De mi profesor de Derecho Romano aprendí, antes que sobre acciones edilicias, el Digesto o lo que era el “senadoconsulto macedoniano”, lo que significaba el término “misógino”.
Al hilo de sus clases magistrales (se llaman así, ¿no?) hablaba de las putas distinguiendo, por un lado, las que eran profesionales de todas las demás.
Es decir, que las primeras eran las comerciaban con su cuerpo por la “pecunia numerata” o, como gustaba de decir, por engordar la víscera más sensible del ser humano: la cartera.
Y luego estaba el resto de putas. Todas las demás.
Viene a cuento acordarse de eso en estos días convulsos en los que allende los mares el Sr. Trump dice que el muro con México lo van a pagar los mexicanos.
Y cuando se habla de muros es inevitable acordarse, por ejemplo, de las imágenes de “El Pianista”, de Roman Polanski, recreando lo que fue el gueto de Varsovia. O todavía más palpable (en sentido literal, porque ahí sigue para verlo y hasta tocarlo), del muro de Podgorze, Crakovia (Polonia), donde la parte alta se coronó con unas formas que imitaban las lápidas de los cementerio judíos (la forma era el mensaje: “de aquí no vais a salir vivos”).
Este fin de semana leo otro artículo en el que se analizan las consecuencias que para el sistema británico de salud tendrá el Brexit; no puedo evitar erizarme cuando uno de los posibles afectados trata de tranquilizarse y manifiesta al periodista que “no creo que nos deporten, nos necesitan”. ¿Recuerdan esa frase? ¿No era al que decía uno de los judíos en “La Lista de Schindler”?
Y faltaba, para rematar, lo de ETB de este fin de semana, hablando de los españoles en términos despectivos: solo les faltaba tacharnos de “bacilo disolvente de la sociedad”, entre otras lindezas.
El eterno “ellos y nosotros”.
Líbreme Dios de hacer ningún tipo de apología de los nazis (alemanes). Solo apunto que es evidente que tuvieron un problema de marketing. A lo mejor no les ayudaban esos uniformes diseñados por Hugo Boss, que los hacía tan visibles.
Mi conclusión es que siempre ha habido y siempre habrá nazis: primero claro, estaban los alemanes, los que perdieron la guerra (incluida la del “marketing de las ideas”); y luego, todos los que han venido después, sus actuales herederos intelectuales.
Leo artículo de Pérez Reverte en el Semanal y recuerdo que, cursando estudios de E.G.B., D. Isidoro, mi maestro, encargó un trabajo sobre la División Azul, trabajo para el que un servidor (no había Wikipedia) se acercó al Diario La Verdad con la esperanza de documentarse, así, sin anestesia, sobre el tema.
Por aquel entonces la sede -rotativa incluida- estaba al lado de casa. Ahora hay un gimnasio de esos que llaman low cost.
El caso es que, a falta de mejor orientación, me puse a leer periódicos de aquellas fechas. Eran periódicos tamaño sábana, amarillentos, que tocaba con una mezcla de veneración y miedo, pues parecía que se iban a deshacer entre mis dedos.
En los tiempos que corren al pobre D. Isidoro lo habrían mandado fusilar los que se oponen a las extraescolares pero yo, en cambio, solo le puedo dar las gracias desde aquí.
Si no hubiera sido por D. Isidoro, que prendió la mecha de mi curiosidad, jamás hubiera descubierto que tenía otra fuente todavía más cerca: años después descubrí en las estanterías de mi casa un libro, «División 250», escrito por un superviviente de la División Azul, Tomás Salvador. Y me familiaricé con las batallas de Krasny Bor, la del Lago Ilmen, la historia de Agustín Muñoz Grandes y su Cruz de Hierro, con la Legión Azul… Con mi padre he tenido ocasiones para charlar sobre el tema, sin lastres ideológicos y con una mirada desapasionada.
En esas estanterías, además de “División 250”, reposaban “Treblinka”, varios libros de León Uris… y muchos más; era tocar sus tapas e intuir que algo terrible había ocurrido antes de que uno naciera.
Gracias a mis maestros aprendí que la Historia no es cuestión de buenos y malos, o de rojos y azules; que entre el blanco y el negro siempre hay una infinita gama de grises.
Y de mi cosecha queda que, si la Historia se aprende revisando solo lo que cada día se publica en los periódicos, no es de extrañar que a largo plazo triunfe la llamada “posverdad”, puesto que ya lo dicen los plumillas: “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”.
No guardo copia de ese primer “gran” trabajo escolar.
Solo me queda su recuerdo que, como el del primer beso en la escuela, nunca se olvida.
No desprecies la muerte, acéptala de buen agrado, porque forma parte de lo establecido
(MARCO AURELIO – Meditaciones)
En la película “El Puente de los Espías” un ruso, al que han trincado haciendo lo propio de su condición, se juega la silla eléctrica. Durante varias ocasiones su abogado le pregunta si no está preocupado y él siempre le responde:
-“¿Serviría de algo, ayudaría?”
Hablamos de una época, la de la Guerra Fría, en la que el holocausto nuclear estuvo muy cerca. Tanto que hasta la gente se gastaba dinero en montarse refugios atómicos en su jardín. Así que lo suyo era darle pasaporte al espía, claro. Juicio justo y ahorcamiento al amanecer.
No, este texto no tiene como objeto destripar esa película. Simplemente, comparto una reflexión sobre la muerte y el miedo a la muerte; reflexión que me hice al observar cómo se conducía el espía ruso frente a sus captores: como un estoico.
El miedo es un recurso de supervivencia. Adrenalina para salir corriendo y escapar de los depredadores. Pero no se puede vivir todo el tiempo con miedo. Es como llevar un motor con el cuentarrevoluciones siempre por la zona roja. Insoportable. Agotador. Contraproducente.
Después de “lo de Niza”, Francia dice a sus ciudadanos que tienen que resignarse a convivir con el terrorismo. Y quien dice Francia, dice Occidente y, más aún, el Mundo entero, puesto que el fanatismo no conoce fronteras.
En su ya famoso discurso en Stanford Steve JOBS advirtió: “Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto”. Y a su estilo, renovaba el mensaje de MARCO AURELIO, el Emperador-Filósofo.
La probabilidad de sufrir un atentado no es mayor que la que tenemos de tener un accidente de circulación. ¿Está en mi mano cambiarlo? No, por eso salimos a la carretera. ¿O no?
Hace unos cuantos años que un servidor decidió vivir cada día de su vida como si fuera el último. Y la verdad es que la receta funciona: no pierdo el tiempo tomando disgustos por tonterías y cada momento de disfrute lo vivo más intensamente.
Apuro mi copa porque pienso que a lo mejor es la última. Si es así y ha llegado mi hora, brindo porque haya merecido la pena.
No estoy frivolizando. Otra cosa distinta es la muerte de un ser querido, claro; pero estas reflexiones son relativas a mi propia muerte.
Como la publicación de este post está programada para la vuelta al tajo, cuando aparezca daré gracias por poder leerlo. Y si no fuera así, me alegro de que hoy haya amanecido y, más aún, de tener recursos para poder escribirlo; porque, en ese caso, me habrá servido de epitafio y despedida.
Es 5 de julio y en la Capital del Reino hace calor, mucho calor. He venido a una audiencia previa que tiene lugar en la sede de los Juzgados de lo Mercantil de Madrid.
El acto se celebrará con la juez “destogada” y las ventanas abiertas. A los profesionales se nos invita a hacer lo mismo, así que vuelvo a doblar la toga y la guardo en su bolsa.
El edificio es bonito, enclavado en una arteria comercial con mucho ambiente. Al día siguiente veo su fachada en el telediario: es noticia que los funcionarios se han plantado por la falta de aire acondicionado. No me extraña. No es de recibo trabajar así.
Antes de subir me he cruzado con el juez al que la tele hizo famoso gracias a su microespacio “El Gato Gourmet”. Ambos nos hemos provisto de agua mineral en la misma máquina de refrescos.
Como no quería arriesgarme con el tren, he venido con tiempo de sobra. Para ayudarme a “hacer pasillo” me he traído el último libro que me tiene, literalmente, enganchado. El tocho pesa más que el expediente del pleito.
Tengo el asunto más que estudiado y vengo sin cliente, así que me dispongo a retomar el hilo por donde lo dejé anoche. Guardo el móvil en “modo avión” y me dispongo a volar.
No han pasado ni cinco minutos cuando me he olvidado del mundo; hago abstracción de lo deprimente que, en realidad, me resulta el lugar por dentro, con cajas y cajas de asuntos amontonadas junto a una pared del pasillo.
Justo enfrente de mí varios letrados hacen corro. Nos ignoramos con absoluta cordialidad.
En eso estoy cuando interrumpe mi lectura una sombra. Levanto la mirada con disimulo y resulta ser un niño de unos 8 años que me curiosea. Evita cruzar mirada conmigo y se esconde en el pasillo de al lado.
– ¿Qué se le habrá perdido aquí?– me pregunto.
Me vuelvo a centrar en el relato y de nuevo noto la mirada. Parece que le interesa el libro que tengo entre las manos.
Como no tiene edad legal para ser testigo imagino que ha terminado el curso escolar y el progenitor no tiene dónde dejarlo. Eso sí, está solo; no veo que le acompañe ningún adulto. Probablemente sea alguno de esos letrados que hablan de sus cosas, tan serios ellos.
Pasa un buen rato y se acerca la hora de “entrar a matar”, así que aprovecho que termino un capítulo y cierro el libro. Desactivo el modo avión al mismo tiempo que le doy orden a mi cerebro de que vuelva a pensar en “modo juicio”.
Antes de dirigirme a la puerta de la sala de vistas echo un último vistazo: veo al chiquillo sentado y en su regazo un libro de “Gerónimo Stilton”, que lee totalmente embobado y con una sonrisa de oreja a oreja. No se da cuenta de que, ahora, el que le observa soy yo.
En ese momento entiendo su curiosidad y por qué un servidor le llamaba tanto la atención: en un sitio tan áspero, gris y desalmado como ese, sin otros niños con los que enredar, había encontrado una suerte de alma gemela.
–Vaya –debió pensar-, no soy el único friki de este colegio tan raro.
Terminada la audiencia, salgo al bullicio de la Gran Vía e inicio recorrido de vuelta a casa. En una mano la toga (vaya paseo inútil que le he dado) y la cartera; con la otra, hago de parasol y enfilo mis pasos hacia Atocha.
–Para la próxima tengo que plantearme venir con sombrero- me conjuro para mis adentros, mientras recuerdo cómo mi madre siempre decía que era muy cómodo llevarme con ella “de visita”: su secreto era procurarme un “Super Humor”, un “Películas”, un “Tintín” o un “Astérix y Obélix”, una silla donde sentarme y no hacerme ni caso hasta que nos íbamos. Como el niño del pasillo del juzgado.
Leo en internet una reseña sobre Kurt Franz, comandante de Treblinka, y se me amontonan muchos sentimientos. De golpe. Sin avisar.
Recuerdo varios libros que he leído dos veces («El Gatopardo», de G. T. Di Lampedusa; «La fea burguesía», de Espinosa; «Cien años de soledad», de García Márquez; «Sostiene Pereira», de Tabucchi; «Crónica sentimental en rojo», de Fernández Ledesma; o «La autobiografía del General Franco», de Vázquez Montalbán, por citar algunos…).
Pero solo uno tiene el «honor» de haberlo visitado tres veces: «Treblinka», de Steiner. Siempre en verano y siempre en la casa de playa de mis padres. Menudo contraste entre las heladas llanuras polacas y el refulgente azul del Mediterráneo.
Antes pensaba que la vida era muy corta y que era una pena dedicar tiempo a releer libros que ya «conocía». Pensaba que a lo mejor me estaba perdiendo -ingenuo de mí- otros libros fascinantes, libros que esperaban su turno acumulando polvo en la estantería.
Sucede que un libro nunca cambia; es una foto fija e inmutable y, sin embargo, al releerlo con años de diferencia, parece que ha mudado el texto, sí, hasta que te das cuenta de que, en realidad, quien ha cambiado eres tú.
Esa lectura, revisitada, se convierte -entonces- en un espejo insobornable que, cada vez que le preguntas, te responde reflejando una imagen distinta acerca de qué es la vida, sus afanes y sus miserias; y concluyes que la línea que nos separa entre ser «humanos» y unos monos gritones -ridículamente agresivos- es fina, muy fina.
Tan fina como las pavesas que salían de aquellos hornos crematorios.
Ahora parece algo natural que los juicios civiles sean orales y, además, se graben.
No fue siempre así.
Recuerdo cuando empecé mi carrera profesional. El proceso tenía un marcado carácter escrito y los trámites orales eran la excepción.
Así, cualquier juicio principaba (cómo me gusta este “palabro”) mediante demanda, que era contestada por escrito y por escrito se formulaban también las preguntas dirigidas a las partes (“confiese ser cierto…”) y a testigos (“diga ser cierto…”). Ello nos obligaba a preparar interrogatorios con distintas variables, previendo un tipo u otro de respuesta. “Para el caso de que conteste afirmativo, confiese ser más cierto que…”. Y así.
Una vez finalizada esa fase, se preparaban conclusiones escritas. Y a esperar sentencia.
¿Dónde quedaba, entonces, el “lucimiento” del señor letrado? La verdad es que pocas veces tenía posibilidades de “hablar” en estrados. Al menos, como digo, en los asuntos civiles.
La excepción a la regla solían ser las apelaciones, que eran orales.
Y ahí es donde recuerdo la anécdota.
Llevaba entre manos un asunto de una indemnización por accidente que había ganado en primera instancia y que la parte contraria apeló -imagino- que para ganar tiempo y retrasar el pago todo lo posible. En aquel tiempo la ejecución provisional exigía el depósito de una caución que mi patrocinado no era capaz de financiar, así que no nos quedó otra que esperar a que se señalara vista y defender la legalidad de la sentencia.
Como era mi primera apelación de las “de verdad” (hasta ese momento todo habían sido prácticas) decidí acercarme a la Audiencia Provincial de Murcia y dedicar una mañana a ver cómo se desenvolvía la cosa. De paso, tenía la sensación de que “hacía algo” para prepararme el caso que, por lo demás, tenía más que estudiado y repasado.
Allá que me fui, a la sede que hay junto al Rio Segura. Avisé a la secretaria de la Sala del motivo de mi presencia y me permitió estar presente. Llegada la hora se dijo eso de “audiencia pública”, así que pude pasar y sentarme en la bancada, al fondo.
Se celebró la primera vista y escuché a uno y otro abogado exponer sus argumentos. Bien, ya no me iba a pillar de sorpresa: ví que no se comían a nadie.
En la vista del siguiente recurso se paró la cosa; parece ser que uno de los abogados no llegaba a tiempo. Según pude oír, era cosa de la lluvia (algo raro en Murcia que nos suele trastocar a todos los planes). Aprovechando el parón, el magistrado que presidía la Sala, D. Joaquín Ángel De Domingo, me hizo señas para que me acercara a estrados.
–¿Yo?
-Sí, hombre, acérquese…
Y eso hice. Tuvo un detalle que no olvidaré nunca. Enterado de que había en plan “hormiga exploradora”, me soltó varios expedientes y me dijo:
-Léaselos mientras tanto, que se entere de qué va cada recurso. Así aprovechará mejor el paseo y sabrá de qué va la cosa.
Por supuesto, le hice caso. Un asunto de lindes, otro de leasing… Más o menos, me pude hacer una idea de lo que se discutía. Era interesante ver qué se había decidido en la instancia y observar ahora cómo se iba a intentar rebatir.
Y allá que llegó el abogado al que esperaban. Se había caído de la moto -dijo- y tuvo que ir a cambiarse de ropa. Claro, no era cuestión de presentarse hecho un Adán. Así que recompuso su figura, se puso la toga y el abogado contrario empezó, serio él, su informe a la Sala.
Cuando le tocó el turno de palabra al abogado del accidente éste se limitó a decir, circunspecto, que pedía la confirmación de la sentencia de instancia por sus acertados razonamientos que de ninguna manera se veían desvirtuados por los argumentos del apelante. Y poco más. Ahí terminó la vista.
Finalizado el acto formal, el letrado se acercó a la mesa y volvió a disculpar su retraso:
-Es que he tenido que cambiarme de ropa, me había puesto perdido…
Después de una mañana sentado al fondo, me había mimetizado tanto con el paisaje que se habían olvidado de mi presencia.
Por eso alcancé a oír cómo alguien del tribunal le soltó, con sorna, que sí, que habían podido comprobar cómo había venido limpio a la vista… «limpio» en todos los sentidos.
Hoy en día las apelaciones son siempre escritas y solo en muy contados casos puede haber algo de oralidad (por ejemplo, ante una prueba no practicada en la instancia).
Se pierde espontaneidad y frescura aunque me tranquiliza pensar que por eso a la Sala le da tiempo a estudiar los argumentos de uno y otro, y tomar su decisión a la vista de ambos escritos, que puede repasar en caso de duda.
Semanas después hice “mi” apelación, que me salió de cine, claro. Y la sentencia de instancia fue confirmada.
Con los años aprendí que es muy difícil que en la Audiencia se revoque una decisión de instancia y que el margen de maniobra de los esforzados letrados apelantes es muy estrecho. Aún así, se pelea, se lucha y se hace todo lo que se tenga que hacer siempre que el Cliente, no conforme con la instancia, pide lo que yo llamo “una segunda opinión”.
Eso sí, siempre les recuerdo ese aforismo que dice que los señores magistrados piensan que “confirmar es de obispos y revocar… de albañiles”. Y es que siempre ha habido clases. En la justicia, también.
Ese fue el nombre que le dieron los romanos: «Portus Magnus».
Lo que hubo de ser en su momento y en lo que lo hemos convertido.
Malditos.
En «Cien años de soledad» GARCÍA MÁRQUEZ cuenta cómo el Coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Por mi parte, nunca olvidaré esa tarde de verano en que el mío me llevó a conocer este sitio.
-“Ya vereis, ya” -anticipó, mientras conducía nuestro “Simca 1200”.
Yo no era más que una nariz curiosa pegada a la ventanilla, vestido con pantalón corto y sandalias. No sabía nada de romanos, ni de “garum” ni de minas de plata.
No sabía por qué íbamos allí.
Tampoco de los estragos que la avaricia humana puede causar en la Madre Naturaleza. Profanada hasta dejarla estéril.
Recuerdo una carretera sinuosa; recuerdo el olor de los pinos y, abajo, el mar.
Recuerdo -como si fuera ayer- el shock que me produjo llegar al viejo muelle, bajar del coche, acercarme a un oxidado noray y, al asomarme al borde, comprobar que allá donde cabría esperar agua azulada tan solo había un mar de barro solidificado.
Años después he vuelto con mis hijos.
He visto que el noray sigue en su sitio y que sobre el mar de barro solidificado tan solo crecen unas míseras cañas. Parece que la vida se abre camino, pero eso y la nada apenas es lo mismo.
Espero que alguna tarde los hijos de mis hijos se acerquen a Portmán, vean el viejo noray en un museo, paseen por el muelle… y también que, al llegar al borde, el agua cristalina refleje sus caras incrédulas cuando su abuelo les cuente que allí no había otra cosa distinta que un triste mar de barro solidificado.
Esta historia me la contaron hace muchos, pero que muchos años, así que no recuerdo los motivos por los que nuestro héroe dejó atrás su ciudad natal, un próspero despacho y una clientela fiel. Tampoco importa.
Le habría pasado algo así como el Juego de la Oca, que una mala tirada de dados le situaba -de nuevo- en la casilla de salida. Mudanza a otra capital de provincia y vuelta a empezar.
En aquella época no había redes sociales ni teléfonos móviles; por otro lado, la publicidad estaba prohibida y expresamente sancionada en el Estatuto de la Abogacía.
Tampoco tenía contactos ni familiares, ni siquiera algún antiguo cliente o compañero de estudios que pudiera dar referencias suyas en su nueva residencia. A efectos profesionales era, sencillamente, invisible.
Pero no se arrugó ni le dio tiempo a lamentarse: montó un nuevo despacho en esa soleada capital sureña sin más recursos que una vieja máquina de escribir, papel de calco para las copias de las demandas, sus conocimientos, su buen hacer y una profesionalidad exquisita. Aunque, huelga decirlo, con eso solo no se paga la renta ni, tampoco, se llena el plato de garbanzos; así que los pocos ahorros que tenía menguaban de forma alarmante.
Día tras día la misma rutina. Traje, corbata y paseo desde casa al despacho y desde el despacho a su casa.
Pasaban las semanas y no había clientes ni casos. Había hablado con un compañero que tenía el despacho justo encima del suyo, pero, con buenas maneras y exquisita cortesía, su vecino declinó amablemente cualquier posibilidad de colaboración.
Al menos tenía tiempo para estudiar y ponerse al día. No pasaba como ahora, que hay una auténtica diarrea legislativa, pero los nuevos amos del país -y, por tanto, de BOE- no desaprovechaban ocasión para hacer patente su poder y se atrevían ya hasta con reformas de los viejos códigos decimonónicos.
En esas estaba, clavando codos, cuando una tarde sonó el timbre de la puerta. Apagó el cigarro, se puso la chaqueta y se apretó el nudo de la corbata. Al abrir, se encontró con dos inesperados visitantes que, después de disculpar el retraso («de qué retraso hablaban, si no había quedado con nadie…»), se presentaron preguntando por «el abogado».
-Si, soy yo…
-¿Podemos pasar?
Sentados en los confidentes, parapetados detrás de un grueso cartapacio y después de recuperar el resuello, sacaron una escritura tras otra, legajos amarillentos que, como naipes de una gigantesca baraja, fueron desplegando sobre la mesa mientras contaban el caso con pelos y señales.
De sus bocas brotaban datos y más datos (servidumbres, linderos, amillaramientos y otras lindezas de derecho hipotecario) que nuestro protagonista anotaba minuciosamente en su recién estrenado cuaderno.
Cuando llevaban más de media hora se dio cuenta de que hablaban con referencias a hechos que daban por supuesto que él conocía, cuando no era así. De manera que dejó la pluma sobre la mesa, levantó la mano y pidió una tregua.
-Creo que se han confundido de abogado.
-¿Cómo?
-Si, que no soy la persona que imaginan.
-¿Ud. no es abogado?
-Si, claro. Me refiero a que no soy el abogado que buscaban.
-Entonces, ¿es que no nos puede llevar el caso?
-A ver, claro que puedo llevarlo, pero digo que se han equivocado porque Uds. debían de estar buscando a otro compañero que tiene el despacho justo en el piso de arriba. Les pido disculpas, porque han depositado su confianza en mí pensando que era esa persona. De todas formas, mi código deontológico me impide revelar nada de lo que me han comentado.
Después de un silencio incómodo, que se hizo eterno, los visitantes se miraron entre sí, hasta que el más lanzado se encogió de hombros y dijo:
-Bueno, señor letrado, ya que estamos aquí y hemos avanzado tanto, para qué irnos. Sigamos. Como le iba diciendo, aquí en esta escritura pone claramente que …
Y así siguió la tarde, la semana y nuestro héroe se estrenó, con éxito, en los juzgados de esa ciudad.
Estos clientes quedaron satisfechos y empezó a funcionar el boca a boca hasta que se hizo con un nombre y una clientela -incluso- superior a la que había dejado en su tierra natal. Y por ahí andará.
Cada vez que alguien se queja de las dificultades que se encuentran los nuevos letrados para empezar me acuerdo de esta anécdota y pienso que no están en una situación de desventaja respecto de lo que empezamos veinte años antes, todo lo contrario: los clientes no se sienten atados a ningún apellido y buscan, lo primero, alguien que les dedique atención y escucha activa para su caso. Si estás empezando desde luego problemas de disponibilidad no vas a tener.
En la actualidad se legisla a diario. Apenas da tiempo a consolidar ningún tipo de doctrina jurisprudencial: para cuando el caso llega al Supremo, hay unas nuevas reglas de juego.
En realidad, eso nos iguala a todos, puesto que, con independencia del número de colegiado que tengas, quedarse quieto, «en el sitio», es quedarse atrás. La actualización es necesaria no solo en conocimientos jurídicos sino en tecnologías de la información y, por poner un ejemplo, quién mejor puede saber de redes sociales y reputación digital que las nuevas incorporaciones que hasta ayer mismo estaban tonteando con «Tuenti».
Con tanto imbécil dispuesto a vomitar en la red hay campo para todos. La imaginación al poder.
Y esto vale tanto para los nuevos talentos como para los que vamos acumulando años de ejercicio: hay que hacerse el nudo de la corbata con la ilusión del primer día y, con esa predisposición, tener las orejas tiesas y los ojos bien abiertos.
¿Cambios? ¿Quién dijo miedo a los cambios?
Como reza el viejo haiku:
un temporal se ha llevado el tejado de mi casa; qué bien, esta noche dormiré viendo las estrellas
Hace diez minutos que he colgado el teléfono, después de encargar una bandeja de sofisticada comida japonesa.
Nada de cocinar ni pringar la cocina.
Esta mañana he comprobado cómo uno de los botes que guardo en mi cajón-despensa ha reventado, poniéndolo todo perdido. Inevitable acordarse de la fábrica de «Halcón Foods», con sus estanterías preñadas de botes putrefactos mientras que en el Juzgado de lo Mercantil donde tramitan el concurso siguen discutiendo si son galgos o podencos.
En mi caso no tengo más coartada que una cierta desidia y los calores extremos del verano.
Aprovecho el contratiempo para pasar el paño y hacer inventario: varios botes de aceitunas (con lo que engordan), tomate frito, champiñones, caldo de pollo, melocotón y piña en almíbar, fabada, atún, espárragos, garbanzos, pimientos asados, lentejas…
Uno tras otro van desfilando delante de mis narices, alguno con la etiqueta medio despegada por el pringue. Me he convertido en un implacable sexador de pollos y los voy separando: tú-sí, tú-no, a la basura, al cajón. Me encuentro muchos caducados y me hace replantearme la próxima lista de la compra. Anda que si decidiera ir a Marte algún día…
El caso es que a lo tonto-tonto lleno una bolsa entera de basura con los descartes. Lo del «laterío» es una cosa muy seria: puede acarrear enfermedades graves.
Es de noche y salgo a por la dichosa comida japonesa (si la recoges en el local te hacen un diez por ciento de descuento). De camino me programo pasar por el contenedor y me asalta la primera duda: ¿orgánico o al de envases? Yo lo dejaría en un cementerio nuclear, pero no es el caso.
No he hallado aún la respuesta cuando me topo con un señor escarbando en la basura. No lleva móvil (este no), tan solo una linterna que le hace parecer un minero.
–Buenas noches -le digo-. Perdone… ¿me permite?
Me da las buenas noches muy educadamente y me suelta un
-¿Es comida?
-Sí, comida enlatada.
Mi respuesta le ilumina la cara; tanto que -pienso- ya no le hace falta la linterna.
-Oiga -añado- son botes caducados, CA-DU-CA-DOS, ¿entiende? Y deposito la bolsa con sumo cuidado. No me hace falta sujetar la tapa del contenedor. Este hombre ha puesto un palo que lo mantiene con sus fauces abiertas.
La bolsa apenas ha tocado el resto de la basura cuando la coge y la atrae para sí. La deposita en el suelo, la abre y empieza su propio inventario. Le enseño las fechas, le insisto en que está caducada.
De pronto me veo agachado con él, repasando el «botín». Curiosa imagen, como la un pescador que te enseñara su pesquera del día. Pero maldita la gracia.
Lo peor es que todo el rato me dice «gracias, gracias»… no me escucha, no me oye. Yo le replico que no, que no me de las gracias, pero él a lo suyo.
Al final me remango, saco con él todos los botes y le quito uno. El que había reventado. El tipo estaba dispuesto a llevárselo también.
Lo tiro con rabia al contenedor. Quiero que se oiga el golpe y dar por terminado el asunto.
Cuando me dispongo a irme me mira a la cara y me dice otra vez «gracias, gracias».
Le replico que la huela antes de comerla; que no hago ascos a la comida caducada, pero tengo niños pequeños…, torpe excusa que, afortunadamente, ni me escucha ni tampoco podría entender.
Enfilo ruta hacia el japonés, tocado por lo que acabo de vivir. Se me han quitado las ganas de todo, pero el pedido está hecho.
Epifanía. Revelación. Mientras conduzco cobra para mí sentido el que las autoridades -a veces sabias- no usen el verbo «tirar» y, en lugar de ello, rotulen los contenedores con un «deposite» aquí su basura.
Había que ser muy valiente, o estar un poco loco, para decirle eso a la cara.
Y es que el bigardo que tenía delante no bajaba de los dos metros. Pelo rubio recogido con una coleta, barba de tres días, camiseta ajustada y unos tejanos desteñidos. Igual era primo del cantante ese de «Lordi», los que ganaron Eurovisión hace unos años.
Acababa de apurar una lata de cerveza y la había tirado al suelo, sin preocuparse de dónde caía.
Antes, no obstante, la había estrujado con el mismo desinterés con el que ahora podría machacar la cabeza del españolito que, pobre quijote, le echaba en cara su acción.
–Digo que… eso, en tu país, no lo harías.
-¿El qué? -, replicó, haciéndose el tonto.
-Pues… eso, tirar la lata al suelo. Eso no lo harías.
El gigantón se acercó un poco más, levantó una ceja y, en la media lengua que el alcohol y el conocimiento del idioma le dejaban, le dijo que sí, en efecto, que en su país no lo hace. “Pero aquí, en España, sí” -añadió.
En ese momento, la mujer del españolito apretó fuerte el brazo de su marido y le soltó un “déjalo, Manolo, no te metas en líos…, no merece la pena”.
Pero Manolo, su Manolo, no se iba rendir tan fácil:
–Encima, recochineo… -alcanzó a decir, mientras notaba cómo la sangre se le subía a la cabeza-. A estos niñatos les iba a dar yo programa «orgasmus». Mucho estudio universitario, si; ¿y la educación?, ninguna…
Pero el gigantón no tenía ganas de discutir:
–Digo que en mi país no lo hago porque en mi país esta todo limpio. Pero aquí no. Qué mas da una lata más o una menos. Mira a tu alrededor… -y siguió su marcha, indiferente.
Y, en efecto, Manolo, nuestro Manolo se la tuvo que envainar mientras recordaba cómo para andar por la misma acera donde se habían encontrado tuvo que regatear un sinfín de excrementos de perro; que en la puerta de su oficina todos los viernes hay orines y restos de botellón; que en el aparcamiento del súper donde va con sus hijos no faltan preservativos y pañuelos usados por el suelo; y que es más fácil pillar el ébola en un aseo público que una misión por África. Por no decir que en su ciudad no hay una pared que no esté decorada con su grafiti correspondiente.
Agachó la cabeza, soltó un suspiro y se apretujó buscando el calor de su bella dama española.