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Hace diez minutos que he colgado el teléfono, después de encargar una bandeja de sofisticada comida japonesa.

Nada de cocinar ni pringar la cocina.

Esta mañana he comprobado cómo uno de los botes que guardo en mi cajón-despensa ha reventado, poniéndolo todo perdido. Inevitable acordarse de la fábrica de “Halcón Foods”, con sus estanterías preñadas de botes putrefactos mientras que en el Juzgado de lo Mercantil donde tramitan el concurso siguen discutiendo si son galgos o podencos.

En mi caso no tengo más coartada que una cierta desidia y los calores extremos del verano.

Aprovecho el contratiempo para pasar el paño y hacer inventario: varios botes de aceitunas (con lo que engordan), tomate frito, champiñones, caldo de pollo, melocotón y piña en almíbar, fabada, atún, espárragos, garbanzos, pimientos asados, lentejas…

Uno tras otro van desfilando delante de mis narices, alguno con la etiqueta medio despegada por el pringue. Me he convertido en un implacable sexador de pollos y los voy separando: tú-sí, tú-no, a la basura, al cajón. Me encuentro muchos caducados y me hace replantearme la próxima lista de la compra. Anda que si decidiera ir a Marte algún día…

El caso es que a lo tonto-tonto lleno una bolsa entera de basura con los descartes. Lo del “laterío” es una cosa muy seria: puede acarrear enfermedades graves.

Es de noche y salgo a por la dichosa comida japonesa (si la recoges en el local te hacen un diez por ciento de descuento). De camino me programo pasar por el contenedor y me asalta la primera duda: ¿orgánico o al de envases? Yo lo dejaría en un cementerio nuclear, pero no es el caso.

No he hallado aún la respuesta cuando me topo con un señor escarbando en la basura. No lleva móvil (este no), tan solo una linterna que le hace parecer un minero.

Buenas noches -le digo-. Perdone… ¿me permite?

Me da las buenas noches muy educadamente y me suelta un

-¿Es comida?

-Sí, comida enlatada.

Mi respuesta le ilumina la cara; tanto que -pienso- ya no le hace falta la linterna.

-Oiga -añado- son botes caducados, CA-DU-CA-DOS, ¿entiende? Y deposito la bolsa con sumo cuidado. No me hace falta sujetar la tapa del contenedor. Este hombre ha puesto un palo que lo mantiene con sus fauces abiertas.

La bolsa apenas ha tocado el resto de la basura cuando la coge y la atrae para sí. La deposita en el suelo, la abre y empieza su propio inventario. Le enseño las fechas, le insisto en que está caducada.

De pronto me veo agachado con él, repasando el “botín”. Curiosa imagen, como la un pescador que te enseñara su pesquera del día. Pero maldita la gracia.

Lo peor es que todo el rato me dice “gracias, gracias”… no me escucha, no me oye. Yo le replico que no, que no me de las gracias, pero él a lo suyo.

Al final me remango, saco con él todos los botes y le quito uno. El que había reventado. El tipo estaba dispuesto a llevárselo también.

Lo tiro con rabia al contenedor. Quiero que se oiga el golpe y dar por terminado el asunto.

Cuando me dispongo a irme me mira a la cara y me dice otra vez “gracias, gracias”.

Le replico que la huela antes de comerla; que no hago ascos a la comida caducada, pero tengo niños pequeños…, torpe excusa que, afortunadamente, ni me escucha ni tampoco podría entender.

Enfilo ruta hacia el japonés, tocado por lo que acabo de vivir. Se me han quitado las ganas de todo, pero el pedido está hecho.

Epifanía. Revelación. Mientras conduzco cobra para mí sentido el que las autoridades -a veces sabias- no usen el verbo “tirar” y, en lugar de ello, rotulen los contenedores con un “deposite” aquí su basura.

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