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“Carpe Diem. Porque somos alimentos para gusanos, señores. Porque, aunque no lo crean, un día todos los que estamos en esta sala dejaremos de respirar. Nos pondremos fríos y moriremos. Aprovechen el día, muchachos. Hagan que sus vidas sean extraordinarias”.

(De la película “EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS)

 

La foto está tomada el 28 de enero de 2020. En el centro se ve a un tipo sonriente que mira hacia la cámara y levanta el pulgar de la mano izquierda en señal de aprobación.

-“Todo está bien” -parece decir, como si hubiera catado la temperatura o el sabor del agua. El fondo es un inmenso anfiteatro en forma de catarata. Una exuberancia que se precipita al vacío.

El tipo, que no es alto ni bajo -ni gordo ni flaco- está en lo que el escritor Kieran Setiya define como “la mediana edad”. Esa en que la duración de la vida deja ya de ser una abstracción y se sabe que la muerte es una privación cierta, segura.

Por eso mismo resulta irracional temerla, dice Setiya. Aún así, el tipo de la foto tiene cuidado de no arrimarse mucho al borde del precipicio. Tampoco es cuestión de acelerar el proceso.

El tipo de la fotografía se protege del sol con sombrero marrón de ala ancha y gafas negras de aviador. Lleva barba de “nosecuantosdías”. Por atuendo viste unos chinos y una camiseta color caqui que le queda un poco ancha, la verdad. En el pecho, escrito con letras blancas y mayúsculas, se lee “Massada. I Came. I Saw. I Climb”.

La mayoría de las personas con las que se ha cruzado de camino no tienen ni idea de lo que es Massada. Ni falta que les hace.

El tipo de la fotografía cuenta que nadie ha reparado en el texto; nadie, menos un señor mayor (aún bastante mayor que el tipo de la fotografía) que, al verla, ha exclamado:

-¡Massada!

El viejo llevaba camiseta blanca y tirantes. No le ha dado tiempo a ver si iba en pantalón corto porque se han cruzado muy rápido en la pasarela. Le podría haber dicho que si él no esperaba encontrarse por allí a alguien con una camiseta de Massada, todavia resulta más extraño toparse por la selva a un tipo con camisa y tirantes. Pero no se han parado a hablar. Uno íba y el otro venía. Como la vida misma.

Al tipo de la fotografía le gusta unir los puntos hacia atrás. Y, como reza su camiseta, le encanta llegar, ver y… hacer cumbre.

-¿Por qué subiste a la montaña?

-Porque estaba ahí.

Para ello hay que andar ligero de piernas y de equipaje. A él le sobra con una cartera, en la que lleva unos papelitos que llaman pesos, su pasaporte europeo -en una mano- y el teléfono móvil -en la otra-. Lo tiene desconectado. Solo lo usa para fotografiar mariposas amarillas.

A esas mariposas, a las amarillas, las llaman allí “de los naranjos”. Eso ha visto, al menos, en un cartel. Le choca que se les llame así cuando no ha visto ningún naranjo desde que aterrizó en Iguazú. De hecho, duda de si en América los hay, porque es un árbol que asocia a su Mediterráneo natal; o, como mucho, a climas mediterráneos.

Cuando miras la foto, el tipo te susurra que ahora en las cataratas no hay ni agua ni gente. Solo mariposas amarillas que se han adueñado del mirador.

El tipo de la foto dice que hoy no le habrían dejado entrar sabiendo que venía de España. Tampoco le habrían tomado el celular para hacerle una foto. Todo el mundo tiene temor a un contagio.

-¿Es posible contar los días hacia atrás? -se pregunta.

No espera una respuesta inmediata.

El tipo de la foto, como la mariposa, se acostumbó a vivir sin prisa.

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