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Todos estamos embarcados en el mismo navío y nadie puede abandonarlo. Quien quiera separarse de mí, debe convertirse antes en cómplice, de forma que no le quede ningún camino de retirada

Adolf Eichmann, en Hungría

 

Con los telediarios abriendo con imágenes de las salas de vistas de la Audiencia Nacional –estos días no dan abasto- me resulta imposible no evocar en mi memoria ciertos juicios, con multitud de acusados, en los que una de las excusas ofrecidas para pedir la absolución era el consabido “cumplíamos órdenes”.

Es de manual: si mutualizamos la culpa, cualquier tipo de condena -si la hay- será siempre más llevadera.

Ya ha sido objeto de estudio el proceso por el cual personas “corrientes”, con independencia de su clase social, ideología e instrucción, fueron los implacables ejecutores de algunas de las matanzas más crueles que recuerda la Historia. Miles de seres humanos (judíos, gitanos, homosexuales, comunistas…) perecieron bajo sus manos de una manera atroz e indiscriminada.

A estos ejecutores les han llamado “hombres grises” (Christopher Browning) o “verdugos voluntarios de Hitler” (Daniel Goldhagen).

Si hubo gente que a mediados del Siglo XX se prestó a cooperar con el Holocausto, ¿cómo no iba a ver gentuza en el Siglo XXI que tuviera estómago para vender basura financiera a sus propios clientes?

Remontémonos a 2007, cuando pintaban bastos y la contabilidad creativa no era suficiente ya para tapar las vergüenzas de algunas entidades financieras patrias. A un genio –o grupo de genios- se le ocurrió la idea de crear y comercializar basura financiera para recapitalizar el balance.

“Recapitalizar” es un eufemismo que, en realidad, significa tapar el agujero que deja la pasta que se han llevado cuatro listos.

Y ahí que surgieron las llamadas “cuotas participativas”, las “preferentes”, las “subordinadas” y otros tantos productos basura pensados e ideados para captar con artimañas el ahorro de los propios clientes de la entidad financiera (que era “demasiado grande para caer”) y apropiárselo para cuadrar el maldito balance.

Tocaron generala, convocaron reuniones y enviaron los consabidos powerpoint.

“Ahora no sois directores de oficina, sois comerciales” –les dijeron.

“El proceso de venta es responsabilidad de toda la organización” –les tranquilizaron.

“Hay que cumplir objetivos” –les ordenaron.

Se remangaron la camisa y se pusieron a ello, con ardor guerrero.

Hubo gente que se resistió:

“¿Para qué querría ganar yo más si con el depósito que firmamos era suficiente?”.

El director, a veces, se enfadaba con el yayo. Le hacía ver que no estaba pensando en el futuro de los suyos, que era un egoísta…

Y el señuelo no fallaba. Era como convencerle de que se quitara la ropa antes de una ducha… justo en la antesala de una cámara de gas. Así de fácil.

Total, que empezaron a firmarse contratos y más contratos.

Pero pasaron los años y, cuando el yayo quería rescatar el dinero para los estudios del nene, por poner solo un ejemplo, le decían que no era posible.

Y empezaron los “madresmías”.

Pero las cabezas-pensantes lo tenían todo previsto.

“Fácil, lo trasladamos de oficina y punto. En Moratalla no lo conoce nadie…”

Y continuaron con un baile de traslados. O de prejubilaciones. No sea que a alguno se le fuera la olla y “salieran en los papeles”.

Muchas sucursales, incluso, cerraron. Ya no había nadie a quien protestar.

Oiga, que le vendieron preferentes a alguien que no tenía cultura financiera…

“Cumplíamos órdenes”.

Oiga, que no le dijeron que las cuotas participativas no cotizan en un mercado secundario y que jamás iban a recuperar el dinero…

“Cumplíamos órdenes”.

Oiga, que era un matrimonio de ancianos sordomudo…

-“Cumplíamos órdenes”.

Algún día se sabrá la verdad de esta ignominia, de esa especie de “Conferencia de Wansee” bancaria que convirtió a probos empleados de banca en cómplices y ejecutores de esa política. Conferencia “de Wansee” o, más propiamente dicho, “de Alcalá”, que es la calle donde está la sede del Banco de España. Las últimas noticias apuntan a que el propio órgano supervisor estaba metido en el ajo, al menos, mirando para otro lado.

Quizá los juicios sobre las “tarjetas black”, las “preferentes” y demás nos ayuden a saber cómo se toman esas decisiones, decisiones que han arruinado a tantas y tantas familias. Y ponerle medios para que no se repita.

Soy más pesimista, en cambio, a la hora de que verdaderamente se haga justicia con esos otros empleados de banca, kapos y oficiales ejecutores en definitiva, que hoy por hoy gozan de una prejubilación dorada, impunes y sabedores de que no los va a buscar ningún Simon Wiesenthal que perturbe su descanso.

“Cumplíamos órdenes”, te dirán, mientras se comen la última aceituna del plato y le dan un buen sorbo a su cerveza.

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