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Ahora parece algo natural que los juicios civiles sean orales y, además, se graben.

No fue siempre así.

Recuerdo cuando empecé mi carrera profesional. El proceso tenía un marcado carácter escrito y los trámites orales eran la excepción.

Así, cualquier juicio principaba (cómo me gusta este “palabro”) mediante demanda, que era contestada por escrito y por escrito se formulaban también las preguntas dirigidas a las partes (“confiese ser cierto…”) y a testigos (“diga ser cierto…”). Ello nos obligaba a preparar interrogatorios con distintas variables, previendo un tipo u otro de respuesta. “Para el caso de que conteste afirmativo, confiese ser más cierto que…”. Y así.

Una vez finalizada esa fase, se preparaban conclusiones escritas. Y a esperar sentencia.

¿Dónde quedaba, entonces, el “lucimiento” del señor letrado? La verdad es que pocas veces tenía posibilidades de “hablar” en estrados. Al menos, como digo, en los asuntos civiles.

La excepción a la regla solían ser las apelaciones, que eran orales.

Y ahí es donde recuerdo la anécdota.

Llevaba entre manos un asunto de una indemnización por accidente que había ganado en primera instancia y que la parte contraria apeló -imagino- que para ganar tiempo y retrasar el pago todo lo posible. En aquel tiempo la ejecución provisional exigía el depósito de una caución que mi patrocinado no era capaz de financiar, así que no nos quedó otra que esperar a que se señalara vista y defender la legalidad de la sentencia.

Como era mi primera apelación de las “de verdad” (hasta ese momento todo habían sido prácticas) decidí acercarme a la Audiencia Provincial de Murcia y dedicar una mañana a ver cómo se desenvolvía la cosa. De paso, tenía la sensación de que “hacía algo” para prepararme el caso que, por lo demás, tenía más que estudiado y repasado.

Allá que me fui, a la sede que hay junto al Rio Segura. Avisé a la secretaria de la Sala del motivo de mi presencia y me permitió estar presente. Llegada la hora se dijo eso de “audiencia pública”, así que pude pasar y sentarme en la bancada, al fondo.

Se celebró la primera vista y escuché a uno y otro abogado exponer sus argumentos. Bien, ya no me iba a pillar de sorpresa: ví que no se comían a nadie.

En la vista del siguiente recurso se paró la cosa; parece ser que uno de los abogados no llegaba a tiempo. Según pude oír, era cosa de la lluvia (algo raro en Murcia que nos suele trastocar a todos los planes). Aprovechando el parón, el magistrado que presidía la Sala, D. Joaquín Ángel De Domingo, me hizo señas para que me acercara a estrados.

¿Yo?

-Sí, hombre, acérquese…

Y eso hice. Tuvo un detalle que no olvidaré nunca. Enterado de que había en plan “hormiga exploradora”, me soltó varios expedientes y me dijo:

-Léaselos mientras tanto, que se entere de qué va cada recurso. Así aprovechará mejor el paseo y sabrá de qué va la cosa.

Por supuesto, le hice caso. Un asunto de lindes, otro de leasing… Más o menos, me pude hacer una idea de lo que se discutía. Era interesante ver qué se había decidido en la instancia y observar ahora cómo se iba a intentar rebatir.

Y allá que llegó el abogado al que esperaban. Se había caído de la moto -dijo- y tuvo que ir a cambiarse de ropa. Claro, no era cuestión de presentarse hecho un Adán. Así que recompuso su figura, se puso la toga y el abogado contrario empezó, serio él, su informe a la Sala.

Cuando le tocó el turno de palabra al abogado del accidente éste se limitó a decir, circunspecto, que pedía la confirmación de la sentencia de instancia por sus acertados razonamientos que de ninguna manera se veían desvirtuados por los argumentos del apelante. Y poco más. Ahí terminó la vista.

Finalizado el acto formal, el letrado se acercó a la mesa y volvió a disculpar su retraso:

-Es que he tenido que cambiarme de ropa, me había puesto perdido…

Después de una mañana sentado al fondo, me había mimetizado tanto con el paisaje que se habían olvidado de mi presencia.

Por eso alcancé a oír cómo alguien del tribunal le soltó, con sorna, que sí, que habían podido comprobar cómo había venido limpio a la vista… “limpio” en todos los sentidos.

Hoy en día las apelaciones son siempre escritas y solo en muy contados casos puede haber algo de oralidad (por ejemplo, ante una prueba no practicada en la instancia).

Se pierde espontaneidad y frescura aunque me tranquiliza pensar  que por eso a la Sala le da tiempo a estudiar los argumentos de uno y otro, y tomar su decisión a la vista de ambos escritos, que puede repasar en caso de duda.

Semanas después hice “mi” apelación, que me salió de cine, claro. Y la sentencia de instancia fue confirmada.

Con los años aprendí que es muy difícil que en la Audiencia se revoque una decisión de instancia y que el margen de maniobra de los esforzados letrados apelantes es muy estrecho. Aún así, se pelea, se lucha y se hace todo lo que se tenga que hacer siempre que el Cliente, no conforme con la instancia, pide lo que yo llamo “una segunda opinión”.

Eso sí, siempre les recuerdo ese aforismo que dice que los señores magistrados piensan que “confirmar es de obispos y revocar… de albañiles”. Y es que siempre ha habido clases. En la justicia, también.

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