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“¿Cómo llegamos a saber que éramos felices?”

(Margaret ATWOOD – El cuento de la criada)

 

Después de cuarenta y seis días de singladura parece que el tiempo suspendido empieza a desperezarse. Las redes sociales vuelven a hervir con tablas que explican cómo habrá de ser el desconfinamiento: progresivo, asimétrico y respetando el “distanciamiento social”.

Pululan manuales que llaman “para la desescalada” (sic), se publicita un plan estratégico que habrá de llevarnos -se nos dice- a una “nueva normalidad”.

A mí todo esto empieza a recordarme la neolengua de la que hablaba Orwell en “1984”.

En el ámbito de la abogacía y la procura parece que el primer motivo de preocupación sigue siendo que declaren hábil el mes de agosto. El Decreto-Ley recién aprobado por el Gobierno dice que no será para todo el mes, que solo del 11 al 31. Vamos, apenas 20 días. Y como si no hubiera otras cosas más importantes en las que pensar y sobre las que meditar.

Leo sesudos artículos escritos por colegas de prestigio que dicen que declarar hábil (una parte de) agosto es inconstitucional, que el Poder Ejecutivo invade competencias del Poder Judicial… Bla, bla bla.

Lejos de dignificar la profesión y parafraseando el famoso refrán de los gitanos, al final nos va a decir eso de que “si quieres ver a un abogado trabajar… ponlo por sus vacaciones a luchar”.

Me molesta que se me identifique con esa idea. No todos pensamos igual. A mí no me representa ni el Colegio de Abogados y, ni mucho menos, el Consejo General de la Abogacía (que en su propia web dice que es el órgano representativo, coordinador y ejecutivo superior, ojo, de los 83 Colegios de Abogados de España).

Además, cuando esas corporaciones me paguen las facturas del despacho (y las particulares), entonces y solo entonces, podremos hablar de representatividad. Pero, de momento, me toca arremangarme y defender lo mío y lo de mis clientes.

Los abogados no solo se dedican a hacer juicios. Parece mentira que se lo tengamos que recordar.

Tenemos un país con el tejido empresarial arrasado, con la principal industria (turismo y hostelería) en la pura ruina. Y los abogados también han de empujar el carro, como el resto de la sociedad. Estar ahí, para lo que se nos necesite y, sobre todo, cuando se nos necesita.

Porque hay faena y mucha por delante: acuerdos de refinanciación, preparación de nuevos contratos adecuados a la “nueva normalidad”, fusiones y reestructuraciones, separaciones y divorcios, testamentarías y herencias, reclamaciones por las multas que están imponiendo durante el confinamiento, demandas por todas las negligencias que se están perpetrando durante la gestión de la crisis…

Eso y reactivar toda la faena que ya teníamos acumulada de atrás, que no es poca.

Estimados colegas, de verdad que no os entiendo. Veo a los dueños de comercios, bares y gimnasios desesperados por abrir, aunque sea por la puerta de atrás; a empresarias de servicios personales dejándose los riñones y las uñas en desinfectar sus locales, que te lo dicen, además, sin queja, con toda la ilusión del mundo y pensando en que pueden abrir el próximo lunes.

¿Y vosotros lloriqueando porque os quitan veinte días de vacaciones en agosto?

Para cuando se os ocurra bajaros del pedestal a algunos os va a pasar como al Zaratrustra de Nietzsche, que bajó solo de la montaña y nadie le salió al encuentro.

 

 

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