CORONAVIRUS, DÍA SESENTA Y UNO

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Después de sesenta y un días de confinamiento tenía que llegar. Me refiero a esa jornada laboral «extended play» en la que lo das todo -hasta la extenuación- y en la que, cuando dices «hasta aquí he llegao», todavía te tienes que dejar alguna cosa en el tintero.

Y eso que he puesto de mi parte.

Madrugué, como siempre. No hice deporte, para ir pronto al despacho. A mediodía malcomí una pizza congelada, no me premié con una cabezadita en el sofá y hasta tuve que hacer «pellas» en las «extraescolares» (qué vergüenza, a mi edad…).

Son las 22:45 horas y todavía no he salido de mi oficina. Pero ya está bien.

Ha sido día de reecuentro con varias personas que forman parte del «paisaje» laboral, los del día a día; los del «tajo».

Me recordaba al primer día de colegio, cuando después de dos meses de veraneo te reecontrabas con la «buena muchachada», como reza el tango. Solo que hoy le dimos la vuelta a la letra y sonaba alegre: «Hola muchachos, compañeros de mi vida».

Porque compañeros son los que comparten el pan. He notado vitalidad, alegría e ilusión para afrontar lo que tenga que venir. Y eso también se transmite (mejor no decir «se contagia», por aquello de no llamar al bicho).

Se nota que hacen falta buenas noticias y hacen falta ya. Vivir para contarlo es una buena noticia.

«Lo urgente» y «lo importante» de hoy se quedó hecho.

Y mañana más, como se suele decir.

Aunque mañana, parafraseando el cuento más corto del mundo, «mañana cuando despertemos, el conoravirus seguirá ahí».

CORONAVIRUS, DÍA SESENTA

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“Así, Yahveh los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel,​ porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie”

Génesis 11:1-9​

 

Leo -de entre toda la vorágine de noticias “víricas”- que un municipio catalán ha tenido que “traducir” sus señales de tráfico al castellano porque hasta ahora han venido perdiendo en los juzgados todos los recursos que les han interpuesto contra las multas.

Se trata de la localidad de Esplugues. En L’Hospitalet (seguimos en Cataluña) han tenido que actualizar toda la señalización para incluir el castellano, algo que también hizo Lérida el año pasado.

Antes de llegar a estos extremos, el Síndic de Greuges (el equivalente catalán del Defensor del Pueblo) había advertido en el año 2010 que, con la ley española en la mano, las señales deberían estar escritas también en castellano, precisamente para evitar situaciones de indefensión y/o discriminación por razón de lengua.

Lo más curioso es que la Sra. Alcaldesa de Esplugues se queja amargamente de que la mayoría de los que recurren las multas son “catalano parlantes” que entienden perfectamente lo que se les dice en cada señal, pero que les conviene alegar esa discriminación para anularlas y ganarle los pleitos.

Me viene a la memoria una anécdota que me pasó en mi visita a la Iglesia de la Natividad, en Belén. Estábamos haciendo cola esperando a que el cura ortodoxo terminara su misa. Y yo entretenía la espera haciendo fotos a las columnas que soportan una de las naves del templo. Las fotografiaba y las acariciaba a la vez. Me impresionó encontrar inscripciones grabadas en la piedra en lenguas –para mí- ininteligibles. En realidad eran grafitti hechos por visitantes de otras épocas.

Llevábamos con nosotros a una guía israelí (llamada Mati) y a otra palestina (creo que se llamaba Esperanza). Para el que no lo sepa, Belén está en los Territorios Ocupados (Autonomía Palestina) y, por lo visto, lo tienen pactado así: aunque el viaje sea a Israel, cuando se pasa «El Muro», la visita te la hace un guía palestino.

El caso es que mientras hacía mis fotos las oía parlotear entre ellas en… ¡español!

Las tenía a mi espalda, hablando de “sus cosas”. Después de pedirles disculpas por interrumpir, me atreví a preguntarles que por qué hablaban en español y no en otro idioma (estaba pensando, claro, en el inglés, que es la actual «lingua franca»).

La guía israelí, entonando su acento porteño (aprendió español en Argentina), me dijo que era porque la otra no hablaba bien el inglés y que la mejor lengua para entenderse era la nuestra. No hacía falta que me lo asegurara, pero estaba claro que no tenía el menor interés en aprender -o hablar árabe- y, la otra, hebreo. Lógico. Al fin y al cabo -pensé- son los idiomas del “enemigo”.

En una tierra conflictiva, donde los vecinos se tiran entre ellos mucho más que palabras, me produjo ternura pensar que mi lengua fuera precisamente la de la paz y la de la comunicación entre los pueblos.

Igual que en Cataluña, vamos.

Sobre todo cuando de ahorrarse unas perrujas se trata.

Y a todo esto, llevamos ya sesenta días de tiempo suspendido…

 

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CORONAVIRUS, DIA CINCUENTA Y NUEVE

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¿Otra prórroga más para el estado de alarma?

¿Y qué tal si en lugar de quince dias pedimos un mes entero? Ya puestos…

En el año 458 a.C. la ciudad de Roma estaba rodeada por ejércitos enemigos. Entre sus ilustres vecinos («ciudadanos») destacaba uno que se llamaba Lucio Quinto Cincinatto, austero y de costumbres puras, que fue elegido para que dirigiera las tropas, otorgándole el cargo de dictador. Esto es, para dirigir las legiones con un poder absoluto.

Los representantes del Senado fueron a buscarle a su hacienda -donde estaba trabajando en su huerto- y él aceptó la toga roja: el símbolo del dictador.

En apenas dieciéis días, Cincinatto organizó las tropas y venció a los enemigos, entregando el cargo al Senado (la toga roja) y volviendo a su actividad agraria.

Cuenta la tradición que, años después, el Senado tuvo que volver a nombrarlo como dictador. Eso ocurrió en el año 439 a.C., y esta vez fue para defender la República de una traición, a lo que el bueno de Cincinatto respondió cumpliendo -de nuevo- a la perfección su cometido… y volviendo después a su huerto.

Su historia se ha venido recordando desde entonces, hasta el punto de que en Estados Unidos hay una ciudad que lleva su nombre -Cincinnati-, que, dicho sea de paso, también es conocida por tener una de las colecciones más grandes de arquitectura italiana del siglo XIX, o ser el lugar de nacimiento de Steven Spielberg o un tipejo como Charles Manson.

Tenemos un país en el que le pones una gorra a un aparcacoches y se cree mariscal de campo.

Como ya dije hace semanas, confío en mi gobierno porque es quien más información tiene. Y parece que los hechos le dan la razón: ha bajado el número de fallecimientos y de contagios.

Pero es lógico que se recele de una nueva prórroga para el estado de alarma, sobre todo cuando se pide nada menos que para ¡un mes!  Dos quincenas de una tacada.

Con un empujoncito mas, empalmamos con las vacaciones de agosto (parece que los que están a favor de cerrar los juzgados se van a salir con la suya).

Y «ya si eso», empezamos a hacer juicios en septiembre. Como los malos estudiantes.

Seguiremos antentos a la pantalla.

Cincinato

 

 

 

CORONAVIRUS, DIA CINCUENTA Y OCHO

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Hoy es de esos días en los que piensas que a lo mejor es conveniente no escribir nada. Que te conoces. Y te calientas el morro enseguida. Que luego puedes arrepentirte de lo que digas.

A ver. Se supone que a la Fase I de desescalada llegamos con una serie de limitaciones y prohibiciones. Que solo se abría un poco la mano. Pero, por lo que se ha visto en televisión, sobre todo de Murcia -mi Región- bien parecía el primer día de vacaciones de verano.

He visto reporteros micro en mano retransmitiendo lo bien que está en la playa y que incluso han abierto los chiringuitos. Era un canal nacional y lo hacía desde San Javier. Luego nos quejaremos de si nos invaden los madrileños.

También he visto la Plaza de las Flores (Murcia, centro ciudad) con las terrazas llenas. Y se me ha despejado la primera duda que tenía: como era de esperar, la gente se quita la mascarita para beberse la caña y tomarse la marinera, ¡pero luego no se la vuelven a poner!

Era curiosa la estampa: la locutora con guantes, a varios metros de distancia. El camarero con mascarilla, también a distancia, desinfectando… En la mesa, sin embargo, había cuatro comensales sentados, desde luego sin respetar los dos metros de distancia. Que todos sabemos cómo es el tamaño de las mesitas de las terrazas.

He visto gente chocando los tercios de cerveza brindando…

Y, por no centrarme solo en los bares, se han compartido imágenes autobuses y aviones repletos de pasajeros en los que no se respeta la distancia social.

¿Cómo se compatibiliza ese hecho con que en mi ascensor me digan que la botonera se toca con las llaves y que luego las desinfecte?

¿Me he perdido algún paso este fin de semana? ¿Es que se ha ido el bicho y no me he enterado?

Que la gente estaba muy necesitada de socializar y alternar es un hecho indiscutible. Pero también que la Fase I se puso en lunes y no en viernes;  que eso sería por algo y para algo. Que permitir determinadas actividades no es obligar a hacerlas.

Como ha compartido un buen amigo en redes sociales, España es el primer país que abre los bares antes que lo colegios. Si yo mandara y si lo que me preocupara fuera reactivar la economía cuanto antes, lo primero que haría es pensar en la conciliación laboral. Pero todo en la vida es cuestión de prioridades.

También estoy leyendo que las navieras están cancelando todos los cruceros de este verano; o que en Alemania, en Corea del Sur y en la mismísima China hay rebrotes.

Pero eso siempre le pasa a otros, ¿verdad?

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y SIETE

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Antes de escribir esta entrada me acordé de una sección de aquel mítico programa («Caiga quien Caiga») que se llamaba «Curso de ética periodística».  Enseguida se entenderá por qué.

Los domingos son los días ideales para leer la prensa tranquilo, sin prisas, con un almuerzo digno de un príncipe y, a ser posible, con el móvil apagado. Suelo elegir un periódico local y otro de la Capital del Reino. Como mínimo.

Tomando distancia, de la lectura de la prensa llega uno a la conclusión de que no todos los muertos son iguales. Hasta me he atrevido a hacer una clasificación, según cómo sean tratados por los plumillas.

En primer lugar tienes a las que puedes llamar «Muertas-Asesinadas», que se presentan así: «18 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que va de año, 1.051 desde que empezaron a contabilizarse en 2003″. O así: «La última víctima es …. asesinada en el sábado 4 de abril por su marido, de 62 años, la segunda durante el estado de alarma por el coronavirus».

Son víctimas «de primera» (entiéndase la ironía y dicho sea con el debido respeto): se conoce su vida y milagros, nombre, apellidos, edad… Son víctimas «visibilizadas».

Y las reacciones son inmediatas: «ni una menos», «no todas estamos», «faltan las asesinadas», «si nos tocan a una nos tocan a todas»; y así.

Luego te encuentras los que puedes llamar «Muertos-Curritos», los que pierden la vida en el tajo, normalmente vestidos con un mono azul.

Ejemplo de titular sería: «Un total de 120 trabajadores fallecieron en accidente laboral hasta el pasado mes de febrero, 27 más que en el mismo periodo de 2019, lo que implica un 29% más en valores relativos».

Normalmente no se conoce su nombre y apellidos, con suerte la empresa para la que prestaba servicio y poco más.

Las reacciones son como esta: «CCOO de Navarra, tras el accidente el viernes de un trabajador de Elecnor, ha calificado hoy de inadmisible el aumento de la siniestralidad, por lo que exige a las empresas el escrupuloso cumplimiento de la normativa».

Como siempre, tener un culpable al que apuntar tranquiliza las conciencias.

En tercer lugar tienes los «Muertos-Accidentados» (en la carretera, se entiende).

Los titulares parecen más un epígrafe de un trabajo de fin de grado que otra cosa: «20 muertos en carretera durante el puente de Todos los Santos, 13 más que en 2018 Cuatro de los fallecidos iban en moto, según el balance de la Dirección General de Tráfico«.

Las reacciones a esas frías estadísticas suelen ser tibias: «La siniestralidad en este puente de Todos los Santos también contrasta con el descenso progresivo en los índices de mortalidad de los últimos años. Solo este verano, España registró el menor número de muertes en carretera en periodo estival: 220. Sin embargo, los usuarios vulnerables (motoristas, peatones y ciclistas) que pierden la vida en las vías interurbanas siguen aumentando» y bla bla bla

Menos mal que los anuncios y las campañas de la DGT nos recuerdan que cada siniestro esconde detrás una tragedia familiar,

Me quedan, en cuarto lugar, los «Muertos-Covid19».

El titular con el que me desayuno hoy es: «Los fallecidos caen a 143, la cifra más baja desde el 18 de marzo».

Y las reacciones que leo son de este tenor «El reparto imposible de las vacaciones este verano». «Nos vamos a pegar por la fase 3». «Si no sabemos qué vamos a hacer la semana que viene, ¿cómo vamos a organizar unas vacaciones a dos meses vista? Las viejas reglas se imponen en una situación nueva».

Sí, hemos leído bien. 143 fallecidos ¡en un día! es una «buena» noticia. La cuenta está más que asimilada.

Conclusión: ni siquiera la muerte nos iguala a todos.

No sé cómo se puede hacer, no lo sé; pero si todas las cajetillas de tabaco llevan el «fumar mata» impreso, a lo mejor debería hacerse un esfuerzo similar con el bicho y hacer campaña para frenar la alegría con la que nos estamos «desescalando».

Porque de «desescalar» a descalabrar hay poquitas letras de diferencia.

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y SEIS

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El chico que tenía delante se levantó de su asiento, lanzó un aullido (algo así como un «uhhh» profundo) y se dejó caer en el mismo sitio, colocando su cabeza en mi pupitre, justo sobre mis apuntes. Pude ver, entonces, que tenía los ojos en blanco y los labios muy apretados. Nunca antes en mi vida había presenciado un ataque de epilepsia.

Eso sucedió -así lo recuerdo- cuando no llevábamos ni quince minutos de clase. El catedrático de Derecho Penal había iniciado su lección -como de costumbre- con el micro en la mano, la mirada perdida en el infinito y una sonrisa torva:

-Entramos en el capítulo de los delitos contra la vida humana no independiente (el aborto, para los no iniciados).

Silencio.

-Antes daba gusto dar esta clase -prosiguió- . Lo de los supuestos de despenalización del aborto siempre ha dado mucho juego. Pero ahora ya no hay manifestaciones en la puerta del aula; no sé dónde están los grupos antiabortistas…

Fue nada más terminar la frase cuando se oyó el aullido de mi compañero de estudios, al que tengo que llamar así porque nunca llegué a saber su nombre. Noté, entonces, todas las miradas clavadas en la misma dirección, es decir, hacia el sitio que ocupábamos él y yo, incluida la del catedrático que, sin alterarse, miraba expectante.

Eso hizo que sintiera mucho calor en mejillas y orejas, que tuvieron que ponerse como un tomate.

En el aula corrió un murmullo general de reproche -o así lo sentía por dentro-, del estilo «qué le está haciendo Sáez a ese tío». Porque no se me ocurrió otra cosa que apretarle la mandíbula con mis dedos. Intentaba abrírsela para que no se ahogara con la lengua. Eso es lo que habia visto que se hacía en las películas, ¿no? E imagino que los compañeros, al volverse hacia donde escucharon el grito, es lo único que vieron: un tipo con espasmos, mientras que otro intentaba estrangularlo con sus manos.

El caso es que, aclarado el entuerto, el catedrático -con toda su flema- dijo eso de

-¿Hay algún médico en la sala?

Y el ambiente se relajó con una risita general.

No recuerdo mucho más. El chico se recuperó y supongo que todos aprendimos al dedillo los supuestos legales de despenalización del aborto. Y un poco sobre la epilepsia.

Entre los personajes ilustres que han tenido ataques de epilepsia se ecuentran, por ejemplo, Lord Byron y el mismísimo Julio César, de los que he leído por ahí que se sentían muy avergonzados cuando ello les ocurría. Y los entiendo. Supongo que no se puede elegir el momento en el que esa dolencia te sorprende, así que siempre será algo inportuno e inevitable, tengas el poder que tengas.

En cuanto a esa frase hecha, la del «médico en la sala», años después se le uniría el topicazo del «búscate un buen abogado» y la de «te las verás con mis abogados», admoniciones que no dejaban de anticipar lo que después ha sido la percepción general que se tiene de la justicia. Que muchas veces depende de eso, de que sepas elegir un «buen» abogado y, si puede ser, es conveniente que tengas «muchos» abogados, a falta de uno.

No sé qué fue de ese chaval, el compañero del que nunca supe su nombre, si ahora es abogado, procurador de los tribunales, juez, inspector de hacienda o diplomático.

Y, si por un casual leyera estas líneas, pues ya sabe quién era el pasmao que ese día le apretaba la mandíbula para que abriera la puñetera boca y no se ahogara.

Anédotas de juventud, la del «divino tesoro» que una vez nos soltó otro catedrático, el de Derecho Romano cuando nos reíamos de lo que -eso pensábamos- eran «sus ocurrencias»:

-Los hijos despellejarán a las hijas, ya lo verán, cuando el viejo se muera y a la vieja la manden al asilo.

Vaya que sí.

Nunca he entendido los que se matriculan para cursar estudios univeristarios y no asisten a clase, pudiendo hacerlo; a esos que prefieren comprar los apuntes a tomarlos ellos mismos. Sus motivos tendrán pero, leyendo «solo» los apuntes, se perdían otro tipo de enseñanzas que, olvidado el tostón de las acciones edilicias y los senadoconsultos, sin embargo son las que quedan.

Ahora, con la «nueva normalidad» que se avecina, con clases y exámenes a distancia, es muy probable que a un compañero le dé un «jamacuco» y ninguno de los asistentes a la videoconferencia caiga en la cuenta. Y si eso se generaliza, que pasen los años y nunca sepas quiénes fueron tus compañeros de carrera hasta que, con suerte, los veas pintados en la orla.

 

CODA: me dio por escribir sobre esto en recuerdo de quien fue amiga y compañera de pupitre durante cinco largos años de la carrera de Derecho, Adela Hernández, que nos dejó en mayo -hace ahora un año- y a la que todos quienes la conocimos añoramos y echamos de menos.

Esposa, madre de dos hijos y abogada, nunca te olvidaremos.

 

 

 

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y CINCO

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Hoy me salía el tema facilón, con el número cincuenta y cinco, como aquella superproducción que se rodó en España y que se llamó «55 días en Pekín». Pero con los chinos, bromas las justas.

Son ya cincuenta y cinco días de tiempo suspendido, aunque menos, que ya se le ve el fin al confinamiento.

Porque, como sucede en los videojuegos, la Provincia de Murcia ha pasado de pantalla (o de fase, como le llaman). Me he enterado justo cuando entraba al portal de casa, después de darme un garbeo que me ha sentado de fábula.

A falta de un buen aperitivo en «Luis de la Rosario», de un tapeo en «El Guinea» o unas cervezas por la zona de Las Anas, hacía falta tener un viernes «con travesura», hacer un pequeño corte (de mangas, incluso) después de una semana intensa.

Que ni para mis «extraescolares» tenía cuerpo ya.

Así que, como los murciélagos cuando se asoma el crepúsculo, salí a la calle y descubrí que todo es un río de idas y venidas, de andadores y corredores a distintos ritmos; de patinetes, de bicicletas… De rebaños sin pastor.

En mi zona -se nota- el tráfico rodado se va pareciendo al normal de otras veces. Y por la carretera -me dicen-, ya no se ven controles de policía.

Es fácil olvidarse de que esto no ha pasado.

Pero todavía nos quedan unas cuantas pantallas para culminar la partida.

Antes de que los cajeros de los supermercados, los sanitarios, los transportistas, los limpiadores y demás oficios se les reconociera como héroes, había uno bajito, moreno y con cara de cabreado (vamos, el prototipo español), que era el héroe por excelencia y tenía de profesión la de fontanero.

Hablo, claro está, de (Súper) Mario, el del videojuego de la Nintendo y del que -he de confesarlo- nunca he jugado una partida; ni con las consolas de bolsillo ni con las que se conectaban a la tele.

Así que he tenido que mirar por ahí para hacer memoria, porque recordaba haber visto a mi hijo jugando -solo o con sus amigos- y que entre los persoajes había una princesa rubia, con nombre de melocotón (Peach), y poco más.

Resulta que en el juego es la princesa la que le envía a Mario una carta invitándolo a ir a su castillo para un pastel. Pero, cuando llega, Mario descubre que el malo (un tal Bowser) ha invadido el castillo, que ha encarcelado a la princesa y a sus sirvientes; y, a partir de ahí, empieza una aventura de ir abriendo puertas, subir niveles y avanzar fases hasta que al final (Súper) Mario libra la gran batalla donde, si gana, puede liberar a la princesa y conseguir que ésta le premie con… el pastel que le prometió.

Vamos, que por lo menos le invita a una buena carne a la piedra o unas chuleticas de cordero a la brasa con patatas al ajo cabañil en «El Mochuelo».

Igual es una leyenda urbana pero creo que, a partir de ahí, los fontaneros del mundo se curaron en salud y, para los siguientes servicios, se inventaron aquello de los «gastos de desplazamiento».

 

supermario

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y CUATRO

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«Construyes, destruyes
El universo con tu poder
Rehuyes, intuyes
Vientos suaves o de huracán
Nunca podrás cambiar
Mi marcha, ni mi juego
Nunca podrás cambiarme
Nunca, nunca, podrás cambiar
Dinero, dinero»

(OBÚS – «Dinero, dinero«)

 

Amaneció el día cincuenta y cuatro del tiempo suspendido intuyendo que hoy no tenía por qué ser un día cualquiera. A lo mejor estaba escrito en las estrellas. O a lo mejor solo dependía de nosotros.

¿Quién decide cuándo es Plenilunio? ¿Quién le dio cita a las Acuáridas? ¿Cuándo se le cuadró la agenda al Universo?

La mía está hecha -literalmente- unos zorros.

-Apunta la cita y la hora… -le digo a mi cliente.

-No te preocupes, Jose -me replica-. Que el dinero ayuda a la memoria.

Vaya.

Y yo que pensaba que lo que potencia la memoria es comer pasas.

Antes se aprendía en el colegio la lista de los reyes godos, todos los ríos de España y hasta sus afluentes; memorizabas la tabla periódica de los elementos y las de multiplicar. Se hacía a base de codos, cantando, recitando. Una hora y otra y otra (¿me tomas la lección, mamá?). Un día y otro día… Hasta que se grababa en la memoria. Y ya no se olvidaba.

Dicen que Boris Johnson, el Premier británico, es capaz de declamar -de memoria- los hexámetros iniciales de la Odisea: «Háblame, musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo…». Y lo hace, además, en griego clásico.

Boris, el bueno de Boris, ha salido de esta y vive para contarlo. ¿Le servirá la experiencia para ablandarse y devolverle a los griegos los frisos del Partenón? Sería una buena oportunidad.

Además de aprenderse la historia de Homero seguro que recuerda que Pericles murió en Atenas precisamente por la peste. Boris, tienes mucha memoria pero no tienes corazón.

Mucha gente piensa que estudiar Derecho es eso, clavar codos y aprender leyes de memoria. Confunden las oposiciones a notarías o a registros con los estudios previos.

La memoria es algo devaluado («la inteligencia de los tontos», dicen); devaluado salvo cuando se escribe con mayúsculas y se apellida «histórica». Entonces sí, para eso nunca falta… dinero.

Dinero, dinero.

Esta mañana alguien me dijo que, estando confinados en casa, su familia está ahorrando dinero.

Otros lloran porque no lo tienen.

También los hay -pobrecitos- a los que la posiblidad de que se lo expropien no les deja dormir.

Dinero, dinero.

A la gasolinera que hay junto a mi despacho le debió de llegar noticia de que ya no pagan porque te lleves el petróleo: subieron los precios. Ya se sabe lo que se dice por ahí, que las bencinas caen como una pluma, pero suben como un cohete.

Por redes sociales corre la noticia de que la nómina de un médico contratado en plena pandemia es de 1.046,58 €. Y te ponen la foto para corroborarlo. ¿Será verdad?

Hay más de trece mil pensionistas que, muy a su pesar, van a colaborar en ahorrar… dinero.

Fallecieron con el Covid19 y ni siquiera han tenido un entierro digno de ese nombre.

Dinero, dinero.

A mediodía me recordaron que la corrupción en España se ha llevado auténticas morteradas en «mordidas». Y me pasan hasta la cifra.

La actualidad manda y nadie habla ya de aquellos procesos interminables que acaparaban portadas; de jueces quemados (algunos achicharrados, más bien); de delitos prescritos… De las togas negras que empuñaron cazarmariposas para cazar elefantes.

Y cuando algún incauto se dejó atrapar -o se quedó sin «padrino»- resultó que el proceso tampoco ha servido para recuperar el… dinero.

Así que el sistema premia al delicuente al por mayor. «Ya que te pones, hazlo a lo grande. Que la culpa de todo esto la tienen los alemanes. Que ponen muy caros los Mercedes, los BMW y los Audi».

Los de la Justicia piensan que abrir en agosto atenta a sus derechos. Dicen algunos que, si no dan marcha atrás, harán huelga.

Y a nadie se le cae la cara de vergüenza de ir a «Europa» a pedir… dinero.

Bah, estiércol del diablo, que dijo San Agustín.

Spotify -sin avisar- de pronto te recuerda una canción y todo lo que lleva asociado. O es el Facebook, que publica recuerdos de justo hace un año. Caigo en la cuenta que hemos externalizado la memoria.

A veces, solo a veces, cualquier tiempo pasado nos parece mejor. No tiene por qué ser necesariamente malo recordar.

Cosas de hace un año y de esta misma mañana.

Mientras tanto, miras el cielo, con su noche de Plenilunio y lluvia de estrellas.

En el recuerdo, las Gemínidas y, mucho antes, las Leónidas.

Siempre puntuales a sus citas.

Buenas noches, Acuáridas.

PLENILUNIO

 

 

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y TRES

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«Cava un hoyo para estanque sin esperar la luna.

Cuando hayas terminado el estanque, la luna vendrá por sí sola.»

(Maestro Dogen).

 

 
-Buenos dias, ¿has podido revisar el documento?

-Hola Jose, ¿cogiste las riendas del expediente? ¿Tienes controlado el plazo?

-Buenos días. Te envío el informe de daños. Ya me dices si sirve.

-«El Presidente del Gobierno logra prorrogar el estado de alarma por cuarta vez con un apoyo menguante».

-Buenas tardes. ¿Crees que se celebrará el juicio del día 19 o lo van a suspender?

-Hola ¿Cómo llevas lo de la querella?

-… le está invitando a una reunión de Zoom programada. Tema: Sala de reuniones personales de … Unirse a la reunión Zoom https:/… ID de reunión: …

-Disculpe, doctor. ¿Le puedo llamar un momento?

-Hola Jose. Todavía no he cobrado nada del ERTE. ¿Qué podemos hacer?

-«Dime usted cuando te puedo llamar un cinco minutos».

-Hola, necesito que me des un toque para que me ayudes a hacer una cosa con la declaración.

-«Sánchez anuncia un homenaje público a las víctimas y que decretará luto oficial en la fase 1 de la desescalada».

-Buenas tardes Jose-Ramón: Espero que te encuentres bien (…) Por aquí, hemos tenido suerte y mucha precaución y (…) Quería que me aclarases una duda. Voy a (…) y no se si hacer (…) A la espera de que aclares esta cuestión, recibe un cordial saludo.

Cuando me vine a dar cuenta, era hora de volver a casa.

Había terminado de cavar mi estanque.

Y, como predijo el maestro Dogen, la luna vino por sí sola.

CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y DOS

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«Escucha bien, mi viejo amigo
No sé si recordarás
Aquellos tiempos ahora perdidos
Por las calles de esta ciudad
Leímos juntos libros prohibidos
Creímos que nada nos haría cambiar
Vivimos siempre esperando una señal»

(LA FRONTERA – «El límite»)

 

Hasta que se decretó el inicio de este tiempo suspendido y se cerraron las fronteras, estaba ya más que normalizado que muchos ciudadanos vivieran en Portugal -o en Francia- y se desplazaran a España a trabajar, a hacer sus compras o a tomarse unas cañas. Y viceversa.

Conozco algún caso y lo que me cuentan mis amistades de por allá es kafkiano. Hay que ver cómo le cambia la vida a uno en un plis plas.

Pero esta nueva «normalidad» no solo se sufre entre países que hasta hace poco compartían el llamado espacio Schengen.

El plan de desescalada nacional ha desempolvado la vieja organización territorial de Javier de Burgos y convertido los límites provinciales en las nuevas fronteras, invisibles, sin aparentes signos externos, pero, hoy por hoy, infranqueables.

Es como nadar en una pecera y toparte con la nariz cada vez que llegas a un borde.

Saliendo de la Provincia de Murcia hacia la de Alicante, siguiendo la línea de la costa, hay una pequeña localidad que se llama El Mojón. A continuación y siguiendo esa misma línea -una vez adentrado en Alicante- te encuentras las urbanizaciones de Las Villas y La Torre de la Horadada.

Aunque zona alicantina, son miles los murcianos que pasan el verano allí, que tienen una segunda residencia y -algunos afortunados- hasta un barco en el puerto deportivo.

En la fase actual de desescalada aún no se puede ir allá porque, al ser de otra provincia, no está permitido. No es una cuestión baladí. Te juegas una multa cuantiosa. Y maldita la gracia, porque los que tienen segunda residencia y el barquito en el agua siguen pagando sus impuestos y sus cuotas.

Aún así -les digo- tened cuidado con nuestros amigos los pilareños.

Hace ya unos cuantos años el Pilar de la Horadada y San Pedro del Pinatar mantuvieron un litigio por una cuestión de lindes y un «no me toques los mojones»; tanto se enconó la disputa que llegó hasta el Tibunal Supremo. Da igual quién ganara y quién no. Así se las gastan en El Pilar y en San Pedro. Que son gente seria y legalista hasta donde haga falta.

Ah, qué tiempos aquellos los de mi querido Rey Lobo, donde la frontera por el norte del Reino de Murcia llegaba hasta Albarracín, en la actual Provincia de Teruel…

He oído por ahí que algunos han pensado agazaparse en El Mojón y «cruzar la frontera» amparados por la oscuridad de la noche. Que es mucho el «monazo» que tienen de playa y barco.

Yo, por si acaso, me esperaría a que sea luna nueva; y, de cruzar este nuevo limes que separa los antiguos Reinos de Murcia y de Valencia, lo haría andando hacia atrás. Por si me pillan los municipales, o la Guardia Civil, que tiene su cuartelillo justo al pie de la Torre vigía que le da nombre a La Horadada.

A mí, que enseguida se me va a la imaginación, me veo a más de uno de estos «espaldas mojadas» haciendo lo de la famosa escena de Plummer y Peck en la película «Escarlata y Negro«: que ahora piso la raya, que ahora no, que ahora la piso, que ahora no.

Mi penica es que no esté abierto «The Corner» para pillarme un quinto y echarme unas risas. Eso sí, a salvo y desde «El Mojón, por supuesto.

Dura lex, sed lex, queridos.

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Foto: el autor, o sea yo, documentándome para esta entrada del blog y completando mis estudios de «Fronterología» al otro lado del Atlántico. La de cosas que aprende uno sin pensar en que luego le pueden servir…