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Es 5 de julio y en la Capital del Reino hace calor, mucho calor. He venido a una audiencia previa que tiene lugar en la sede de los Juzgados de lo Mercantil de Madrid.

El acto se celebrará con la juez “destogada” y las ventanas abiertas. A los profesionales se nos invita a hacer lo mismo, así que vuelvo a doblar la toga y la guardo en su bolsa.

El edificio es bonito, enclavado en una arteria comercial con mucho ambiente. Al día siguiente veo su fachada en el telediario: es noticia que los funcionarios se han plantado por la falta de aire acondicionado. No me extraña. No es de recibo trabajar así.

Antes de subir me he cruzado con el juez al que la tele hizo famoso gracias a su microespacio “El Gato Gourmet”. Ambos nos hemos provisto de agua mineral en la misma máquina de refrescos.

Como no quería arriesgarme con el tren, he venido con tiempo de sobra. Para ayudarme a “hacer pasillo” me he traído el último libro que me tiene, literalmente, enganchado. El tocho pesa más que el expediente del pleito.

Tengo el asunto más que estudiado y vengo sin cliente, así que me dispongo a retomar el hilo por donde lo dejé anoche. Guardo el móvil en “modo avión” y me dispongo a volar.

No han pasado ni cinco minutos cuando me he olvidado del mundo; hago abstracción de lo deprimente que, en realidad, me resulta el lugar por dentro, con cajas y cajas de asuntos amontonadas junto a una pared del pasillo.

Justo enfrente de mí varios letrados hacen corro. Nos ignoramos con absoluta cordialidad.

En eso estoy cuando interrumpe mi lectura una sombra. Levanto la mirada con disimulo y resulta ser un niño de unos 8 años que me curiosea. Evita cruzar mirada conmigo y se esconde en el pasillo de al lado.

¿Qué se le habrá perdido aquí?– me pregunto.

Me vuelvo a centrar en el relato y de nuevo noto la mirada. Parece que le interesa el libro que tengo entre las manos.

Como no tiene edad legal para ser testigo imagino que ha terminado el curso escolar y el progenitor no tiene dónde dejarlo. Eso sí, está solo; no veo que le acompañe ningún adulto. Probablemente sea alguno de esos letrados que hablan de sus cosas, tan serios ellos.

Pasa un buen rato y se acerca la hora de “entrar a matar”, así que aprovecho que termino un capítulo y cierro el libro. Desactivo el modo avión al mismo tiempo que le doy orden a mi cerebro de que vuelva a pensar en “modo juicio”.

Antes de dirigirme a la puerta de la sala de vistas echo un último vistazo: veo al chiquillo sentado y en su regazo un libro de “Gerónimo Stilton”, que lee totalmente embobado y con una sonrisa de oreja a oreja. No se da cuenta de que, ahora, el que le observa soy yo.

En ese momento entiendo su curiosidad y por qué un servidor le llamaba tanto la atención: en un sitio tan áspero, gris y desalmado como ese, sin otros niños con los que enredar, había encontrado una suerte de alma gemela.

Vaya –debió pensar-, no soy el único friki de este colegio tan raro.

Terminada la audiencia, salgo al bullicio de la Gran Vía e inicio recorrido de vuelta a casa. En una mano la toga (vaya paseo inútil que le he dado) y la cartera; con la otra, hago de parasol y enfilo mis pasos hacia Atocha.

Para la próxima tengo que plantearme venir con sombrero- me conjuro para mis adentros, mientras recuerdo cómo mi madre siempre decía que era muy cómodo llevarme con ella “de visita”: su secreto era procurarme un “Super Humor”, un “Películas”, un “Tintín” o un “Astérix y Obélix”, una silla donde sentarme y no hacerme ni caso hasta que nos íbamos. Como el niño del pasillo del juzgado.

Es 5 de julio y sigue haciendo calor.

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