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No desprecies la muerte, acéptala de buen agrado, porque forma parte de lo establecido

(MARCO AURELIO – Meditaciones)

 

En la película “El Puente de los Espías” un ruso, al que han trincado haciendo lo propio de su condición, se juega la silla eléctrica. Durante varias ocasiones su abogado le pregunta si no está preocupado y él siempre le responde:

-“¿Serviría de algo, ayudaría?”

Hablamos de una época, la de la Guerra Fría, en la que el holocausto nuclear estuvo muy cerca. Tanto que hasta la gente se gastaba dinero en montarse refugios atómicos en su jardín. Así que lo suyo era darle pasaporte al espía, claro. Juicio justo y ahorcamiento al amanecer.

No, este texto no tiene como objeto destripar esa película. Simplemente, comparto una reflexión sobre la muerte y el miedo a la muerte; reflexión que me hice al observar cómo se conducía el espía ruso frente a sus captores: como un estoico.

El miedo es un recurso de supervivencia. Adrenalina para salir corriendo y escapar de los depredadores. Pero no se puede vivir todo el tiempo con miedo. Es como llevar un motor con el cuentarrevoluciones siempre por la zona roja. Insoportable. Agotador. Contraproducente.

Después de “lo de Niza”, Francia dice a sus ciudadanos que tienen que resignarse a convivir con el terrorismo. Y quien dice Francia, dice Occidente y, más aún, el Mundo entero, puesto que el fanatismo no conoce fronteras.

En su ya famoso discurso en Stanford Steve JOBS advirtió: “Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto”. Y a su estilo, renovaba el mensaje de MARCO AURELIO, el Emperador-Filósofo.

La probabilidad de sufrir un atentado no es mayor que la que tenemos de tener un accidente de circulación. ¿Está en mi mano cambiarlo? No, por eso salimos a la carretera. ¿O no?

Hace unos cuantos años que un servidor decidió vivir cada día de su vida como si fuera el último. Y la verdad es que la receta funciona: no pierdo el tiempo tomando disgustos por tonterías y cada momento de disfrute lo vivo más intensamente.

Apuro mi copa porque pienso que a lo mejor es la última. Si es así y ha llegado mi hora, brindo porque haya merecido la pena.

No estoy frivolizando. Otra cosa distinta es la muerte de un ser querido, claro; pero estas reflexiones son relativas a mi propia muerte.

Como la publicación de este post está programada para la vuelta al tajo, cuando aparezca daré gracias por poder leerlo. Y si no fuera así, me alegro de que hoy haya amanecido y, más aún, de tener recursos para poder escribirlo; porque, en ese caso, me habrá servido de epitafio y despedida.

Que la tierra nos sea leve.

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