Etiquetas

, , , , , , , , , ,

El vigésimoséptimo día de este tiempo suspendido empieza a ritmo de tambor destemplado. Esta vez no se han esperado a la hora de los aplausos. Es Viernes Santo y, por lo visto, tengo un vecino nazareno. Nazareno y motivado.

Lo escucho desde mi terraza mientras me desperezo y le doy los buenos días al Rey Lobo. Además de una aleta de tiburón, como dije ayer, Monteagudo semeja de lejos también la torreta de un submarino. Y el Santo, su periscopio.

Y hablando de submarinos.

Me acuerdo de lo que contaba el economista Trias de Bes (“El libro negro del emprendedor”), que ya nos previno de los socios: si necesitas capital, dijo, mejor pide un préstamo; si necesitas mano de obra, contrata operarios. Pero si, por lo que sea, no puedes prescindir de ellos, antes de iniciar cualquier negocio intenta imaginarte cruzando el Atlántico con los posibles candidatos … encerrados en un submarino.

Noto que a estas alturas de confinamiento está afectando la presión. Sobre todo desde ayer, en que se confirmó lo que algunos ya sabíamos: que esto va para largo.

En una charla retransmitida por Instagram (mi primera vez, aquí queda consignado), escucho esta tarde al escritor Miguel Ángel Hernández decir que lo único que tenemos que hacer es estar en casa y preocuparnos solo de que “no se nos vaya la pinza”. Tiene razón.

Navegar en un submarino, sin tener referencias de fechas, o si es de día o de noche, tiene que afectar al cuerpo y a la mente. Y no digamos ya a las relaciones interpersonales. Así que me da igual que sea Viernes Santo. Como si es lunes. El despertador suena a la misma hora e intento mantener una rutina: un tiempo para la lectura, otro para el trabajo, otro para el ejercicio físico, otro para la formación y otro para las llamadas… A veces hasta me acuerdo de comer. Pero no dejo que “se me vaya la pinza”.

Como ejemplo me vale el del submarino, pero también podría ser el de una estación espacial o una expedición científica en la Antártida. Los cenizos me dirán que esa gente está preparada, que lo hacen de forma voluntaria, que es su elección… Bueno, yo con cenizos no querría ni ir al supermercado de la esquina. Y menos en un submarino. Por si se les va la pinza y empieza a molestarles que me deje la tapa del váter abierta. O miguitas en la encimera de la cocina. Mejor solo.

Hay gente que te dice que no aguanta más; que está deseando salir y recuperar su vida pasada (qué ilusos). No sé si estamos preparados para gestionar la fase de descompresión.

Porque tampoco va a ser fácil. Los buzos que regresan muy rápido a la superficie corren el riesgo de sufrir un síndrome de descompresión. Y a los cosmonautas recién aterrizados los tienen que coger en brazos; que de tanta ingravidez se les encogieron los músculos de las piernas.

Sea lo que sea, ya se verá. No tengamos prisa.

Y quedémonos con la parte positiva de esta historia, que también la tiene.

Que al volver a la Tierra podamos decir que desde nuestro confinamiento la vimos como algo bello y frágil a la vez. Al menos así lo han contado quienes han tenido la suerte de verla desde la Luna.

Belleza y fragilidad. Eso es lo que veo todos los días desde que me levanto hasta que me acuesto.