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Eso, en tu país, no lo harías…

Había que ser muy valiente, o estar un poco loco, para decirle eso a la cara.

Y es que el bigardo que tenía delante no bajaba de los dos metros. Pelo rubio recogido con una coleta, barba de tres días, camiseta ajustada y unos tejanos desteñidos. Igual era primo del cantante ese de “Lordi”, los que ganaron Eurovisión hace unos años.

Acababa de apurar una lata de cerveza y la había tirado al suelo, sin preocuparse de dónde caía.

Antes, no obstante, la había estrujado con el mismo desinterés con el que ahora podría machacar la cabeza del españolito que, pobre quijote, le echaba en cara su acción.

Digo que… eso, en tu país, no lo harías.

-¿El qué? -, replicó, haciéndose el tonto.

-Pues… eso, tirar la lata al suelo. Eso no lo harías.

El gigantón se acercó un poco más, levantó una ceja y, en la media lengua que el alcohol y el conocimiento del idioma le dejaban, le dijo que sí, en efecto, que en su país no lo hace. “Pero aquí, en España, sí” -añadió.

En ese momento, la mujer del españolito apretó fuerte el brazo de su marido y le soltó un “déjalo, Manolo, no te metas en líos…, no merece la pena”.

Pero Manolo, su Manolo, no se iba rendir tan fácil:

Encima, recochineo… -alcanzó a decir, mientras notaba cómo la sangre se le subía a la cabeza-. A estos niñatos les iba a dar yo programa “orgasmus”. Mucho estudio universitario, si; ¿y la educación?, ninguna…

Pero el gigantón no tenía ganas de discutir:

Digo que en mi país no lo hago porque en mi país esta todo limpio. Pero aquí no. Qué mas da una lata más o una menos. Mira a tu alrededor… -y siguió su marcha, indiferente.

Y, en efecto, Manolo, nuestro Manolo se la tuvo que envainar mientras recordaba cómo para andar por la misma acera donde se habían encontrado tuvo que regatear un sinfín de excrementos de perro; que en la puerta de su oficina todos los viernes hay orines y restos de botellón; que en el aparcamiento del súper donde va con sus hijos no faltan preservativos y pañuelos usados por el suelo; y que es más fácil pillar el ébola en un aseo público que una misión por África. Por no decir que en su ciudad no hay una pared que no esté decorada con su grafiti correspondiente.

Agachó la cabeza, soltó un suspiro y se apretujó buscando el calor de su bella dama española.

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