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Soy de las personas que se incorporaron “tarde” a las redes sociales. No me abrí un perfil en Facebook (ni el Linkedin, ni en la del pajarito azul…) hasta que pensé que podría ser útil para mi profesión. Bueno, por eso y porque era la única manera de estar al día en conciertos y demás saraos que se organizan en Murcia, mi ciudad…

Por ignorante cometí un primer error, que fue el de mezclar lo personal con lo profesional. Afortunadamente, rectifiqué pronto siguiendo el consejo de un compañero que, además de buena gente, está muy bien enterado de estas cosas y me dijo: “Si vas a estar aquí, o estás bien, o mejor que no estés”.

Así que abrí un perfil (una página) para el despacho (Dualis) y otro para mi persona, donde puedo decir las sandeces que se me ocurran, eso sí, con la férrea censura de la “mamma”, a la que tengo siempre ahí (y que me dure) con el rodillo de amasar preparado para hacerme entrar en razón.

Cuento esto porque no he estudiado el manual de cómo se usa Facebook, así que he ido aprendiendo sus reglas y entresijos por el método de escuchar a los que saben e investigar por mi cuenta. Y hete aquí que un día descubrí la función “pausar publicaciones”. Lo puedes hacer por treinta días y es mano de santo. Cuando alguno se ponga faltón, cansino o repetitivo, zas, le “pausas” y listo. Bendito silencio.

De esa manera puedes “echar un vale”, como decimos en mi tierra, hacer un “kit kat” y tomarte un descanso. Eso antes de borrar o bloquear, que es más drástico y no todo el mundo se lo toma igual de bien.

Con el tiempo he conseguido “pintarme” un muro de mensajes amables (la mayoría), con ventanas a paisajes increíbles, repleto músicas y relatos inspiradores y, en definitiva, moldear un “mundo” a imagen y semejanza de mi persona, adaptado a mi alma, y no al revés.

Lo de hacer pausas no es nada nuevo. Por supuesto que está la que hizo el Dios Creador, que según el Génesis descansó al séptimo día. Pero sin remontarme tan lejos en el tiempo, siempre me ha llamado la atención cómo en muchas obras de teatro se hace un descanso a la mitad. A veces lo estás pasando tan bien y estás tan metido en la trama que te causa un poco de estupor, como si despertaras -de pronto- de un sueño placentero. Pero es algo institucionalizado y asumido. Y no siempre se puede llevar el cuentavueltas emocional al máximo de revoluciones.

Lo del café pausa lo tienes, también, en congresos y eventos. Sirve para hacer networking (perdón por el “palabro”) o, cuando menos, intercambiar impresiones con los colegas, asimilar conceptos o fijarte en detalles que podrían haber pasado inadvertidos.

Pero también es importante en el ocio y el disfrute.

Recuerdo que Andrea, mi guía en Praga (la mejor que he tenido hasta ahora, dicho queda, y por eso la cito por su nombre) lo tenía todo milimetrado con esa precisión y profesionalidad tan… centroeuropeas (dejémoslo ahí). Tanto, que se pillaba unos berrinches tremendos cuando los dos primeros días de viaje, sobre las diez y media, le dijimos que teníamos que hacer una pausa para tomar un café. No lo entendía, se ofendía y se lo tomaba como algo personal. Decía que el tiempo del café era tiempo perdido y que luego, a lo peor, no llegaríamos a tiempo para entrar a este o aquel museo. Hasta que al final le hicimos saber que tan importante era ver cosas como pararse y asimilar. Y también que el cliente manda y que éramos mayoría, qué demonios. Como diría el Sargento de Hierro, una vez más funcionó la democracia.

A la tercera mañana -a la fuerza ahorcan- Andrea nos había preparado una pausa café en la azotea de una cafetería (o restaurante, no lo recuerdo bien) que hay en la Plaza de la Ciudad Vieja, justo enfrente del Reloj Astronómico. La pausa estaba programada, lo que satisfacía su profesionalidad, y nosotros estábamos encantados con echar nuestro vale.

Complacidos, subimos las escaleras y nos acomodamos en la mesa que nos había reservado, que precisamente era la que estaba mirando al reloj. Mientras sorbía su café, Andrea sonreía sibilinamente y nos miraba uno a uno para asegurarse de que comprendíamos que el tiempo pasa inexorable y que en la vida hay que ser conscientes de que tomar unas opciones siempre conlleva descartar otras.

Por algo he dicho antes que Andrea siempre me ha parecido la mejor guía del mundo.

 

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