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“Así, Yahveh los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel,​ porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie”

Génesis 11:1-9​

 

Leo -de entre toda la vorágine de noticias “víricas”- que un municipio catalán ha tenido que “traducir” sus señales de tráfico al castellano porque hasta ahora han venido perdiendo en los juzgados todos los recursos que les han interpuesto contra las multas.

Se trata de la localidad de Esplugues. En L’Hospitalet (seguimos en Cataluña) han tenido que actualizar toda la señalización para incluir el castellano, algo que también hizo Lérida el año pasado.

Antes de llegar a estos extremos, el Síndic de Greuges (el equivalente catalán del Defensor del Pueblo) había advertido en el año 2010 que, con la ley española en la mano, las señales deberían estar escritas también en castellano, precisamente para evitar situaciones de indefensión y/o discriminación por razón de lengua.

Lo más curioso es que la Sra. Alcaldesa de Esplugues se queja amargamente de que la mayoría de los que recurren las multas son “catalano parlantes” que entienden perfectamente lo que se les dice en cada señal, pero que les conviene alegar esa discriminación para anularlas y ganarle los pleitos.

Me viene a la memoria una anécdota que me pasó en mi visita a la Iglesia de la Natividad, en Belén. Estábamos haciendo cola esperando a que el cura ortodoxo terminara su misa. Y yo entretenía la espera haciendo fotos a las columnas que soportan una de las naves del templo. Las fotografiaba y las acariciaba a la vez. Me impresionó encontrar inscripciones grabadas en la piedra en lenguas –para mí- ininteligibles. En realidad eran grafitti hechos por visitantes de otras épocas.

Llevábamos con nosotros a una guía israelí (llamada Mati) y a otra palestina (creo que se llamaba Esperanza). Para el que no lo sepa, Belén está en los Territorios Ocupados (Autonomía Palestina) y, por lo visto, lo tienen pactado así: aunque el viaje sea a Israel, cuando se pasa “El Muro”, la visita te la hace un guía palestino.

El caso es que mientras hacía mis fotos las oía parlotear entre ellas en… ¡español!

Las tenía a mi espalda, hablando de “sus cosas”. Después de pedirles disculpas por interrumpir, me atreví a preguntarles que por qué hablaban en español y no en otro idioma (estaba pensando, claro, en el inglés, que es la actual “lingua franca”).

La guía israelí, entonando su acento porteño (aprendió español en Argentina), me dijo que era porque la otra no hablaba bien el inglés y que la mejor lengua para entenderse era la nuestra. No hacía falta que me lo asegurara, pero estaba claro que no tenía el menor interés en aprender -o hablar árabe- y, la otra, hebreo. Lógico. Al fin y al cabo -pensé- son los idiomas del “enemigo”.

En una tierra conflictiva, donde los vecinos se tiran entre ellos mucho más que palabras, me produjo ternura pensar que mi lengua fuera precisamente la de la paz y la de la comunicación entre los pueblos.

Igual que en Cataluña, vamos.

Sobre todo cuando de ahorrarse unas perrujas se trata.

Y a todo esto, llevamos ya sesenta días de tiempo suspendido…

 

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