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portmannueva

Ese fue el nombre que le dieron los romanos: “Portus Magnus”.

Lo que hubo de ser en su momento y en lo que lo hemos convertido.

Malditos.

En “Cien años de soledad” GARCÍA MÁRQUEZ cuenta cómo el Coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Por mi parte, nunca olvidaré esa tarde de verano en que el mío me llevó a conocer este sitio.

-“Ya vereis, ya” -anticipó, mientras conducía nuestro “Simca 1200”.

Yo no era más que una nariz curiosa pegada a la ventanilla, vestido con pantalón corto y sandalias. No sabía nada de romanos, ni de “garum” ni de minas de plata.

No sabía por qué íbamos allí.

Tampoco de los estragos que la avaricia humana puede causar en la Madre Naturaleza. Profanada hasta dejarla estéril.

Recuerdo una carretera sinuosa; recuerdo el olor de los pinos y, abajo, el mar.

Recuerdo -como si fuera ayer- el shock que me produjo llegar al viejo muelle, bajar del coche, acercarme a un oxidado noray y, al asomarme al borde, comprobar que allá donde cabría esperar agua azulada tan solo había un mar de barro solidificado.

Años después he vuelto con mis hijos.

He visto que el noray sigue en su sitio y que sobre el mar de barro solidificado tan solo crecen unas míseras cañas. Parece que la vida se abre camino, pero eso y la nada apenas es lo mismo.

Espero que alguna tarde los hijos de mis hijos se acerquen a Portmán, vean el viejo noray en un museo, paseen por el muelle… y también que, al llegar al borde, el agua cristalina refleje sus caras incrédulas cuando su abuelo les cuente que allí no había otra cosa distinta que un triste mar de barro solidificado.

Mientas tanto, yo os maldigo.

 

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