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Después de veintiún días hoy he tenido curiosidad por conocer el significado del término “COVID-19”: resulta que es el acrónimo de “coronavirus disease 2019”.

Que tenga una fecha (2019) no augura nada bueno. Me acuerdo, una vez más, de las novelas de David Peace y su llamada “tetralogía de Yorkshire”, compuesta por cuatro novelas negras sobre asesinatos en serie identificadas -cada una de ellas- con un año: “1974″, “1977”, “1980” y “1983″.

Pero todos los asesinos en serie, como el coronavirus, suelen tener enfrente héroes que les hacen cara. En otro caso, no habría relato ni historia. Aunque no siempre los héroes salen bien parados. Como en las novelas de Peace.

A medida en que se estira este tiempo suspendido vamos conociendo profesiones que para nosotros eran desconocidas y que parecen, más bien, ideadas por algún guionista de Hollywood. Como la de Carlos Zambrana, “cazador de virus” boliviano, que advierte:

“A medida que la población crece, avanza la frontera agrícola y viajamos más, los brotes serán más comunes”.

Y lo explica porque existen virus “dormidos” en zonas forestales vírgenes del planeta. Entonces solo es cuestión de tiempo, concluyo, que aparezcan nuevas “diseases”. ¿Covid-20, Covid-21…?

En cuanto a nuestro confinamiento se refiere, esta mañana se ha prorrogado el estado de alarma; de manera que vamos por la tercera entrega de este serial. Desde aquí apuesto a que habrá una cuarta entrega. Como mínimo.

En el Boletín Oficial del Estado, el Gran Hermano se quita la careta y, ya sin disimulo, permite el espionaje de nuestros móviles. “Para controlar al confinamiento”, se justifican. Idiota o conspiranoico, recuerdo que poco antes de la crisis ya hubo un ensayo general para esto. “Para estudiar los desplazamientos y la movilidad laboral”, nos dijeron. Por supuesto, “queda garantizada la protección de los datos de carácter personal”. Qué tranquilo me quedo, oye.

Ganas me dan de bajar a la parada del tranvía y esconder debajo del asiento mi penúltimo móvil, si es que aún funciona (no es un Nokia, vaya) y si tuviera batería suficiente. Para que me estén “geolocalizando” un día entero: de las universidades a los centros comerciales; de los centros comerciales, a las universidades. Y así en un bucle infinito, en un movimiento perpetuo; hasta que finalice el servicio. A ver qué dice de mí el superordenador dentro de una semana.

Pronto desecho la idea y me tumbo en mi hamaca, a leer al sol.

Hoy es sábado y “el despacho” está cerrado. Para este momento me había reservado algunos cuentos de Borges y otros tantos de Cheever (autor de “El nadador”), que me tiene enganchadísimo y con el que he establecido una curiosa conexión: para mí, leer a John Cheever (1912-1982) es como “escuchar” lo que te narran algunos cuadros de Edward Hopper (1882-1967). Y al revés. Porque detrás de esos personajes solitarios, a veces meditabundos a veces desolados, detrás hay muchas historias como las que relata Cheever.

Me imagino cómo tienen que estar en algunos hogares después de tantos días de confinamiento. En el cuento “La Quimera”, Cheever relata cómo el esposo le preparara cuidadosamente el desayuno a su “contraria” y ésta, sin embargo, se queja hecha un mar de lágrimas:

-“No puedo aguantar por más tiempo que me sirva el desayuno en la cama un hombre peludo en calzoncillos”.

El desconcierto de nuestro héroe es total: “hago lo que tengo que hacer, como todo el mundo; y una de las cosas que han tocado en suerte es servir el desayuno en la cama a mi mujer. Trato de prepararle un excelente desayuno, porque a veces el detalle mejora su carácter, por lo general horrible”.

Disciplina es hacer “todo lo que se tiene que hacer”. ¿Estamos preparados para tomarnos en serio el confiamiento?

Byun-Chul Han, el autor -entre otras obras- de “La sociedad del cansancio”, advierte que con la pandemia podemos regresar a una suerte de “sociedad disciplinaria”; que los asiáticos están venciendo al virus con un rigor y una disciplina inimaginables para los occidentales.

Han no es ningún idiota. Suya es la frase de que “el paradigma inmunológico es incompatible con el proceso de globalización”. Ninguna sociedad abierta, por tanto, está libre de volver a recaer en la pandemia. Pero establecer un sistema de sociedades cerradas es totalmente incompatible con el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

A Fernando Simón, el que nos daba el parte diario antes de caer enfermo él mismo, le pasa lo mismo que al especialista bolivinano que he aludido antes, que tiene una profesión hasta ahora desconocida para el público en general (epidemiólogo). Simón recomienda cambiar los hábitos mediterráneos por los de los japoneses. No es broma. El gobierno va a recomendar el uso generalizado de la mascarilla para salir a la calle, incluso para cuando se levanten las actuales restricciones.

¿Quiere decir -entonces- que a la salida nos esperan disciplina y cultura japonesas?

Mi consuelo es que, sin renunciar nunca a mis raíces mediterráneas, algo tengo adelantado. Porque me encantan los haikus y los cerezos en flor, que los mismos chiflados que se pirran por las máquinas expendedoras de bragas usadas hacen que sus hijos limpien sus propios colegios; y, por supuesto, los relatos de Yasutaka Tsutsui (más que Murakami, lo siento).

Y por lo visto, porque soy “frío, ordenado y disciplinado”. Al menos eso me dijo una vez mi hija.

Jamás me ofendí por sus palabras que, más bien, me tomé como un cumplido.

Porque cuando me dijo “frío” ambos sabíamos a qué se refería; porque el afecto no siempre ha de ser expresado de un modo “kinésico”.

Y porque estoy seguro de que mi hija piensa como yo, aunque no lo diga. Que el sushi es una delicia y

como me vuelvas a tocar el puto brazo mientras me hablas, te mato

En algunas cosas, quizá, la futura distancia social no llegue a ser tan negativa como imaginamos.

 

CODA: Cada cual tiene su preferida de Luis Eduardo Aute, fallecido hoy a la edad de 76 años por el dichoso coronavirus. Hoy termino mi entrada antes de la hora habitual, porque pretendo homenajearle viendo un buen clásico del cine.

Pido perdón
Por confundir el cine con la realidad.

Cine, cine, cine,
Más cine por favor,
Que todo en la vida es cine
Y los sueños,
Cine son.