Eso en tu país no lo harías

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Eso, en tu país, no lo harías…

Había que ser muy valiente, o estar un poco loco, para decirle eso a la cara.

Y es que el bigardo que tenía delante no bajaba de los dos metros. Pelo rubio recogido con una coleta, barba de tres días, camiseta ajustada y unos tejanos desteñidos. Igual era primo del cantante ese de «Lordi», los que ganaron Eurovisión hace unos años.

Acababa de apurar una lata de cerveza y la había tirado al suelo, sin preocuparse de dónde caía.

Antes, no obstante, la había estrujado con el mismo desinterés con el que ahora podría machacar la cabeza del españolito que, pobre quijote, le echaba en cara su acción.

Digo que… eso, en tu país, no lo harías.

-¿El qué? -, replicó, haciéndose el tonto.

-Pues… eso, tirar la lata al suelo. Eso no lo harías.

El gigantón se acercó un poco más, levantó una ceja y, en la media lengua que el alcohol y el conocimiento del idioma le dejaban, le dijo que sí, en efecto, que en su país no lo hace. “Pero aquí, en España, sí” -añadió.

En ese momento, la mujer del españolito apretó fuerte el brazo de su marido y le soltó un “déjalo, Manolo, no te metas en líos…, no merece la pena”.

Pero Manolo, su Manolo, no se iba rendir tan fácil:

Encima, recochineo… -alcanzó a decir, mientras notaba cómo la sangre se le subía a la cabeza-. A estos niñatos les iba a dar yo programa «orgasmus». Mucho estudio universitario, si; ¿y la educación?, ninguna…

Pero el gigantón no tenía ganas de discutir:

Digo que en mi país no lo hago porque en mi país esta todo limpio. Pero aquí no. Qué mas da una lata más o una menos. Mira a tu alrededor… -y siguió su marcha, indiferente.

Y, en efecto, Manolo, nuestro Manolo se la tuvo que envainar mientras recordaba cómo para andar por la misma acera donde se habían encontrado tuvo que regatear un sinfín de excrementos de perro; que en la puerta de su oficina todos los viernes hay orines y restos de botellón; que en el aparcamiento del súper donde va con sus hijos no faltan preservativos y pañuelos usados por el suelo; y que es más fácil pillar el ébola en un aseo público que una misión por África. Por no decir que en su ciudad no hay una pared que no esté decorada con su grafiti correspondiente.

Agachó la cabeza, soltó un suspiro y se apretujó buscando el calor de su bella dama española.

FORMACIÓN EN VALORES

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¡BAM!

A pesar de estar dentro de la Comisaría de Policía, no por ello el impacto pasó desapercibido.

Todo lo contrario.

De hecho, todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo y se fueron a la puerta; tal fue el golpe y tal el estrépito que formaron los cristales cayendo al suelo.

Pensaron en un accidente de circulación:

Vaya, qué casualidad; en la misma puerta de Comisaría. Hoy no tenemos que sacar el furgón de “Atestados”.

Cuál no sería su sorpresa al comprobar que el vehículo que tenía los cristales rotos era el propio coche patrulla de la Policía.

En décimas de segundo comprobaron que, aparte de ese, no había más vehículos implicados.

-¿Una fuga? ¿Delante de nuestras narices?

Junto al vehículo policial, un adolescente los miraba desafiante.

Todavía tenía en su mano la herramienta con la que había roto los cristales. Con la otra, los señalaba y les decía:

No busquéis, que he sido yo.

¿Cómo? ¿Tú? ¿Por qué? Anda chaval, tira eso al suelo y déjate de tonterías. Te va a caer una buena…

¿A mí? Me vais a tocar los cojones -les interrumpió-. Soy menor de edad, ¿comprendes? Me vais a tocar los huevos. Y, de paso, ya podéis ir llamando a mi padre, que no me podéis detener sin avisarle. Que yo conozco mis derechos. Que venga, que venga…

– A ver, ¿a cuento de qué viene esto?

 – Yo contra vosotros no tengo ná. Pero contra el cabrón de mi padre sí. Que venga y lo pague. Hasta el último céntimo. Me ha castigado y no me deja salir esta noche. Que se joda: si yo no tengo fiesta, él tampoco.

Ya podéis decirle que venga con los billetes; que lo pague, que lo pague…

NECESIDADES PRIMARIAS

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Era una noche de invierno. Negra, como la boca de un lobo. Y hacía mucha rasca.

Apetecía poco salir a la calle, pero a la fuerza ahorcan: “si seguía acumulando bolsas y bolsas en el lavadero -me dije- al final tendría que cambiar mi nombre de pila por el de Diógenes”.

Así que me puse una sudadera y bajé a tirar la basura.

En esas estaba cuando, al llegar al contenedor de papel, empecé a oír una voz que salía del mismo.

La voz “sonaba” en otro idioma, absolutamente ininteligible para mí.

Era un tipo que estaba hablando por el móvil al mismo tiempo que escarbaba y rebuscaba entre todo aquello que desechamos a diario.

Al sentir mi presencia, sacó la cabeza; nos miramos un instante a la cara, le dije “buenas noches”, me saludó con la cabeza y siguió a lo suyo mientras continuaba con su cháchara telefónica, que no interrumpió ni un segundo.

No usaba el móvil para pedir auxilio, precisamente. Cualquiera diría -por el tono- que estaba discutiendo la cotización en el mercado secundario o por el retraso en un pedido…

Superada la sorpresa inicial, recordé el motivo de mi paseo nocturno. Me apresuré a depositar mi mercancía “de forma ordenada, eficiente y conforme al reglamento” y me marché a casa, pensativo.

Hay quien aprovecharía la imagen para tirar por tierra lo del “España va bien” y esas cosas. No les faltará razón pero, en este caso, tendrían que intentar hacer la foto sin que se viera el teléfono en la mano del supuesto indigente.

Por mi parte pensé que la cuestión de la “primera necesidad” se ha convertido en algo bastante relativo: no entendía cómo una persona que tiene dinero para pagarse la adquisición de un terminal telefónico, la electricidad para recargarlo y, sobre todo, un consumo, tiene que escarbar en la basura para sobrevivir.

Claro que sólo hay que mirar alrededor para comprobar que el móvil se ha convertido en una prolongación de nuestro ser; un artículo de primera «necesidad», en definitiva.

Tanto, que en la última Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares (año 2014), el INE informa que el 96,4% de los hogares dispone de teléfono móvil, sólo por debajo de la TV en el ranking (99,2%).

Y no sé por qué me extraño. En España, durante el año 2006, el número de terminales móviles (44,3 millones) ya había superado el número de habitantes (44,1 millones).

El concepto de «primera necesidad», redefinido: antes de salir a buscarte la vida, aunque sea escarbando en la basura, tienes que asegurarte bien de que tienes la batería cargada. Y no me refiero a salir desayunado, precisamente.

 

Sic transit gloria mundi

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Estamos en los tiempos de lo efímero; nos encanta encumbrar héroes para derribarlos a la mañana siguiente.

El deporte profesional, como espejo de la sociedad, es un buen ejemplo de ello.

No hay más que ver, por citar un caso, cómo tratan a Iker Casillas los mismos que, hace solo cuatro años, lo querían elevar a los altares:

-“San Casillas, San Casillas…” –gritaban como posesos cuando paraba un penalti.

Flaca es la memoria. Los clásicos lo sentenciaron así: “sic transit gloria mundi”.

Por eso me reconforta el dibujo que ha hecho mi hijo.

Representa a Fernando Alonso, agitando el puño, entrando triunfante a meta (nótese el detalle, vuelta 70/70).

Y no lo hace con el “Mercedes” o el “Ferrari”; lo hace con su “McLaren-Honda”. Si, ese trasto que le deja tirado a las primeras de cambio.

El dibujo no representa glorias pasadas ni es de otro año; es de esta misma temporada (2015). En la clasificación pone, como segundo, a otro español (Carlos Sainz). No le falta detalle.

Dibuja lo que espera del doble campeón del mundo. Que se levante y vuelva a encabezar la parrilla.

No; mi hijo no pierde la fe y la ilusión.

Todas las semanas me pregunta cuándo es la siguiente carrera, cómo han ido los entrenamientos y, cuando está conmigo, me pide que le despierte -aunque sean las 7 de la mañana de un domingo- para ver la salida.

No despega los ojos de la pantalla para ver a su héroe.

Mi hijo me enseña que un tropiezo no enturbia glorias pasadas, que no puedes juzgar toda una trayectoria por los últimos resultados y, por encima de todo, que en las carreras, como en la vida, se puede ganar o perder, pero quien se rinde y no lucha ya lo tiene todo perdido de antemano.

Gracias a Alonso, por lo que nos has hecho disfrutar, pero, sobre todo, gracias a mi hijo, por las lecciones que me das.

NO HAY BUENA IMPROVISACIÓN SIN UNA GRAN PREPARACIÓN

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Los buenos comunicadores, como las leyendas del rock, siempre te recomiendan tener material para varias presentaciones.

Por supuesto, añaden, no se trata de “embutir” todo el contenido en una sesión –craso error-, sino de comparecer ante al auditorio bien sobrado, por aquello del “poyaque” y el “porsiaca”.

Eso me recuerda una anécdota de juventud, sucedida allá por mi último año de secundaria.

Gracias a la mediación de un profesor nos cedieron una hora en la radio, para hacer un programa sobre lo que quisiéramos.

Por aquel entonces me presentaba voluntario a todo lo que no fuera clavar codos, así que no desaproveché la ocasión.

El primero de los programas fue un pequeño desastre: organizamos un “coloquio” sobre la reforma de la enseñanza (sí, como ahora, es un tema eterno…), sin guión, ni orden ni concierto; el resultado fue una cháchara de pollos descabezados que, al menos, nos sirvió para asimilar la primera lección de todo aprendizaje: cómo-no-se-tienen-que-hacer-las-cosas.

Allí conocimos a un chaval, universitario él, que tenía su hora y la dedicaba a pinchar música italiana.

Con su ejemplo, los consejos de los profesionales y mucha ilusión, cambiamos el paso y para la semana siguiente preparamos un guión; íbamos a pinchar música, la que nos gustaba, con unas entradillas para cada tema.

El día al que se refiere esta anécdota nos dio por los “Beatles” y allá que fuimos con todo preparado: los vinilos, ordenados en sus fundas, los guiones con su pautas… Ni qué decir tiene que los “compis” estaban atentos a lo que esa noche se iba a pinchar.

Llegó el momento y sucedió que el chaval universitario, por lo que fuera, no compareció a su hora; así que el técnico nos dijo que ocupáramos su lugar. Eso suponía entrar una hora antes de lo previsto.

Para mis adentros imaginaba que no nos iba a escuchar nadie (“todo el mundo” sabía que empezábamos después, de manera que estarían en otras cosas), pero un “profesional” es un profesional y no nos podíamos negar.

El caso es que, terminando nuestro programa, el técnico nos dijo que el universitario no iba a venir, así que podíamos ocupar su espacio.

-¿Con qué? –le replicamos.

Improvisad…

Como lo de los coloquios no era lo nuestro, antes de que terminara la última canción de nuestro programa decidimos ir preparando el texto de la siguiente. Llevábamos casi toda la discografía de los “Beatles”, así que había para elegir. Además, me había leído y releído su biografía, me sabía muchas letras de memoria y hasta me atrevía a arrancarme con la guitarra, si hubiera hecho falta.

Afortunadamente -para todos- no hizo falta. Tan solo había que pinchar discos.

A lo mejor ahora parece una tontería pero, en ese momento, pinchar de forma improvisada, sin ton ni son y en la radio, nos pareció subir una montaña: no podíamos volver a ponernos en evidencia; además, éramos conscientes de que un segundo de silencio en la radio dura una eternidad, así que tocaba actuar más que pensar.

Nos pusimos manos a la obra: en el tiempo que duraba una canción decidíamos -de forma “asamblearia”- la siguiente y escribíamos un texto de entradilla, texto que leía uno de nosotros. Pichábamos y nos poníamos con la siguiente.

Mini-debate, redacción de entradilla, pinchar… Así, hasta completar la segunda hora.

Ese día tuve la sensación de jugar a los platos chinos, sensación que he vuelto a recuperar gracias a mi trabajo actual.

El caso es que, a la mañana siguiente, estaba el primero para entrar a clase (nunca había madrugado tanto para ir al Instituto) y esperé ansioso las críticas de los compañeros que, por supuesto, no sabían lo que había pasado y solo escucharon la parte improvisada.

Han transcurrido más de 25 años y todavía recuerdo cómo se nos dijo que “el programa había estado bien, las canciones muy bien elegidas y que, por poner una pega, lo único que se notaba era cierta rigidez a la hora de seguir el guión (sic), como que estaba todo muy… preparado”.

ERRARE HUMANUN EST (¿QUIÉN DOBLA TU PARACAÍDAS?)

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En toda organización que trabaja con personas es inevitable encontrarse fallos de esos que llamamos “humanos”.

A pesar de dejar bien definidos los objetivos y los procesos, a la hora de ejecutar las tareas que nos han sido asignadas parece que es intrínseco a nuestra naturaleza cometer errores.

Claro que, por otro lado, hay errores y errores: no todos tienen las mismas consecuencias y algunas pueden ser catastróficas.

No quiero ni pensar lo que le puede suponer a un astronauta una “tontería” como la de que los ingenieros confundan pulgadas por centímetros, por poner un ejemplo, en el momento de diseñar la nave.

Después de pasar una auditoría de recertificación se nos comenta que, bajo el punto de vista de la norma de calidad, no es aceptable -de ninguna manera- culpar en exclusiva al empleado: “Si ha habido un fallo tiene que haber algún tipo de causa que también tenga que ver con el proceso”.

Estamos pensando en un despacho profesional, con una organización pequeña y con unos pocos empleados, no en una factoría donde hay capataces, supervisores, auditores…

¿Qué hacer, entonces?

Se nos comenta la posibilidad de establecer supervisión cruzada entre empleados con puestos similares.

Empiezo a investigar y donde primero encuentro información es en el ámbito de la salud, donde los manuales cuidan mucho la objetividad del proceso y donde se dice que ese tipo de supervisión cruzada disminuye “el sesgo de la propia auto aplicación”. Vale.

Con ser buena la idea, me gusta todavía más el símil de “doblar el paracaídas”, a partir de una historia que se cuenta en la red.

Hay discusión de si es apócrifa o real. De hecho he encontrado versiones que hablan de un piloto llamado “Carlos”, que habría operado en la Guerra de las Malvinas.

Buceando un poquito más encuentras la original, protagonizada por Charles PLUMB (la puedes consultar aquí: http://speaker.charlieplumb.com/about-captain/parachute-story/).

En síntesis, la historia habla de un veterano de guerra norteamericano, piloto de la Marina, cuyo avión fue abatido durante una misión en Vietnam; antes de estrellarse, pudo abrir su paracaídas y fue capturado por el enemigo.

Estuvo encarcelado como prisionero de guerra durante 6 años (de 1967 a 1973); después de ser liberado se dedicó a dar charlas y trabajar de consultor enseñando que lo que aprendió de su cautiverio se puede aplicar a la vida cotidiana.

Unas de las historias que cuenta es que un día, mientras estaba comiendo en un restaurante, se le acercó una persona, y le preguntó si era Charles Plumb:

-«Hola, usted es Charles Plumb, ex piloto en Vietnam y fue derribado por el enemigo, ¿verdad?»

-«Y usted, ¿cómo sabe eso?», le preguntó Plumb.

-«Porque yo doblaba y empaquetaba los paracaídas de su división; y parece que el suyo funcionó bien».

PLUMB emocionado y con mucha  gratitud le respondió: «-Claro que funcionó, si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí».

Aquella noche, PLUMB no podía conciliar el sueño, se preguntaba cuántas veces había visto en el portaaviones a aquel hombre y nunca le había dirigido un saludo; se dio cuenta de que había sido una persona arrogante y orgullosa frente a este humilde y servicial marinero.

Pensó, también, en todo el tiempo que aquel marinero pasó en el barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de personas que quizás no conocía.

Desde aquel día Plumb comienza sus conferencias preguntando a su audiencia:

¿Quién dobló hoy tu paracaídas?

Y es que todas las tareas son importantes. Que se lo digan, si no, a JFK, que cuando visitaba Cabo Cañaveral, preguntó qué función tenía a un tipo que estaba fregando el suelo y éste le contestó:

Ayudo a que el hombre llegue a la Luna

Historias que se cuentan como ejemplo para valorar el trabajo de los que nos rodean y que mí me sirven como inspiración: mejora el proceso y establece que sea el compañero “el que le doble al otro el paracaídas”; estoy seguro de que, sin llegar a eliminarlos totalmente, se minimizarán los errores.

Es una suerte de “cuatro ojos ven más que dos” de toda la vida, pero contado desde otro punto de vista: el de la corresponsabilidad.

 

DÍAS DE FÚTBOL

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Imagino a mi cliente de niño, volviendo a casa con las botas de fútbol al hombro.

Camina descalzo, sobre la arena.

Ha estado toda la tarde dando unas patadas al balón, aprovechando ese campo de sueños que deja la marea cuando está baja, allá, en una de esas playas de su Norte natal.

Probablemente bromea con algún compañero, burlándose del último “cañete” que le hizo antes de dar por terminada la pachanga.

El otro se lo niega; éste se chotea, hacen un amago… pero nunca llegan a las manos.

Bromas aparte, son camaradas y compañeros; saben que, por encima de todos ellos, está el colectivo. Nobleza obliga.

Imagino a mi cliente acostándose después de hacer los deberes, cerrando los ojos casi al mismo tiempo que su cuaderno escolar y soñando, quizá, con que algún día su foto estaría en los álbumes de cromos que él mismo coleccionaba.

Lejos estaba de saber cómo terminaría su carrera y que su último partido como profesional no lo jugaría en un campo de fútbol, sino en los juzgados.

En realidad es una “eliminatoria” a doble vuelta: primero, por lo social; y, luego, por lo penal.

Antes de acudir al juzgado, hace memoria.

Están al final de la temporada, se juegan el último partido y… para casa. No sabe si el año que viene volverá a vestir la camiseta, porque durante esta que ahora termina han tenido muchos problemas para cobrar.

Además, pasan los años y ya es todo un veterano.

En un mundo -el del fútbol profesional- que maneja cifras millonarias en euros, su ficha movería a la compasión: apenas llega para cubrir los gastos de estancia.

Eso sí, los dirigentes del Club presumen en el palco. De paso, hacen “negocietes” y se intercambian favores.

Repaso los autos. Viendo su ficha, con su foto y su carné federativo, aún me resulta más miserable que le hayan racaneado su pago.

Mundo sórdido.

Es el último partido de liga y los pagos se hacen en el parking de un centro comercial.

Pagos en metálico, nene; de uno en uno, -no sea que el otro se entere de que a tí te pago más-.

En realidad, se paga de forma vergonzante, sin testigos y sin transferencias, con “billetes de-esos-que-se-cuentan”.

Eso sí, nene, fírmame el recibo.

Los informes periciales no dejan lugar a la duda.

La policía ratifica que el recibo está manipulado: le han añadido un guarismo y repasado para disimular. Han sido tan chapuceros que se nota que hay dos tintas diferentes.

Y así lo han presentado en el Juzgado de lo Social. Con un par.

No. El partido aún no ha terminado.

-Árbitro, árbitro…, no mire para otro lado y castigue como se merece a ese marrullero.

Días de fútbol.

COSAS QUE NO TE ENSEÑARON EN LA ESCUELA DE PRÁCTICA JURÍDICA (II)

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Se trata de un expediente que dura ya doce años.

Empezó como empiezan estos asuntos: con una crisis de convivencia, las prisas para obtener unas provisionales y muchas, muchas, muchas llamadas y reuniones entre letrados para parir -al final- un convenio que fue negociado «in extremis» en el pasillo del juzgado, justo antes de entrar a la sala de vistas.

Firmado el acuerdo, el muchacho inició una nueva vida en la que, por lo visto, no encajaba su hijo, menor de edad… tan menor y tan chico que, hasta que no alcanzó cierta madurez, estuvo pensando que su padre era en realidad el abuelo materno.

Normal, por otro lado, puesto que su padre biológico se desentendió de él desde el minuto uno: primero, no pagando la pensión; y, después, absteniéndose de recogerlo cuando le tocaba, a saber: fines de semana alternos, vacaciones por mitad y esas cosas que todos conocemos.

El abuelo era que el que asumió el papel; con la boca cerrada y la billetera abierta.

Estando así las cosas y colmatado el vaso de la paciencia, se presentó una primera denuncia que obtuvo como resultado que el muchacho se «acordara» de que tenía que pagar un dinero.

Eso sí, una vez «regularizado» el importe, desapareció de nuevo y no volvimos a tener noticias de él hasta que un día, por las cosas que tiene el destino, presentó demanda pidiendo el cambio de custodia.

¿Con qué motivo?

La madre del menor había quedado afectada con graves secuelas a raíz de una rara enfermedad que la mandó a la UVI y casi estuvo a punto de llevarla al otro barrio.

El muchacho se dijo «esta es la mía, pido cambio de custodia y me ahorro más denuncias por impago de pensiones».

Por supuesto, un servidor había archivado el expediente y no tenía ni idea de esto.

En la primera reunión se me cayó el alma a los pies, puesto que mi cliente apenas podía hablar. De hecho, estaba tan impedida que fui yo quien se desplazó a su ciudad de residencia para preparar el caso.

¿Cómo iba a poder ella cuidar al menor si ni siquiera podía valerse por sí misma?

Sentí sobre mis hombros todo el peso del mundo. El abuelo me dijo que si le quitaban la custodia le quitarían la vida: el menor era ahora quien cuidaba de su madre, no paraba de darle cariño y hasta le decía «mami, mira, es muy fácil, yo te ato las cordoneras».

Me recordaba la película «A propósito de Henry», pero, claro, aquí nos jugábamos cosas muy serias. Y no sólo la «vida» de la madre. Es que, de prosperar la demanda, el menor tendría que irse a convivir con un perfecto de desconocido.

Llegó el día de la vista y allá que fuimos todos al Juzgado. Ni qué decir que la otra parte no daba su brazo a torcer y no cabía posibilidad alguna de transacción.

Recuerdo ese dia como si fuera ayer.

Estaba sentado en el estrado, con la toga puesta. Como suele suceder, primero se nos instó a los letrados a tener un «aparte» con Su Señoría Ilma. y el representante del Ministerio Fiscal.

Instruidos ambos del caso, Su Señoría ordenó que pasaran las partes, dando instrucciones al agente judicial, que dijo eso de «vista pública» al tiempo que citaba al demandante, en este caso el muchacho, y a mi cliente, por sus nombres.

Contuve el aliento mientras se abría la puerta.

Tras unos segundos que me parecieron eternos apareció mi cliente, tambaleante, pero con la mirada firme.

Era la determinación hecha persona.

Alcanzó el micro y, cuando llegó su turno, pudo articular algo más que cuatro palabras; todos comprendimos cómo, después de haberle dado la vida a su hijo, era éste quien se la daba a ella, que tenían un lazo de unión aún mas fuerte y que, en definitiva, su convalecencia no le impedía seguir dándole la misma buena vida que ya le procuraba antes de su enfermedad.

La decisión no se demoró mucho y el caso fue sobreseído.

De nuevo el muchacho desapareció y esta vez fue para siempre.

Epílogo

Acumulados varios años de atrasos y tras una segunda denuncia, el muchacho fue condenado por delito de impago de pensiones en virtud de una sentencia a la que llegamos después de otro proceso rocambolesco que merecería otro post… si no fuera porque ya se contó en la prensa.

Actualmente el muchacho sigue en paradero desconocido y con una requisitoria pendiente sobre su cabeza, puesto que a pesar de tener condena firme, no ha pagado ni un céntimo.

Mientras nos queden fuerzas seguiremos luchando porque se haga justicia y que cada cual quede en su lugar.

Y es que en la escuela no te enseñan que algunos asuntos de familia solo terminan cuando la muerte los separa de verdad.

«PARTE DE TÍ, PARTE DE MÍ»

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portadalibrotomasbravo

Si hay un cuento que deberían conocer todos los niños del mundo ese es el de “Pinocho”.

Dicen los puristas que la versión original del relato es “sádica”, que tuvo que ser dulcificada para convertirlo en un cuento infantil… Y lo dicen como si la historia de “Hansel y Gretel”, por decir la primera que se me ocurre, fuera más “suave”. Nada menos que dos menores abandonados a su suerte a instancias de su madrastra.

Pero no divaguemos. El caso es que mi cuento favorito es ese. Pinocho.

Y para mí, el momento “cumbre” del relato es cuando todos los niños que se dejaron arrastrar a la “Isla de los juguetes” empiezan a convertirse en burros: un día de fiesta (un paso en falso) y te ves el resto de tu vida tirando del arado.

Claro que, como dice el refrán, nadie escarmienta en cabeza ajena y somos así, que hasta que no te ves con las orejas de burro no llegas a comprender que todos los actos tienen consecuencias.

Este fin de semana cayó en mis manos “Parte de mí, parte de ti”, escrito por Tomás BRAVO VICENTE (2014 – Editorial ADIH). Se trata de un relato escrito en primera persona, de apenas 200 páginas; se nota que las palabras le brotan del alma y, así como salen, se leen del tirón.

Después de “Cero Cero Cero” de Roberto SAVIANO no había disfrutado de otro texto que explicara, sin tapujos ni medias tintas, la cruda verdad que hay detrás del negocio del narcotráfico.

Dice SAVIANO que «la cocaína es la gasolina del cuerpo. Eleva la vida al cubo. Antes de destruirte la vida, de consumirla, la vitalidad que parece haberte regalado, la pagarás con intereses de usura».

Y hay mucha gente que, por lo visto, para seguir tirando necesita ponerle gasolina al cuerpo.

De momento, que yo sepa, el polvo blanco no lo venden en los supermercados y para que los que la consumen se peguen un “tirico” antes tiene que recorrer un largo camino.

En este caso, el autor lo narra desde el punto de vista del “mulero”, el que hace la ruta de la “BBC”, esto es, Bogotá, Barajas y… Carabanchel (ingenioso, sí, pero tendrán que buscarle otro nombre, porque la vieja prisión ya la clausuraron).

Cuentan que para cruzar el Amazonas con un rebaño los ganaderos suelen sacrificar una res río arriba, para que todas las pirañas se ceben con ella y el resto pueda pasar tan tranquilo.

Es probable que con los muleros hagan lo mismo. Cada vez que se publica en prensa que se ha aprehendido un alijo cuento, multiplico y me imagino la ingente cantidad que se ha colado mientras que lo cachean y lo detienen, sin que se tenga noticia del resto.

Tomás detalla todo lo que viene a continuación, desde el trámite de ingreso a prisión, pasando por el juicio (en su relato ni el abogado ni la justicia salen mal parados, menos mal), el cumplimiento de condena, los bis a bis, los traslados en los autobuses de la Guardia Civil y la ansiada libertad.

Por mucho que busques no encontrarás este libro en las estanterías de la FNAC o “El Corte Inglés”. Y es una pena, porque bien se merecería un hueco entre los libros llamados de “autoayuda”. Aunque nadie escarmienta en cabeza ajena, para qué engañarnos.

Desconozco si el autor, al referirse a la madera como la vida misma, estaba pensando en el cuento de Pinocho.

Gracias a él sabemos, no obstante, que nadie está libre de dar un mal paso pero, al mismo tiempo, que siempre hay una posibilidad de redención.

Y eso ya no es un cuento para niños.

EL ABOGADO EFICAZ EN 10 CLAVES

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Ahí van mis diez claves para ser un abogado eficaz:

 

1.- EL ABOGADO EFICAZ SABE IMPROVISAR Y ADAPTARSE. DEDICA HORAS A LA FORMACIÓN Y RECICLAJE

«¡Somos silenciosos, somos rápidos, somos mortales!” “Me pagan por improvisar, por adaptarme, por vencer” (Sargento de Artillería T. Highway en “El Sargento de Hierro”)

El talento se entrena.

Ningún atleta, músico, genio científico u hombre de negocios ha conquistado el éxito sólo a base de suerte y talento. Ni siquiera Mozart.

La regla de las 10.000 horas sostiene que, para alcanzar el máximo rendimiento, se requiere el equivalente a unas tres horas de práctica por día durante diez años.

Los Beatles iniciaron su carrera en bares nocturnos de Hamburgo, donde tenían que tocar ocho horas de corrido todas las noches para un público cambiante. Lo hicieron durante 270 noches antes de 1964, el año de su primer éxito (Malcom Gladwell – “Fueras de serie”).

La improvisación se trabaja y se prepara: se deja lo menos posible al azar.

Y nunca olvides los planes alternativos: el plan “B”, el “C” (mira si tiene letras en el abecedario).

 Si vienen las musas, que me pillen trabajando (Picasso)

 

2.- EL ABOGADO EFICAZ CUIDA SU APARIENCIA Y LA DE SU DESPACHO

Cuida la apariencia, cuida los detalles y eso va desde la ropa que viste hasta el despacho.

Si habla como un abogado, viste como un abogado y camina como un abogado, entonces será un abogado

El buen profesional no defrauda las expectativas.

Es de cajón cuidar la ortografía (por eso se nos llama “letrados” ¿no?) y la oratoria.

Y cómo no, tiene que estar más atento -si cabe- a la comunicación no verbal que, como es sabido, supone el 55% de cada mensaje, por encima de las palabras (el 7%) y de la voz (38%).

 

3.- EL ABOGADO EFICAZ RESPETA LAS NORMAS, LAS LEYES PROCESALES, LOS PROTOCOLOS Y LA DEONTOLOGIA

No se trata de ser un santón o un pardillo; es una estrategia a corto y largo plazo que evita problemas: está todo estudiado; es seguir el consejo de los que nos han precedido en la profesión más antigua del mundo.

En caso de duda, es más fácil equivocarse por “innovar” en este aspecto profesional, con consecuencias que pueden ser fatales.

 

4.- EL ABOGADO EFICAZ TRABAJA LA PROACTIVIDAD Y LA RETROALIMENTACION

Se adelanta a los problemas antes de que aparezcan.

Estudia el fracaso; siempre se aprende más de una derrota que de una victoria.

Pasa cuestionario de satisfacción, evalúa su trabajo y el de sus compañeros, proveedores, colaboradores.

Y no olvida la regla de que “una queja de un cliente es un tesoro”.

 

5.- EL ABOGADO EFICAZ FIJA CON CLARIDAD LOS HONORARIOS

Un cliente no se puede convertir en un contrario, ni derivarlo a un caso en una jura de cuentas.

Antes de trabajar, conviene fijar unas normas, cumplirlas y hacerlas cumplir.

 

6.- EL ABOGADO EFICAZ OBSERVA LOS PLAZOS, TRABAJA CON PUNTUALIDAD. GESTIONA SU TIEMPO

Los plazos procesales son improrrogables.

Sobre todo los que se les aplican a los abogados, puesto que los tribunales tienen manga ancha para fijarse ellos mismos sus señalamientos. Nosotros no tenemos esa capacidad.

Hay que estar en alerta permanente frente a los ladrones de tiempo.

La puntualidad es la cortesía de los reyes.

Aprovecha las herramientas: aprende a usar la agenda, los mapas mentales, las listas de chequeo…

Recuerda lo que dicen de nosotros:

«¿Por qué el abogado se lo deja todo para el último día (de plazo)? Porque si tuviera uno más de gracia se lo dejaría para el siguiente».

 

7.- EL ABOGADO EFICAZ NO DA NUNCA NADA POR SUPUESTO, LO PONE EN DUDA TODO

Así evitamos sorpresas.

Prepara juicios con cliente, testigos y peritos.

Ellos no saben de qué va esto, ni lo damos nunca por supuesto.

Jamás dice eso de que “este juicio está ganado”. Ni siquiera después de celebrada la vista.

Conozco un abogado, buen amigo mío, que al salir de la sala de vistas se apostó el brazo a que el juicio lo había ganado…

Si no llega a ser porque ganó la apelación, ese abogado ahora mismo estaría escribiendo este post como Cervantes.

 

8.- EL ABOGADO EFICAZ DA MAS POR MENOS

Siempre hay que dar más de lo que se espera, superar las expectativas.

Y eso va desde el caramelo en recepción, primer detalle a la entrada, a lo que llamo “servicio postventa”: no basta con ganar una sentencia; indica a tu cliente, por ejemplo, los trámites derivados de reinscribir una finca, las consecuencias fiscales; regala asesoramiento adicional… no está incluido en el encargo pero el cliente no lo va a olvidar.

Precisamente por eso.

 

9.- EL ABOGADO EFICAZ CUIDA LA CLIENTELA, LOS CONTACTOS Y EL NETWORKING

Se aprende bien los nombres de pila, “el sonido más hermoso”.

Practica la escucha activa.

Ejercita el “músculo” de la paciencia.

Atiende con cortesía y empatiza con el cliente.

Pero…

Un cliente no tiene por qué ser un amigo; un abogado no confunde conceptos, establece barreras y líneas rojas que no deben traspasarse.

Me encanta cómo contesta El Sr. Lobo en “Pulp Fiction”, después de que le feliciten por su trabajo (“Bueno, pero no empecemos a chuparnos las …, todavía”)

 

10.- EL ABOGADO EFICAZ VIVE EN LA PERPETUA INSATISFACCION

El entorno es cambiante, siempre hay que plantearse el porqué de las cosas, si se pueden mejorar procesos, si se pueden hacer de otra manera; el abogado eficaz siempre busca la excelencia y está en la mejora continua.

Si no tienes implantado ya un sistema de gestión de calidad orientado a la satisfacción del cliente procúrate, al menos, algo similar.

 

Y para finalizar, a modo de resumen, me quedo con una cita de Oscar Wilde:

 No soy lo suficientemente joven como para pensar que ya lo sé todo