedes dejar un “abbraccio sospeso”, el abrazo suspendido; el que se da para cuando se pueda recibir.

CORONAVIRUS, DIA UNO

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Termino de leer el Real Decreto que establece, por segunda vez desde que se instauró la Democracia en España, el Estado de Alarma. Lo primero que hago -deformación profesional- es apuntar el vencimiento del plazo: quince días naturales a contar desde la fecha de su publicación en el BOE. Quince días de restricciones, quince días de confinamiento domiciliario y quince días en los que se prevé una parálisis de la actividad de todo un país.

El precedente lo tuvimos como consecuencia de una huelga de controladores aéreos. Pero ni de lejos se llegó a tanto. Para dar una idea de la gravedad, sirva como botón de muestra el hecho de que se ha ordenado el cierre de todos los bares a lo largo del territorio nacional. Algo inaudito. Ni siquiera en tiempos de guerra se habría tomado una decisión como esa.

Superado el primer sentimiento de incredulidad y siendo consciente de que estamos ante una situación excepcional, de una catástrofe de la que costará mucho tiempo recuperarse, siento también que me encuentro con un regalo inesperado: durante este tiempo no van a correr los plazos ni tampoco se van a celebrar juicios.

Me dispongo, pues, a vivir una especie de ensoñación, de un espacio-tiempo donde voy a poder seguir moviéndome mientras que todo estará paralizado. Una oportunidad, en definitiva, de poner el reloj a cero, de recuperar -si ello es posible- el tiempo perdido.

No lo afronto como unas vacaciones, ni mucho menos; bien aprovechado, este tiempo podría ser algo mejor que eso. Solo es cuestión de organizarnos.

Como contrapartida, parece que el personal anda un poco revuelto con la idea de renunciar a sus actividades habituales de ocio (del trabajo no se quejan), como si estar en casa fuera una condena, un castigo insoportable.

Y entonces no puedo evitar acordarme de lo que escribió Thoreau en su “Walden”, aquello de que en su casa tenía tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad, tres para la compañía. Dependerá de cada cual dónde decida sentarse en cada momento, añado yo.

Thoreau fue un tipo que decidió autoexiliarse a una cabaña para vivir prácticamente solo durante dos años, dos meses y dos días. Y “Walden” era el nombre del estanque donde plantó una choza de pino, donde escribió su célebre diario.

Aunque pudiera parecer un “rarito”, en el siglo XIX, decía cosas tan sensatas como que “los hombres se han convertido en herramientas de sus herramientas” (y eso que no conocía los dichosos teléfonos móviles) o que “nuestras invenciones suelen ser hermosos juguetes que distraen la atención de cosas serias” (tampoco conoció las redes sociales, a saber lo que diría ahora).

Ha llegado el tiempo de centrarse en las cosas serias.

Como, por ejemplo esta tarde, en la que he vuelto a ver “El Club de los Poetas Muertos”. Y, mira por donde, que me vuelvo a tropezar con el bueno de Thoreau y su poema “Fui a los bosques”, que reza así:

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”.

Quizá para la inmensa mayoría quince días de confinamiento le parezca algo insoportable. En mi caso, creo, me van a parecer muy pocos.

SUCEDIÓ HACE UN AÑO (ojo, contiene “spoiler”)

¿Que cómo me llamo? Qué más da cómo me llame. Solo soy un negro –un africano, dicen– que se busca la vida en un pueblecito del Norte de España. Bueno, perdón; de España, de España, lo que se dice de España… como que no. Que aquí manda un partido de esos que le llaman “aberchale”; o como se diga. Y aquí, en este pueblo del Norte, de ninguna manera se consideran españoles. “¡Gora Euskadi!” –por si acaso.

Cualquier otro día del año los que están ahí abajo me iba a mirar a la cara. Lo habitual –recuerdo– es que desvíen el rostro cuando se cruzan conmigo. Como si les fuera a morder. “¿Es que nunca habéis visto un negro?”. Pero no, hoy los tengo delante, mirándome como un solo hombre. Debe ser un acontecimiento muy importante porque no ha faltado ni uno. Todo un pueblo esperando a que hable.

Es curioso. Desde que llegué apenas he tenido amigos. Si acaso Iñaki, un borrachín muy simpático que me cruzo cuando vuelvo a casa.

–Me caes bien, me caes bien, tú… –me dice– Y eso que eres negro. Pero mira, prefiero un negro que hable euskera que un puto maketo. Chakurras, que no los soporto, ostia. Pero tú, como te llames, me caes bien –me dice.

Creo que Iñaki se siente igual de solo que yo y por eso busca el contacto. Y es que en este pueblo –del Norte– hace frío. Y suele llover mucho. Dos días de cada tres. Nada que ver con mi tierra. Pero, al menos, con la faena me puedo ganar unas gachas calientes y el derecho a dormir a cubierto.

No soy de los que les gusta crear problemas. Siempre he intentado respetar las normas –como me enseñó mi abuela–. Joder, si hasta he intentado aprender euskera para agradarles. Pero, aquí, eso de integrarse, como que no les va mucho. Por eso me sorprendió que me buscaran ayer tarde. Al principio, con tanta prisa con la que vinieron, pensé que les había molestado algo. Pero no, no era nada de eso. Me dijeron que el que normalmente hace este papel estaba aquejado de gripe y me pidieron el favor de sustituirle. “Por favor”. La primera vez que me pedían algo por favor. “Que la ilusión de los niños no tiene precio y todo eso” –me dijeron.

Ahora estoy subido en el balcón del Ayuntamiento; lo han decorado con la palabra “ZORIONAK”. Antes de venir me han paseado y agasajado vestido como un príncipe llegado del Lejano Oriente. Qué vergüenza. Menos mal que no me ve mi familia.

La ventaja de ser negro –me sueltan– es que no tuvieron que pintarme la cara. Y se quedan tan panchos. Menos mal que no me han pedido el RH.

Ahí los tengo. A mis pies. Ansiosos. Siempre podré decir que mi intento por aprender el puto euskera no me permite manejarme bien con el castellano. O que estaba nervioso. Sí, eso quedará mejor.

Vale. Allá voy:

–”¡QUE SEPAS QUE LOS PADRES SON LOS REYEEEES! VENGAAA. GABÓOOOON”.

 

(relato inspirado en esta noticia: https://www.elconfidencial.com/espana/2019-01-05/baltasar-noche-reyes-baltasar-encanto-magia_1741646/)