La historia comienza con unos jóvenes abogados que, con toda la ilusión del mundo, montan un despacho.
La sede no es la de un lujoso edificio de oficinas, no. Pero no faltan el parquet, unos cuadros adornando las paredes (todos originales, eso sí) y una mesa de madera maciza para las reuniones. Hablamos de una mesa limpia y sin expedientes amontonados. Que no veas la mala imagen que da eso.
Despacho coqueto y funcional. Aunque todavía no haya dado tiempo a poner el aire acondicionado. Ay. En Murcia, con la que cae…
La historia sigue con una visita. Para darle el estreno vienen dos clientes –constructores entrampados- con su principal acreedor quien, a su vez, se presenta acompañado por un director de sucursal que, por lo visto, se saca sobresueldo por las tardes. No se sabe qué formación tiene, pero desde luego está claro que no es abogado. Es su “asesor”. Vale.
Después de un tira y afloja que dura un par de horas, al final hay acuerdo y se redacta un texto que recoge las condiciones de refinanciación por las que el prestamista les da un poco más de “cuello” a los clientes. Solo queda sacar el dinero y acudir al notario, gestión que se remataría al día siguiente.
Es en la puerta, despidiéndose, cuando el “asesor” se vuelve y dice:
-Ah… Fulano, Mengano… a ver si le pagáis más a vuestro abogado, que le dé para comprar un aire acondicionado. Que no veas qué calor he pasado esta tarde.
Y se da media vuelta sin esperar contestación.
La historia termina a la mañana siguiente, en la notaría. Ha pasado media hora; y una hora; y casi hora y media; y el “asesor” que no viene con el dinero prometido.
Todos se remueven con incomodidad en la sala de espera. El enfado del prestamista empieza a ser monumental.
Claro que, como en esa época no hay teléfonos móviles, no hay manera de saber qué pasa.
Amago de suspender y romper trato.
Y en esas que llega el “asesor”, empapado de sudor –já- y todo congestionado –ja, ja-:
-Milperdones, milperdones, pero es que se me ha parado el coche en la autovía. Ná, una tontería, al final era un latiguillo, que se ha salido de sitio… Me lo han vuelto a colocar y listo –se explica.
Se firma la papela, se entrega el dinero y, después de convidarse, hora de la despedida.
El abogado duda. Lo dice, no lo dice… Sí, lo dice. Total, ya se ha firmado y no hay marcha atrás:
-Encantado de conocerle, D. Zutano. Ah, una cosa solo: que con la pasta que va a ganar con mis clientes, a ver si por lo menos le da para comprarle un latiguillo nuevo a su asesor. Que la próxima vez llegue a tiempo y no le haga esperar.
Por lo visto, trabajar como señor-letrado-de-un-banco te hace un ser superior, que está por encima del Bien y del Mal y, por supuesto, de cualquier norma deontológica o de cortesía profesional.
Lo digo por un individuo (me resisto a llamarlo “compañero”) con el que he estado negociando –o al menos eso pensaba yo- para llegar a un acuerdo judicial de pagos.
El susodicho me ha estado dando largas, no ha contestado llamadas ni tampoco correos, salvo el primero y eso porque lo pillé desprevenido: no sabía ni de qué expediente se trataba. Me ha obligado, en definitiva, a ir detrás de él con el consabido “qué hay de lo mío, cómo lo llevas”.
A todo esto, mi Cliente y su esposa, a la que también engancharon como fiadora, pasando las de Caín, puesto que en su vida han dejado a deber un simple café y ahora se encuentran con sus magras propiedades embargadas por una entidad sin prestigio -aun a pesar de cambiar varias veces de nombre y recibir una morterada de euros en ayudas públicas- y con un servicio que tiene menos credibilidad que Pepe Sacristán haciendo de Batman.
-¿Han aceptado la oferta? ¿Se sabe algo? –escucho apretando puños para no decir ninguna barbaridad.
El tiempo pasa, los intereses corren mientras que al otro lado de la línea nos topamos con un muro enladrillado con desprecio.
–¿Es normal que tarden tanto en darte una respuesta?
Y en esas estamos cuando, meses después de absoluto silencio, resulta que su “banquito” ha cedido la deuda a un fondo buitre, que este verano se la reclama a mi Cliente por correo con aviso de inclusión en fichero de morosos; con lo que vuelta a empezar y a darle vueltas al torno.
Lo peor de todo es que, después de llamar al teléfono que figura en la carta y pasarme de una operadora a otra, me emplazan para primeros de septiembre: al estar judicializado el expediente, primero tienen que consultar al que lo lleva… si, a ese, al abogado “en plaza” (sic).
Y yo cruzando los dedos para que no sea el mismo.
Más que por nada por aquello de que cuando se dice de alguien que tiene mando “en plaza” es porque demuestra autoridad para dominar una situación.Y como sea este quien deba decidir sobre la oferta, tendremos que esperar a que el Mar Menor se regenere.
Es decir, al Final de los Tiempos.
Voy a poner mis pies a remojo que hoy tengo la cabeza muy caliente.
Aún no habíamos cerrado la maleta para irnos de vacaciones cuando el pasado viernes 29 de julio se hizo pública Sentencia del Tribunal Constitucional que declara lo que todos nos barruntábamos, esto es, que la imposición de tasas judiciales -tanto para acceder a la justicia como para poder formular recursos- era INCONSTITUCIONAL.
No debe escaparse el detalle de que quien así lo afirma es el Pleno del Tribunal Constitucional en una sentencia dictada por UNANIMIDAD. Y lo hace al considerar que el establecimiento de dicha imposición vulneraba el derecho a la tutela judicial efectiva.
Como ser justos es “darle a cada uno lo suyo” (ULPIANO), con esa resolución se estima un recurso presentado por el Grupo Socialista del Congreso contra la una ley promovida por quien entonces ocupaba la cartera de Justicia, el Sr. Gallardón. Que quede consignado su nombre para oprobio del personaje (a quien, por razones obvias, ya no podemos exigirle que dimita) y, de forma correlativa, reconocer su mérito a los diputados y el partido político que en su día promovieron el recurso.
Las tasas afectadas por esta sentencia no son las que venían abonando las personas físicas, porque una posterior reforma de la ley que llevó a cabo el actual Ministro de Justicia en funciones, Sr. Catalá, eximió del pago del tributo a los particulares; el Tribunal declara por ese motivo la pérdida sobrevenida del objeto del recurso en lo que se refería a dichas tasas y no entra en detalle.
¿Qué efectos tiene la Sentencia del Tribunal Constitucional para las demás tasas, esto es, las abonadas por personas jurídicas?
El Tribunal aclara en el fundamento de derecho decimoquinto que, en virtud del principio de seguridad jurídica, la declaración de nulidad de las tasas sólo producirá efectos con los nuevos procedimientos que vayan a iniciarse o en aquellos donde no haya recaído una resolución firme. Pero en este último caso exige, además, que previamente se haya impugnado el pago de la tasa por impedir el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (artículo 24.1 CE).
En la práctica, apenas se va a devolver todo lo que se ha expoliado, pero algo se puede hacer.
¿QUÉ HAY QUE HACER?
Por parte de la Agencia Tributaria considero que ya está tardando en modificar el modelo 696 y adaptarlo a la sentencia, a saber:
1º.- Eliminar del mismo las siguientes cuotas fijas: (i) la de 200 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo abreviado y la de 350 euros para interponer el recurso contencioso-administrativo ordinario; (ii) la de 800 euros para promover recurso de apelación y de 1.200 euros para los recursos de casación y extraordinario por infracción procesal, en el orden civil; (iii) la de 800 euros para el recurso de apelación y 1.200 euros para el recurso de casación en cualquiera de sus modalidades, en el orden contencioso-administrativo; (iv) así como también la nulidad de la tasa de 500 euros para el recurso de suplicación y 750 para el de casación en cualquiera de sus modalidades, ambos del orden social.
2º.- Eliminar la cuota variable para todos los supuestos, cuya cuantía era la que resulte de aplicar al valor económico del litigio el tipo de gravamen que corresponda, según la siguiente escala: de 0 a 1.000.000€, 0,5%; el resto, un tipo porcentual del 0,25. Máximo variable: 10.000€.
El pago de la tasa se va a quedar para los procesos civiles, con pago de una cuota fija, y poco más.
Por parte de los afectados por las tasas, presentar un escrito en Hacienda pidiendo que se nos devuelva el importe abonado indebidamente, alegando que impugna el pago de la tasa porque considera esa autoliquidación le ha perjudicado sus intereses legítimos; en nuestro caso, que la tuvo que abonar para no perder la oportunidad de acudir a la vía jurisdiccional (o al recurso, en su caso), supuesto que ha sido declarado inconstitucional por ser contrario al artículo 24.1 CE conforme a STC de 21 de julio de 2016. Y que el pago supuso una merma a su capacidad económica, teniendo que destinar recursos al pago de un tributo que nunca tuvo por qué abonar.
La rectificación que se pide es la que corresponda según el tipo de proceso (en los casos que no sean civiles la cuota debió ser cero) y que se le devuelva el dinero indebidamente abonado en unión de sus intereses legales correspondientes (ex artículo 128.2 LGT).
Hay que acompañar el justificante del pago de la tasa y acreditar que el proceso no ha terminado aún. Como pedir un certificado al Letrado de la Administración lleva tiempo, sugiero aportar la última notificación recibida del proceso y, si Hacienda duda, que temita oficio al Juzgado para aclararlo.
¿ESTAMOS A TIEMPO?
Dice el Tribunal Constitucional que ha apreciado que dichas tasas “son contrarias al art. 24.1 CE porque lo elevado de esa cuantía acarrea, en concreto, un impedimento injustificado para el acceso a la Justicia en sus distintos niveles. Tal situación no puede predicarse de quienes han pagado la tasa logrando impetrar la potestad jurisdiccional que solicitaban, es decir, no se ha producido una lesión del derecho fundamental mencionado, que deba repararse mediante la devolución del importe pagado”.
Por ello, concluye, no podrá reclamarse aun cuando el proceso no haya finalizado, si la persona obligada al pago de la tasa la satisfizo sin impugnarla por impedirle el acceso a la jurisdicción o al recurso en su caso (art. 24.1 CE) y añade un inciso: “deviniendo con ello firme la liquidación del tributo”. Contrario sensu, cabría entender que mientras que no sea firme la liquidación resultaría perfectamente legítimo reclamar la devolución del importe abonado.
Según el Tribunal Constitucional, quien ha pagado y ha accedido a la jurisdicción no ha visto lesionado su derecho fundamental; pero yo me pregunto: ¿Qué pasa con quien ha abonado la tasa y también la ha impugnado? ¿Pierde su derecho?
Pero, aun entendiendo que con el pago de la tasa no se lesionó ese derecho fundamental, no es menos cierto que con ello se afectó un interés legítimo como es el de que no se te viera mermada tu capacidad económica como consecuencia del pago de un tributo que nunca tenías que haber abonado.
El artículo 31 de la Constitución señala que “todos deberán contribuir al mantenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica y mediante un sistema tributario justo, inspirado en los principios de igualdad y progresividad que en ningún caso tendrán un alcance confiscatorio”.
Lo lógico sería pensar que si la satisfaces -para no perder tu derecho- y, al mismo tiempo, la impugnas por ese motivo, sí que puedes seguir exigiendo la devolución, respetando, claro está, los plazos y formalidades que exige la Ley General Tributaria.
Según informa la propia AEAT en su página web, la solicitud de rectificación sólo podrá hacerse una vez presentada la correspondiente autoliquidación y antes de que la Administración tributaria haya practicado la liquidación definitiva (que tendría que haber notificado) o, en su defecto, antes de que haya prescrito el derecho de la Administración tributaria para determinar la deuda tributaria mediante liquidación o el derecho a solicitar la devolución correspondiente (el plazo de prescripción es de 4 años).
Por tanto, si representas a una persona jurídica en un proceso judicial que no ha terminado, si la liquidación de la tasa no es firme y no han pasado 4 años desde la presentación de la autoliquidación, entiendo que aún estamos a tiempo de reclamar y animo a quien esté en esa situación que se ponga a ello.
Puede consultarse con más detalle este procedimiento administrativo tributario en este enlace:
En este otro enlace puedes descargarte de forma GRATUITA un modelo de escrito que hemos preparado en DUALIS para presentarlo directamente en Hacienda sin necesidad de Abogado:
Una vez presentada nuestra petición el plazo que tiene para resolver la AEAT es de SEIS MESES. Si recibes notificación expresa desestimatoria o, bien, pasan esos seis meses sin noticias, se abre la vía para interponer un recurso de reposición o, bien, una reclamación económico-administrativa.
En ambos casos el plazo para recurrir sería de UN MES.
Si quieres ampliar información sobre la sentencia puedes consultar el texto completo aquí:
Rescato de la web de “El Mundo” la foto antes de que la borren; aunque el daño ya está hecho, claro, porque desde ayer se ha convertido en viral en la red.
Sentando en un confidente, el señor fiscal del caso “Noos” atiende al periodista. Para ello, ha tenido que hacerse sitio ladeando un carro de “Mercadona” lleno de cajas con el precinto de la Guardia Civil.
En los estantes de su despacho cabe una botella de agua mineral vacía, pero no la mayoría de los expedientes, que incluso ocupan un sillón tapizado a juego con el traje del señor fiscal.
Al fondo apenas se adivina la bandera de España.
Lo que no ven son los pies del entrevistado; igual hasta lo pillaron con zapatillas de andar por casa, o descalzo.
Está claro que no tiene asesor de imagen. Si así fuera, debería estar despedido de manera fulminante.
O no…
Porque la entrevista parece hecha en un momento de esos de “ay, chica, estaba haciendo la casa, no esperaba visita”.
Pero no sería de extrañar que se trate de un “descuido” bien pensado.
Solo eso explicaría que la foto refleje, tal cual, el estado actual de la administración de justicia, precisamente en la misma semana en que el ministerio de la cosa proclama, triunfante, que ya estamos en la fase de “papel cero”.
La realidad es tozuda. Papel cero sí, pero no tanto.
Por ejemplo, hoy mismo nos enteramos que en Madrid, Villa y Corte, se ha dictado una instrucción que permite aún la presentación en papel. De momento, hasta el 31 de enero. Por lo visto, a más de uno el cambio le ha pillado con el polvorón en la boca y ha debido de pedir prórroga.
Observo en la foto un despacho lleno de causas -imagino- aún pendientes de calificar.
¿Qué método empleará para despacharlas? ¿El FIFO? ¿El LIFO? ¿Aún tienen preferencias las causas con preso? ¿Cómo las tiene localizadas?
Y la pregunta del millón: ¿Cómo va a poder cumplir con el plazo máximo de instrucción?
El mensaje es claro: a pesar de los medios con los que se dice que se ha dotado el sistema, así es, señoras y señores justiciables, cómo aguarda el destino y el futuro de más de uno.
La próxima vez que alguien pregunte “cómo va lo mío”, por favor, que tenga presente esa imagen y no olvide que, a lo peor, la velocidad de “lo suyo” depende de algo tan pedestre como lo engrasadas que vayan las ruedas del carrito de “Mercadona”.
Para un servidor, redactar un escrito forense es algo más que juntar unas cuantas letras, cortar y pegar cuatro sentencias y pedir lo que se nos ocurra en ese momento.
Es cierto que el papel lo soporta (casi) todo, pero no es menos cierto que si algo queda de tangible en la prestación de servicios jurídicos es eso, un escrito. Y, como siempre dice mi madre (mi primera maestra), quien no te conoce te juzgará por lo que lee.
Por sus escritos los conoceréis, parafraseando las Sagradas Escrituras.
Dándole vueltas al asunto de la escritura, con minúscula, estas son las cosas que más me suelen molestar, que actúan a modo de saboteadores mentales y añaden un plus de «penosidad» a mi tarea:
1.- Interrupciones
Los compañeros que me lean saben a qué me refiero. Estás escribiendo, empiezas el texto con el consabido «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …» y en ese momento, llamada. Atiendes, apagas el teléfono, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …». Justo, justo, justo en ese momento, un toc-toc en la puerta del despacho (que habías cerrado por algo, claro) y un «perdona la interrupción, ¿estás ocupado?», y tú, claro, dices, ya no, dime. Atiendes, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …», y entonces es cuando te avisan de que tienes visita, «¿visita, yooo?, ostras, claro, era a las 12 ¿son las 12 yaaaa? Cómo pasa el tiempo».
Toda la mañana con el dichoso escrito y no has pasado del «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …»
2.- Numerar los documentos
Los ciclistas las llaman «etapas pestosas» y para mí no hay mejor término para definir esta tarea: «pestosa». Y no te digo cuando son cientos y cientos de documentos los que acompañas a la demanda, sobre todo cuando se trata de facturas, albaranes, recibos de pago y extractos contables. Cuidado con dejarte alguno, que enfrente te lo van a revisar bien. Documento número 1, documento número 138, documento 453… y así.
3.- Redactar un escrito en apelación
Me da igual que seas recurrente o recurrido, apelante o apelado… Dios mío, ya he superado lo de verme y oírme en una grabación, pero qué trabajo cuesta volver a estudiar el asunto, partiendo prácticamente de cero. Es el día de la marmota, en versión jurídica. Fortaleza de ánimo, serenidad, decisión, respirar hondo… y tres padrenuestros.
4.- Rellenar un formulario online
Lo tienes todo presto y dispuesto para presentar y, ah, ojo, hay que rellenar algún formulario online (ojo con la que se nos viene con Lexnet), por ejemplo, para liquidar la dichosa tasa judicial. Pulsas «rellenar formulario», introduces datos y, cuando crees que lo tienes todo hecho, zas, se borra y vuelta a empezar, jurando en arameo y maldiciendo la estirpe del genio que programó el formulario.
5.- Cuando está impreso y grapado el escrito…
… con sus copias y todo y descubres, con horror, que los párrafos no cuadran con lo que había en pantalla, quedándose una línea, triste y solitaria como el Cadillac, en el último folio. Claro, ya sabes que hay una «cosa» que se llama PDF, que la configuración de la impresora no es la misma de la pantalla, pero es algo que sucede a menudo y da mucha rabia.
6.- Los contratos y sus versiones
Te encargan un contrato «a medida», te vistes de sastre jurídico, estudias, buceas, analizas pros y contras, te pones en lo peor (eso siempre, en lo peor) y vas redactando cláusula tras cláusula. Le das vueltas, imprimes un borrador y otro y otro, hasta que, satisfecho, por fin, le das el visto bueno.
Lo mandas por correo y empieza el «baile»: cambia esto, añade lo otro, quita lo de estas dos cláusulas («¿de quién coño eres abogado, del otro?»). Una vez pasado el filtro del cliente lo mandas a la contraparte y ahí ya no hay salvación posible.
Del escrito que habías preparado inicialmente, bien estructurado, equilibrado y hasta con ritmo, pasas a una suerte de Frankenstein contractual, con la cara llena de costurones. A la porra el arte, «biba el colejio». Eso si, pordios, quite lo de «alquilino» y lo de «sufruto».
7.- Sentencia que exige aclaración
Me dejo para el final uno de mis favoritos. Notificada sentencia, le das la enhorabuena al cliente y al rato éste te llama y dice, oye, que se han equivocado. No puede ser, nos han dado la razón… eso es que han acertado -bromeas. Pero, no, tiene razón, en cuatro folios y medio de sentencia te encuentras un bodrio en el que, pongo casos reales, divorcian a personas que no eran parte del proceso (esos corta y pega que tantos días de gloria nos están dando), conceden indemnizaciones distintas de las pedidas (¿en qué estaba pensando cuando tomaba notas en el juicio? ¿tomaba notas? ¿dibujaba? ¿estaba en el juicio o era un ectoplasma?)… llamas al juzgado y te dicen lo que más temes: «presenta un escrito». Oiga, oiga, oigaaaa… que yo no me he equivocado, pero no hay más remedio que presentar el mal llamado «recurso de aclaración», previsto expresamente en la ley cuando no hay nada que aclarar, puesto que no hay duda de que hay un error como un castillo de grande.
Qué buenas migas harían Microsoft y algunos juzgados, por aquello de las versiones de prueba y las versiones beta.
Comparto experiencias y unos consejos:
1.- Usa mapas mentales
El mapa no es el territorio ni tampoco el pensamiento. Es una guía de escritura, para no perderse. El resultado final no tiene por qué cuadrar con lo previsto pero, desde luego, mal vamos si no tenemos una idea clara de lo que queremos expresar.
No olvides que el mapa es para tí, que lo tienes que hacer en un folio y cuanto más «plástico», mejor. Ya tendrás tiempo de escribir.
2.- Listas de chequeo
Cuando llevas unos años en esto ves que hay asuntos que se repiten una y otra vez. Usa lista de chequeo y comprueba el estado de los flaps antes de despegar, campeón.
3.- Pomodoros
Si, se llaman así; usa los pomodoros: 25 minutos de sprint mental y 5 de descanso. 25 y 5, esa es la proporción. Algo así como las series de los runners.
4.- Usa fichas
Para los trabajos de más envergadura, una idea una ficha; cuando te pones a redactar, las ordenas sobre la mesa (como los juegos de naipes que llaman solitarios) y cada idea te puede servir de título para cada apartado del escrito. En nuestro caso, hechos separados convenientemente por párrafos, fundamentos de derecho en su sitio y el «petitum», lo más importante, claro y preciso. Es un error esperar al final, cuando llegas con la lengua fuera, para redactarlo.
Y es que un escrito se lee de principio a fin, pero no tienes por qué concebirlo así. Me remito a lo de los mapas mentales.
5.- Un último consejo: lo perfecto siempre es enemigo de lo bueno y peor que presentar escrito con erratas es no llegar a presentarlo porque se te pase plazo. Ya tendrás tiempo de ganar el Pulitzer de los abogados.
Y si hay una errata, les presentas un escrito de aclaración. Donde las dan las toman.
La historia hay que contarla en su contexto: época del pelotazo, del dinero fácil, de los arrimaos, los advenedizos y los listos.
Adornan el paisaje niños en edad escolar abandonando estudios para levantarse cuatro mil euros mensuales como yesaires. Cuatro mil mensuales, pero que cobran de quincena en quincena. Cash que les permite aparcar BMW Serie 3 coupé en la puerta de la casa familiar, pavoneándose por el barrio como auténticos triunfadores.
No faltan sucursaleros que, por la tarde, se convierten en “medieros” del “mira tú, que Fulano tiene un solar y conozco a Mengano que estaría interesado en hacer una promoción. Por las perras no hay problema, que el préstamo promotor lo tienes ya concedido…”
Conseguidores a tiempo parcial que no quieren perderse su parte del pastel.
Y en ese contexto, a mi cliente que no le pagaban los materiales de una obra. Por lo visto, a la hora de montar el negociete había un pequeño error de cálculo: las ventas sobre plano no iban al ritmo esperado y en la caja de la promotora empezaba a notarse el hueco de las perrujas que el listo había desviado para darse un par de caprichos.
Así que le tocaba pagar el pato a mi cliente. Quizá porque tiene pinta de tirillas y no tiene las manazas de otros –cinco dedos como cinco butifarras, oye- a los que nuestro moroso no tuvo redaños para dejarles la púa.
El caso es que judicializamos el expediente y me imagino la cara de choteo y la risa que le tuvo que dar al listo cuando le llegó la demanda:
–Si mi sociedad es “disolvente”, me van a cobrar en sellos de correos…, -con esa seguridad y chulería que te da saberte aparentemente impune. Es lo que tiene embozarse tras un nombre comercial y bajo las siglas “ese-ele”.
Así que, después de varios meses de papeleo infructuoso, decidimos darle carpetazo al asunto… en lo que a la sociedad se refería.
Pero hete aquí que averiguamos que el pavo estaba casado y encima no había hecho separación de bienes. Quien le asesoró se quedó a mitad de camino o, bien, a lo mejor tampoco cobró lo que se le debía y vistió el santo a medias. El caso es que vimos la puerta abierta e interpusimos nueva demanda, derivando toda la deuda contra el administrador y su legítima, dicho sea de paso.
Estaba en otras cosas cuando recibimos llamada del susodicho, que quería verme y “solucionar el asunto».
Personado en mi despacho le dije que la deuda era tanto y tanto, me dijo que cómo había subido a ese importe y le expliqué que eran dos pleitos, con las costas e intereses correspondientes; que si hubiera liquidado o llamado al primer dolor, le hubiera salido más barato.
Le expliqué el proceso, cómo había agotado todas las vías hasta llegar ahí, empezando por un burofax amistoso que le envié el año anterior…
El caso es que, una vez relajado, me pidió tregua y facilidades de pago, esta vez echando mano de la solidaridad masculina . Y ahí me contó su historia:
La demanda la había recibido su señora, en su domicilio particular, esa misma mañana; cuando llegó a casa a comer, le esperaba hecha un basilisco, le tiró la demanda a la cara y le concedió el resto del día para solucionar el asunto, si no quería verse con las maletas en la calle. Que a ella no la ponían colorá en ningún sitio y menos en el juzgado.
Ni brazo secular ni vara verde. Ese día descubrí que no había mejor estímulo para hacer memoria y acordarse de pagar las púas pendientes.
Por lo que pudimos saber después, el moroso no tenía problemas de liquidez; solo que su madre lo había parido así de chulo.
Me recordaba el típico impresentable que, después de abonar la factura de la comida, se pone a regatear con el camarero y le pide, más bien le exige, “unos golpes” por cuenta de la casa. No un chupito, no; unos gin tonics. Así, por la cara. Golpe el que les daría yo, cada vez que lo hacen.
Pero no disgreguemos. A este “capitán de empresa” le costaba pagar. Y gustaba de dejar un “pico” a cuenta. Su estrategia había sido la de contratar los servicios para toda la campaña agrícola, ir pagando, más o menos puntualmente, y dejar una última factura a cuenta.
En el supuesto que nos ocupa la única “excusa” que se nos dijo era que nuestro cliente “había ganado mucho dinero trabajando con él, así que no le veía ningún reparo en que le dejara a deber la última factura”. Más bien le ofendía que no se le hiciera “una gracia”. Lo decía de corrido y sin ponerse colorado.
El caso es que mi cliente, cansado de echar viajes, nos pasó el expediente y procedimos a reclamarlo judicialmente.
Cuando al empresario de pro le llegó “la papela”, no tenía excusa: el servicio había sido impecable; no había manifestado disconformidad o rechazo; tampoco discutía la certeza del encargo, precio o condiciones de pago. Así que, en realidad, no hubo juicio ni disputa alguna.
Condenado en sentencia firme, al final tuvo que pagar la deuda, lo que verificó consignando el importe en la cuenta del juzgado.
Pero la historia no termina aquí, claro. Se tasaron costas, liquidamos intereses de demora y… otra vez con la misma cantinela, aunque subida de tono, rematada con un “no pago porque no me sale de los h…”.
Así que, sin más aviso, procedimos a ejecutar la tasación de costas y liquidación de intereses que, en cuanto le llegó, pagó en el juzgado.
Pensaría que con eso se había acabado el proceso, pero no era así. De nuevo, se tasaron costas y se liquidaron intereses, esta vez por el trabajo de la ejecución; al llegarle la nueva “papela” esta vez el que corrió para entrevistarse en persona fue el moroso quien, plantado en jarras en la puerta del despacho de mi cliente, le espetó un
–Pero, pero, pero… ¿esto cuándo se va a acabar?
Y el bueno de mi cliente, apoyó mano sobre mano en su regazo, se recostó en el sillón y le soltó con su sonrisa beatífica:
–No lo sé, Fulano, eso tendrás que preguntárselo a mi abogado. Como yo pago puntualmente mis deudas voy aprendiendo al mismo ritmo que tú; hasta ahora no me sabía el proceso…
Imagino a mi cliente de niño, volviendo a casa con las botas de fútbol al hombro.
Camina descalzo, sobre la arena.
Ha estado toda la tarde dando unas patadas al balón, aprovechando ese campo de sueños que deja la marea cuando está baja, allá, en una de esas playas de su Norte natal.
Probablemente bromea con algún compañero, burlándose del último “cañete” que le hizo antes de dar por terminada la pachanga.
El otro se lo niega; éste se chotea, hacen un amago… pero nunca llegan a las manos.
Bromas aparte, son camaradas y compañeros; saben que, por encima de todos ellos, está el colectivo. Nobleza obliga.
Imagino a mi cliente acostándose después de hacer los deberes, cerrando los ojos casi al mismo tiempo que su cuaderno escolar y soñando, quizá, con que algún día su foto estaría en los álbumes de cromos que él mismo coleccionaba.
Lejos estaba de saber cómo terminaría su carrera y que su último partido como profesional no lo jugaría en un campo de fútbol, sino en los juzgados.
En realidad es una “eliminatoria” a doble vuelta: primero, por lo social; y, luego, por lo penal.
Antes de acudir al juzgado, hace memoria.
Están al final de la temporada, se juegan el último partido y… para casa. No sabe si el año que viene volverá a vestir la camiseta, porque durante esta que ahora termina han tenido muchos problemas para cobrar.
Además, pasan los años y ya es todo un veterano.
En un mundo -el del fútbol profesional- que maneja cifras millonarias en euros, su ficha movería a la compasión: apenas llega para cubrir los gastos de estancia.
Eso sí, los dirigentes del Club presumen en el palco. De paso, hacen “negocietes” y se intercambian favores.
Repaso los autos. Viendo su ficha, con su foto y su carné federativo, aún me resulta más miserable que le hayan racaneado su pago.
Mundo sórdido.
Es el último partido de liga y los pagos se hacen en el parking de un centro comercial.
–Pagos en metálico, nene; de uno en uno, -no sea que el otro se entere de que a tí te pago más-.
En realidad, se paga de forma vergonzante, sin testigos y sin transferencias, con “billetes de-esos-que-se-cuentan”.
–Eso sí, nene, fírmame el recibo.
Los informes periciales no dejan lugar a la duda.
La policía ratifica que el recibo está manipulado: le han añadido un guarismo y repasado para disimular. Han sido tan chapuceros que se nota que hay dos tintas diferentes.
Y así lo han presentado en el Juzgado de lo Social. Con un par.
No. El partido aún no ha terminado.
-Árbitro, árbitro…, no mire para otro lado y castigue como se merece a ese marrullero.
Empezó como empiezan estos asuntos: con una crisis de convivencia, las prisas para obtener unas provisionales y muchas, muchas, muchas llamadas y reuniones entre letrados para parir -al final- un convenio que fue negociado «in extremis» en el pasillo del juzgado, justo antes de entrar a la sala de vistas.
Firmado el acuerdo, el muchacho inició una nueva vida en la que, por lo visto, no encajaba su hijo, menor de edad… tan menor y tan chico que, hasta que no alcanzó cierta madurez, estuvo pensando que su padre era en realidad el abuelo materno.
Normal, por otro lado, puesto que su padre biológico se desentendió de él desde el minuto uno: primero, no pagando la pensión; y, después, absteniéndose de recogerlo cuando le tocaba, a saber: fines de semana alternos, vacaciones por mitad y esas cosas que todos conocemos.
El abuelo era que el que asumió el papel; con la boca cerrada y la billetera abierta.
Estando así las cosas y colmatado el vaso de la paciencia, se presentó una primera denuncia que obtuvo como resultado que el muchacho se «acordara» de que tenía que pagar un dinero.
Eso sí, una vez «regularizado» el importe, desapareció de nuevo y no volvimos a tener noticias de él hasta que un día, por las cosas que tiene el destino, presentó demanda pidiendo el cambio de custodia.
¿Con qué motivo?
La madre del menor había quedado afectada con graves secuelas a raíz de una rara enfermedad que la mandó a la UVI y casi estuvo a punto de llevarla al otro barrio.
El muchacho se dijo «esta es la mía, pido cambio de custodia y me ahorro más denuncias por impago de pensiones».
Por supuesto, un servidor había archivado el expediente y no tenía ni idea de esto.
En la primera reunión se me cayó el alma a los pies, puesto que mi cliente apenas podía hablar. De hecho, estaba tan impedida que fui yo quien se desplazó a su ciudad de residencia para preparar el caso.
¿Cómo iba a poder ella cuidar al menor si ni siquiera podía valerse por sí misma?
Sentí sobre mis hombros todo el peso del mundo. El abuelo me dijo que si le quitaban la custodia le quitarían la vida: el menor era ahora quien cuidaba de su madre, no paraba de darle cariño y hasta le decía «mami, mira, es muy fácil, yo te ato las cordoneras».
Me recordaba la película «A propósito de Henry», pero, claro, aquí nos jugábamos cosas muy serias. Y no sólo la «vida» de la madre. Es que, de prosperar la demanda, el menor tendría que irse a convivir con un perfecto de desconocido.
Llegó el día de la vista y allá que fuimos todos al Juzgado. Ni qué decir que la otra parte no daba su brazo a torcer y no cabía posibilidad alguna de transacción.
Recuerdo ese dia como si fuera ayer.
Estaba sentado en el estrado, con la toga puesta. Como suele suceder, primero se nos instó a los letrados a tener un «aparte» con Su Señoría Ilma. y el representante del Ministerio Fiscal.
Instruidos ambos del caso, Su Señoría ordenó que pasaran las partes, dando instrucciones al agente judicial, que dijo eso de «vista pública» al tiempo que citaba al demandante, en este caso el muchacho, y a mi cliente, por sus nombres.
Contuve el aliento mientras se abría la puerta.
Tras unos segundos que me parecieron eternos apareció mi cliente, tambaleante, pero con la mirada firme.
Era la determinación hecha persona.
Alcanzó el micro y, cuando llegó su turno, pudo articular algo más que cuatro palabras; todos comprendimos cómo, después de haberle dado la vida a su hijo, era éste quien se la daba a ella, que tenían un lazo de unión aún mas fuerte y que, en definitiva, su convalecencia no le impedía seguir dándole la misma buena vida que ya le procuraba antes de su enfermedad.
La decisión no se demoró mucho y el caso fue sobreseído.
De nuevo el muchacho desapareció y esta vez fue para siempre.
Epílogo
Acumulados varios años de atrasos y tras una segunda denuncia, el muchacho fue condenado por delito de impago de pensiones en virtud de una sentencia a la que llegamos después de otro proceso rocambolesco que merecería otro post… si no fuera porque ya se contó en la prensa.
Actualmente el muchacho sigue en paradero desconocido y con una requisitoria pendiente sobre su cabeza, puesto que a pesar de tener condena firme, no ha pagado ni un céntimo.
Mientras nos queden fuerzas seguiremos luchando porque se haga justicia y que cada cual quede en su lugar.
Y es que en la escuela no te enseñan que algunos asuntos de familia solo terminan cuando la muerte los separa de verdad.
Desde su habitación, en penumbra y acostada en la cama, Dª. M. oyó el timbre:
-¿Quién es, P.? Anda hija, mira a ver quién es; que han llamado a la puerta.
-Unos señores, mamá, que vienen a verte.
-¿A mí? ¿A estas horas? –preguntó mientras se atusaba el pelo.
-Sí, mamá; te van a hacer unas preguntas…
-… vale –dijo repantigándose. Pero que no me entretengan mucho; he mirado el reloj y ya es hora de comer.
Cincuenta minutos después, mientras bajaban por el ascensor, el juez y el forense comentaban en voz baja que la presunta incapaz no había fallado ni una, “pero-ni-una-sola-pregunta-oye”: su nombre, los apellidos, el estado civil, el día de la semana en que estaban, sus estudios…
Vamos, es que ni siquiera se había atrevido a coquetear con la edad –“la ha clavado, es que la ha clavado”-, murmuraba su señoría. Iba a resultar muy difícil estimar la solicitud de incapacitación y nombrarle tutora.
El caso es que la vieron muy desvalida; y los informes que presentó el abogado no dejaban lugar a la duda; el deterioro cognitivo era indiscutible… ¿Hablaban de la misma persona?
Se despidieron en el portal, resignados, sabiendo que esta vez iban a tener que ser muy finos en sus respectivos escritos.
Mientras tanto, en la misma habitación, con la voz muy baja y temiendo aún que la pudieran oír, Dª. M. le preguntaba a su hija:
-¿Me ha salido bien el examen? Es que, aunque no se han presentado, yo sé que quienes han venido son el señor rector y su secretario; me han hecho un interrogatorio que no veas. Qué mal rato me han hecho pasar… Bueno, he hecho lo que he podido. Ya veremos si me dan la plaza en la universidad; vamos a comer algo, hija.