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Leo artículo de Pérez Reverte en el Semanal y recuerdo que, cursando estudios de E.G.B., D. Isidoro, mi maestro, encargó un trabajo sobre la División Azul, trabajo para el que un servidor (no había Wikipedia) se acercó al Diario La Verdad con la esperanza de documentarse, así, sin anestesia, sobre el tema.

Por aquel entonces la sede -rotativa incluida- estaba al lado de casa. Ahora hay un gimnasio de esos que llaman low cost.

El caso es que, a falta de mejor orientación, me puse a leer periódicos de aquellas fechas. Eran periódicos tamaño sábana, amarillentos, que tocaba con una mezcla de veneración y miedo, pues parecía que se iban a deshacer entre mis dedos.

En los tiempos que corren al pobre D. Isidoro lo habrían mandado fusilar los que se oponen a las extraescolares pero yo, en cambio, solo le puedo dar las gracias desde aquí.

Si no hubiera sido por D. Isidoro, que prendió la mecha de mi curiosidad, jamás hubiera descubierto que tenía otra fuente todavía más cerca: años después descubrí en las estanterías de mi casa un libro, “División 250”, escrito por un superviviente de la División Azul, Tomás Salvador. Y me familiaricé con las batallas de Krasny Bor, la del Lago Ilmen, la historia de Agustín Muñoz Grandes y su Cruz de Hierro, con la Legión Azul… Con mi padre he tenido ocasiones para charlar sobre el tema, sin lastres ideológicos y con una mirada desapasionada.

En esas estanterías, además de “División 250”, reposaban “Treblinka”, varios libros de León Uris… y muchos más; era tocar sus tapas e intuir que algo terrible había ocurrido antes de que uno naciera.

Gracias a mis maestros aprendí que la Historia no es cuestión de buenos y malos, o de rojos y azules; que entre el blanco y el negro siempre hay una infinita gama de grises.

Y de mi cosecha queda que, si la Historia se aprende revisando solo lo que cada día se publica en los periódicos, no es de extrañar que a largo plazo triunfe la llamada “posverdad”, puesto que ya lo dicen los plumillas: “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”.

No guardo copia de ese primer “gran” trabajo escolar.

Solo me queda su recuerdo que, como el del primer beso en la escuela, nunca se olvida.

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