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Estamos en los tiempos de lo efímero; nos encanta encumbrar héroes para derribarlos a la mañana siguiente.

El deporte profesional, como espejo de la sociedad, es un buen ejemplo de ello.

No hay más que ver, por citar un caso, cómo tratan a Iker Casillas los mismos que, hace solo cuatro años, lo querían elevar a los altares:

-“San Casillas, San Casillas…” –gritaban como posesos cuando paraba un penalti.

Flaca es la memoria. Los clásicos lo sentenciaron así: “sic transit gloria mundi”.

Por eso me reconforta el dibujo que ha hecho mi hijo.

Representa a Fernando Alonso, agitando el puño, entrando triunfante a meta (nótese el detalle, vuelta 70/70).

Y no lo hace con el “Mercedes” o el “Ferrari”; lo hace con su “McLaren-Honda”. Si, ese trasto que le deja tirado a las primeras de cambio.

El dibujo no representa glorias pasadas ni es de otro año; es de esta misma temporada (2015). En la clasificación pone, como segundo, a otro español (Carlos Sainz). No le falta detalle.

Dibuja lo que espera del doble campeón del mundo. Que se levante y vuelva a encabezar la parrilla.

No; mi hijo no pierde la fe y la ilusión.

Todas las semanas me pregunta cuándo es la siguiente carrera, cómo han ido los entrenamientos y, cuando está conmigo, me pide que le despierte -aunque sean las 7 de la mañana de un domingo- para ver la salida.

No despega los ojos de la pantalla para ver a su héroe.

Mi hijo me enseña que un tropiezo no enturbia glorias pasadas, que no puedes juzgar toda una trayectoria por los últimos resultados y, por encima de todo, que en las carreras, como en la vida, se puede ganar o perder, pero quien se rinde y no lucha ya lo tiene todo perdido de antemano.

Gracias a Alonso, por lo que nos has hecho disfrutar, pero, sobre todo, gracias a mi hijo, por las lecciones que me das.

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