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“¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente”.

(AUGUSTO MONTERROSO – “Cómo me deshice de quinientos libros”)

 

Viendo cómo se han puesto las calles o el tráfico rodado, cualquiera diría que se ha acabado el estado de alarma que dio lugar a este tiempo suspendido. Pero no, seguimos igual y contamos -con el de hoy- cuarenta y cinco días de confinamiento.

Cuántos planes, cuántos proyectos truncados. Y no me refiero a mi persona. Esta mañana me levanté pensando en la cifra de muertos, meditando sobre el conteo de tantos y tantos que se han quedado en el camino. Y todavía hay quien se preocupa por si agosto será hábil, si podrá ir a su segunda residencia en vacaciones o si se tienen que suspender los Sanfermines o las Tomatinas. ¿Tan insensibles nos hemos vuelto?

Cuando algún problema me acucia me consuelo y me digo “tranquilo, no te agobies, que son problemas del Primer Mundo. En otros sitios -lo has visto- no tienen agua potable o un techo para cobijarse”. Después de transitar por estos cuarenta y cinco días he cambiado de mantra: “Tranquilo, ya saldremos: al menos has sobrevivido para contarlo”.

Antes de que empezara este tiempo suspendido aproveché una promoción del periódico y me hice con los mapas de Ptolomeo y de Al-Idrisi. Rescoldos de lecturas veraniegas que, desde hace meses, tienen guardado un sitio especial. En mi teléfono me sigue saliendo aviso para que compre un par de marcos para mis mapas. Tendrán que esperar. Es un asunto que no llega ni a la categoría de “contratiempo del Primer Mundo”.

Y eso que son una preciosidad.

El primer mapamundi es obra de Claudio Ptolomeo (Siglo II d.c.), autor del Almagesto (así se le llamaba en su traducción árabe), formado por ocho libros que incluyeron una representación del mundo conocido. Ptolomeo definió la geografía como “el arte de dibujar mapas generales de la Tierra”. Muchas tesis e ideas suyas están hoy superadas pero tuvo el mérito de haber aplicado las matemáticas a la geografía (por primera vez se habla de latitud y longitud) y fue revolucionario en su época, situando a la Tierra en el centro del universo y defendiendo que el mundo habitado sólo ocupaba una cuarta parte total de la superficie terrestre. Toda una invitación para las mentes con pies inquietos.

Diez siglos después y partiendo de esta estructura, se creó la llamada Tabula Rogeriana también conocida como “el mapa de Roger”, que se considera el mapamundi más preciso y riguroso de la Baja Edad Media. Fue el resultado del encargo del rey de Sicilia Roger II al geógrafo ceutí Al-Idrisi, quien dedicó  ¡dieciéis años!  de su vida a esta obra de compilación cartográfica. En el Siglo XII d.c., en Sicilia (otra vez mi isla favorita) convivía una importante comunidad musulmana mayoritaria con minorías judias, griegas y cristianas. En la cosmopolita corte palermitana pasó algo parecido a lo que sucedió en España, todo un ejemplo de enriquecimiento cultural que contrastaba con el panorama imperante en el resto de Europa medieval (oscura e intolerante).

Ambos mapas, por tanto, están conectados. Pero no solo entre sí. También conectan con el presente.

Todavía hay quien hoy en día, dieciocho siglos después, defiende el terraplanismo. No me merece más comentario. En cuanto al mapa de Al-Idrisi, si uno se fija bien, tiene la peculiaridad de que está “dado la vuelta”, en el sentido de que lo que nosotros llamamos Sur está dibujado arriba, mientras que el Norte está abajo (por eso la Península Ibérica queda a la derecha y no a la izquierda).

En el libro “Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas” se cuenta que en el año 1998 John y Ashley Sims crearon un mapa bidireccional de Gran Bretaña en el que se representaban las señas para viajar de sur a norte (el mapa de siempre, vamos) y un segundo mapa con la isla dibujada al revés, para viajar de norte a sur. Por lo visto fue un gran éxito (sobre todo entre el público femenino), tanto que los modernos GPS copiaron la idea, puesto que cuentan con un sistema en el que se deja fijo el vehículo en la pantalla y lo que gira en todo momento es el mapa. La vida, como siempre, se representa según el punto de vista.

Pero hay más.

Cada vez tengo más claro que existe la magia, pero solo para quien está dispuesto a abrir los ojos para verla. Este verano, después de leer sobre el asunto, adorné mi portátil con una recreación del mapamundi de Idrisi. Para personalizarlo o, como dicen ahora los modernos, para “tunearlo”.

En ese momento pensé que era una frikada más de las mías. Pero no, hoy he sabido que me guiaba una mano invisible, por supuesto, infinitamente sabia y que me supera.

Al-Idrisi se estará riendo de mí, donde quiera que esté, porque llamó a su Geografía “Núzhat al-Mushtak fi-khtiraq al-afaq”. Buscando por Internet he encontrado dos traducciones de la frase:

La primera la traduce como “La recreación para aquel que desea viajar a través de los países”.

La segunda, mucho más profunda y es con la que me quedo, la traduce como “Libro del placer de quien anhela ampliar sus horizontes”.

 

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Foto: mi alter ego jugando con los mapamundi de Ptolomeo y Al-Idrisi