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AMANECE REY LOBO

Amaneció en Mercurio; y amanece también aquí, en La Tierra.

Me asomo a la terraza, el puente de mi imaginario crucero, para aspirar olor a primavera y azahar.

-¿Qué tal amaneciste hoy, Rey Lobo? -grito mirando hacia el Castillo de Monteagudo. Fotografío su silueta, que se recorta al fondo como la dorsal de un gran tiburón blanco.

Aunque al cielo lo han pintado (¿quiénes?) del mismo color que el del napalm, esta mañana no me levanto pensando en guerras ni en victorias. “Descanse, Coronel Killroy” -pienso-. Paz y amor, hermanos. Paz y amor.

Así empiezo el vigésimosexto día de este tiempo suspendido que, conforme a lo previsto, también ha sido prorrogado hasta el día 26 de abril. No me sorprende nada; y no porque fuera algo que se estaba filtrando a la prensa desde el pasado fin de semana. Más sencillo aún. El mismo día en que se pararon los relojes, en algún papelote de esos que circularon por ahí, me apareció leer esa fecha, la del 26 de abril. Si mal no recuerdo fue en uno de Hacienda, que se autodescargaba de obligaciones hasta esa fecha. Quien me conoce sabe que no miento, que hasta lo comenté con mis íntimos.

Pero vamos con las malas noticias y con esa intención absurda de aplazarlas todo lo que se pueda. Digo absurda, porque a mí me gustaría que me dijeran toda la verdad, sin paños calientes. Para saber a qué atenerme.

Vivimos en una sociedad infantilizada. De ello ya se han encargado -toma conspiración- la telebasura y un sistema educativo que pasa de curso a los nenes a pesar de no aprobar las asignaturas (no digamos ya con faltas de ortografía y sin comprensión lectora). Y los gatitos del Facebook, que no se me olvidan. Esos quizá sean los peores.

Se dijo en su momento que la educación moldeaba las mentes de manera uniforme, sin entender las distintas capacidades e inquietudes de cada cual. Porque lo importante, al fin y al cabo, era que los futuros egresados aprendieran a hacer una fila y respetar el toque de sirena. De esa manera se tendría una masa acrítica de futuros obreros, disciplinados ellos, acostumbrados a seguir sencillas instrucciones: las cuatro reglas, los colores (“aprende a distinguir, nene, no vaya a ser que algún día te equivoques con las mezclas y salgamos todos volando”)… y los conjuntos, subconjuntos e intersecciones.

Pero ha llegado un momento en que las fábricas se han deslocalizado y no demandan más operarios. O, bien, les pasa como predijo Warren G. Bennis, que se bastan con dos empleados: un hombre y un perro. “El cometido del hombre -dijo Bennis- sería el de dar de comer al perro; y el del perro, que el hombre no toque el ordenador”.

Así que ahora poco importa que vayan saliendo ninis, todos (ellas, ellos y viceversa), porque para estar dando tumbos por la calle, mejor que estén en casa de los papás, bien cómodos. Y, por si salen y se pierden, geolocalizados. Renunciando, como hacen, a la intimidad con la misma alegría con la que le van dando “me gusta” a los videos de gatitos.

Y a la nueva sociedad resultante de este proceso, infantilizada, se le van suministrando pequeñas dosis de verdad, en pildoritas. No sea que a alguno de los culivotantes se le ocurra hacer alguna tontería y, se eche a la calle para, en lugar de pasear la bolsa del Mercadona (o su mascota), quejarse; o, peor aún, que cuando dejen de estar fumaos, terminen pintándole la cara -o la fachada del chalet- a alguien.

La próxima miguita que nos han dejado caer es que el “desconfinamiento” se va a hacer por fases y, en lugar de mandar a todo el mundo a su casa, como ahora, irán juntando a todos los sospechosos de estar infectados en centros de internamiento. Eso por ser fino y no utilizar el verbo “concentrar”; porque entonces se me va el sustantivo “campo de”. Cosas de la Historia que dijeron que nunca más se iban a repetir. Y mira lo que pasó en los años 90 en Srebrenica. A solo dos horas de vuelo desde Madrid. Por ejemplo.

¿Se puede arrestar y privar de libertad a una persona sin haber cometido un delito merced a una norma que no es el Código Penal y que ni siquiera tiene rango de Ley Orgánica?

-Queda Ud. arrestado como sospechoso de ser “infectado asintomático”.

Como jurista tengo mis dudas. En cualquier caso, ¿no podemos discutir esto?

Con el Tribunal Consticional mirando la superluna rosa, oportunidad de oro para quitarse de enmedio a los revoltosos, a los cuestionadores, a los críticos y a los disidentes; al “otro” y al de “enfrente”. Ah, perdón, que ahora les llaman “asintomáticos”. Ya están preparadas -y en uso- las morgues y las fosas comunes.

La sociedad está en modo bizcochable: han conseguido que veamos con naturalidad que se le quite la máscara a “un viejo” para salvar a “un joven”, una suerte de “eutanasia selectiva”, o como se le quiera llamar, pero que no está legislada. Y, ojo, que a diferencia de los del corredor de la muerte, aquí nadie puede apelar su condena. Porque ahora se muere solo. La presión sobre los sanitarios, me cuentan, empieza a ser insorpotable.

¿Quién ha decidido qué vida vale más? ¿Un protocolo médico?

Antiabortistas, animalistas, activistas de los derechos civiles, ¿dónde estáis? ¿Por qué callan ahora las batucadas?

Pero, claro, soy un exagerado. Un idiota. Un conspiranoico. O será que me ha sentado mal el jenjibre.

Por si acaso, nos cuentan que en China acabaron pronto con el coronavirus gracias a que era una sociedad disciplinada. Que saben obedecer. Unidad y un paso al frente, todos a una. Que si criticas, eres un antipatriota. Que se lo digan a los húngaros ahora. Y, a todo esto, la UE haciendo, una vez más, el avestruz. Comunidad Económica Cesante, debería llamarse.

Esto es como lo de lo del cuento de la rana, que se iba cociendo en agua caliente, poco a poco, sin enterarse. Pero no hay duda de que el agua se está calentando: aceptamos con resignación los registros de los vehículos. Sin orden judicial y sin ser acusados de la comisión de ningún delito.

Mientras tanto, los abogados quietos; porque los juzgados han sido clausurados salvo para atender aquellos asuntos que, de forma tasada, permitieron como excepción cuando decretaron el estado de alarma.

Yo, que no sirvo a ningún amo, tampoco he firmado ningún cheque en blanco. Y ya llegará la hora de pedir responsabilidades por los excesos.

Mientras tanto, canturreo en mi hamaca como lo haría Quint, el Cazatiburones:

Ya me marcho de aquí,

Linda Dama Española.

Adiós que me voy,

Oh preciosa mujer.

Porque orden tenemos

De zarpar hacia Boston.

Y quizá nunca más nos volvamos a veeeeer.

 

(bueno, eso último se puede borrar; que cuando pase espero que nos veamos todos; en Boston, en California o donde se tercie)