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“Doing the garden, digging the weeds,
Who could ask for more.
Will you still need me, will you still feed me,
When i’m sixty-four”

(THE BEATLES – “When I’m Sixty Four”)

 

Después de sesenta y cuatro días de confinamiento, la diferencia entre ser padre y ser hijo es que, el día del reencuentro, resulta que ellos han llevado la cuenta de los que llevábamos sin vernos (“nunca antes habíamos estado tanto tiempo separados”), mientras que tú -desalmado- les dices que, desde que volaste del nido, nunca habíamos estado hablando “todos” los días.

El caso es que ya tocaba verse, en directo, sin pantalitas. Y había muchas cosas que celebrar, aniversario de bodas (la suya, claro) incluido: no ha faltado el jamoncito ibérico y una paella de marisco de chuparse los dedos. Soy un chico fácil (“espera-que-me-lo-pienso-sí”) y me tienen tomado el punto.

Además del portátil para pasarle a la mamma unos cuantos libricos al e-book, en la mochila he llevado una botella de blanco elaborado con esa uva impronunciable que tanto nos gusta (gewürztraminer), vinito que compré el pasado miércoles en un sitio que llaman “enoteca”.

Hoy por hoy tenéis el oficio más bonito del mundo: el de celebrar la vida -recuerdo que le dije a la dependienta.

-Nunca nadie nos había dicho eso antes -me replicó.

Pues ya estáis tardando en ponerlo en la puerta, junto al cartel donde se limita el aforo.

Así que, desconectados de todo, entre copas y charla, hemos pasado el domingo, otro domingo más sin “jurbo” y sin comentar el Festival de Eurovisión. ¿Alguien cayó en la cuenta de que anoche se celebraba en Holanda y que se había cancelado por el virus? Nos vamos a acostumbrar a vivir sin ciertas cosas que antes llenaban las portadas de la prensa dominical.

De regreso a casa me he topado otra vez con el surrealismo: en la calle donde viven mis padres había unos apuntes de Derecho Constitucional plantados en un bolardo, con una lata de cerveza encima y post-it rosa que, por supuesto, no se me ha ocurrido leer.

Anoche alguien dijo de quedar a repasar la asignatura y se le fue el oremus. O, a lo mejor, pensó que con el aprobado general, para qué clavar codos. Que, como dijo el poeta Omar Khayyam, es mejor sentarse a la luz de la luna y beber pensando en que “mañana quizá la luna te busque inútilmente”.

Lo de disfrutar de la luna debieron tomárselo al pie de la letra anoche en el “One”, un local de copas que hay cerca de mi casa que tuvo que ser desalojado por la Policía por aglomeración y no cumplir las normas.

No soy adivino y no sé si volveremos a “reconfinarnos” en casa. Por si acaso, he aprovechado el fin de semana para darle un impulso y mejorar mi terraza-puente de mando. Ha sido un ir y venir al vivero, a por sustrato, a por las jardineras, a por una yuca, un ficus y un draco… Me he traído una regadera amarilla, un farol de mimbre y hasta una maceta de hierbabuena. ¡Qué bien huele, por favor!

También me he traído una pequeña colección de cactus: tengo doce diferentes.

Estoy encantado con ellos. Ayer me dijeron que las pinchas no les crecieron para atacar a nadie. Que las tienen para defenderse. Y que, además, apenas necesitan cuidados. Cierto.

Además, son ejemplo perfecto de geometría fractal, lo que tiene un beneficio añadido: al fijarme en sus hojas, la belleza de sus formas me sirve para poner la mente en blanco.

Mientras pienso en las flores que, quizá algún día, me regalen los cactus, me ha entrado frío.

Voy adentro, a ponerme una camisa de manga larga…

 

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