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Aparte del cocodrilo de Hacienda, en el tiempo suspendido he notado la proliferación de sabandijas varias, de esas que te pegan un pellizquito por aquí y otro por allá. Atento, pues; porque, si me despisto, me pueden dejar el bolsillo temblando.

En cuanto comenzó el confinamiento los carteristas se quedaron sin trabajo -como el Tío de la Avioneta- encerrados en casa, en un ERTE forzoso; y, aunque ahora salgan a la calle, lo de la llamada “distancia social” los señalaría como a una mosca en un vaso de leche.

Así que se ha debido de producir una suerte “reconversión delictual”, en la que pasamos del “afanador” manual al cibernético.

Son acciones que se las puede tildar de tentativas de estafa y, si no estás espabilado, lisa y llanamente de eso, de estafas consumadas.

Las primeras coincidieron con el inicio del estado de alarma. Eran correos con “phising” de supuestas webs de bancos y otras más sofisticadas que se emboscaban bajo el emblema de la Inspección de Trabajo. Menos mal que recibí avisos serios que pude leer y atender a tiempo.

Después tuve otra tentativa de estafa que venía directamente desde Telefónica. Un día, en mitad del confinamiento, me avisaron por correo de que “ya tenía mi web activada”. Error garrafal por parte del estafador, puesto que la mía la tengo activa desde hace más de diez años. Al final, después de varias llamadas, conseguimos dar de baja el servicio que desde luego no habíamos pedido. Al finalizar la incidencia me dieron el número de identificación del agente comercial que tramitó el pedido para que pudiera formular una queja, lo que me llevó a pensar que era una práctica habitual.

Dada la situación de marasmo en la que nos econtrábamos -saturados y bombardeados con mensajes a todas horas- era muy probable que no te llegaras enterar; y, solo varios meses después, punteando el extracto bancario, tiraras del hilo y descubrieras que te habían dado de alta en un servicio. Lo que viene detrás ya se sabe: ponte a correr para darlo de baja y recuperar lo pagado. Y, si actúas a la bravas y devuelves los recibos, zas, te meten en un fichero de morosos.

Otra estafa que he conocido ha sido la de la compra de terminales “IPhone 11” en Vodafone, cargo y compra no autorizados por la titular del contrato. Alguien tiene el terminal en su poder, pero el precio se lo están cargando en otra cuenta. Como son pellizcos que se camuflan en la factura mensual, pueden pasar inadvertidos.

Esta semana también me han contado una historia de pedidos de mascarillas sin servir, pedidos que, por supuesto, se pagaron por adelantado y encima, luego resulta que el material “no es apto para su uso médico”. ¿Qué clase de mascarillas van a mandar si es que las mandan algún día? ¿De esas para pintar la reja del jardín?

La última -por hoy- es la de una factura que le reclaman a un asegurado, emitida por más de trescientos euros por una inexistente reparación de una secadora, en cuyo parte de asistencia el “mañoso” pone fotos que son… de otra casa.

Así que, atentos; que lo mejor es prevenir.

Porque si tenemos que pedir amparo a la Justicia vamos apañados: el Ministerio ha anunciado a jueces y fiscales que el objetivo del Ejecutivo es que en la Administración de Justicia se recupere la normalidad en el mes de ¡septiembre!

Hasta entonces, recomienda “no cargar en exceso las agendas de señalamientos”.

Madre-del-Amor-Hermoso.

Esto es por si alguien dudaba de si en agosto se iba a trabajar o no.

Mientras tanto, los cacos haciendo de las suyas.