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¡BAM!

A pesar de estar dentro de la Comisaría de Policía, no por ello el impacto pasó desapercibido.

Todo lo contrario.

De hecho, todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo y se fueron a la puerta; tal fue el golpe y tal el estrépito que formaron los cristales cayendo al suelo.

Pensaron en un accidente de circulación:

Vaya, qué casualidad; en la misma puerta de Comisaría. Hoy no tenemos que sacar el furgón de “Atestados”.

Cuál no sería su sorpresa al comprobar que el vehículo que tenía los cristales rotos era el propio coche patrulla de la Policía.

En décimas de segundo comprobaron que, aparte de ese, no había más vehículos implicados.

-¿Una fuga? ¿Delante de nuestras narices?

Junto al vehículo policial, un adolescente los miraba desafiante.

Todavía tenía en su mano la herramienta con la que había roto los cristales. Con la otra, los señalaba y les decía:

No busquéis, que he sido yo.

¿Cómo? ¿Tú? ¿Por qué? Anda chaval, tira eso al suelo y déjate de tonterías. Te va a caer una buena…

¿A mí? Me vais a tocar los cojones -les interrumpió-. Soy menor de edad, ¿comprendes? Me vais a tocar los huevos. Y, de paso, ya podéis ir llamando a mi padre, que no me podéis detener sin avisarle. Que yo conozco mis derechos. Que venga, que venga…

– A ver, ¿a cuento de qué viene esto?

 – Yo contra vosotros no tengo ná. Pero contra el cabrón de mi padre sí. Que venga y lo pague. Hasta el último céntimo. Me ha castigado y no me deja salir esta noche. Que se joda: si yo no tengo fiesta, él tampoco.

Ya podéis decirle que venga con los billetes; que lo pague, que lo pague…

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