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“¡Traigo en el corazón una tristeza!…
D´allá abajico vengo;
la escuela, como enantes, cerraïca
y con aquel silencio…
chillando alreörcico los zagales
y a sus anchas corriendo…
¡La jaulica vacía
y la bandá de pajaricos sueltos!”

(VICENTE MEDINA – “Los pajaricos sueltos”)

 

El cuadragésimo tercer día del tiempo suspendido se ha convertido -dicen- en un segundo día de Reyes. O en el día de la parvá. No busquen esa palabra en el diccionario de la RAE porque no la econtrarán. Pero existe, es muy expresiva y recoge fielmente lo que ha pasado hoy.

Los papás y los nenes salieron en estampida. Se abrieron los portales y de cada uno de ellos salió una parvá de críos, de pajaricos sueltos, que diría Vicente Medina.

Tengo la suerte de vivir lindando con lo que aún queda de la Huerta de Murcia, pegadito a un palmeral y junto a dos parques urbanos (uno enfrente y otro detrás de mi casa). Y, hasta donde alcanzaba la vista, esos espacios se han llenado de niños con patines, patinetes, triciclos, biciletas y hasta balones. No todos llevaban mascarilla, lo que me resulta incomprensible cuando sí que los he visto ataviados con cascos y rodilleras.

Por la acera que hay justo debajo de mi terraza he contemplado -también- una escena de muñecas rusas: venía una madre, con mascarilla, que llevaba de la mano a su pequeña, también con mascarilla, quien, a su vez, había sacado a pasear a su muñeca. No me alcanzó la vista para ver si a la muñeca le había cosido otra mascarilla adecuada a su tamaño, pero no me costó imaginarlo.

Al ver tanto mocoso montado sobre ruedas he caído en la cuenta de que tengo mi moto sin arrancar por lo menos un mes. Llamarla moto es mucho decir. Los moteros de verdad me dijeron que lo que tengo es una “escutre”. Encima, de marca italiana pero de fabricación… china.

Una vez escuché decir que existen dos clases de moteros: los que ya se han caído de la moto y los que se van a caer. En mi caso ya estoy graduado y cum laude porque, además de caerme, me la han robado (apareció en Roldán, la habían utilizado para atracar un supermercado), me he quedado sin batería y sin gasolina, se me han doblado los espejos y se me han roto los cierres del asiento y del maletín trasero. Una joya.

Con lo del bichito espero no ser tan “aplicado”. Y me conformo con solo pasar del grupo de los que todavía no se han infectado con el coronavirus, a los que ya lo han pasado y pueden contarlo.

Porque, después de ver lo que se ha visto hoy, sobre todo en las calles más céntricas de Murcia -mi ciudad- no tengo la menor duda ya de que, tarde o temprano, nos caeremos de esa moto, la de la infección, digo.

Los hosteleros son un rechinar de dientes, con razón, pues no entienden que se les obligue a cerrar sus negocios y estudiar medidas de distanciamiento y, al mismo tiempo, se permitan las concentraciones de hoy.

Y hablando de caerse, no sé si los voluntariosos y esforzados padrazos de hoy se han caído del guindo o todavían cuelgan de él; dudo si a estas alturas se habrán dado cuenta de que se han prestado alegremente para que se use a sus hijos de cobaya. Veremos dentro de veinte días -o los que sea- que dure la incubación.