MALDITO KARMA

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La historia comienza con unos jóvenes abogados que, con toda la ilusión del mundo, montan un despacho.

La sede no es la de un lujoso edificio de oficinas, no. Pero no faltan el parquet, unos cuadros adornando las paredes (todos originales, eso sí) y una mesa de madera maciza para las reuniones. Hablamos de una mesa limpia y sin expedientes amontonados. Que no veas la mala imagen que da eso.

Despacho coqueto y funcional. Aunque todavía no haya dado tiempo a poner el aire acondicionado. Ay. En Murcia, con la que cae…

La historia sigue con una visita. Para darle el estreno vienen dos clientes –constructores entrampados- con su principal acreedor quien, a su vez, se presenta acompañado por un director de sucursal que, por lo visto, se saca sobresueldo por las tardes. No se sabe qué formación tiene, pero desde luego está claro que no es abogado. Es su “asesor”. Vale.

Después de un tira y afloja que dura un par de horas, al final hay acuerdo y se redacta un texto que recoge las condiciones de refinanciación por las que el prestamista les da un poco más de “cuello” a los clientes. Solo queda sacar el dinero y acudir al notario, gestión que se remataría al día siguiente.

Es en la puerta, despidiéndose, cuando el “asesor” se vuelve y dice:

-Ah… Fulano, Mengano… a ver si le pagáis más a vuestro abogado, que le dé para comprar un aire acondicionado. Que no veas qué calor he pasado esta tarde.

Y se da media vuelta sin esperar contestación.

La historia termina a la mañana siguiente, en la notaría. Ha pasado media hora; y una hora; y casi hora y media; y el “asesor” que no viene con el dinero prometido.

Todos se remueven con incomodidad en la sala de espera. El enfado del prestamista empieza a ser monumental.

Claro que, como en esa época no hay teléfonos móviles, no hay manera de saber qué pasa.

Amago de suspender y romper trato.

Y en esas que llega el “asesor”, empapado de sudor –já- y todo congestionado –ja, ja-:

-Milperdones, milperdones, pero es que se me ha parado el coche en la autovía. Ná, una tontería, al final era un latiguillo, que se ha salido de sitio… Me lo han vuelto a colocar y listo –se explica.

Se firma la papela, se entrega el dinero y, después de convidarse, hora de la despedida.

El abogado duda. Lo dice, no lo dice… Sí, lo dice. Total, ya se ha firmado y no hay marcha atrás:

-Encantado de conocerle, D. Zutano. Ah, una cosa solo: que con la pasta que va a ganar con mis clientes, a ver si por lo menos le da para comprarle un latiguillo nuevo a su asesor. Que la próxima vez llegue a tiempo y no le haga esperar.

Maldito karma.

 

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“CUANDO LOS DINOSAURIOS DOMINABAN LA ABOGACÍA” (y no había smartphones)

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Pase, pase –invita el Letrado a su Cliente. Siéntese y me cuenta –le dice obsequioso.

Pues mire, D. Fulano, venía a contarle que nos ha surgido un problema con la linde…

RING, RIIING -interrumpe el teléfono.

Disculpe, D. Zutano, una llamada…

Nada, nada. Atiéndala, sin problemas.

El Letrado pone cara de “qué le vamos a hacer” y atiende la llamada. Después de un largo blo-bló, cuelga y se disculpa:

Perdone, D. Zutano, una llamada de un cliente muy importante; que si aceptaba como garantía pignorar la facturación de tres años o, bien, constituir una hipoteca mobiliaria… ejem, perdone, negocios, mucho dinero, ya sabe…. Pero siga, siga, no se interrumpa.

Pues, como le iba diciendo, por la linde sur, por donde el ribazo, los vecinos han…

RING, RIIING -interrumpe otra vez el teléfono.

Disculpe, D. Zutano, una llamada…

-…

Despacho de D. Fulano, dígame… Ah, sí… Hombre, cuánto tiempo. Sí. Ah… No. Cuenta, cuenta…

Otro largo blo-blo que dura más que el primero; y cuelga.

Perdone, D. Zutano, ainsss, otra llamada importante. Estamos en tiempos de turbulencias, ya sabe, que si fusiones, que si adquisiciones; el mercado se mueve… Pero siga, siga, no se interrumpa.

D. Zutano se remueve en la silla y se dispone a iniciar su relato cuando, de nuevo, suena el teléfono:

¡¡¡RING, RIIING, RIIIIIIIIIIING!!!

En ese momento D. Zutano recoge su humilde carpeta de plástico, se pone de pie, dice adiós y se dirige a la puerta del despacho cuando el Letrado, tapando con la mano el auricular del teléfono, le grita desde su sillón:

Pero, Zutano, a dónde vaaaaaa, espereee…

Y D. Zutano todo digno le espeta:

-Dado que atiende con preferencia a quienes no se molestan en venir a verle…

¡A buscar una cabina de teléfono desde donde pueda contarle mi caso!

 

QUE LA TIERRA NOS SEA LEVE

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No desprecies la muerte, acéptala de buen agrado, porque forma parte de lo establecido

(MARCO AURELIO – Meditaciones)

 

En la película “El Puente de los Espías” un ruso, al que han trincado haciendo lo propio de su condición, se juega la silla eléctrica. Durante varias ocasiones su abogado le pregunta si no está preocupado y él siempre le responde:

-“¿Serviría de algo, ayudaría?”

Hablamos de una época, la de la Guerra Fría, en la que el holocausto nuclear estuvo muy cerca. Tanto que hasta la gente se gastaba dinero en montarse refugios atómicos en su jardín. Así que lo suyo era darle pasaporte al espía, claro. Juicio justo y ahorcamiento al amanecer.

No, este texto no tiene como objeto destripar esa película. Simplemente, comparto una reflexión sobre la muerte y el miedo a la muerte; reflexión que me hice al observar cómo se conducía el espía ruso frente a sus captores: como un estoico.

El miedo es un recurso de supervivencia. Adrenalina para salir corriendo y escapar de los depredadores. Pero no se puede vivir todo el tiempo con miedo. Es como llevar un motor con el cuentarrevoluciones siempre por la zona roja. Insoportable. Agotador. Contraproducente.

Después de “lo de Niza”, Francia dice a sus ciudadanos que tienen que resignarse a convivir con el terrorismo. Y quien dice Francia, dice Occidente y, más aún, el Mundo entero, puesto que el fanatismo no conoce fronteras.

En su ya famoso discurso en Stanford Steve JOBS advirtió: “Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto”. Y a su estilo, renovaba el mensaje de MARCO AURELIO, el Emperador-Filósofo.

La probabilidad de sufrir un atentado no es mayor que la que tenemos de tener un accidente de circulación. ¿Está en mi mano cambiarlo? No, por eso salimos a la carretera. ¿O no?

Hace unos cuantos años que un servidor decidió vivir cada día de su vida como si fuera el último. Y la verdad es que la receta funciona: no pierdo el tiempo tomando disgustos por tonterías y cada momento de disfrute lo vivo más intensamente.

Apuro mi copa porque pienso que a lo mejor es la última. Si es así y ha llegado mi hora, brindo porque haya merecido la pena.

No estoy frivolizando. Otra cosa distinta es la muerte de un ser querido, claro; pero estas reflexiones son relativas a mi propia muerte.

Como la publicación de este post está programada para la vuelta al tajo, cuando aparezca daré gracias por poder leerlo. Y si no fuera así, me alegro de que hoy haya amanecido y, más aún, de tener recursos para poder escribirlo; porque, en ese caso, me habrá servido de epitafio y despedida.

Que la tierra nos sea leve.

CON MANDO EN PLAZA

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Por lo visto, trabajar como señor-letrado-de-un-banco te hace un ser superior, que está por encima del Bien y del Mal y, por supuesto, de cualquier norma deontológica o de cortesía profesional.

Lo digo por un individuo (me resisto a llamarlo “compañero”) con el que he estado negociando –o al menos eso pensaba yo- para llegar a un acuerdo judicial de pagos.

El susodicho me ha estado dando largas, no ha contestado llamadas ni tampoco correos, salvo el primero y eso porque lo pillé desprevenido: no sabía ni de qué expediente se trataba. Me ha obligado, en definitiva, a ir detrás de él con el consabido “qué hay de lo mío, cómo lo llevas”.

A todo esto, mi Cliente y su esposa, a la que también engancharon como fiadora, pasando las de Caín, puesto que en su vida han dejado a deber un simple café y ahora se encuentran con sus magras propiedades embargadas por una entidad sin prestigio -aun a pesar de cambiar varias veces de nombre y recibir una morterada de euros en ayudas públicas- y con un servicio que tiene menos credibilidad que Pepe Sacristán haciendo de Batman.

-¿Han aceptado la oferta? ¿Se sabe algo? –escucho apretando puños para no decir ninguna barbaridad.

El tiempo pasa, los intereses corren mientras que al otro lado de la línea nos topamos con un muro enladrillado con desprecio.

¿Es normal que tarden tanto en darte una respuesta?

Y en esas estamos cuando, meses después de absoluto silencio, resulta que su “banquito” ha cedido la deuda a un fondo buitre, que este verano se la reclama a mi Cliente por correo con aviso de inclusión en fichero de morosos; con lo que vuelta a empezar y a darle vueltas al torno.

Lo peor de todo es que, después de llamar al teléfono que figura en la carta y pasarme de una operadora a otra, me emplazan para primeros de septiembre: al estar judicializado el expediente, primero tienen que consultar al que lo lleva… si, a ese, al abogado “en plaza” (sic).

Y yo cruzando los dedos para que no sea el mismo.

Más que por nada por aquello de que cuando se dice de alguien que tiene mando “en plaza” es porque demuestra autoridad para dominar una situación.Y como sea este quien deba decidir sobre la oferta, tendremos que esperar a que el Mar Menor se regenere.

Es decir, al Final de los Tiempos.

Voy a poner mis pies a remojo que hoy tengo la cabeza muy caliente.

LA TASA ERA INCONSTITUCIONAL, SI. ¿Y AHORA QUÉ?

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LA SENTENCIA

Aún no habíamos cerrado la maleta para irnos de vacaciones cuando el pasado viernes 29 de julio se hizo pública Sentencia del Tribunal Constitucional que declara lo que todos nos barruntábamos, esto es, que la imposición de tasas judiciales -tanto para acceder a la justicia como para poder formular recursos- era INCONSTITUCIONAL.

No debe escaparse el detalle de que quien así lo afirma es el Pleno del Tribunal Constitucional en una sentencia dictada por UNANIMIDAD. Y lo hace al considerar que el establecimiento de dicha imposición vulneraba el derecho a la tutela judicial efectiva.

Como ser justos es “darle a cada uno lo suyo” (ULPIANO), con esa resolución se estima un recurso presentado por el Grupo Socialista del Congreso contra la una ley promovida por quien entonces ocupaba la cartera de Justicia, el Sr. Gallardón. Que quede consignado su nombre para oprobio del personaje (a quien, por razones obvias, ya no podemos exigirle que dimita) y, de forma correlativa, reconocer su mérito a los diputados y el partido político que en su día promovieron el recurso.

Las tasas afectadas por esta sentencia no son las que venían abonando las personas físicas, porque una posterior reforma de la ley que llevó a cabo el actual Ministro de Justicia en funciones, Sr. Catalá, eximió del pago del tributo a los particulares; el Tribunal declara por ese motivo la pérdida sobrevenida del objeto del recurso en lo que se refería a dichas tasas y no entra en detalle.

¿Qué efectos tiene la Sentencia del Tribunal Constitucional para las demás tasas, esto es, las abonadas por personas jurídicas?

El Tribunal aclara en el fundamento de derecho decimoquinto que, en virtud del principio de seguridad jurídica, la declaración de nulidad de las tasas sólo producirá efectos con los nuevos procedimientos que vayan a iniciarse o en aquellos donde no haya recaído una resolución firme. Pero en este último caso exige, además, que previamente se haya impugnado el pago de la tasa por impedir el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (artículo 24.1 CE).

En la práctica, apenas se va a devolver todo lo que se ha expoliado, pero algo se puede hacer.

 

¿QUÉ HAY QUE HACER?

Por parte de la Agencia Tributaria considero que ya está tardando en modificar el modelo 696 y adaptarlo a la sentencia, a saber:

1º.- Eliminar del mismo las siguientes cuotas fijas: (i) la de 200 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo abreviado y la de 350 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo ordinario; (ii) la de 800 euros para promover recurso de apelación y de 1.200 euros para los recursos de casación y extraordinario por infracción procesal, en el orden civil; (iii) la de 800 euros para el recurso de apelación y 1.200 euros para el recurso de casación en cualquiera de sus modalidades, en el orden contencioso-administrativo; (iv) así como también la nulidad de la tasa de 500 euros para el recurso de suplicación y 750 para el de casación en cualquiera de sus modalidades, ambos del orden social.

2º.- Eliminar la cuota variable para todos los supuestos, cuya cuantía era la que resulte de aplicar al valor económico del litigio el tipo de gravamen que corresponda, según la siguiente escala: de 0 a 1.000.000€, 0,5%; el resto, un tipo porcentual del 0,25. Máximo variable: 10.000€.

El pago de la tasa se va a quedar para los procesos civiles, con pago de una cuota fija, y poco más.

Por parte de los afectados por las tasas, presentar un escrito en Hacienda pidiendo que se nos devuelva el importe abonado indebidamente, alegando que impugna el pago de la tasa porque considera esa autoliquidación le ha perjudicado sus intereses legítimos; en nuestro caso, que la tuvo que abonar para no perder la oportunidad de acudir a la vía jurisdiccional (o al recurso, en su caso), supuesto que ha sido declarado inconstitucional por ser contrario al artículo 24.1 CE conforme a STC de 21 de julio de 2016. Y que el pago supuso una merma a su capacidad económica, teniendo que destinar recursos al pago de un tributo que nunca tuvo por qué abonar.

La rectificación que se pide es la que corresponda según el tipo de proceso (en los casos que no sean civiles la cuota debió ser cero) y que se le devuelva el dinero indebidamente abonado en unión de sus intereses legales correspondientes (ex artículo 128.2 LGT).

Hay que acompañar el justificante del pago de la tasa y acreditar que el proceso no ha terminado aún. Como pedir un certificado al Letrado de la Administración lleva tiempo, sugiero aportar la última notificación recibida del proceso y, si Hacienda duda, que temita oficio al Juzgado para aclararlo.

 

¿ESTAMOS A TIEMPO?

Dice el Tribunal Constitucional que ha apreciado que dichas tasas “son contrarias al art. 24.1 CE porque lo elevado de esa cuantía acarrea, en concreto, un impedimento injustificado para el acceso a la Justicia en sus distintos niveles. Tal situación no puede predicarse de quienes han pagado la tasa logrando impetrar la potestad jurisdiccional que solicitaban, es decir, no se ha producido una lesión del derecho fundamental mencionado, que deba repararse mediante la devolución del importe pagado”.

Por ello, concluye, no podrá reclamarse aun cuando el proceso no haya finalizado, si la persona obligada al pago de la tasa la satisfizo sin impugnarla por impedirle el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (art. 24.1 CE) y añade un inciso: “deviniendo con ello firme la liquidación del tributo”. Contrario sensu, cabría entender que mientras que no sea firme la liquidación resultaría perfectamente legítimo reclamar la devolución del importe abonado.

Según el Tribunal Constitucional, quien ha pagado y ha accedido a la jurisdicción no ha visto lesionado su derecho fundamental; pero yo me pregunto: ¿Qué pasa con quien ha abonado la tasa y también la ha impugnado? ¿Pierde su derecho?

Pero, aun entendiendo que con el pago de la tasa no se lesionó ese derecho fundamental, no es menos cierto que con ello se afectó un interés legítimo como es el de que no se te viera mermada tu capacidad económica como consecuencia del pago de un tributo que nunca tenías que haber abonado.

El artículo 31 de la Constitución señala que “todos deberán contribuir al mantenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica y mediante un sistema tributario justo, inspirado en los principios de igualdad y progresividad que en ningún caso tendrán un alcance confiscatorio.

Lo lógico sería pensar que si la satisfaces -para no perder tu derecho- y, al mismo tiempo, la impugnas por ese motivo, sí que puedes seguir exigiendo la devolución, respetando, claro está, los plazos y formalidades que exige la Ley General Tributaria.

Según informa la propia AEAT en su página web, la solicitud de rectificación sólo podrá hacerse una vez presentada la correspondiente autoliquidación y antes de que la Administración tributaria haya practicado la liquidación definitiva (que tendría que haber notificado) o, en su defecto, antes de que haya prescrito el derecho de la Administración tributaria para determinar la deuda tributaria mediante liquidación o el derecho a solicitar la devolución correspondiente (el plazo de prescripción es de 4 años).

Por tanto, si representas a una persona jurídica en un proceso judicial que no ha terminado, si la liquidación de la tasa no es firme y no han pasado 4 años desde la presentación de la autoliquidación, entiendo que aún estamos a tiempo de reclamar y animo a quien esté en esa situación que se ponga a ello.

 

Puede consultarse con más detalle este procedimiento administrativo tributario en este enlace:

https://www.agenciatributaria.gob.es/AEAT.sede/procedimientos/GZ28.shtml

 

En este otro enlace puedes descargarte de forma GRATUITA un modelo de escrito que hemos preparado en DUALIS para presentarlo directamente en Hacienda sin necesidad de Abogado:

modelo solicitud devolución tasa judicial

Una vez presentada nuestra petición el plazo que tiene para resolver la AEAT es de SEIS MESES. Si recibes notificación expresa desestimatoria o, bien, pasan esos seis meses sin noticias, se abre la vía para interponer un recurso de reposición o, bien, una reclamación económico-administrativa.

En ambos casos el plazo para recurrir sería de UN MES.

 

Si quieres ampliar información sobre la sentencia puedes consultar el texto completo aquí:

http://www.tribunalconstitucional.es/es/salaPrensa/Documents/NP_2016_074/2013-00973STC.pdf

 

En este enlace tienes la Ley que se ha declarado parcialmente inconstitucional:

https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2012-14301

 

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EL NIÑO DEL PASILLO DEL JUZGADO

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Es 5 de julio y en la Capital del Reino hace calor, mucho calor. He venido a una audiencia previa que tiene lugar en la sede de los Juzgados de lo Mercantil de Madrid.

El acto se celebrará con la juez “destogada” y las ventanas abiertas. A los profesionales se nos invita a hacer lo mismo, así que vuelvo a doblar la toga y la guardo en su bolsa.

El edificio es bonito, enclavado en una arteria comercial con mucho ambiente. Al día siguiente veo su fachada en el telediario: es noticia que los funcionarios se han plantado por la falta de aire acondicionado. No me extraña. No es de recibo trabajar así.

Antes de subir me he cruzado con el juez al que la tele hizo famoso gracias a su microespacio “El Gato Gourmet”. Ambos nos hemos provisto de agua mineral en la misma máquina de refrescos.

Como no quería arriesgarme con el tren, he venido con tiempo de sobra. Para ayudarme a “hacer pasillo” me he traído el último libro que me tiene, literalmente, enganchado. El tocho pesa más que el expediente del pleito.

Tengo el asunto más que estudiado y vengo sin cliente, así que me dispongo a retomar el hilo por donde lo dejé anoche. Guardo el móvil en “modo avión” y me dispongo a volar.

No han pasado ni cinco minutos cuando me he olvidado del mundo; hago abstracción de lo deprimente que, en realidad, me resulta el lugar por dentro, con cajas y cajas de asuntos amontonadas junto a una pared del pasillo.

Justo enfrente de mí varios letrados hacen corro. Nos ignoramos con absoluta cordialidad.

En eso estoy cuando interrumpe mi lectura una sombra. Levanto la mirada con disimulo y resulta ser un niño de unos 8 años que me curiosea. Evita cruzar mirada conmigo y se esconde en el pasillo de al lado.

¿Qué se le habrá perdido aquí?– me pregunto.

Me vuelvo a centrar en el relato y de nuevo noto la mirada. Parece que le interesa el libro que tengo entre las manos.

Como no tiene edad legal para ser testigo imagino que ha terminado el curso escolar y el progenitor no tiene dónde dejarlo. Eso sí, está solo; no veo que le acompañe ningún adulto. Probablemente sea alguno de esos letrados que hablan de sus cosas, tan serios ellos.

Pasa un buen rato y se acerca la hora de “entrar a matar”, así que aprovecho que termino un capítulo y cierro el libro. Desactivo el modo avión al mismo tiempo que le doy orden a mi cerebro de que vuelva a pensar en “modo juicio”.

Antes de dirigirme a la puerta de la sala de vistas echo un último vistazo: veo al chiquillo sentado y en su regazo un libro de “Gerónimo Stilton”, que lee totalmente embobado y con una sonrisa de oreja a oreja. No se da cuenta de que, ahora, el que le observa soy yo.

En ese momento entiendo su curiosidad y por qué un servidor le llamaba tanto la atención: en un sitio tan áspero, gris y desalmado como ese, sin otros niños con los que enredar, había encontrado una suerte de alma gemela.

Vaya –debió pensar-, no soy el único friki de este colegio tan raro.

Terminada la audiencia, salgo al bullicio de la Gran Vía e inicio recorrido de vuelta a casa. En una mano la toga (vaya paseo inútil que le he dado) y la cartera; con la otra, hago de parasol y enfilo mis pasos hacia Atocha.

Para la próxima tengo que plantearme venir con sombrero- me conjuro para mis adentros, mientras recuerdo cómo mi madre siempre decía que era muy cómodo llevarme con ella “de visita”: su secreto era procurarme un “Super Humor”, un “Películas”, un “Tintín” o un “Astérix y Obélix”, una silla donde sentarme y no hacerme ni caso hasta que nos íbamos. Como el niño del pasillo del juzgado.

Es 5 de julio y sigue haciendo calor.

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Ex libris (I)

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Leo en internet una reseña sobre Kurt Franz, comandante de Treblinka, y se me amontonan muchos sentimientos. De golpe. Sin avisar.

Recuerdo varios libros que he leído dos veces (“El Gatopardo”, de G. T. Di Lampedusa; “La fea burguesía”, de Espinosa; “Cien años de soledad”, de García Márquez; “Sostiene Pereira”, de Tabucchi; “Crónica sentimental en rojo”, de Fernández Ledesma; o “La autobiografía del General Franco”, de Vázquez Montalbán, por citar algunos…).

Pero solo uno tiene el “honor” de haberlo visitado tres veces: “Treblinka”, de Steiner. Siempre en verano y siempre en la casa de playa de mis padres. Menudo contraste entre las heladas llanuras polacas y el refulgente azul del Mediterráneo.

Antes pensaba que la vida era muy corta y que era una pena dedicar tiempo a releer libros que ya “conocía”. Pensaba que a lo mejor me estaba perdiendo -ingenuo de mí- otros libros fascinantes, libros que esperaban su turno acumulando polvo en la estantería.

Sucede que un libro nunca cambia; es una foto fija e inmutable y, sin embargo, al releerlo con años de diferencia, parece que ha mudado el texto, sí, hasta que te das cuenta de que, en realidad, quien ha cambiado eres tú.

Esa lectura, revisitada, se convierte -entonces- en un espejo insobornable que, cada vez que le preguntas, te responde reflejando una imagen distinta acerca de qué es la vida, sus afanes y sus miserias; y concluyes que la línea que nos separa entre ser “humanos” y unos monos gritones -ridículamente agresivos- es fina, muy fina.

Tan fina como las pavesas que salían de aquellos hornos crematorios.

 

P.S. El artículo era este:

http://www.warhistoryonline.com/war-articles/when-theformer-commander-treblinka-kurt-franz-was-arrested-in-1959-a-search-of-his-home-yielded-a-scrapbook-with-horrific-photos-of-the-massacre-titledbeautifulyears.html

HORMIGA EXPLORADORA

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Ahora parece algo natural que los juicios civiles sean orales y, además, se graben.

No fue siempre así.

Recuerdo cuando empecé mi carrera profesional. El proceso tenía un marcado carácter escrito y los trámites orales eran la excepción.

Así, cualquier juicio principaba (cómo me gusta este “palabro”) mediante demanda, que era contestada por escrito y por escrito se formulaban también las preguntas dirigidas a las partes (“confiese ser cierto…”) y a testigos (“diga ser cierto…”). Ello nos obligaba a preparar interrogatorios con distintas variables, previendo un tipo u otro de respuesta. “Para el caso de que conteste afirmativo, confiese ser más cierto que…”. Y así.

Una vez finalizada esa fase, se preparaban conclusiones escritas. Y a esperar sentencia.

¿Dónde quedaba, entonces, el “lucimiento” del señor letrado? La verdad es que pocas veces tenía posibilidades de “hablar” en estrados. Al menos, como digo, en los asuntos civiles.

La excepción a la regla solían ser las apelaciones, que eran orales.

Y ahí es donde recuerdo la anécdota.

Llevaba entre manos un asunto de una indemnización por accidente que había ganado en primera instancia y que la parte contraria apeló -imagino- que para ganar tiempo y retrasar el pago todo lo posible. En aquel tiempo la ejecución provisional exigía el depósito de una caución que mi patrocinado no era capaz de financiar, así que no nos quedó otra que esperar a que se señalara vista y defender la legalidad de la sentencia.

Como era mi primera apelación de las “de verdad” (hasta ese momento todo habían sido prácticas) decidí acercarme a la Audiencia Provincial de Murcia y dedicar una mañana a ver cómo se desenvolvía la cosa. De paso, tenía la sensación de que “hacía algo” para prepararme el caso que, por lo demás, tenía más que estudiado y repasado.

Allá que me fui, a la sede que hay junto al Rio Segura. Avisé a la secretaria de la Sala del motivo de mi presencia y me permitió estar presente. Llegada la hora se dijo eso de “audiencia pública”, así que pude pasar y sentarme en la bancada, al fondo.

Se celebró la primera vista y escuché a uno y otro abogado exponer sus argumentos. Bien, ya no me iba a pillar de sorpresa: ví que no se comían a nadie.

En la vista del siguiente recurso se paró la cosa; parece ser que uno de los abogados no llegaba a tiempo. Según pude oír, era cosa de la lluvia (algo raro en Murcia que nos suele trastocar a todos los planes). Aprovechando el parón, el magistrado que presidía la Sala, D. Joaquín Ángel De Domingo, me hizo señas para que me acercara a estrados.

¿Yo?

-Sí, hombre, acérquese…

Y eso hice. Tuvo un detalle que no olvidaré nunca. Enterado de que había en plan “hormiga exploradora”, me soltó varios expedientes y me dijo:

-Léaselos mientras tanto, que se entere de qué va cada recurso. Así aprovechará mejor el paseo y sabrá de qué va la cosa.

Por supuesto, le hice caso. Un asunto de lindes, otro de leasing… Más o menos, me pude hacer una idea de lo que se discutía. Era interesante ver qué se había decidido en la instancia y observar ahora cómo se iba a intentar rebatir.

Y allá que llegó el abogado al que esperaban. Se había caído de la moto -dijo- y tuvo que ir a cambiarse de ropa. Claro, no era cuestión de presentarse hecho un Adán. Así que recompuso su figura, se puso la toga y el abogado contrario empezó, serio él, su informe a la Sala.

Cuando le tocó el turno de palabra al abogado del accidente éste se limitó a decir, circunspecto, que pedía la confirmación de la sentencia de instancia por sus acertados razonamientos que de ninguna manera se veían desvirtuados por los argumentos del apelante. Y poco más. Ahí terminó la vista.

Finalizado el acto formal, el letrado se acercó a la mesa y volvió a disculpar su retraso:

-Es que he tenido que cambiarme de ropa, me había puesto perdido…

Después de una mañana sentado al fondo, me había mimetizado tanto con el paisaje que se habían olvidado de mi presencia.

Por eso alcancé a oír cómo alguien del tribunal le soltó, con sorna, que sí, que habían podido comprobar cómo había venido limpio a la vista… “limpio” en todos los sentidos.

Hoy en día las apelaciones son siempre escritas y solo en muy contados casos puede haber algo de oralidad (por ejemplo, ante una prueba no practicada en la instancia).

Se pierde espontaneidad y frescura aunque me tranquiliza pensar  que por eso a la Sala le da tiempo a estudiar los argumentos de uno y otro, y tomar su decisión a la vista de ambos escritos, que puede repasar en caso de duda.

Semanas después hice “mi” apelación, que me salió de cine, claro. Y la sentencia de instancia fue confirmada.

Con los años aprendí que es muy difícil que en la Audiencia se revoque una decisión de instancia y que el margen de maniobra de los esforzados letrados apelantes es muy estrecho. Aún así, se pelea, se lucha y se hace todo lo que se tenga que hacer siempre que el Cliente, no conforme con la instancia, pide lo que yo llamo “una segunda opinión”.

Eso sí, siempre les recuerdo ese aforismo que dice que los señores magistrados piensan que “confirmar es de obispos y revocar… de albañiles”. Y es que siempre ha habido clases. En la justicia, también.

EL IMPERIO CONTRAATACA

Leo en El Confidencial que un banco “contraataca” y denuncia ahora a un bufete de abogados por… “inflar las costas” en los procesos judiciales que le ha venido planteando y ganando, dicho sea de paso.

Se trata del bufete que vemos cada fin de semana anunciándose en los dominicales y a cuyo titular me encuentro a diario plantado en una valla publicitaria, dándole la mano a IKER CASILLAS.

ARRIAGA -bien por él- ha encontrado un filón de negocio sacando los colores, una y mil veces, a esa entidad financiera. De varapalo a varapalo, hasta la derrota total.

En lugar de pedir árnica y sentarse a negociar, como se hace en el mundo anglosajón, la entidad financiera “contraataca” y denuncia, en primer lugar, “prácticas restrictivas de la competencia cuyo efecto es mantener artificialmente elevados los precios de los servicios prestados por dichos despachos de abogados en el marco de pleitos masa”.

La segunda conducta que denuncia es “el engaño, por acción u omisión, del que son víctimas los clientes de Arriaga Asociados (y posiblemente de otros despachos)”.

Sólo desde la más absoluta desfachatez se pueda afirmar tal cosa.

Será fruto de un mareo ocasional debido al tufo de impunidad que aún deben desprender los asientos de ese consejo de administración, donde no hace mucho restregaron sus posaderas “ilustres” como RATO o BLESA (en la foto).

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Ateniéndonos al contenido del último auto de la Audiencia Nacional, en esa “cocina” sabían muy bien cómo manipular precios y engañar a clientes. Probablemente hablen con esa seguridad que te proporciona la experiencia.

Es evidente que es una denuncia malintencionada, fruto de la desesperación de verse humillado día tras día en la portada de todos los periódicos. Y cuando no te puedes apoyar en hechos o fundamentos jurídicos que te den la razón, ya se sabe, te apoyas en la mesa; en este caso, poniendo los pies -las patas- en ella.

Pero no se trata de defender a un compañero que, no tengo la menor duda, sabe hacerlo bien él solito.

Se trata de preguntarle a la entidad financiera qué hace ella cuando gana algún pleito. Que los ganará, digo yo.

Sin ir más lejos, ¿qué hace con las costas que cobran en las ejecuciones hipotecarias? ¿A dónde van a parar las que obtienen después de ejecutar una póliza? ¿O qué hacen con las recaudan después de exigir el pago de un swap?

No hablamos de millones; hablamos de cientos de millones en costas. Porque, al despachar ejecución contra un deudor, de forma indefectible se suma un TREINTA POR CIENTO a la cantidad reclamada, en concepto de presupuesto para intereses y costas. Presupuesto que luego es liquidado… precisamente a partir de las normas de los Colegios de Abogados que tanto denuestan en su denuncia.

Pero eso no es lo único.

¿Declaran las costas como un ingreso? ¿De quién? ¿De la entidad o de sus abogados?

¿Declaran, acaso, el IVA?

Y, sobre todo, si me tapo la nariz y utilizo el mismo argumento que ahora parecen esgrimir en su denuncia, me pregunto:

¿Acaso perdonan ellos las condena en costas y no pasan minutas los abogados que tienen en nómina? Si esos abogados cobran un sueldo, ¿por qué tienen que cobrar -además- una minuta?

Sé la respuesta. Lo peor es que ellos también. “Ellos”, esos mismos hipócritas que les han redactado la denuncia.

 

Puede consultarse la noticia completa en:

http://www.elconfidencial.com/empresas/2016-02-02/bankia-contraataca-y-denuncia-a-arriaga-en-la-cnmc-por-inflar-las-costas-de-los-pleitos_1144928/

 

 

JUSTICIA SOBRE RUEDAS

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Rescato de la web de “El Mundo” la foto antes de que la borren; aunque el daño ya está hecho, claro, porque desde ayer se ha convertido en viral en la red.

Sentando en un confidente, el señor fiscal del caso “Noos” atiende al periodista. Para ello, ha tenido que hacerse sitio ladeando un carro de “Mercadona” lleno de cajas con el precinto de la Guardia Civil.

En los estantes de su despacho cabe una botella de agua mineral vacía, pero no la mayoría de los expedientes, que incluso ocupan un sillón tapizado a juego con el traje del señor fiscal.

Al fondo apenas se adivina la bandera de España.

Lo que no ven son los pies del entrevistado; igual hasta lo pillaron con zapatillas de andar por casa, o descalzo.

Está claro que no tiene asesor de imagen. Si así fuera, debería estar despedido de manera fulminante.

O no…

Porque la entrevista parece hecha en un momento de esos de “ay, chica, estaba haciendo la casa, no esperaba visita”.

Pero no sería de extrañar que se trate de un “descuido” bien pensado.

Solo eso explicaría que la foto refleje, tal cual, el estado actual de la administración de justicia, precisamente en la misma semana en que el ministerio de la cosa proclama, triunfante, que ya estamos en la fase de “papel cero”.

La realidad es tozuda. Papel cero sí, pero no tanto.

Por ejemplo, hoy mismo nos enteramos que en Madrid, Villa y Corte, se ha dictado una instrucción que permite aún la presentación en papel. De momento, hasta el 31 de enero. Por lo visto, a más de uno el cambio le ha pillado con el polvorón en la boca y ha debido de pedir prórroga.

Observo en la foto un despacho lleno de causas -imagino- aún pendientes de calificar.

¿Qué método empleará para despacharlas? ¿El FIFO? ¿El LIFO? ¿Aún tienen preferencias las causas con preso? ¿Cómo las tiene localizadas?

Y la pregunta del millón: ¿Cómo va a poder cumplir con el plazo máximo de instrucción?

El mensaje es claro: a pesar de los medios con los que se dice que se ha dotado el sistema, así es, señoras y señores justiciables, cómo aguarda el destino y el futuro de más de uno.

La próxima vez que alguien pregunte “cómo va lo mío”, por favor, que tenga presente esa imagen y no olvide que, a lo peor, la velocidad de “lo suyo” depende de algo tan pedestre como lo engrasadas que vayan las ruedas del carrito de “Mercadona”.