CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA Y UNO

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«Nuestros cuerpos son los países de este mundo y no las fronteras que aparecen en los mapas con los nombres de hombres poderosos»

(«EL PACIENTE INGLÉS»)

 

Da igual que Karen Blixen, la autora de la novela «Memorias de África» (en la que se basó la famosa y oscarizada película) tuviera la sífilis, enfermedad que le contagió su marido (le era infiel con mujeres masais enfermas) y que, llegada su hora, muriera desnutrida, pesando apenas 32 kilos.

Importa poco que el cazador con el que tuvo su romance (interpretado por Robert Redford) hiciera mutis por el foro y se perdiera volando como, por lo visto, ha hecho ahora «El Tío de la Avioneta». Bueno, a lo mejor es cierto que se estrelló y no se perdió comprando tabaco, o en un ERTE.

No creo que sea relevante -tampoco- que la Blixen abandonara la literatura durante mucho tiempo porque no le publicaban los relatos.

O que su relación con África y los nativos tenga sus claroscuros.

Da igual.

Solo por la escena memorable de Redford lavándole el pelo a la Streep ya mereció la pena que un día liara el petate para marcharse a África y sobreviviera para contarlo.

¿Cincuenta sombras de quién? Anda ya…

Y así, como la Streep (o la Blixen), se han tenido que sentir hoy miles y miles de mujeres españolas cuando, por fin, han abierto las peluquerías, previa cita y con todas las medidas higiénicas posibles, eso sí.

Como el anuncio aquel de champú que te garantizaba tener una sensación… «orgánica».

Chavalotes, queridos míos, ya sabéis: si queréis triunfar -para cuando se acabe la cosa esta del tiempo suspendido, digo- ahí tenéis una buena e higénica idea para retomar las relaciones.

Porque lo del baile agarrado es una quimera.

Y de besos y otros lances, de momento, mejor ni hablamos.

 

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CORONAVIRUS, DÍA CINCUENTA

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En el BOE número 70 de fecha 10 de marzo de 1956, esto es, durante la Dictadura de Franco, se publicó el Decreto-Ley, de 4 de marzo, sobre abolición de centros de tolerancia y otras medidas relativas a la prostitución.

Tal y como está redactado se da a entender que antes de esa fecha había «tolerancia» con el asunto. Y vaya si la había. Por ejemplo, en Barcelona, durante el año 1951, había un precio oficial para los servicios de prostitutas (en burdeles autorizados), que era de 21,36 pesetas. Cuando los soldados estadounidenses visitaban España, las prostitutas autónomas subían el precio a 748 pesetas el servicio que -lo he leído por ahí- estaba tan «normalizado» que hasta lo podían contratar para menores de edad desde los 16 años, siempre que, en ese caso, fueran acompañados.

Pero un día los próceres se acordaron de la dignidad de la mujer, de la moral cristiana y, sobre todo, de las enfermedades de transmisión sexual, y decidieron ilegalizarla.

El Decreto-Ley al que me refiero es una norma sencilla de leer, con tan solo siete artículos y apenas tres párrafos en su exposición de motivos. Muy lejos -como vemos- de la farfolla diarréica en la que se han convertido las actuales leyes.

Creo que nunca en la vida, al menos que yo recuerde, se había visto todo el mundo al mismo tiempo pendiente del B.O.E.:

-«¿Podré correr mañana?»

-«Le puedo coger la mano a la novia?»

-«¿Tengo que llevar mascarilla en la bici?»

-«¿Me lavo las manos antes de hacer pis?»

El que inventó aquello de que la ignorancia de la ley no es excusa para su incumplimiento se acostará satisfecho todas las noches. Mi guasap es un hervidero de guías, interpretaciones y cuadros de lo que se permite, de lo que no, del cuánto puede durar el paseo del kilómetro y en que consiste la ruta mediopensionada.

Soy jurista con veinticinco años de experiencia profesional y para mí -lo reconozco- lo que se está publicando sigue siendo una lectura indigerible, un galimatías. No quiero ni pensar en qué se convertirán los juicios cuando se recurran las multas.

Alguien dijo que vivir en democracia supone regirse por un sistema en el que todo está permitido, salvo que se prohíba expresamente. Pero parece que estamos más cómodos con la visión contraria: no podemos salir, todo está prohibido; y sólo se puede hacer esto o lo otro.

Pero que no se interprete esto como una crítica al Gobierno. Que por nadie pase presentarte a una elecciones llevando en el programa electoral cambiar el lenguaje para conseguir el «todos y todas» -por decreto, por cierto, como hacía Franco con el asunto de las putas- y que, de pronto, te encuentres «bunkerizado» dirigiendo a tu país en la Tercera Guerra Mundial.

No les tengo envidia y, tampoco, les arriendo la ganancia. Habrían pensado -algunos- que gobernar es hacerlo a base de decretazos; pero gobernar es mucho más que publicar leyes y contraleyes, es actuar más allá del posibilismo y las buenas intenciones.

Que lo del «todos y todas» se hará realidad cuando así lo decidan los hablantes, cuando nos salga de ahí, sí, de ese mismo sitio con el que se ganan la vida las trabajadoras del sexo. Que para eso somos los dueños de la lengua.

Y, si no, que se lo digan a Franco.

Porque, a pesar de ilegalizar la prostitución, a pesar de tipificarla como delito, todos sabemos en qué quedaron sus buenas intenciones.

Me he ido por las ramas pero lo importante es lo importante. Espero que los que nos gobiernan tengan muchas suerte y acierten. Que nos va en ello la vida.

Y, ya de paso, si pueden, que lo pongan más claro. Que la seguridad jurídica también es un principio constitucional.

 

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CORONAVIRUS, DIA CUARENTA Y NUEVE

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«Facciamo finta che tutto va ben

Che il cielo sia constantemente azzurro

Che il sole splenda sempre allegremente

Che tutto quianto sia sempre sereno

Ruscelli, pratti verdi e arcobaleno»

 

(«FACCIAMO FINTA CHE» – Canción italiana que, desde que empezó el estado de alarma, ponen en Onda Cero Radio todas las mañanas a las 08:00 horas).

 

Y los niños, que un día dibujaron un arcoiris y lo pusieron en las ventanas de sus cuartos, esos niños -digo- corretean hoy por parques y jardines.

Sus arcoiris los miran ahora desde lo alto, vigilando sus juegos y sus risas despreocupadas.

-«¿Por qué no nos lleváis con vosotros?» -suspiran.

A los adultos, de los siete colores curvados tan solo nos dejaron disfrutar de dos: el azul y el dorado.

Dice Carolina Romanella en su blog de viajes que «los mejores horarios para que tus fotos sean diferentes y con más fuerza son la primeras horas de la mañana, antes del amanecer (conocida como la hora azul), y la previa al atardecer (conocida como la hora dorada)».

Azul y dorado, dorado y azul.

Una combinación perfecta para hacer visible lo invisible, real lo que se había convertido en una ensoñación. Para saborear, en definitiva, unas cuantas tacitas de libertad.

La luz azul y la temperatura me evocaron madrugones veraniegos, paseos por senderos endurecidos por el sol y el salitre de una playa cercana. Al Chemin des Chevals, de Menorca; a las Salinas de San Pedro del Pinatar (Región de Murcia). El olor a huerta, por su parte, rutas por Cazorla (Jaén), travesías por el Río Bailón (Zuheros, Córdoba), el Zarzalar (Nerpio, Albacete) o el Monte Buciero (Cantabria).

A la hora azul, que ha empezado hoy a las 7:00 a.m., le ha seguido el día de la bicicleta, el día sin humos, el día sin coches, el de la revindicación silenciosa de la zapatilla y el pedal. Nunca había visto tan concurrido el carril bici.

El tiempo transcurrió como en un suspiro.

-«¿Y ahora qué?»

No creo que tener que regresar antes de las diez haya supuesto problema alguno. Porque a esa hora nos hemos acordado, por ejemplo, de que estamos ya en mayo. Por el calor. Y, también, de que demasiada gente alrededor llega a resultar mareante.

-«Guardaste ese instante de felicidad en una foto y la escondiste bien».

-«Por miedo a perderla».

A mediodía -en el duermevela de mi hamaca- escuché risas de los niños; pensé que la piscina de enfrente ya estaba abierta; pero no, me he levantado y visto que sigue vacía, con el fondo verde. Los vecinos aún no se han puesto de acuerdo para limpiarla.

La hora dorada ha coincidido con la de los aplausos, más o menos a las 8:00 de la tarde, cuando el ocaso prolonga las sombras de los árboles del parque -allá donde juegan los niños del arcoiris- hasta hacerlas más y más alargadas.

Con hoy hemos sumado cuarenta y nueve días de tiempo suspendido.

-«Parecen muchos»…

El tiempo supendido va a ser también tiempo alargado. Leo que el Presidente del Gobierno no da opción. Para que siga adelante el plan de «desescalada» el estado de alarma se habrá de prolongar hasta el mes de… julio.

De la película «Passengers» tomo esta, por hoy, última reflexión:

«Todos tenemos sueños. Planeamos el futuro como si fuéramos capitanes de nuestro destino, pero somos pasajeros, y nuestro destino es el que nos lleva».

Sopla un céfiro muy agradable. Para esta noche he reservado un pasaje. Me dedicaré a contar estrellas desde mi hamaca hasta que me duerma.

«Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben»
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Foto: alineación de la Luna, Plutón, Saturno y Júpiter. Tomada en diciembre de 2019 en Jordania, junto al Castillo de Kerak

CORONAVIRUS, DIA CUARENTA Y OCHO

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«El tango es pensamiento triste que se baila»

(ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO)

 

Solo por la primera escena ya merece la pena ver «La lista de Schindler». Sí, esa en la que en tan apenas siete minutos conocemos quién es Oskar Schindler y cómo se las gasta. No creo que sea casualidad que la música que suena sea un tango. Spielberg no es de los que da puntada sin hilo.

Dice la leyenda que el autor del libro en el que se basa la película («El Arca de Schindler») tuvo que insistir mucho hasta que consiguió que Spielberg se interesara por la historia. El ya afamado y exitoso director estaba siempre ocupado con muchos proyectos. Lo que vino después es de sobra conocido.

Spileberg había triunfado mucho antes con una película que en España se tradujo como «Tiburón» pero que en inglés se llamaba «Jaws» (mandíbulas). Lo que fue un éxito de taquilla se convirtió, sin embargo, en una desgracia para estos maravillosos animales (un prodigio de la evolución), que resultaron -para siempre- estigmatizados.

Desde ese verano nunca más se volvió a nadar en aguas profundas con tranquilidad, algo que es totalmente irracional. Lo digo porque nadie se ha parado a pensar en la cantidad de gente que muere a diario en un coche. Si se compara la cifra de accidentados con el número de fallecidos por ataques de tiburones, leones, arañas peludas, cocodrilos de agua salada, serpientes y otros animales «peligrosos»… estaremos de acuerdo en que son temores realmente ridículos. Pero si la lógica y las matemáticas se aplicaran a la vida, son muy pocos los que comprarían lotería. Por ejemplo.

Merece la pena enterarse de los entresijos del rodaje. Al armatoste mecánico que utlizaron para rodar el filme lo llamaron Bruce porque era el nombre de pila del abogado de Spielberg. Muy graciosos. La anécdota no queda ahí. Años después, cuando se rodó (o, mejor dicho, se dibujó) la película «Buscando a Nemo», el tiburón blanco que aparece en la misma se llama Bruce. Un homenaje a la película de Spielberg, o a su abogado, o ambos.

Mañana abren las playas en España. Y las calles, los montes… hasta las vías verdes.

Y me he acordado de esta película y de la escena de cuando reabren las playas de Amity. Piensan las autoridades que, después de pescar un ejemplar de tiburón tigre, han conjurado el peligro; pero, luego, resulta que no es así. De tal suerte que «el tiburón» sigue vivo, «encariñado» con las playas de Amitiy, donde sigue zampándose incautos bañistas. Un paso en falso.

El alcalde se lamenta porque se tiene que dar por perdida la temporada de turismo y Brody, el jefe de policía, le recuerda que tiene un problema sobre la mesa aún peor que haber perdido la temporada turística.

En Italia, que van con unas semanas de adelanto respecto de España, se echan las manos a la cabeza cuando se han enterado de nuestro plan de «desescalada» y de las prisas que nos estamos dando para iniciar del «desconfinamiento».

En la víspera nos llega noticia de dos nuevos fallecidos en nuestra región tras dos días sin muertes y 37 casos activos más. ¿Un repunte?

Mañana estaré atento a la TV (por vez primera en estos cuarenta y ocho días de tiempo suspendido) para ver qué han hecho las familias de Pedro Sánchez, Pabo Iglesias y la del tipo de las cejas de las ruedas de prensa.

 

 

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Foto del rodaje de «Jaws»: Spielberg en las fauces de «Bruce».

 

 

 

 

 

 

 

CORONAVIRUS, DÍA CUARENTA Y SIETE

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“Carpe Diem. Porque somos alimentos para gusanos, señores. Porque, aunque no lo crean, un día todos los que estamos en esta sala dejaremos de respirar. Nos pondremos fríos y moriremos. Aprovechen el día, muchachos. Hagan que sus vidas sean extraordinarias».

(De la película «EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS)

 

La foto está tomada el 28 de enero de 2020. En el centro se ve a un tipo sonriente que mira hacia la cámara y levanta el pulgar de la mano izquierda en señal de aprobación.

-«Todo está bien» -parece decir, como si hubiera catado la temperatura o el sabor del agua. El fondo es un inmenso anfiteatro en forma de catarata. Una exuberancia que se precipita al vacío.

El tipo, que no es alto ni bajo -ni gordo ni flaco- está en lo que el escritor Kieran Setiya define como «la mediana edad». Esa en que la duración de la vida deja ya de ser una abstracción y se sabe que la muerte es una privación cierta, segura.

Por eso mismo resulta irracional temerla, dice Setiya. Aún así, el tipo de la foto tiene cuidado de no arrimarse mucho al borde del precipicio. Tampoco es cuestión de acelerar el proceso.

El tipo de la fotografía se protege del sol con sombrero marrón de ala ancha y gafas negras de aviador. Lleva barba de «nosecuantosdías». Por atuendo viste unos chinos y una camiseta color caqui que le queda un poco ancha, la verdad. En el pecho, escrito con letras blancas y mayúsculas, se lee «Massada. I Came. I Saw. I Climb».

La mayoría de las personas con las que se ha cruzado de camino no tienen ni idea de lo que es Massada. Ni falta que les hace.

El tipo de la fotografía cuenta que nadie ha reparado en el texto; nadie, menos un señor mayor (aún bastante mayor que el tipo de la fotografía) que, al verla, ha exclamado:

-¡Massada!

El viejo llevaba camiseta blanca y tirantes. No le ha dado tiempo a ver si iba en pantalón corto porque se han cruzado muy rápido en la pasarela. Le podría haber dicho que si él no esperaba encontrarse por allí a alguien con una camiseta de Massada, todavia resulta más extraño toparse por la selva a un tipo con camisa y tirantes. Pero no se han parado a hablar. Uno íba y el otro venía. Como la vida misma.

Al tipo de la fotografía le gusta unir los puntos hacia atrás. Y, como reza su camiseta, le encanta llegar, ver y… hacer cumbre.

-¿Por qué subiste a la montaña?

-Porque estaba ahí.

Para ello hay que andar ligero de piernas y de equipaje. A él le sobra con una cartera, en la que lleva unos papelitos que llaman pesos, su pasaporte europeo -en una mano- y el teléfono móvil -en la otra-. Lo tiene desconectado. Solo lo usa para fotografiar mariposas amarillas.

A esas mariposas, a las amarillas, las llaman allí «de los naranjos». Eso ha visto, al menos, en un cartel. Le choca que se les llame así cuando no ha visto ningún naranjo desde que aterrizó en Iguazú. De hecho, duda de si en América los hay, porque es un árbol que asocia a su Mediterráneo natal; o, como mucho, a climas mediterráneos.

Cuando miras la foto, el tipo te susurra que ahora en las cataratas no hay ni agua ni gente. Solo mariposas amarillas que se han adueñado del mirador.

El tipo de la foto dice que hoy no le habrían dejado entrar sabiendo que venía de España. Tampoco le habrían tomado el celular para hacerle una foto. Todo el mundo tiene temor a un contagio.

-¿Es posible contar los días hacia atrás? -se pregunta.

No espera una respuesta inmediata.

El tipo de la foto, como la mariposa, se acostumbó a vivir sin prisa.

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CORONAVIRUS, DIA CUARENTA Y SEIS

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«¿Cómo llegamos a saber que éramos felices?»

(Margaret ATWOOD – El cuento de la criada)

 

Después de cuarenta y seis días de singladura parece que el tiempo suspendido empieza a desperezarse. Las redes sociales vuelven a hervir con tablas que explican cómo habrá de ser el desconfinamiento: progresivo, asimétrico y respetando el «distanciamiento social».

Pululan manuales que llaman «para la desescalada» (sic), se publicita un plan estratégico que habrá de llevarnos -se nos dice- a una «nueva normalidad».

A mí todo esto empieza a recordarme la neolengua de la que hablaba Orwell en «1984».

En el ámbito de la abogacía y la procura parece que el primer motivo de preocupación sigue siendo que declaren hábil el mes de agosto. El Decreto-Ley recién aprobado por el Gobierno dice que no será para todo el mes, que solo del 11 al 31. Vamos, apenas 20 días. Y como si no hubiera otras cosas más importantes en las que pensar y sobre las que meditar.

Leo sesudos artículos escritos por colegas de prestigio que dicen que declarar hábil (una parte de) agosto es inconstitucional, que el Poder Ejecutivo invade competencias del Poder Judicial… Bla, bla bla.

Lejos de dignificar la profesión y parafraseando el famoso refrán de los gitanos, al final nos va a decir eso de que «si quieres ver a un abogado trabajar… ponlo por sus vacaciones a luchar».

Me molesta que se me identifique con esa idea. No todos pensamos igual. A mí no me representa ni el Colegio de Abogados y, ni mucho menos, el Consejo General de la Abogacía (que en su propia web dice que es el órgano representativo, coordinador y ejecutivo superior, ojo, de los 83 Colegios de Abogados de España).

Además, cuando esas corporaciones me paguen las facturas del despacho (y las particulares), entonces y solo entonces, podremos hablar de representatividad. Pero, de momento, me toca arremangarme y defender lo mío y lo de mis clientes.

Los abogados no solo se dedican a hacer juicios. Parece mentira que se lo tengamos que recordar.

Tenemos un país con el tejido empresarial arrasado, con la principal industria (turismo y hostelería) en la pura ruina. Y los abogados también han de empujar el carro, como el resto de la sociedad. Estar ahí, para lo que se nos necesite y, sobre todo, cuando se nos necesita.

Porque hay faena y mucha por delante: acuerdos de refinanciación, preparación de nuevos contratos adecuados a la «nueva normalidad», fusiones y reestructuraciones, separaciones y divorcios, testamentarías y herencias, reclamaciones por las multas que están imponiendo durante el confinamiento, demandas por todas las negligencias que se están perpetrando durante la gestión de la crisis…

Eso y reactivar toda la faena que ya teníamos acumulada de atrás, que no es poca.

Estimados colegas, de verdad que no os entiendo. Veo a los dueños de comercios, bares y gimnasios desesperados por abrir, aunque sea por la puerta de atrás; a empresarias de servicios personales dejándose los riñones y las uñas en desinfectar sus locales, que te lo dicen, además, sin queja, con toda la ilusión del mundo y pensando en que pueden abrir el próximo lunes.

¿Y vosotros lloriqueando porque os quitan veinte días de vacaciones en agosto?

Para cuando se os ocurra bajaros del pedestal a algunos os va a pasar como al Zaratrustra de Nietzsche, que bajó solo de la montaña y nadie le salió al encuentro.

 

 

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CORONAVIRUS, DÍA CUARENTA Y CINCO

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«¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente».

(AUGUSTO MONTERROSO – «Cómo me deshice de quinientos libros»)

 

Viendo cómo se han puesto las calles o el tráfico rodado, cualquiera diría que se ha acabado el estado de alarma que dio lugar a este tiempo suspendido. Pero no, seguimos igual y contamos -con el de hoy- cuarenta y cinco días de confinamiento.

Cuántos planes, cuántos proyectos truncados. Y no me refiero a mi persona. Esta mañana me levanté pensando en la cifra de muertos, meditando sobre el conteo de tantos y tantos que se han quedado en el camino. Y todavía hay quien se preocupa por si agosto será hábil, si podrá ir a su segunda residencia en vacaciones o si se tienen que suspender los Sanfermines o las Tomatinas. ¿Tan insensibles nos hemos vuelto?

Cuando algún problema me acucia me consuelo y me digo «tranquilo, no te agobies, que son problemas del Primer Mundo. En otros sitios -lo has visto- no tienen agua potable o un techo para cobijarse». Después de transitar por estos cuarenta y cinco días he cambiado de mantra: «Tranquilo, ya saldremos: al menos has sobrevivido para contarlo».

Antes de que empezara este tiempo suspendido aproveché una promoción del periódico y me hice con los mapas de Ptolomeo y de Al-Idrisi. Rescoldos de lecturas veraniegas que, desde hace meses, tienen guardado un sitio especial. En mi teléfono me sigue saliendo aviso para que compre un par de marcos para mis mapas. Tendrán que esperar. Es un asunto que no llega ni a la categoría de «contratiempo del Primer Mundo».

Y eso que son una preciosidad.

El primer mapamundi es obra de Claudio Ptolomeo (Siglo II d.c.), autor del Almagesto (así se le llamaba en su traducción árabe), formado por ocho libros que incluyeron una representación del mundo conocido. Ptolomeo definió la geografía como «el arte de dibujar mapas generales de la Tierra». Muchas tesis e ideas suyas están hoy superadas pero tuvo el mérito de haber aplicado las matemáticas a la geografía (por primera vez se habla de latitud y longitud) y fue revolucionario en su época, situando a la Tierra en el centro del universo y defendiendo que el mundo habitado sólo ocupaba una cuarta parte total de la superficie terrestre. Toda una invitación para las mentes con pies inquietos.

Diez siglos después y partiendo de esta estructura, se creó la llamada Tabula Rogeriana también conocida como «el mapa de Roger», que se considera el mapamundi más preciso y riguroso de la Baja Edad Media. Fue el resultado del encargo del rey de Sicilia Roger II al geógrafo ceutí Al-Idrisi, quien dedicó  ¡dieciéis años!  de su vida a esta obra de compilación cartográfica. En el Siglo XII d.c., en Sicilia (otra vez mi isla favorita) convivía una importante comunidad musulmana mayoritaria con minorías judias, griegas y cristianas. En la cosmopolita corte palermitana pasó algo parecido a lo que sucedió en España, todo un ejemplo de enriquecimiento cultural que contrastaba con el panorama imperante en el resto de Europa medieval (oscura e intolerante).

Ambos mapas, por tanto, están conectados. Pero no solo entre sí. También conectan con el presente.

Todavía hay quien hoy en día, dieciocho siglos después, defiende el terraplanismo. No me merece más comentario. En cuanto al mapa de Al-Idrisi, si uno se fija bien, tiene la peculiaridad de que está «dado la vuelta», en el sentido de que lo que nosotros llamamos Sur está dibujado arriba, mientras que el Norte está abajo (por eso la Península Ibérica queda a la derecha y no a la izquierda).

En el libro «Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas» se cuenta que en el año 1998 John y Ashley Sims crearon un mapa bidireccional de Gran Bretaña en el que se representaban las señas para viajar de sur a norte (el mapa de siempre, vamos) y un segundo mapa con la isla dibujada al revés, para viajar de norte a sur. Por lo visto fue un gran éxito (sobre todo entre el público femenino), tanto que los modernos GPS copiaron la idea, puesto que cuentan con un sistema en el que se deja fijo el vehículo en la pantalla y lo que gira en todo momento es el mapa. La vida, como siempre, se representa según el punto de vista.

Pero hay más.

Cada vez tengo más claro que existe la magia, pero solo para quien está dispuesto a abrir los ojos para verla. Este verano, después de leer sobre el asunto, adorné mi portátil con una recreación del mapamundi de Idrisi. Para personalizarlo o, como dicen ahora los modernos, para «tunearlo».

En ese momento pensé que era una frikada más de las mías. Pero no, hoy he sabido que me guiaba una mano invisible, por supuesto, infinitamente sabia y que me supera.

Al-Idrisi se estará riendo de mí, donde quiera que esté, porque llamó a su Geografía «Núzhat al-Mushtak fi-khtiraq al-afaq». Buscando por Internet he encontrado dos traducciones de la frase:

La primera la traduce como «La recreación para aquel que desea viajar a través de los países».

La segunda, mucho más profunda y es con la que me quedo, la traduce como «Libro del placer de quien anhela ampliar sus horizontes».

 

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Foto: mi alter ego jugando con los mapamundi de Ptolomeo y Al-Idrisi

CORONAVIRUS, DÍA CUARENTA Y CUATRO

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Quienes han pasado por mi despacho a hacer prácticas recordarán que lo primero que hago es llevarlos a la sala de juntas, donde tengo colgada la toga, para -acto seguido- hacerles una foto con ella puesta.

«Ale -les digo- por si al final eres o no abogada, no te quedes con el hipo dentro». Y les invito a que le manden la foto a su mamá o a su pareja. O la cuelguen en Instagram, si les apetece.

Está claro que el hábito no hace al monje y vestir «la bata negra» (como la llama la abuela de una buena amiga), o el «traje de Batman» (como también se le conoce por los ambientes), no te convierte en abogado.

Hoy he leído que entre la batería de medidas que propone el Ministerio de Justicia para recuperar el tiempo perdido durante esta crisis será permitir celebrar juicios sin toga. Imagino que están pensando en los que no tienen una propia y las cogen prestadas en el servicio que cada colegio tiene habilitado al efecto.

Un servidor, que antes de que el virus campara por sus respetos ya tocaba las botoneras de los ascensores con la llave del coche, por el mismo escrúpulo se compró -en cuanto pudo- una toga hecha a medida aprovechando un viaje a Madrid. Entonces ya me precupaba contagiarme de cualquier cosa (no solo de un virus), porque había que ver en qué condiciones te dejaban las togas compartidas (sobre todo en verano). La toga que tengo ahora es mi segunda toga, pero esa no es una historia para contarla por aquí.

El caso -decía- que a mis pupilos les pongo mi toga y luego los llevo «pegados a rueda» a hacer juicios, comparecencias, asistencias a detenidos, visitas a organismos públicos y, por supuesto, cuando ello no cause problema, atendemos a los clientes juntos, para que aprendan a analizar los casos tan cual nos los cuentan y no como les plantean los casos prácticos en su universidad.

Debe ser que, al venir de una familia de docentes (por parte de padre y de madre, de abuelos paterno y materno, tíos y demás familia, como en las esquelas), algo de afición a la didáctica me ha quedado. Por eso y, también, porque es lo que yo quise en su día para mí cuando hice mis prácticas.

En general lo pasamos bien, se acoplan al ritmo y hasta nos echamos unas risas. Alguna vez, incluso, los he subido a estrados para que sientan el vértigo de la profesión, más allá de la idea que se traen de las películas que han visto.

Me gusta jugar con ellos a una suerte de juego que podría llamar «La Toga de Damocles», para que sientan el peso de ese trapo negro; que a veces pesa y mucho.

Damocles era un cortesano que iba diciendo por ahí de Dionisio I, tirano de la ciudad de Siracusa (hablamos por supuesto de Sicilia, siglo IV a.c.; como en las Chicas de Oro), que era un tipo muy afortunado, porque disponía de riqueza y de poder. Dionisio, que tenía muy mala leche, le quiso dar un escarmiento y se ofreció a intercambiarse con él por un día, de forma que pudiera disfrutar de primera mano de su supuesta «suerte». Esa misma tarde se celebró un banquete donde Damocles gozó siendo servido como un rey. Al final de la comida se le ocurrió mirar hacia arriba y reparó en una afilada espada que colgaba sobre su cabeza, atada por un único pelo de crin de caballo.

Inmediatamente se le quitaron las ganas de comer y menos de retozar con las hermosas mujeres que había pedido, así que pidió al tirano abandonar su puesto, diciendo que «ya no quería seguir siendo tan afortunado».

Una vez se me tuvo que ir mucho la mano con mi juego. Esa mañana habíamos estado en Molina de Segura, en una comparecencia; luego nos fuimos a Cieza a otro señalamiento y luego volvimos a Murcia, autopista para abajo, para intentar llegar a tiempo y presentar unos escritos por registro. Al terminar la jornada la chica que entonces estaba en prácticas me dijo:

-Jose, espero que no te moleste, pero tengo que hacerte un comentario.

-No te preocupes, dispara.

-Verás, estoy observando el ritmo que llevas, las llamadas, las visitas, los plazos y los juicios. Creo que no voy a ser abogada. Es que… no me gusta tu vida.

-No te preocupes -le contesté-. A veces a mi tampoco me gusta.

Semanas después esta chica dejó el despacho para hacer prácticas en una empresa, nada que ver, por supuesto, con el ejercicio profesional; y, cuando escribo estas líneas, me consta que le va muy bien por Madrid. Por supuesto, lejos de cualquier cosa que huela a estrados o a la toga de Damocles.

 

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Foto: de la toga de Damocles a la toga NBQ

CORONAVIRUS, DÍA CUARENTA Y TRES

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«¡Traigo en el corazón una tristeza!…
D´allá abajico vengo;
la escuela, como enantes, cerraïca
y con aquel silencio…
chillando alreörcico los zagales
y a sus anchas corriendo…
¡La jaulica vacía
y la bandá de pajaricos sueltos!»

(VICENTE MEDINA – «Los pajaricos sueltos»)

 

El cuadragésimo tercer día del tiempo suspendido se ha convertido -dicen- en un segundo día de Reyes. O en el día de la parvá. No busquen esa palabra en el diccionario de la RAE porque no la econtrarán. Pero existe, es muy expresiva y recoge fielmente lo que ha pasado hoy.

Los papás y los nenes salieron en estampida. Se abrieron los portales y de cada uno de ellos salió una parvá de críos, de pajaricos sueltos, que diría Vicente Medina.

Tengo la suerte de vivir lindando con lo que aún queda de la Huerta de Murcia, pegadito a un palmeral y junto a dos parques urbanos (uno enfrente y otro detrás de mi casa). Y, hasta donde alcanzaba la vista, esos espacios se han llenado de niños con patines, patinetes, triciclos, biciletas y hasta balones. No todos llevaban mascarilla, lo que me resulta incomprensible cuando sí que los he visto ataviados con cascos y rodilleras.

Por la acera que hay justo debajo de mi terraza he contemplado -también- una escena de muñecas rusas: venía una madre, con mascarilla, que llevaba de la mano a su pequeña, también con mascarilla, quien, a su vez, había sacado a pasear a su muñeca. No me alcanzó la vista para ver si a la muñeca le había cosido otra mascarilla adecuada a su tamaño, pero no me costó imaginarlo.

Al ver tanto mocoso montado sobre ruedas he caído en la cuenta de que tengo mi moto sin arrancar por lo menos un mes. Llamarla moto es mucho decir. Los moteros de verdad me dijeron que lo que tengo es una «escutre». Encima, de marca italiana pero de fabricación… china.

Una vez escuché decir que existen dos clases de moteros: los que ya se han caído de la moto y los que se van a caer. En mi caso ya estoy graduado y cum laude porque, además de caerme, me la han robado (apareció en Roldán, la habían utilizado para atracar un supermercado), me he quedado sin batería y sin gasolina, se me han doblado los espejos y se me han roto los cierres del asiento y del maletín trasero. Una joya.

Con lo del bichito espero no ser tan «aplicado». Y me conformo con solo pasar del grupo de los que todavía no se han infectado con el coronavirus, a los que ya lo han pasado y pueden contarlo.

Porque, después de ver lo que se ha visto hoy, sobre todo en las calles más céntricas de Murcia -mi ciudad- no tengo la menor duda ya de que, tarde o temprano, nos caeremos de esa moto, la de la infección, digo.

Los hosteleros son un rechinar de dientes, con razón, pues no entienden que se les obligue a cerrar sus negocios y estudiar medidas de distanciamiento y, al mismo tiempo, se permitan las concentraciones de hoy.

Y hablando de caerse, no sé si los voluntariosos y esforzados padrazos de hoy se han caído del guindo o todavían cuelgan de él; dudo si a estas alturas se habrán dado cuenta de que se han prestado alegremente para que se use a sus hijos de cobaya. Veremos dentro de veinte días -o los que sea- que dure la incubación.

 

CORONAVIRUS, DIA CUARENTA Y DOS

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Soy de las personas que se incorporaron «tarde» a las redes sociales. No me abrí un perfil en Facebook (ni el Linkedin, ni en la del pajarito azul…) hasta que pensé que podría ser útil para mi profesión. Bueno, por eso y porque era la única manera de estar al día en conciertos y demás saraos que se organizan en Murcia, mi ciudad…

Por ignorante cometí un primer error, que fue el de mezclar lo personal con lo profesional. Afortunadamente, rectifiqué pronto siguiendo el consejo de un compañero que, además de buena gente, está muy bien enterado de estas cosas y me dijo: «Si vas a estar aquí, o estás bien, o mejor que no estés».

Así que abrí un perfil (una página) para el despacho (Dualis) y otro para mi persona, donde puedo decir las sandeces que se me ocurran, eso sí, con la férrea censura de la «mamma», a la que tengo siempre ahí (y que me dure) con el rodillo de amasar preparado para hacerme entrar en razón.

Cuento esto porque no he estudiado el manual de cómo se usa Facebook, así que he ido aprendiendo sus reglas y entresijos por el método de escuchar a los que saben e investigar por mi cuenta. Y hete aquí que un día descubrí la función «pausar publicaciones». Lo puedes hacer por treinta días y es mano de santo. Cuando alguno se ponga faltón, cansino o repetitivo, zas, le «pausas» y listo. Bendito silencio.

De esa manera puedes «echar un vale», como decimos en mi tierra, hacer un «kit kat» y tomarte un descanso. Eso antes de borrar o bloquear, que es más drástico y no todo el mundo se lo toma igual de bien.

Con el tiempo he conseguido «pintarme» un muro de mensajes amables (la mayoría), con ventanas a paisajes increíbles, repleto músicas y relatos inspiradores y, en definitiva, moldear un «mundo» a imagen y semejanza de mi persona, adaptado a mi alma, y no al revés.

Lo de hacer pausas no es nada nuevo. Por supuesto que está la que hizo el Dios Creador, que según el Génesis descansó al séptimo día. Pero sin remontarme tan lejos en el tiempo, siempre me ha llamado la atención cómo en muchas obras de teatro se hace un descanso a la mitad. A veces lo estás pasando tan bien y estás tan metido en la trama que te causa un poco de estupor, como si despertaras -de pronto- de un sueño placentero. Pero es algo institucionalizado y asumido. Y no siempre se puede llevar el cuentavueltas emocional al máximo de revoluciones.

Lo del café pausa lo tienes, también, en congresos y eventos. Sirve para hacer networking (perdón por el «palabro») o, cuando menos, intercambiar impresiones con los colegas, asimilar conceptos o fijarte en detalles que podrían haber pasado inadvertidos.

Pero también es importante en el ocio y el disfrute.

Recuerdo que Andrea, mi guía en Praga (la mejor que he tenido hasta ahora, dicho queda, y por eso la cito por su nombre) lo tenía todo milimetrado con esa precisión y profesionalidad tan… centroeuropeas (dejémoslo ahí). Tanto, que se pillaba unos berrinches tremendos cuando los dos primeros días de viaje, sobre las diez y media, le dijimos que teníamos que hacer una pausa para tomar un café. No lo entendía, se ofendía y se lo tomaba como algo personal. Decía que el tiempo del café era tiempo perdido y que luego, a lo peor, no llegaríamos a tiempo para entrar a este o aquel museo. Hasta que al final le hicimos saber que tan importante era ver cosas como pararse y asimilar. Y también que el cliente manda y que éramos mayoría, qué demonios. Como diría el Sargento de Hierro, una vez más funcionó la democracia.

A la tercera mañana -a la fuerza ahorcan- Andrea nos había preparado una pausa café en la azotea de una cafetería (o restaurante, no lo recuerdo bien) que hay en la Plaza de la Ciudad Vieja, justo enfrente del Reloj Astronómico. La pausa estaba programada, lo que satisfacía su profesionalidad, y nosotros estábamos encantados con echar nuestro vale.

Complacidos, subimos las escaleras y nos acomodamos en la mesa que nos había reservado, que precisamente era la que estaba mirando al reloj. Mientras sorbía su café, Andrea sonreía sibilinamente y nos miraba uno a uno para asegurarse de que comprendíamos que el tiempo pasa inexorable y que en la vida hay que ser conscientes de que tomar unas opciones siempre conlleva descartar otras.

Por algo he dicho antes que Andrea siempre me ha parecido la mejor guía del mundo.

 

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