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-¡Abuelo! Cuéntanos otra vez cómo le diste el primer beso a la abuela; que nos hace mucha gracia…

-Pero, hija, si os lo he contado muchas veces.

-Ya, pero es que nos encanta.

-Anda, tonto. Cuéntaselo. A ver si lo recuerdas igual que yo…

-Vale. Pero, a cambio, cuando terminemos el postre y antes de marcharos, nos ayudáis a colocar la vajilla en la esterilizadora. Que os gusta mucho escaquearos, pillastres.

Como todos los miércoles final de cada trimestre y provistos del preceptivo permiso de desplazamiento, Inés, María, Sonia y Alex hacen una pausa en sus teletareas y se acercan, debidamente vestidos con sus equipos de protección individual, a cenar a la cápsula habitacional de sus abuelos. Ellos no lo saben, claro, pero esa cena era toda una “institución” que se instauró a finales del Siglo XX y que ahora queda como un homenaje a la memoria de sus bisabuelos paternos. De hecho, el comedor familiar lo preside un viejo cuadro de la bisabuela.

-Pues veréis, niños, je je… -y, a continuación, el abuelo se esmera en contar los detalles de ese primer beso. Ese que nunca se olvida.

Entonces, Inés y María, las dos nietas mayores, se dan un codazo cómplice: “Mira cómo se le están poniedo de brilantes los ojos al abuelo”.

Al terminar su relato, Sonia, la nieta más radical, apunta:

-Y cómo era posible darte un beso así, sin antes haberos hecho un análisis y un test de compatibilidad. Puaj, que inconscientes; para haber pillado algo…

-No lo sé; ahora sería impensable. El día en el que se instauró la Ley de Distancia Social me acordé de aquella nochevieja en que se prohibió fumar en los bares. Casi cuesta una revolución, pero al final todo el mundo se acostumbró -apunta el abuelo.

-Pues a mi me vino muy bien. Porque no fumaba –dice la abuela- y me daba rabia volver a casa siempre oliendo a tabaco; ropa y pelo impregnados, imaginad, chicas…

-¡Qué asco! -protesta Sonia-. Por favor, cambiad de tema, que me vais a dar la cena.

-Fíjaos chicos -la interrumpe Miguel, el hijo mayor-. El abuelo madrugaba todas las mañanas para ira un sitio que se llamba “gimnasio” y hacía spinning, compartiendo las máquinas que usaban otros.

-Ya, pero yo me duchaba siempre en mi casa -se excusa el abuelo ante la mirada atónita de sus cuatro nietos-. Que no me iba a llevar el traje y la corbata doblados en el macuto.

-Ah, claro, traje y corbata; es que, para los que no lo sepáis, los juicios antes eran todos presenciales -apunta Alex, dándoselas de sabihondo, y sin levantar la mirada de su omnicomunicador.

-¡Alex! Te tengo dicho que cuando estemos en la mesa quiero que dejes tu omnico en pausa. Que aproveches el tiempo; porque no nos veremos en persona hasta dentro de tres meses.

-Eso… si nos volvemos a ver, que nunca se sabe.

-Ay, ya está el abuelo con sus pesimismos. ¿Qué nos puede pasar?

***

El día diecinueve del coronavirus es el día en el que, entre otras cosas, nos enteramos que se han secado las cataratas de Iguazú. Parece mentira, pero hace solo dos meses que estuve allí.

Me pongo la banda sonora de “La Misión”… Una música que por un rato me transporta lejos, en el espacio y en el tiempo.

-¿Sabes que tuviste la suerte de ver el último concierto dirigido por Ennio Morricone en el Lucca Summer Festival?

-Si -me respondo-. Esa noche ya era muy consciente. El maestro tuvo que dirigir sentado y sabía que no iba a tener otra oportunidad para verlo en directo.

La lista de reproducción es caprichosa y va saltando de un tema a otro. Hasta que llega el de “Cinema Paradiso”. Me dejo lo que estoy haciendo y busco la escena final en Youtube. La de los besos.

La habré visto decenas de veces, nunca me canso.

Pero hoy, por vez primera, caigo en la cuenta de que el final de “Cinema Paradiso” no contaba una historia de amor, qué va.

Contaba un relato de ciencia ficción. Que empieza y termina así:

“Años después de fallecidos sus abuelos, Alex, el nieto curioso de mi relato, decidió investigar qué era eso de besarse con una chica y, gracias a sus contactos, consiguió que un amigo le proyectara una recopilación de los que pudieron salvarse antes de que el llamado Distanciamiento Social los enterrara para siempre como una práctica social repugnante y antihigiénica”.