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El día que hace veinticinco de los de este tiempo suspendido es Miércoles Santo, que en Murcia, mi ciudad, se celebra con un desparrame de nazarenos calzados con esparteñas y medias “de repizco”. Para el que no lo sepa, van vestidos mitad huertanos, mitad penitentes, con túnicas rojas donde esconden habas, monas y kilos de caramelos que van repartiendo a lo largo del recorrido. Todo el mundo los conoce como “Los Coloraos“. Y dicen que cuando se recoge la cabeza aún no ha llegado a salir la cola del desfile. De tantos que salen.

Los miércoles santos de otros años los he vivido de muchas maneras. La angustia, por ejemplo, de tener una cita al otro lado de la ciudad y ver que no llegaba, porque estaban todas las calles cortadas por la procesión (tiempos mozos, ay, en los que no tuvimos teléfonos móviles para avisar).

O volver a casa por la autovía y econtrarte una retención kilométrica antes de llegar a Molina de Segura. Aunque las matrículas ya no desvelaran -como antaño- la provincia, sabíamos que eran todos de Madrid, camino de las playas.

Este año, aunque está rigurosamente prohibido, se las han ingeniado para viajar de madrugada. Acompañados por la poderosa imagen de la superluna de anoche debió de parecerles, cuando menos, una situación surrealista: la de atravesar La Mancha como bandoleros, con miedo de ser detenidos porque van a pasar unos dias a sus segundas residencias.

Puedo comprender que lo echen de menos. La mayoría de mis miércoles santos (antes de ingresar en la “sagrada orden de los autónomos”), los he pasado en la playa. Pero no hay justificación alguna. Parece mentira que no se den cuenta de que esto no es un juego. En El Mundo se publica, precisamente, una imagen del Palacio de Hielo de Madrid convertido en una morgue, con los ataúdes expuestos por orden alfabético, para que los puedan localizar los familiares. No se puede escapar del horror; y huir a la costa, no sirve de nada. Al contrario, empeora las cosas.

Esta mañana, una más en la que me levanto con energía para no ir a ningún sitio, la báscula me ha dado una buen noticia; así que me animo a seguir experimentando mejunjes: pruebo con dos limones, cuatro cucharadas de miel, jenjigre y un vaso de agua templada. En ayunas, sin anestesia, no está mal y además, dicen, aumenta las defensas.

A pesar de mis buenos propósitos y del tiempo que llevo de confinamiento, reconozco que me cuesta mucho centrarme en el trabajo. Voy a necesitar más de veintiún dias para acostumbrarme a ciertas cosas y aún así. Además de suspendido, es un tiempo que podria llamar “entremezclado”.

De muchas emociones y recuerdos.

Como los que me evocan la película “Interstellar”. Es curioso. Esta mañana, justo después de recordar el argumento (y su final), he tenido videollamada, precisamente, de mi hija. Muchas personas piensan que es una película de ciencia-ficción, pero no; los que la hemos visto sabemos que es una película de amor (del paternofilial y del otro), en la que una estantería repleta de libros también tiene su importancia a la hora de salvar la humanidad.

Despues de desearle toda la suerte del mundo al Capitán Cooper para su reencuentro con la Doctora Brand, me centro en la faena. Porque pasado el soponcio inicial, que nos dejó a todos como las conejos mirando los faros de un coche, parece que la cosa se está animando y, por lo menos en mi caso, están cayendo algunos encargos nuevos. Algunos para cuando se abra el portón de los juzgados, sí, pero también hay otros asuntos en los que se puede avanzar desde casa.

Y asi, entre llamadas y videollamadas, ha ido pasando otro día más de este tiempo suspendido, único e irrepetible.

He tenido que correr las cortinas de mi salón porque, aunque no me importe mucho lo que piensen mis vecinos, me río de mi propia imagen, deambulando por la casa como Joaquín Phoenix en “Her“, que se pasaba el día hablando solo por el pinganillo y enamorado -como un colegial- de un sistema operativo.