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Archivos mensuales: abril 2020

CORONAVIRUS, DÍA VEINTISIETE

10 viernes Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN, Sin categoría

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BELLEZA Y FRAGILIDAD, COSMONAUTAS, DESCOMPRESIÓN, INGRAVIDEZ, LIBRO NEGRO DEL EMPERENDEDOR, LUNA, MIGUEL ANGEL HERNANDEZ, NAZARENOS, REY LOBO, SUBMARINOS, TRIAS DE BES

El vigésimoséptimo día de este tiempo suspendido empieza a ritmo de tambor destemplado. Esta vez no se han esperado a la hora de los aplausos. Es Viernes Santo y, por lo visto, tengo un vecino nazareno. Nazareno y motivado.

Lo escucho desde mi terraza mientras me desperezo y le doy los buenos días al Rey Lobo. Además de una aleta de tiburón, como dije ayer, Monteagudo semeja de lejos también la torreta de un submarino. Y el Santo, su periscopio.

Y hablando de submarinos.

Me acuerdo de lo que contaba el economista Trias de Bes («El libro negro del emprendedor»), que ya nos previno de los socios: si necesitas capital, dijo, mejor pide un préstamo; si necesitas mano de obra, contrata operarios. Pero si, por lo que sea, no puedes prescindir de ellos, antes de iniciar cualquier negocio intenta imaginarte cruzando el Atlántico con los posibles candidatos … encerrados en un submarino.

Noto que a estas alturas de confinamiento está afectando la presión. Sobre todo desde ayer, en que se confirmó lo que algunos ya sabíamos: que esto va para largo.

En una charla retransmitida por Instagram (mi primera vez, aquí queda consignado), escucho esta tarde al escritor Miguel Ángel Hernández decir que lo único que tenemos que hacer es estar en casa y preocuparnos solo de que «no se nos vaya la pinza». Tiene razón.

Navegar en un submarino, sin tener referencias de fechas, o si es de día o de noche, tiene que afectar al cuerpo y a la mente. Y no digamos ya a las relaciones interpersonales. Así que me da igual que sea Viernes Santo. Como si es lunes. El despertador suena a la misma hora e intento mantener una rutina: un tiempo para la lectura, otro para el trabajo, otro para el ejercicio físico, otro para la formación y otro para las llamadas… A veces hasta me acuerdo de comer. Pero no dejo que «se me vaya la pinza».

Como ejemplo me vale el del submarino, pero también podría ser el de una estación espacial o una expedición científica en la Antártida. Los cenizos me dirán que esa gente está preparada, que lo hacen de forma voluntaria, que es su elección… Bueno, yo con cenizos no querría ni ir al supermercado de la esquina. Y menos en un submarino. Por si se les va la pinza y empieza a molestarles que me deje la tapa del váter abierta. O miguitas en la encimera de la cocina. Mejor solo.

Hay gente que te dice que no aguanta más; que está deseando salir y recuperar su vida pasada (qué ilusos). No sé si estamos preparados para gestionar la fase de descompresión.

Porque tampoco va a ser fácil. Los buzos que regresan muy rápido a la superficie corren el riesgo de sufrir un síndrome de descompresión. Y a los cosmonautas recién aterrizados los tienen que coger en brazos; que de tanta ingravidez se les encogieron los músculos de las piernas.

Sea lo que sea, ya se verá. No tengamos prisa.

Y quedémonos con la parte positiva de esta historia, que también la tiene.

Que al volver a la Tierra podamos decir que desde nuestro confinamiento la vimos como algo bello y frágil a la vez. Al menos así lo han contado quienes han tenido la suerte de verla desde la Luna.

Belleza y fragilidad. Eso es lo que veo todos los días desde que me levanto hasta que me acuesto.

 

 

 

 

 

 

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CORONAVIRUS, DÍA VEINTISÉIS

09 jueves Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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CHINA, CINE, CUENTO DE LA RANA, FACEBOOK, MUJERES HOMBRES Y VICEVERSA, QUINT CAZATIBURONES, REY LOBO, SREBRENICA, TIBURÓN, UNIDAD, WARREN BENNIS

AMANECE REY LOBO

Amaneció en Mercurio; y amanece también aquí, en La Tierra.

Me asomo a la terraza, el puente de mi imaginario crucero, para aspirar olor a primavera y azahar.

-¿Qué tal amaneciste hoy, Rey Lobo? -grito mirando hacia el Castillo de Monteagudo. Fotografío su silueta, que se recorta al fondo como la dorsal de un gran tiburón blanco.

Aunque al cielo lo han pintado (¿quiénes?) del mismo color que el del napalm, esta mañana no me levanto pensando en guerras ni en victorias. «Descanse, Coronel Killroy» -pienso-. Paz y amor, hermanos. Paz y amor.

Así empiezo el vigésimosexto día de este tiempo suspendido que, conforme a lo previsto, también ha sido prorrogado hasta el día 26 de abril. No me sorprende nada; y no porque fuera algo que se estaba filtrando a la prensa desde el pasado fin de semana. Más sencillo aún. El mismo día en que se pararon los relojes, en algún papelote de esos que circularon por ahí, me apareció leer esa fecha, la del 26 de abril. Si mal no recuerdo fue en uno de Hacienda, que se autodescargaba de obligaciones hasta esa fecha. Quien me conoce sabe que no miento, que hasta lo comenté con mis íntimos.

Pero vamos con las malas noticias y con esa intención absurda de aplazarlas todo lo que se pueda. Digo absurda, porque a mí me gustaría que me dijeran toda la verdad, sin paños calientes. Para saber a qué atenerme.

Vivimos en una sociedad infantilizada. De ello ya se han encargado -toma conspiración- la telebasura y un sistema educativo que pasa de curso a los nenes a pesar de no aprobar las asignaturas (no digamos ya con faltas de ortografía y sin comprensión lectora). Y los gatitos del Facebook, que no se me olvidan. Esos quizá sean los peores.

Se dijo en su momento que la educación moldeaba las mentes de manera uniforme, sin entender las distintas capacidades e inquietudes de cada cual. Porque lo importante, al fin y al cabo, era que los futuros egresados aprendieran a hacer una fila y respetar el toque de sirena. De esa manera se tendría una masa acrítica de futuros obreros, disciplinados ellos, acostumbrados a seguir sencillas instrucciones: las cuatro reglas, los colores («aprende a distinguir, nene, no vaya a ser que algún día te equivoques con las mezclas y salgamos todos volando»)… y los conjuntos, subconjuntos e intersecciones.

Pero ha llegado un momento en que las fábricas se han deslocalizado y no demandan más operarios. O, bien, les pasa como predijo Warren G. Bennis, que se bastan con dos empleados: un hombre y un perro. «El cometido del hombre -dijo Bennis- sería el de dar de comer al perro; y el del perro, que el hombre no toque el ordenador».

Así que ahora poco importa que vayan saliendo ninis, todos (ellas, ellos y viceversa), porque para estar dando tumbos por la calle, mejor que estén en casa de los papás, bien cómodos. Y, por si salen y se pierden, geolocalizados. Renunciando, como hacen, a la intimidad con la misma alegría con la que le van dando «me gusta» a los videos de gatitos.

Y a la nueva sociedad resultante de este proceso, infantilizada, se le van suministrando pequeñas dosis de verdad, en pildoritas. No sea que a alguno de los culivotantes se le ocurra hacer alguna tontería y, se eche a la calle para, en lugar de pasear la bolsa del Mercadona (o su mascota), quejarse; o, peor aún, que cuando dejen de estar fumaos, terminen pintándole la cara -o la fachada del chalet- a alguien.

La próxima miguita que nos han dejado caer es que el «desconfinamiento» se va a hacer por fases y, en lugar de mandar a todo el mundo a su casa, como ahora, irán juntando a todos los sospechosos de estar infectados en centros de internamiento. Eso por ser fino y no utilizar el verbo «concentrar»; porque entonces se me va el sustantivo «campo de». Cosas de la Historia que dijeron que nunca más se iban a repetir. Y mira lo que pasó en los años 90 en Srebrenica. A solo dos horas de vuelo desde Madrid. Por ejemplo.

¿Se puede arrestar y privar de libertad a una persona sin haber cometido un delito merced a una norma que no es el Código Penal y que ni siquiera tiene rango de Ley Orgánica?

-Queda Ud. arrestado como sospechoso de ser «infectado asintomático».

Como jurista tengo mis dudas. En cualquier caso, ¿no podemos discutir esto?

Con el Tribunal Consticional mirando la superluna rosa, oportunidad de oro para quitarse de enmedio a los revoltosos, a los cuestionadores, a los críticos y a los disidentes; al «otro» y al de «enfrente». Ah, perdón, que ahora les llaman «asintomáticos». Ya están preparadas -y en uso- las morgues y las fosas comunes.

La sociedad está en modo bizcochable: han conseguido que veamos con naturalidad que se le quite la máscara a «un viejo» para salvar a «un joven», una suerte de «eutanasia selectiva», o como se le quiera llamar, pero que no está legislada. Y, ojo, que a diferencia de los del corredor de la muerte, aquí nadie puede apelar su condena. Porque ahora se muere solo. La presión sobre los sanitarios, me cuentan, empieza a ser insorpotable.

¿Quién ha decidido qué vida vale más? ¿Un protocolo médico?

Antiabortistas, animalistas, activistas de los derechos civiles, ¿dónde estáis? ¿Por qué callan ahora las batucadas?

Pero, claro, soy un exagerado. Un idiota. Un conspiranoico. O será que me ha sentado mal el jenjibre.

Por si acaso, nos cuentan que en China acabaron pronto con el coronavirus gracias a que era una sociedad disciplinada. Que saben obedecer. Unidad y un paso al frente, todos a una. Que si criticas, eres un antipatriota. Que se lo digan a los húngaros ahora. Y, a todo esto, la UE haciendo, una vez más, el avestruz. Comunidad Económica Cesante, debería llamarse.

Esto es como lo de lo del cuento de la rana, que se iba cociendo en agua caliente, poco a poco, sin enterarse. Pero no hay duda de que el agua se está calentando: aceptamos con resignación los registros de los vehículos. Sin orden judicial y sin ser acusados de la comisión de ningún delito.

Mientras tanto, los abogados quietos; porque los juzgados han sido clausurados salvo para atender aquellos asuntos que, de forma tasada, permitieron como excepción cuando decretaron el estado de alarma.

Yo, que no sirvo a ningún amo, tampoco he firmado ningún cheque en blanco. Y ya llegará la hora de pedir responsabilidades por los excesos.

Mientras tanto, canturreo en mi hamaca como lo haría Quint, el Cazatiburones:

Ya me marcho de aquí,

Linda Dama Española.

Adiós que me voy,

Oh preciosa mujer.

Porque orden tenemos

De zarpar hacia Boston.

Y quizá nunca más nos volvamos a veeeeer.

 

(bueno, eso último se puede borrar; que cuando pase espero que nos veamos todos; en Boston, en California o donde se tercie)

 

 

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTICINCO

08 miércoles Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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CARAMELOS, HABAS, HER, HUERTANOS, INTERSTELLAR, JOAQUIN PHOENIX, LOS COLORAOS, MIERCOLES SANTO, MONAS, PROCESIONES, REPIZCO

El día que hace veinticinco de los de este tiempo suspendido es Miércoles Santo, que en Murcia, mi ciudad, se celebra con un desparrame de nazarenos calzados con esparteñas y medias «de repizco». Para el que no lo sepa, van vestidos mitad huertanos, mitad penitentes, con túnicas rojas donde esconden habas, monas y kilos de caramelos que van repartiendo a lo largo del recorrido. Todo el mundo los conoce como «Los Coloraos«. Y dicen que cuando se recoge la cabeza aún no ha llegado a salir la cola del desfile. De tantos que salen.

Los miércoles santos de otros años los he vivido de muchas maneras. La angustia, por ejemplo, de tener una cita al otro lado de la ciudad y ver que no llegaba, porque estaban todas las calles cortadas por la procesión (tiempos mozos, ay, en los que no tuvimos teléfonos móviles para avisar).

O volver a casa por la autovía y econtrarte una retención kilométrica antes de llegar a Molina de Segura. Aunque las matrículas ya no desvelaran -como antaño- la provincia, sabíamos que eran todos de Madrid, camino de las playas.

Este año, aunque está rigurosamente prohibido, se las han ingeniado para viajar de madrugada. Acompañados por la poderosa imagen de la superluna de anoche debió de parecerles, cuando menos, una situación surrealista: la de atravesar La Mancha como bandoleros, con miedo de ser detenidos porque van a pasar unos dias a sus segundas residencias.

Puedo comprender que lo echen de menos. La mayoría de mis miércoles santos (antes de ingresar en la «sagrada orden de los autónomos»), los he pasado en la playa. Pero no hay justificación alguna. Parece mentira que no se den cuenta de que esto no es un juego. En El Mundo se publica, precisamente, una imagen del Palacio de Hielo de Madrid convertido en una morgue, con los ataúdes expuestos por orden alfabético, para que los puedan localizar los familiares. No se puede escapar del horror; y huir a la costa, no sirve de nada. Al contrario, empeora las cosas.

Esta mañana, una más en la que me levanto con energía para no ir a ningún sitio, la báscula me ha dado una buen noticia; así que me animo a seguir experimentando mejunjes: pruebo con dos limones, cuatro cucharadas de miel, jenjigre y un vaso de agua templada. En ayunas, sin anestesia, no está mal y además, dicen, aumenta las defensas.

A pesar de mis buenos propósitos y del tiempo que llevo de confinamiento, reconozco que me cuesta mucho centrarme en el trabajo. Voy a necesitar más de veintiún dias para acostumbrarme a ciertas cosas y aún así. Además de suspendido, es un tiempo que podria llamar «entremezclado».

De muchas emociones y recuerdos.

Como los que me evocan la película «Interstellar». Es curioso. Esta mañana, justo después de recordar el argumento (y su final), he tenido videollamada, precisamente, de mi hija. Muchas personas piensan que es una película de ciencia-ficción, pero no; los que la hemos visto sabemos que es una película de amor (del paternofilial y del otro), en la que una estantería repleta de libros también tiene su importancia a la hora de salvar la humanidad.

Despues de desearle toda la suerte del mundo al Capitán Cooper para su reencuentro con la Doctora Brand, me centro en la faena. Porque pasado el soponcio inicial, que nos dejó a todos como las conejos mirando los faros de un coche, parece que la cosa se está animando y, por lo menos en mi caso, están cayendo algunos encargos nuevos. Algunos para cuando se abra el portón de los juzgados, sí, pero también hay otros asuntos en los que se puede avanzar desde casa.

Y asi, entre llamadas y videollamadas, ha ido pasando otro día más de este tiempo suspendido, único e irrepetible.

He tenido que correr las cortinas de mi salón porque, aunque no me importe mucho lo que piensen mis vecinos, me río de mi propia imagen, deambulando por la casa como Joaquín Phoenix en «Her«, que se pasaba el día hablando solo por el pinganillo y enamorado -como un colegial- de un sistema operativo.

 

 

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTICUATRO

07 martes Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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ANTENA TRES, LA VENENO

En estos días de tiempo suspendido se acaba estrenar en Antena 3 la serie «La Veneno«. ¿Hay alguien que no la recuerde?

La promoción y el bombardeo que llevamos me ha hecho volver a los años 90, cuando empezaba mis primeros pasos en la profesión. Recuerdo llamadas de trabajo que siempre empezaban igual: «Jose, Jose… ¿viste anoche la TV?». Y a continuación seguía una parrafada sobre el «monotema». Porque La Veneno era muy especial: una chica con «un tiburón entre las piernas». Tiempo de tele pública que competía con varios canales privados. Pero no había color: el tiburón de «La Veneno» se comía todo el share (o como se escriba) de esa franja horaria.

Hoy, como ayer y anteayer, y antes de anteayer, el monotema es el coronavirus. Y no hay llamada -o videollamada- profesional que no empiece y termine con lo mismo. Si lees sobre Derecho pasa otro tanto: ¿dónde quedaron los sesudos artículos sobre abusos bancarios, tarjetas revolving y demás? Y no digamos ya si le tiras a la prensa, que la sección del cuore o la del fútbol no hablan de otra cosa. Cada periódico es un monográfico.

Pero, entre tanta dosis de monotema, «La Veneno» se ha vuelto a hacer de notar. Porque fue una tía valiente. Una pionera.

Ahora somos todos pioneros. Empezamos a manejarnos con soltura en las videoconferencias. Y lo mismo da que sean para juntas de socios que para cursos de cocina, de pilates o de baile. De expertos en pandemias a maestros del teletrabajo. Los cuñados plastas, al acecho. Siempre prestos para dar lecciones. No os pongáis tristes si la próxima Nochebuena se tiene que celebrar con Zoom. Pensad en lo maravilloso que es poder darle al «mute» al que se ponga quisquilloso y a dar por saco con la última de Podemos (o de Vox).

Esta tarde he participado en un cumpleaños sorpresa, de esos que tan de moda se ha puesto organizar últimamente. Meses antes de que llegara el confinamiento teníamos reservado el Casino de Murcia; pero eso se quedará para mejor ocasión. Lo hemos tenido que hacer a través del guasap y no ha salido del todo mal. Tanto que se repetirá la quedada. Pero ya con el Zoom. Se va a hacer de oro.

Vivimos un momento histórico en el que, por vez primera -creo-, toda la población es víctima y protagonista de esta guerra en la que, también ello es novedad, el frente y la retaguardia conviven en el mismísimo rellano. Pero, aunque sea en chándal y zapatillas, no deja de ser una guerra.

El Premier británico está en la UCI. En NY, leo, no dan abasto con los muertos y ya se plantean crear fosas comunes «temporales». Y en Japón, se decreta la alerta sanitaria por primera vez en su historia. Es la Tercera Guerra Mundial.

Así que, de momento, no saldré de casa; como pronto, hasta el lunes que viene y ello en función de lo que me duren las provisiones. Porque de algo tenemos que morir, sí. Pero yo no querría ser el último muerto de esta guerra. Sobre todo cuando parece que a lo lejos, mirando hacia China, se vislumbra un armisticio.

Hoy, a las 20:00 horas, vuelven a oírse los aplausos y el himno nacional, tanto en la versión que suena cuando Nadal recoge su enésimo Roland Garros como el oficioso del «Resistiré».

Y de nuevo, hoy, a lo lejos se oyen tambores destemplados.

Son tambores Semana Santa. Son Tambores de Guerra.

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTIRÉS

06 lunes Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN

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50 SOMBRAS DE GREY, cadenas, CAPITAN, extraescolares, LEXENET, OFICINA, PERROS, SINGLADURA, TERRAZA

Vigesimotercer día de confinamiento que, además, es Lunes Santo. Lunes «que por fin es lunes». Amo los lunes como el Coronel Killroy de «Apocalypse Now» ama el napalm. Porque huelen a… victoria.

Tal y como hubiera hecho antes de que llegara este tiempo suspendido, repaso mentalmente los asuntos «urgentes» y le echo un vistazo a mi lista de tareas.

Para evitar caer en la monotonía, no obstante, decido montar mi oficina en la terraza. Dicho y hecho, coloco una mesita de cristal de esas que llaman «de centro», que me permite tener papelotes, agenda y demás útiles de trabajo a mano.

Me siento como un capitán en su puente de mando, con las dos manos firmes dirigiendo la rueda del timón. Apenas he iniciado la singladura, recibo dos mensajes a través del sistema Lexnet. Lo que antes era el día a día, hoy se convierte en algo extraño; de hecho, me veo torpe porque he tenido que probar hasta cuatro veces antes de conseguir descargarlos. Dejando a un lado las que he recibido de mis procuradoras, son mis dos primeras notificaciones ¡en veintitrés días!

El texto, leído en voz alta, suena a algo lejano, casi rancio; como de otro tiempo. La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia me notifica una diligencia por la que admite a trámite el recurso que presenté allá por febrero y avisa: «los plazos siguen suspendidos hasta cuando pase el estado de alarma».

«Vaya -me digo-, todavía hay alguien al otro lado que me conecta con mi antigua vida».

La mañana transcurre entre llamadas y llamadas; de gente que está preocupada porque no tiene dinero y de gente que está preocupada porque tiene dinero (y teme perderlo); de gente que está hastiada de estar en casa y de gente que tiene miedo a seguir trabajando (y que daría lo que fuera por estar encerrada en su casa). Somos curiosos los humanos, siempre con la mirada perdida, en un estado de instafisfacción permanente.

Mientras tanto, me llegan noticias de recuperación de fauna y flora, concretamente de la zona que hay entre Caravaca de la Cruz y Lorca. Parece ser que como no se fumiga, vuelven los insectos y con ellos el proceso de la polinización. Y el campo, oye, que luce precioso. «Ya no se van a tener que polinizar los calabacines con bastoncillos» -me cuentan-. Al otro lado del aparato tienen que ahogar la risa por la ccurrencia. A ver lo que dura.

Lunes también de organizar lo que yo llamo mis «extraescolares», formación no reglada que no quiero perder en este tiempo que tampoco sabemos lo que va a durar. Gracias a Zoom -y a la imaginación de mis profes- me siento como los niños de ahora: que aparte de sus obligaciones escolares, en este caso mi despacho, tienen la agenda llena de «actividades». A este paso voy a tener que apartar los imanes del frigo para colocar un almanaque, para apuntarlas y no despistarme.

Y hablando de polinizaciones, esta noche anda el personal alterado porque pasan por la tele lo de las «50 sombras de Grey». Después de tantos dias de abstinencia -me comentan- debe habérsele ocurrido la idea al que asó la manteca. Porque puede ser una bomba. Mañana me veo a todas las parejas ensayando posturitas y encajes: «Manolo, que te veo; como se te ocurra azotarme el culo te voy a dar un guantazo asi, de esos con la mano abierta».

Pues a lo mejor deberían probarlo. Lo de echarle imaginación digo. Porque algún uso habrá que darle a la cadena del perro. ¿Que por qué lo digo? Porque hoy se está corriendo la voz de que el coronavirus también contagia a los animalicos.

Así que desde aquí, el puente de mi imaginario crucero, lanzo un «aviso a navegantes»: que a los del perro también es posible que se os hayan acabado los paseos.

 

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTIDÓS

05 domingo Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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BANDO DE LA HUERTA, SEMANA SANTA

Amanece el día veintidós de este tiempo suspendido, que es un domingo más -el tercero del confinamiento- pero también uno menos, si miramos el calendario en modo cuenta atrás.

Son las 7:16 horas y, a pesar de que no había ninguna necesidad de madrugar, ya estoy con los ojos abiertos. Como ello no obedece a ninguna pesadilla ni sobresalto, me despierto de muy buen humor. Es «síntoma» de haber descansado.

Abro las dos ventanas de mi dormitorio para que entre el fresco mañanero; saludo al Rey Lobo, allá en su fortaleza de Monteagudo, y vuelvo a arrebujarme debajo de las sábanas. Sin prisas, sin hora…

A lo mejor no me gusta que me toquen el brazo cuando me hablan. Pero sí que se echan de menos los abrazos. O una cabeza en el pecho. O un despertar para volver a dormirse con respiración ajena.

Por lo pronto, en la calle solo se escucha el canto de los pájaros. No circula ningún vehículo. Ni siquiera se oye el tranvía.

Desde la cocina se filtra el olor de las tostadas quemadas de algún vecino. Imagino una buena razón (o un par) para volver a acostarse y que por eso se las ha olvidado. «¿Me das otro beso de buenos dias? No seas tonto, anda, que ya te harás otras tostadas».

Con esos pensamientos y una sonrisa me levanto definitivamente; después de remolonear un rato hago sesión doble de entrenamiento. Tengo que compensar que ayer fue un día más «sedentario» y al final hice novillos.

Y hablando de olores, el/la fumador/a de porros de mi edificio no perdona y el olor a «maría» se me filtra por debajo de la puerta de mi casa. Pudiera ser que se aprovisionara bien cuando se vio venir el confinamiento pero la verdad es que no parece que tenga problema. Esto último lo digo porque no deben de ser muy estrictos los controles de carreteras, no. Y para el que no me crea, que miren lo que está pasando esta noche con la zona de la costa: nueva invasión de madrileños que vienen a pasar la «Semana Fantasma».

El día transcurre entre llamada y llamada. Con recuerdos del pasado. Y en esas estamos cuando me llega una foto, un fogonzado del pasado. Es del día del Bando de la Huerta, de nuestros años mozos, universitarios. Estamos en el «Tío Sentao». Como las de todos los jóvenes en esa época, lucimos alegres, guapos, lozanos. A esa edad todos nos creemos inmortales. Pero no, no lo somos. Atrás quedaron mi tupé y las gafas de sol de concha, la cara lampiña y otras cosas. De aquellos días -menos mal- aun quedan los mismos labios. Pero mi amiga Adela, que apenas sale en la foto, ya no está con nosotros; nos dejó ahora hace casi un año. Fue un bofetón que nos dio la vida y que a más de uno nos puso las orejas tiesas. Al menos puedo decir que tomé nota, que antes del tiempo suspendido he tratado de ser un alumno aplicado y que mis labios han sabido beber y besar a tiempo.

A los aplausos de esta tarde (por cierto, cada día con más luz; cómo se nota el paso del tiempo), se le une el ulular de sirenas de los servicios de emergencia y, cuando éstos pasan y los aplausos cesan, también se distingue el sonido de tambores destemplados de la Semana Santa.

El coronavirus no distingue religiones ni credos; no ha respetado ceremonias, liturgias ni procesiones. Nos ha igualado a todos.

Tanto, que este este año algunos van a tener problema para elegir el sitio donde comprar la loteria de Navidad. Me refiero, por supuesto, a esos supersticiosos que la eligen por el sitio donde ha ocudido una desgracia.

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTIUNO

04 sábado Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN, ORGANIZACIÓN

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BORGES, BRAGAS USADAS, BYN CHUL HAN, CARLOS ZAMBRANA, CEREZOS EN FLOR, CHEEVER, CINE, DAVID PEACE, FERNANDO SIMON, HAIKUS, LUIS EDUARDO AUTE, MURAKAMI, VIRUS DURMIENTES

Después de veintiún días hoy he tenido curiosidad por conocer el significado del término «COVID-19»: resulta que es el acrónimo de «coronavirus disease 2019».

Que tenga una fecha (2019) no augura nada bueno. Me acuerdo, una vez más, de las novelas de David Peace y su llamada «tetralogía de Yorkshire», compuesta por cuatro novelas negras sobre asesinatos en serie identificadas -cada una de ellas- con un año: «1974″, «1977», «1980» y «1983″.

Pero todos los asesinos en serie, como el coronavirus, suelen tener enfrente héroes que les hacen cara. En otro caso, no habría relato ni historia. Aunque no siempre los héroes salen bien parados. Como en las novelas de Peace.

A medida en que se estira este tiempo suspendido vamos conociendo profesiones que para nosotros eran desconocidas y que parecen, más bien, ideadas por algún guionista de Hollywood. Como la de Carlos Zambrana, «cazador de virus» boliviano, que advierte:

“A medida que la población crece, avanza la frontera agrícola y viajamos más, los brotes serán más comunes».

Y lo explica porque existen virus «dormidos» en zonas forestales vírgenes del planeta. Entonces solo es cuestión de tiempo, concluyo, que aparezcan nuevas «diseases». ¿Covid-20, Covid-21…?

En cuanto a nuestro confinamiento se refiere, esta mañana se ha prorrogado el estado de alarma; de manera que vamos por la tercera entrega de este serial. Desde aquí apuesto a que habrá una cuarta entrega. Como mínimo.

En el Boletín Oficial del Estado, el Gran Hermano se quita la careta y, ya sin disimulo, permite el espionaje de nuestros móviles. «Para controlar al confinamiento», se justifican. Idiota o conspiranoico, recuerdo que poco antes de la crisis ya hubo un ensayo general para esto. «Para estudiar los desplazamientos y la movilidad laboral», nos dijeron. Por supuesto, «queda garantizada la protección de los datos de carácter personal». Qué tranquilo me quedo, oye.

Ganas me dan de bajar a la parada del tranvía y esconder debajo del asiento mi penúltimo móvil, si es que aún funciona (no es un Nokia, vaya) y si tuviera batería suficiente. Para que me estén «geolocalizando» un día entero: de las universidades a los centros comerciales; de los centros comerciales, a las universidades. Y así en un bucle infinito, en un movimiento perpetuo; hasta que finalice el servicio. A ver qué dice de mí el superordenador dentro de una semana.

Pronto desecho la idea y me tumbo en mi hamaca, a leer al sol.

Hoy es sábado y «el despacho» está cerrado. Para este momento me había reservado algunos cuentos de Borges y otros tantos de Cheever (autor de «El nadador»), que me tiene enganchadísimo y con el que he establecido una curiosa conexión: para mí, leer a John Cheever (1912-1982) es como «escuchar» lo que te narran algunos cuadros de Edward Hopper (1882-1967). Y al revés. Porque detrás de esos personajes solitarios, a veces meditabundos a veces desolados, detrás hay muchas historias como las que relata Cheever.

Me imagino cómo tienen que estar en algunos hogares después de tantos días de confinamiento. En el cuento «La Quimera», Cheever relata cómo el esposo le preparara cuidadosamente el desayuno a su «contraria» y ésta, sin embargo, se queja hecha un mar de lágrimas:

-«No puedo aguantar por más tiempo que me sirva el desayuno en la cama un hombre peludo en calzoncillos».

El desconcierto de nuestro héroe es total: «hago lo que tengo que hacer, como todo el mundo; y una de las cosas que han tocado en suerte es servir el desayuno en la cama a mi mujer. Trato de prepararle un excelente desayuno, porque a veces el detalle mejora su carácter, por lo general horrible».

Disciplina es hacer «todo lo que se tiene que hacer». ¿Estamos preparados para tomarnos en serio el confiamiento?

Byun-Chul Han, el autor -entre otras obras- de «La sociedad del cansancio», advierte que con la pandemia podemos regresar a una suerte de «sociedad disciplinaria»; que los asiáticos están venciendo al virus con un rigor y una disciplina inimaginables para los occidentales.

Han no es ningún idiota. Suya es la frase de que «el paradigma inmunológico es incompatible con el proceso de globalización». Ninguna sociedad abierta, por tanto, está libre de volver a recaer en la pandemia. Pero establecer un sistema de sociedades cerradas es totalmente incompatible con el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

A Fernando Simón, el que nos daba el parte diario antes de caer enfermo él mismo, le pasa lo mismo que al especialista bolivinano que he aludido antes, que tiene una profesión hasta ahora desconocida para el público en general (epidemiólogo). Simón recomienda cambiar los hábitos mediterráneos por los de los japoneses. No es broma. El gobierno va a recomendar el uso generalizado de la mascarilla para salir a la calle, incluso para cuando se levanten las actuales restricciones.

¿Quiere decir -entonces- que a la salida nos esperan disciplina y cultura japonesas?

Mi consuelo es que, sin renunciar nunca a mis raíces mediterráneas, algo tengo adelantado. Porque me encantan los haikus y los cerezos en flor, que los mismos chiflados que se pirran por las máquinas expendedoras de bragas usadas hacen que sus hijos limpien sus propios colegios; y, por supuesto, los relatos de Yasutaka Tsutsui (más que Murakami, lo siento).

Y por lo visto, porque soy «frío, ordenado y disciplinado». Al menos eso me dijo una vez mi hija.

Jamás me ofendí por sus palabras que, más bien, me tomé como un cumplido.

Porque cuando me dijo «frío» ambos sabíamos a qué se refería; porque el afecto no siempre ha de ser expresado de un modo «kinésico».

Y porque estoy seguro de que mi hija piensa como yo, aunque no lo diga. Que el sushi es una delicia y

como me vuelvas a tocar el puto brazo mientras me hablas, te mato

En algunas cosas, quizá, la futura distancia social no llegue a ser tan negativa como imaginamos.

 

CODA: Cada cual tiene su preferida de Luis Eduardo Aute, fallecido hoy a la edad de 76 años por el dichoso coronavirus. Hoy termino mi entrada antes de la hora habitual, porque pretendo homenajearle viendo un buen clásico del cine.

Pido perdón
Por confundir el cine con la realidad.

Cine, cine, cine,
Más cine por favor,
Que todo en la vida es cine
Y los sueños,
Cine son.

 

 

 

 

 

 

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CORONAVIRUS, DIA VEINTE

03 viernes Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN

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CONSPIRANOIA, IDIOTAS, TRAFICO DE DROGAS, TURISMOFOBIA

Todo lo que tiene nombre, existe. Y todo lo que existe, tiene nombre.

Con esa lógica, en el Diccionario de la RAE debería aparecer la palabra «conspiranoia». Pero no. Sigo buscando por la Red y encuentro que esa voz fue acuñada en 1989 por el sociólogo Enrique de Vicente a partir de conspiración y paranoia, y se empezó a utilizar con sentido humorístico, irónico o despectivo, para referirse a la obsesión por las teorías conspirativas cuando se consideraban sin fundamento, basadas en datos falsos.

En el día vigésimo de este tiempo suspendido a algunos les puede estar pasando ya como a los que tienen visiones cuando vagan por el desierto. Por exceso de confinamiento y de tiempo libre.

Así, un primer grupo de conspiranoicos cuenta teorías sobre el nacimiento del virus: que si lo llevaron los norteamericanos a Wuhan; otros, que si se escapó de una fábrica de armas biológicas; y otros, que todo esto es el resultado de un plan premeditado de China para hacerse con el mundo, algo que ya estaba escrito por unos coroneles en un libro o no sé qué. Y apuntan, como argumento irrefutable, el siguiente: fíjense en que los aliados de China apenas lo están padeciendo.

Otro grupo de conspiranoicos, más «domésticos» ellos, denuncia que el Gobierno (el nuestro, no el de los chinos) no quiere rescatar a los autónomos y a las Pymes; y que ello no es otra cosa que una maniobra encaminada a que la economía se articule en el futuro a través de grandes empresas y multinacionales.

Yo me quedo con el principio de Ockham, ese que dice que, «entre varias opciones, la explicación más simple y suficiente es la más probable, más no necesariamente la verdadera».

A lo mejor nadie se ha parado a pensar en que lo que nos pasa es, simplemente, porque somos unos idiotas. La Humanidad, en su conjunto, que no se me moleste nadie. Idiotas. Pero no en el sentido de «corto de entendederas», sino el de su etimología griega, el que nos dice que idiota era aquel que se preocupaba solo de sí mismo, de sus intereses privados y particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos.

Leo que en Barcelona suspiran -ahora- por los turistas que antes abarrotaban sus Ramblas y a los que, no hace mucho, unos idiotas apedreaban cuando iban en el bus turistic. Son los que propiciaron el nacimiento de una nueva palabra: «turismofobia». Que ya he buscado y aún no está en el diccionario de la RAE.

En la «España Vaciada», la España olvidada, levantan barricadas a las entradas de los pueblos para que no les contaminen los forasteros. Porque otros idiotas han decidido pasar el confinamiento y la Semana Santa en sus segundas residencias.

Y, hablando de conspiraciones y de tomarnos por idiotas, no sé si soy el único que tiene curiosidad en saber qué está pasando con el tráfico de drogas.

Porque con el sistema productivo en estado de hibernación (sic), con todas las vías públicas tomadas por policías y militares; con puertos y aeropuertos sin apenas viajeros; y todo ello mezclado -pero no agitado- con veinte días de confinamiento domiciliario (Rodofo y Daniel Serrano dirían «Toda España era una cárcel»), ello supondría, como digo, una bomba de relojería que cuando estalle debería llenar las calles de adictos tirados en el suelo echando espumarajos por la boca.

Cuenta una antigua leyenda urbana que en las prisiones no suele haber motines porque dentro se tolera el menudeo. En otro caso, serían ingobernables, sobre todo cuando aprietan los meses de calor. Pero, claro, eso es una leyenda urbana.

No lo dijo Okcham; lo dice el saber popular: lo que hoy cuesta dinero, mañana lo sabrás gratis.

Después de veinte días de confinamiento no sé si prefiero que me llamen idiota o conspiranoico.

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CORONAVIRUS, DIA DIECIUEVE

02 jueves Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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ABUELOS, BESOS, BISABUELOS, CINEMA PARADISO, CORBATA, JUICIOS, MORRICONE, NIETO, SPINNING, TRAJE

-¡Abuelo! Cuéntanos otra vez cómo le diste el primer beso a la abuela; que nos hace mucha gracia…

-Pero, hija, si os lo he contado muchas veces.

-Ya, pero es que nos encanta.

-Anda, tonto. Cuéntaselo. A ver si lo recuerdas igual que yo…

-Vale. Pero, a cambio, cuando terminemos el postre y antes de marcharos, nos ayudáis a colocar la vajilla en la esterilizadora. Que os gusta mucho escaquearos, pillastres.

Como todos los miércoles final de cada trimestre y provistos del preceptivo permiso de desplazamiento, Inés, María, Sonia y Alex hacen una pausa en sus teletareas y se acercan, debidamente vestidos con sus equipos de protección individual, a cenar a la cápsula habitacional de sus abuelos. Ellos no lo saben, claro, pero esa cena era toda una «institución» que se instauró a finales del Siglo XX y que ahora queda como un homenaje a la memoria de sus bisabuelos paternos. De hecho, el comedor familiar lo preside un viejo cuadro de la bisabuela.

-Pues veréis, niños, je je… -y, a continuación, el abuelo se esmera en contar los detalles de ese primer beso. Ese que nunca se olvida.

Entonces, Inés y María, las dos nietas mayores, se dan un codazo cómplice: «Mira cómo se le están poniedo de brilantes los ojos al abuelo».

Al terminar su relato, Sonia, la nieta más radical, apunta:

-Y cómo era posible darte un beso así, sin antes haberos hecho un análisis y un test de compatibilidad. Puaj, que inconscientes; para haber pillado algo…

-No lo sé; ahora sería impensable. El día en el que se instauró la Ley de Distancia Social me acordé de aquella nochevieja en que se prohibió fumar en los bares. Casi cuesta una revolución, pero al final todo el mundo se acostumbró -apunta el abuelo.

-Pues a mi me vino muy bien. Porque no fumaba –dice la abuela- y me daba rabia volver a casa siempre oliendo a tabaco; ropa y pelo impregnados, imaginad, chicas…

-¡Qué asco! -protesta Sonia-. Por favor, cambiad de tema, que me vais a dar la cena.

-Fíjaos chicos -la interrumpe Miguel, el hijo mayor-. El abuelo madrugaba todas las mañanas para ira un sitio que se llamba «gimnasio» y hacía spinning, compartiendo las máquinas que usaban otros.

-Ya, pero yo me duchaba siempre en mi casa -se excusa el abuelo ante la mirada atónita de sus cuatro nietos-. Que no me iba a llevar el traje y la corbata doblados en el macuto.

-Ah, claro, traje y corbata; es que, para los que no lo sepáis, los juicios antes eran todos presenciales -apunta Alex, dándoselas de sabihondo, y sin levantar la mirada de su omnicomunicador.

-¡Alex! Te tengo dicho que cuando estemos en la mesa quiero que dejes tu omnico en pausa. Que aproveches el tiempo; porque no nos veremos en persona hasta dentro de tres meses.

-Eso… si nos volvemos a ver, que nunca se sabe.

-Ay, ya está el abuelo con sus pesimismos. ¿Qué nos puede pasar?

***

El día diecinueve del coronavirus es el día en el que, entre otras cosas, nos enteramos que se han secado las cataratas de Iguazú. Parece mentira, pero hace solo dos meses que estuve allí.

Me pongo la banda sonora de «La Misión»… Una música que por un rato me transporta lejos, en el espacio y en el tiempo.

-¿Sabes que tuviste la suerte de ver el último concierto dirigido por Ennio Morricone en el Lucca Summer Festival?

-Si -me respondo-. Esa noche ya era muy consciente. El maestro tuvo que dirigir sentado y sabía que no iba a tener otra oportunidad para verlo en directo.

La lista de reproducción es caprichosa y va saltando de un tema a otro. Hasta que llega el de «Cinema Paradiso». Me dejo lo que estoy haciendo y busco la escena final en Youtube. La de los besos.

La habré visto decenas de veces, nunca me canso.

Pero hoy, por vez primera, caigo en la cuenta de que el final de «Cinema Paradiso» no contaba una historia de amor, qué va.

Contaba un relato de ciencia ficción. Que empieza y termina así:

«Años después de fallecidos sus abuelos, Alex, el nieto curioso de mi relato, decidió investigar qué era eso de besarse con una chica y, gracias a sus contactos, consiguió que un amigo le proyectara una recopilación de los que pudieron salvarse antes de que el llamado Distanciamiento Social los enterrara para siempre como una práctica social repugnante y antihigiénica».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CORONAVIRUS, DIA DIECIOCHO

01 miércoles Abr 2020

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN

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ABRIL, CARL JUNG, MARIA ESTEVE, SABINA, Yuval HARARI

Y así llegó el día dieciocho de nuestro encierro; ese en el que nos hicimos mayores de edad y «nos graduamos en confinamiento».

Sabina se pregunta que «quién le ha robado el mes de abril»; pero, lamentos al margen, el tiempo suspendido es tiempo también para ganar otras cosas: aprendizaje y autoconocimiento. Para crear nuevos hábitos y asimilar lecciones.

De recordar, por ejemplo, que ese olor que tanto nos gusta cuando llueve se llama «petricor». Escribo con las ventanas abiertas. Llueve desde hace un buen rato y el viento mueve las cortinas, mientras me dejo arrullar por una selección de grandes mujeres del jazz. Por si fuera poco, esta noche he decidido darme otro capricho. He estrenado la «Moroccan Red Cinnamom», un velón de dos mechas que me había reservado para una ocasión especial.

Ángeles González-Sinde publica hoy en El País un artículo en el que cuenta que está bien en su confinamiento y añade: «No soy la única. Casi desde los primeros días, algunos amigos fueron confesándome, en estricta confidencialidad y creyendo ser la/el único, el/la rara, que son felices como hacía tiempo. Lo reconocían avergonzados por sacar partido a una situación que en verdad es una catástrofe. Y yo me pregunto: ¿Qué clase de vida llevábamos antes para que estemos felices ahora? ¿Estamos contentos porque nos hemos acompasado a un ritmo más acorde con nuestra biología».

Lo comparto casi con alivio. Porque me estaba entrando complejo de ser un asocial. Yuval Harari (autor de «Sapiens» y «Homo Deus») decía que somos los tataranietos de los más hijos de puta de la tribu; porque los genes que han ido sobreviviendo generación tras generación son los que portaban los que robaban comida en la cueva mientras los demás monitos se calentaban al fuego de la hoguera. Esos son los que sobrevivieron, porque estaban bien alimentados.

Pero no. No creo que tenga que sentirme culpable por sentirme bien. ¿Ayudaría a alguien pensar o decir lo contrario? Mi alimento precisamente no es el que guardo en la nevera, me justifico. Y además no le privo a nadie del suyo.

La respuesta me llega esta tarde, a través de un texto leído por la actriz María Esteve. Se trata de un fragmento de «El Libro Rojo» de C.G. Jung que, en sí mismo, es un manual para el confinamiento. Narra así la experiencia de sufrir una cuarentena en un barco: «En vez de pensar en todo lo que no podía hacer, pensaba en lo que habría hecho una vez hubiera bajado a tierra. Adquirí una serie de costumbres nuevas (…)». Y concluye: «Aquel año me privaron de la primavera y de muchas cosas más; pero yo había habia florecido igualmente, me había llevado la primavera dentro y nadie, nunca más, habría podido quitármela».

He hecho bien en encender el velón.

Porque celebrar la vida también es haber tenido las respuestas antes de terminar de plantearte las preguntas.

 

 

 

 

 

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