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La historia hay que contarla en su contexto: época del pelotazo, del dinero fácil, de los arrimaos, los advenedizos y los listos.

Adornan el paisaje niños en edad escolar abandonando estudios para levantarse cuatro mil euros mensuales como yesaires. Cuatro mil mensuales, pero que cobran de quincena en quincena. Cash que les permite aparcar BMW Serie 3 coupé en la puerta de la casa familiar, pavoneándose por el barrio como auténticos triunfadores.

No faltan sucursaleros que, por la tarde, se convierten en “medieros” del “mira tú, que Fulano tiene un solar y conozco a Mengano que estaría interesado en hacer una promoción. Por las perras no hay problema, que el préstamo promotor lo tienes ya concedido…”

Conseguidores a tiempo parcial que no quieren perderse su parte del pastel.

Y en ese contexto, a mi cliente que no le pagaban los materiales de una obra. Por lo visto, a la hora de montar el negociete había un pequeño error de cálculo: las ventas sobre plano no iban al ritmo esperado y en la caja de la promotora empezaba a notarse el hueco de las perrujas que el listo había desviado para darse un par de caprichos.

Así que le tocaba pagar el pato a mi cliente. Quizá porque tiene pinta de tirillas y no tiene las manazas de otros –cinco dedos como cinco butifarras, oye- a los que nuestro moroso no tuvo redaños para dejarles la púa.

El caso es que judicializamos el expediente y me imagino la cara de choteo y la risa que le tuvo que dar al listo cuando le llegó la demanda:

Si mi sociedad es “disolvente”, me van a cobrar en sellos de correos…, -con esa seguridad y chulería que te da saberte aparentemente impune. Es lo que tiene embozarse tras un nombre comercial y bajo las siglas “ese-ele”.

Así que, después de varios meses de papeleo infructuoso, decidimos darle carpetazo al asunto… en lo que a la sociedad se refería.

Pero hete aquí que averiguamos que el pavo estaba casado y encima no había hecho separación de bienes. Quien le asesoró se quedó a mitad de camino o, bien, a lo mejor tampoco cobró lo que se le debía y vistió el santo a medias. El caso es que vimos la puerta abierta e interpusimos nueva demanda, derivando toda la deuda contra el administrador y su legítima, dicho sea de paso.

Estaba en otras cosas cuando recibimos llamada del susodicho, que quería verme y “solucionar el asunto”.

Personado en mi despacho le dije que la deuda era tanto y tanto, me dijo que cómo había subido a ese importe y le expliqué que eran dos pleitos, con las costas e intereses correspondientes; que si hubiera liquidado o llamado al primer dolor, le hubiera salido más barato.

Le expliqué el proceso, cómo había agotado todas las vías hasta llegar ahí, empezando por un burofax amistoso que le envié el año anterior…

El caso es que, una vez relajado, me pidió tregua y facilidades de pago, esta vez echando mano de la solidaridad masculina . Y ahí me contó su historia:

La demanda la había recibido su señora, en su domicilio particular, esa misma mañana; cuando llegó a casa a comer, le esperaba hecha un basilisco, le tiró la demanda a la cara y le concedió el resto del día para solucionar el asunto, si no quería verse con las maletas en la calle. Que a ella no la ponían colorá en ningún sitio y menos en el juzgado.

Ni brazo secular ni vara verde. Ese día descubrí que no había mejor estímulo para hacer memoria y acordarse de pagar las púas pendientes.

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