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AMANECE EN MERCURIO

AMANECE EN MERCURIO

Archivos de autor: Time Advocate

HORMIGA EXPLORADORA

07 lunes Mar 2016

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN

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Etiquetas

apelación, argumentos, escrito, oralidad, recurso, sala, vista

Ahora parece algo natural que los juicios civiles sean orales y, además, se graben.

No fue siempre así.

Recuerdo cuando empecé mi carrera profesional. El proceso tenía un marcado carácter escrito y los trámites orales eran la excepción.

Así, cualquier juicio principaba (cómo me gusta este “palabro”) mediante demanda, que era contestada por escrito y por escrito se formulaban también las preguntas dirigidas a las partes (“confiese ser cierto…”) y a testigos (“diga ser cierto…”). Ello nos obligaba a preparar interrogatorios con distintas variables, previendo un tipo u otro de respuesta. “Para el caso de que conteste afirmativo, confiese ser más cierto que…”. Y así.

Una vez finalizada esa fase, se preparaban conclusiones escritas. Y a esperar sentencia.

¿Dónde quedaba, entonces, el “lucimiento” del señor letrado? La verdad es que pocas veces tenía posibilidades de “hablar” en estrados. Al menos, como digo, en los asuntos civiles.

La excepción a la regla solían ser las apelaciones, que eran orales.

Y ahí es donde recuerdo la anécdota.

Llevaba entre manos un asunto de una indemnización por accidente que había ganado en primera instancia y que la parte contraria apeló -imagino- que para ganar tiempo y retrasar el pago todo lo posible. En aquel tiempo la ejecución provisional exigía el depósito de una caución que mi patrocinado no era capaz de financiar, así que no nos quedó otra que esperar a que se señalara vista y defender la legalidad de la sentencia.

Como era mi primera apelación de las “de verdad” (hasta ese momento todo habían sido prácticas) decidí acercarme a la Audiencia Provincial de Murcia y dedicar una mañana a ver cómo se desenvolvía la cosa. De paso, tenía la sensación de que “hacía algo” para prepararme el caso que, por lo demás, tenía más que estudiado y repasado.

Allá que me fui, a la sede que hay junto al Rio Segura. Avisé a la secretaria de la Sala del motivo de mi presencia y me permitió estar presente. Llegada la hora se dijo eso de “audiencia pública”, así que pude pasar y sentarme en la bancada, al fondo.

Se celebró la primera vista y escuché a uno y otro abogado exponer sus argumentos. Bien, ya no me iba a pillar de sorpresa: ví que no se comían a nadie.

En la vista del siguiente recurso se paró la cosa; parece ser que uno de los abogados no llegaba a tiempo. Según pude oír, era cosa de la lluvia (algo raro en Murcia que nos suele trastocar a todos los planes). Aprovechando el parón, el magistrado que presidía la Sala, D. Joaquín Ángel De Domingo, me hizo señas para que me acercara a estrados.

–¿Yo?

-Sí, hombre, acérquese…

Y eso hice. Tuvo un detalle que no olvidaré nunca. Enterado de que había en plan “hormiga exploradora”, me soltó varios expedientes y me dijo:

-Léaselos mientras tanto, que se entere de qué va cada recurso. Así aprovechará mejor el paseo y sabrá de qué va la cosa.

Por supuesto, le hice caso. Un asunto de lindes, otro de leasing… Más o menos, me pude hacer una idea de lo que se discutía. Era interesante ver qué se había decidido en la instancia y observar ahora cómo se iba a intentar rebatir.

Y allá que llegó el abogado al que esperaban. Se había caído de la moto -dijo- y tuvo que ir a cambiarse de ropa. Claro, no era cuestión de presentarse hecho un Adán. Así que recompuso su figura, se puso la toga y el abogado contrario empezó, serio él, su informe a la Sala.

Cuando le tocó el turno de palabra al abogado del accidente éste se limitó a decir, circunspecto, que pedía la confirmación de la sentencia de instancia por sus acertados razonamientos que de ninguna manera se veían desvirtuados por los argumentos del apelante. Y poco más. Ahí terminó la vista.

Finalizado el acto formal, el letrado se acercó a la mesa y volvió a disculpar su retraso:

-Es que he tenido que cambiarme de ropa, me había puesto perdido…

Después de una mañana sentado al fondo, me había mimetizado tanto con el paisaje que se habían olvidado de mi presencia.

Por eso alcancé a oír cómo alguien del tribunal le soltó, con sorna, que sí, que habían podido comprobar cómo había venido limpio a la vista… «limpio» en todos los sentidos.

Hoy en día las apelaciones son siempre escritas y solo en muy contados casos puede haber algo de oralidad (por ejemplo, ante una prueba no practicada en la instancia).

Se pierde espontaneidad y frescura aunque me tranquiliza pensar  que por eso a la Sala le da tiempo a estudiar los argumentos de uno y otro, y tomar su decisión a la vista de ambos escritos, que puede repasar en caso de duda.

Semanas después hice “mi” apelación, que me salió de cine, claro. Y la sentencia de instancia fue confirmada.

Con los años aprendí que es muy difícil que en la Audiencia se revoque una decisión de instancia y que el margen de maniobra de los esforzados letrados apelantes es muy estrecho. Aún así, se pelea, se lucha y se hace todo lo que se tenga que hacer siempre que el Cliente, no conforme con la instancia, pide lo que yo llamo “una segunda opinión”.

Eso sí, siempre les recuerdo ese aforismo que dice que los señores magistrados piensan que “confirmar es de obispos y revocar… de albañiles”. Y es que siempre ha habido clases. En la justicia, también.

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EL IMPERIO CONTRAATACA

02 martes Feb 2016

Posted by Time Advocate in Sin categoría

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Leo en El Confidencial que un banco «contraataca» y denuncia ahora a un bufete de abogados por… «inflar las costas» en los procesos judiciales que le ha venido planteando y ganando, dicho sea de paso.

Se trata del bufete que vemos cada fin de semana anunciándose en los dominicales y a cuyo titular me encuentro a diario plantado en una valla publicitaria, dándole la mano a IKER CASILLAS.

ARRIAGA -bien por él- ha encontrado un filón de negocio sacando los colores, una y mil veces, a esa entidad financiera. De varapalo a varapalo, hasta la derrota total.

En lugar de pedir árnica y sentarse a negociar, como se hace en el mundo anglosajón, la entidad financiera «contraataca» y denuncia, en primer lugar, «prácticas restrictivas de la competencia cuyo efecto es mantener artificialmente elevados los precios de los servicios prestados por dichos despachos de abogados en el marco de pleitos masa».

La segunda conducta que denuncia es «el engaño, por acción u omisión, del que son víctimas los clientes de Arriaga Asociados (y posiblemente de otros despachos)».

Sólo desde la más absoluta desfachatez se pueda afirmar tal cosa.

Será fruto de un mareo ocasional debido al tufo de impunidad que aún deben desprender los asientos de ese consejo de administración, donde no hace mucho restregaron sus posaderas «ilustres» como RATO o BLESA (en la foto).

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Ateniéndonos al contenido del último auto de la Audiencia Nacional, en esa «cocina» sabían muy bien cómo manipular precios y engañar a clientes. Probablemente hablen con esa seguridad que te proporciona la experiencia.

Es evidente que es una denuncia malintencionada, fruto de la desesperación de verse humillado día tras día en la portada de todos los periódicos. Y cuando no te puedes apoyar en hechos o fundamentos jurídicos que te den la razón, ya se sabe, te apoyas en la mesa; en este caso, poniendo los pies -las patas- en ella.

Pero no se trata de defender a un compañero que, no tengo la menor duda, sabe hacerlo bien él solito.

Se trata de preguntarle a la entidad financiera qué hace ella cuando gana algún pleito. Que los ganará, digo yo.

Sin ir más lejos, ¿qué hace con las costas que cobran en las ejecuciones hipotecarias? ¿A dónde van a parar las que obtienen después de ejecutar una póliza? ¿O qué hacen con las recaudan después de exigir el pago de un swap?

No hablamos de millones; hablamos de cientos de millones en costas. Porque, al despachar ejecución contra un deudor, de forma indefectible se suma un TREINTA POR CIENTO a la cantidad reclamada, en concepto de presupuesto para intereses y costas. Presupuesto que luego es liquidado… precisamente a partir de las normas de los Colegios de Abogados que tanto denuestan en su denuncia.

Pero eso no es lo único.

¿Declaran las costas como un ingreso? ¿De quién? ¿De la entidad o de sus abogados?

¿Declaran, acaso, el IVA?

Y, sobre todo, si me tapo la nariz y utilizo el mismo argumento que ahora parecen esgrimir en su denuncia, me pregunto:

¿Acaso perdonan ellos las condena en costas y no pasan minutas los abogados que tienen en nómina? Si esos abogados cobran un sueldo, ¿por qué tienen que cobrar -además- una minuta?

Sé la respuesta. Lo peor es que ellos también. «Ellos», esos mismos hipócritas que les han redactado la denuncia.

 

Puede consultarse la noticia completa en:

http://www.elconfidencial.com/empresas/2016-02-02/bankia-contraataca-y-denuncia-a-arriaga-en-la-cnmc-por-inflar-las-costas-de-los-pleitos_1144928/

 

 

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JUSTICIA SOBRE RUEDAS

11 lunes Ene 2016

Posted by Time Advocate in PRÁCTICA JURÍDICA

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bandera, carrito, Causas con preso, El Mundo, ESPAÑA, estante, FIFO, Horrach, LIFO, MERCADONA, Noos, ruedas

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Rescato de la web de “El Mundo” la foto antes de que la borren; aunque el daño ya está hecho, claro, porque desde ayer se ha convertido en viral en la red.

Sentando en un confidente, el señor fiscal del caso “Noos” atiende al periodista. Para ello, ha tenido que hacerse sitio ladeando un carro de “Mercadona” lleno de cajas con el precinto de la Guardia Civil.

En los estantes de su despacho cabe una botella de agua mineral vacía, pero no la mayoría de los expedientes, que incluso ocupan un sillón tapizado a juego con el traje del señor fiscal.

Al fondo apenas se adivina la bandera de España.

Lo que no ven son los pies del entrevistado; igual hasta lo pillaron con zapatillas de andar por casa, o descalzo.

Está claro que no tiene asesor de imagen. Si así fuera, debería estar despedido de manera fulminante.

O no…

Porque la entrevista parece hecha en un momento de esos de “ay, chica, estaba haciendo la casa, no esperaba visita”.

Pero no sería de extrañar que se trate de un “descuido” bien pensado.

Solo eso explicaría que la foto refleje, tal cual, el estado actual de la administración de justicia, precisamente en la misma semana en que el ministerio de la cosa proclama, triunfante, que ya estamos en la fase de “papel cero”.

La realidad es tozuda. Papel cero sí, pero no tanto.

Por ejemplo, hoy mismo nos enteramos que en Madrid, Villa y Corte, se ha dictado una instrucción que permite aún la presentación en papel. De momento, hasta el 31 de enero. Por lo visto, a más de uno el cambio le ha pillado con el polvorón en la boca y ha debido de pedir prórroga.

Observo en la foto un despacho lleno de causas -imagino- aún pendientes de calificar.

¿Qué método empleará para despacharlas? ¿El FIFO? ¿El LIFO? ¿Aún tienen preferencias las causas con preso? ¿Cómo las tiene localizadas?

Y la pregunta del millón: ¿Cómo va a poder cumplir con el plazo máximo de instrucción?

El mensaje es claro: a pesar de los medios con los que se dice que se ha dotado el sistema, así es, señoras y señores justiciables, cómo aguarda el destino y el futuro de más de uno.

La próxima vez que alguien pregunte “cómo va lo mío”, por favor, que tenga presente esa imagen y no olvide que, a lo peor, la velocidad de “lo suyo” depende de algo tan pedestre como lo engrasadas que vayan las ruedas del carrito de “Mercadona”.

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Portus Magnus

06 miércoles Ene 2016

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN

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"Cien años de soledad", contaminación, estériles, GARCIA MARQUEZ, garum, minas, noray, plata, plomo, Portman, romanos

portmannueva

Ese fue el nombre que le dieron los romanos: «Portus Magnus».

Lo que hubo de ser en su momento y en lo que lo hemos convertido.

Malditos.

En «Cien años de soledad» GARCÍA MÁRQUEZ cuenta cómo el Coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Por mi parte, nunca olvidaré esa tarde de verano en que el mío me llevó a conocer este sitio.

-“Ya vereis, ya” -anticipó, mientras conducía nuestro “Simca 1200”.

Yo no era más que una nariz curiosa pegada a la ventanilla, vestido con pantalón corto y sandalias. No sabía nada de romanos, ni de “garum” ni de minas de plata.

No sabía por qué íbamos allí.

Tampoco de los estragos que la avaricia humana puede causar en la Madre Naturaleza. Profanada hasta dejarla estéril.

Recuerdo una carretera sinuosa; recuerdo el olor de los pinos y, abajo, el mar.

Recuerdo -como si fuera ayer- el shock que me produjo llegar al viejo muelle, bajar del coche, acercarme a un oxidado noray y, al asomarme al borde, comprobar que allá donde cabría esperar agua azulada tan solo había un mar de barro solidificado.

Años después he vuelto con mis hijos.

He visto que el noray sigue en su sitio y que sobre el mar de barro solidificado tan solo crecen unas míseras cañas. Parece que la vida se abre camino, pero eso y la nada apenas es lo mismo.

Espero que alguna tarde los hijos de mis hijos se acerquen a Portmán, vean el viejo noray en un museo, paseen por el muelle… y también que, al llegar al borde, el agua cristalina refleje sus caras incrédulas cuando su abuelo les cuente que allí no había otra cosa distinta que un triste mar de barro solidificado.

Mientas tanto, yo os maldigo.

 

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JUNTALETRAS vs LETRADOS («por sus escritos los conoceréis»)

29 domingo Nov 2015

Posted by Time Advocate in ORGANIZACIÓN, PRÁCTICA JURÍDICA, Sin categoría

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contratos, corta y pega, demandas, escritos, fichas, Frankenstein, mapas mentales, notas, pomodoros, recursos

Para un servidor, redactar un escrito forense es algo más que juntar unas cuantas letras, cortar y pegar cuatro sentencias y pedir lo que se nos ocurra en ese momento.

Es cierto que el papel lo soporta (casi) todo, pero no es menos cierto que si algo queda de tangible en la prestación de servicios jurídicos es eso, un escrito. Y, como siempre dice mi madre (mi primera maestra), quien no te conoce te juzgará por lo que lee.

Por sus escritos los conoceréis, parafraseando las Sagradas Escrituras.

Dándole vueltas al asunto de la escritura, con minúscula, estas son las cosas que más me suelen molestar, que actúan a modo de saboteadores mentales y añaden un plus de «penosidad» a mi tarea:

1.- Interrupciones

Los compañeros que me lean saben a qué me refiero. Estás escribiendo, empiezas el texto con el consabido «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …» y en ese momento, llamada. Atiendes, apagas el teléfono, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …». Justo, justo, justo en ese momento, un toc-toc en la puerta del despacho (que habías cerrado por algo, claro) y un «perdona la interrupción, ¿estás ocupado?», y tú, claro, dices, ya no, dime. Atiendes, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …», y entonces es cuando te avisan de que tienes visita, «¿visita, yooo?, ostras, claro, era a las 12 ¿son las 12 yaaaa? Cómo pasa el tiempo».

Toda la mañana con el dichoso escrito y no has pasado del «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …»

2.- Numerar los documentos

Los ciclistas las llaman «etapas pestosas» y para mí no hay mejor término para definir esta tarea: «pestosa». Y no te digo cuando son cientos y cientos de documentos los que acompañas a la demanda, sobre todo cuando se trata de facturas, albaranes, recibos de pago y extractos contables. Cuidado con dejarte alguno, que enfrente te lo van a revisar bien. Documento número 1, documento número 138, documento 453… y así.

3.- Redactar un escrito en apelación

Me da igual que seas recurrente o recurrido, apelante o apelado… Dios mío, ya he superado lo de verme y oírme en una grabación, pero qué trabajo cuesta volver a estudiar el asunto, partiendo prácticamente de cero. Es el día de la marmota, en versión jurídica. Fortaleza de ánimo, serenidad, decisión, respirar hondo… y tres padrenuestros.

4.- Rellenar un formulario online

Lo tienes todo presto y dispuesto para presentar y, ah, ojo, hay que rellenar algún formulario online (ojo con la que se nos viene con Lexnet), por ejemplo, para liquidar la dichosa tasa judicial. Pulsas «rellenar formulario», introduces datos y, cuando crees que lo tienes todo hecho, zas, se borra y vuelta a empezar, jurando en arameo y maldiciendo la estirpe del genio que programó el formulario.

5.- Cuando está impreso y grapado el escrito…

… con sus copias y todo y descubres, con horror, que los párrafos no cuadran con lo que había en pantalla, quedándose una línea, triste y solitaria como el Cadillac, en el último folio. Claro, ya sabes que hay una «cosa» que se llama PDF, que la configuración de la impresora no es la misma de la pantalla, pero es algo que sucede a menudo y da mucha rabia.

6.- Los contratos y sus versiones

Te encargan un contrato «a medida», te vistes de sastre jurídico, estudias, buceas, analizas pros y contras, te pones en lo peor (eso siempre, en lo peor) y vas redactando cláusula tras cláusula. Le das vueltas, imprimes un borrador y otro y otro, hasta que, satisfecho, por fin, le das el visto bueno.

Lo mandas por correo y empieza el «baile»: cambia esto, añade lo otro, quita lo de estas dos cláusulas («¿de quién coño eres abogado, del otro?»). Una vez pasado el filtro del cliente lo mandas a la contraparte y ahí ya no hay salvación posible.

Del escrito que habías preparado inicialmente, bien estructurado, equilibrado y hasta con ritmo, pasas a una suerte de Frankenstein contractual, con la cara llena de costurones. A la porra el arte, «biba el colejio». Eso si, pordios, quite lo de «alquilino» y lo de «sufruto».

7.- Sentencia que exige aclaración

Me dejo para el final uno de mis favoritos. Notificada sentencia, le das la enhorabuena al cliente y al rato éste te llama y dice, oye, que se han equivocado. No puede ser, nos han dado la razón… eso es que han acertado -bromeas. Pero, no, tiene razón, en cuatro folios y medio de sentencia te encuentras un bodrio en el que, pongo casos reales, divorcian a personas que no eran parte del proceso (esos corta y pega que tantos días de gloria nos están dando), conceden indemnizaciones distintas de las pedidas (¿en qué estaba pensando cuando tomaba notas en el juicio? ¿tomaba notas? ¿dibujaba? ¿estaba en el juicio o era un ectoplasma?)… llamas al juzgado y te dicen lo que más temes: «presenta un escrito». Oiga, oiga, oigaaaa… que yo no me he equivocado, pero no hay más remedio que presentar el mal llamado «recurso de aclaración», previsto expresamente en la ley cuando no hay nada que aclarar, puesto que no hay duda de que hay un error como un castillo de grande.

Qué buenas migas harían Microsoft y algunos juzgados, por aquello de las versiones de prueba y las versiones beta.

Comparto experiencias y unos consejos:

1.- Usa mapas mentales

El mapa no es el territorio ni tampoco el pensamiento. Es una guía de escritura, para no perderse. El resultado final no tiene por qué cuadrar con lo previsto pero, desde luego, mal vamos si no tenemos una idea clara de lo que queremos expresar.

No olvides que el mapa es para tí, que lo tienes que hacer en un folio y cuanto más «plástico», mejor. Ya tendrás tiempo de escribir.

2.- Listas de chequeo

Cuando llevas unos años en esto ves que hay asuntos que se repiten una y otra vez. Usa lista de chequeo y comprueba el estado de los flaps antes de despegar, campeón.

3.- Pomodoros

Si, se llaman así; usa los pomodoros: 25 minutos de sprint mental y 5 de descanso. 25 y 5, esa es la proporción. Algo así como las series de los runners.

4.- Usa fichas

Para los trabajos de más envergadura, una idea una ficha; cuando te pones a redactar, las ordenas sobre la mesa (como los juegos de naipes que llaman solitarios) y cada idea te puede servir de título para cada apartado del escrito. En nuestro caso, hechos separados convenientemente por párrafos, fundamentos de derecho en su sitio y el «petitum», lo más importante, claro y preciso. Es un error esperar al final, cuando llegas con la lengua fuera, para redactarlo.

Y es que un escrito se lee de principio a fin, pero no tienes por qué concebirlo así. Me remito a lo de los mapas mentales.

5.- Un último consejo: lo perfecto siempre es enemigo de lo bueno y peor que presentar escrito con erratas es no llegar a presentarlo porque se te pase plazo. Ya tendrás tiempo de ganar el Pulitzer de los abogados.

Y si hay una errata, les presentas un escrito de aclaración. Donde las dan las toman.

 

 

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VIENTOS DE CAMBIO (o cómo volver a empezar)

22 domingo Nov 2015

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN, Sin categoría

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actualización, conocimientos, empezar, ilusión, Monstruos S.A., novato, Scorpions, veterano, vientos de cambio, wind of change

Esta historia me la contaron hace muchos, pero que muchos años, así que no recuerdo los motivos por los que nuestro héroe dejó atrás su ciudad natal, un próspero despacho y una clientela fiel. Tampoco importa.

Le habría pasado algo así como el Juego de la Oca, que una mala tirada de dados le situaba -de nuevo- en la casilla de salida. Mudanza a otra capital de provincia y vuelta a empezar.

En aquella época no había redes sociales ni teléfonos móviles; por otro lado, la publicidad estaba prohibida y expresamente sancionada en el Estatuto de la Abogacía.

Tampoco tenía contactos ni familiares, ni siquiera algún antiguo cliente o compañero de estudios que pudiera dar referencias suyas en su nueva residencia. A efectos profesionales era, sencillamente, invisible.

Pero no se arrugó ni le dio tiempo a lamentarse: montó un nuevo despacho en esa soleada capital sureña sin más recursos que una vieja máquina de escribir, papel de calco para las copias de las demandas, sus conocimientos, su buen hacer y una profesionalidad exquisita. Aunque, huelga decirlo, con eso solo no se paga la renta ni, tampoco, se llena el plato de garbanzos; así que los pocos ahorros que tenía menguaban de forma alarmante.

Día tras día la misma rutina. Traje, corbata y paseo desde casa al despacho y desde el despacho a su casa.

Pasaban las semanas y no había clientes ni casos. Había hablado con un compañero que tenía el despacho justo encima del suyo, pero, con buenas maneras y exquisita cortesía, su vecino declinó amablemente cualquier posibilidad de colaboración.

Al menos tenía tiempo para estudiar y ponerse al día. No pasaba como ahora, que hay una auténtica diarrea legislativa, pero los nuevos amos del país -y, por tanto, de BOE- no desaprovechaban ocasión para hacer patente su poder y se atrevían ya hasta con reformas de los viejos códigos decimonónicos.

En esas estaba, clavando codos, cuando una tarde sonó el timbre de la puerta. Apagó el cigarro, se puso la chaqueta y se apretó el nudo de la corbata. Al abrir, se encontró con dos inesperados visitantes que, después de disculpar el retraso («de qué retraso hablaban, si no había quedado con nadie…»), se presentaron preguntando por «el abogado».

-Si, soy yo…

-¿Podemos pasar?

Sentados en los confidentes, parapetados detrás de un grueso cartapacio y después de recuperar el resuello, sacaron una escritura tras otra, legajos amarillentos que, como naipes de una gigantesca baraja, fueron desplegando sobre la mesa mientras contaban el caso con pelos y señales.

De sus bocas brotaban datos y más datos (servidumbres, linderos, amillaramientos y otras lindezas de derecho hipotecario) que nuestro protagonista anotaba minuciosamente en su recién estrenado cuaderno.

Cuando llevaban más de media hora se dio cuenta de que hablaban con referencias a hechos que daban por supuesto que él conocía, cuando no era así. De manera que dejó la pluma sobre la mesa, levantó la mano y pidió una tregua.

-Creo que se han confundido de abogado.

-¿Cómo?

-Si, que no soy la persona que imaginan.

-¿Ud. no es abogado?

-Si, claro. Me refiero a que no soy el abogado que buscaban.

-Entonces, ¿es que no nos puede llevar el caso?

-A ver, claro que puedo llevarlo, pero digo que se han equivocado porque Uds. debían de estar buscando a otro compañero que tiene el despacho justo en el piso de arriba. Les pido disculpas, porque han depositado su confianza en mí pensando que era esa persona. De todas formas, mi código deontológico me impide revelar nada de lo que me han comentado. 

Después de un silencio incómodo, que se hizo eterno, los visitantes se miraron entre sí, hasta que el más lanzado se encogió de hombros y dijo:

-Bueno, señor letrado, ya que estamos aquí y hemos avanzado tanto, para qué irnos. Sigamos. Como le iba diciendo, aquí en esta escritura pone claramente que …

Y así siguió la tarde, la semana y nuestro héroe se estrenó, con éxito, en los juzgados de esa ciudad.

Estos clientes quedaron satisfechos y empezó a funcionar el boca a boca hasta que se hizo con un nombre y una clientela -incluso- superior a la que había dejado en su tierra natal. Y por ahí andará.

Cada vez que alguien se queja de las dificultades que se encuentran los nuevos letrados para empezar me acuerdo de esta anécdota y pienso que no están en una situación de desventaja respecto de lo que empezamos veinte años antes, todo lo contrario: los clientes no se sienten atados a ningún apellido y buscan, lo primero, alguien que les dedique atención y escucha activa para su caso. Si estás empezando desde luego problemas de disponibilidad no vas a tener.

En la actualidad se legisla a diario. Apenas da tiempo a consolidar ningún tipo de doctrina jurisprudencial: para cuando el caso llega al Supremo, hay unas nuevas reglas de juego.

En realidad, eso nos iguala a todos, puesto que, con independencia del número de colegiado que tengas, quedarse quieto, «en el sitio», es quedarse atrás. La actualización es necesaria no solo en conocimientos jurídicos sino en tecnologías de la información y, por poner un ejemplo, quién mejor puede saber de redes sociales y reputación digital que las nuevas incorporaciones que hasta ayer mismo estaban tonteando con «Tuenti».

Con tanto imbécil dispuesto a vomitar en la red hay campo para todos. La imaginación al poder.

Y esto vale tanto para los nuevos talentos como para los que vamos acumulando años de ejercicio: hay que hacerse el nudo de la corbata con la ilusión del primer día y, con esa predisposición, tener las orejas tiesas y los ojos bien abiertos.

¿Cambios? ¿Quién dijo miedo a los cambios?

Como reza el viejo haiku:

un temporal se ha llevado el tejado de mi casa; qué bien, esta noche dormiré viendo las estrellas

 

 

 

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NO ME DE LAS GRACIAS

11 domingo Oct 2015

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN

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basura, comida japonesa, conservas, contenedor

Hace diez minutos que he colgado el teléfono, después de encargar una bandeja de sofisticada comida japonesa.

Nada de cocinar ni pringar la cocina.

Esta mañana he comprobado cómo uno de los botes que guardo en mi cajón-despensa ha reventado, poniéndolo todo perdido. Inevitable acordarse de la fábrica de «Halcón Foods», con sus estanterías preñadas de botes putrefactos mientras que en el Juzgado de lo Mercantil donde tramitan el concurso siguen discutiendo si son galgos o podencos.

En mi caso no tengo más coartada que una cierta desidia y los calores extremos del verano.

Aprovecho el contratiempo para pasar el paño y hacer inventario: varios botes de aceitunas (con lo que engordan), tomate frito, champiñones, caldo de pollo, melocotón y piña en almíbar, fabada, atún, espárragos, garbanzos, pimientos asados, lentejas…

Uno tras otro van desfilando delante de mis narices, alguno con la etiqueta medio despegada por el pringue. Me he convertido en un implacable sexador de pollos y los voy separando: tú-sí, tú-no, a la basura, al cajón. Me encuentro muchos caducados y me hace replantearme la próxima lista de la compra. Anda que si decidiera ir a Marte algún día…

El caso es que a lo tonto-tonto lleno una bolsa entera de basura con los descartes. Lo del «laterío» es una cosa muy seria: puede acarrear enfermedades graves.

Es de noche y salgo a por la dichosa comida japonesa (si la recoges en el local te hacen un diez por ciento de descuento). De camino me programo pasar por el contenedor y me asalta la primera duda: ¿orgánico o al de envases? Yo lo dejaría en un cementerio nuclear, pero no es el caso.

No he hallado aún la respuesta cuando me topo con un señor escarbando en la basura. No lleva móvil (este no), tan solo una linterna que le hace parecer un minero.

–Buenas noches -le digo-. Perdone… ¿me permite?

Me da las buenas noches muy educadamente y me suelta un

-¿Es comida?

-Sí, comida enlatada.

Mi respuesta le ilumina la cara; tanto que -pienso- ya no le hace falta la linterna.

-Oiga -añado- son botes caducados, CA-DU-CA-DOS, ¿entiende? Y deposito la bolsa con sumo cuidado. No me hace falta sujetar la tapa del contenedor. Este hombre ha puesto un palo que lo mantiene con sus fauces abiertas.

La bolsa apenas ha tocado el resto de la basura cuando la coge y la atrae para sí. La deposita en el suelo, la abre y empieza su propio inventario. Le enseño las fechas, le insisto en que está caducada.

De pronto me veo agachado con él, repasando el «botín». Curiosa imagen, como la un pescador que te enseñara su pesquera del día. Pero maldita la gracia.

Lo peor es que todo el rato me dice «gracias, gracias»… no me escucha, no me oye. Yo le replico que no, que no me de las gracias, pero él a lo suyo.

Al final me remango, saco con él todos los botes y le quito uno. El que había reventado. El tipo estaba dispuesto a llevárselo también.

Lo tiro con rabia al contenedor. Quiero que se oiga el golpe y dar por terminado el asunto.

Cuando me dispongo a irme me mira a la cara y me dice otra vez «gracias, gracias».

Le replico que la huela antes de comerla; que no hago ascos a la comida caducada, pero tengo niños pequeños…, torpe excusa que, afortunadamente, ni me escucha ni tampoco podría entender.

Enfilo ruta hacia el japonés, tocado por lo que acabo de vivir. Se me han quitado las ganas de todo, pero el pedido está hecho.

Epifanía. Revelación. Mientras conduzco cobra para mí sentido el que las autoridades -a veces sabias- no usen el verbo «tirar» y, en lugar de ello, rotulen los contenedores con un «deposite» aquí su basura.

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MÁS QUE A LA VARA VERDE

11 viernes Sep 2015

Posted by Time Advocate in PRÁCTICA JURÍDICA

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costas, deuda, esposa, gananciales, moroso, vara verde

La historia hay que contarla en su contexto: época del pelotazo, del dinero fácil, de los arrimaos, los advenedizos y los listos.

Adornan el paisaje niños en edad escolar abandonando estudios para levantarse cuatro mil euros mensuales como yesaires. Cuatro mil mensuales, pero que cobran de quincena en quincena. Cash que les permite aparcar BMW Serie 3 coupé en la puerta de la casa familiar, pavoneándose por el barrio como auténticos triunfadores.

No faltan sucursaleros que, por la tarde, se convierten en “medieros” del “mira tú, que Fulano tiene un solar y conozco a Mengano que estaría interesado en hacer una promoción. Por las perras no hay problema, que el préstamo promotor lo tienes ya concedido…”

Conseguidores a tiempo parcial que no quieren perderse su parte del pastel.

Y en ese contexto, a mi cliente que no le pagaban los materiales de una obra. Por lo visto, a la hora de montar el negociete había un pequeño error de cálculo: las ventas sobre plano no iban al ritmo esperado y en la caja de la promotora empezaba a notarse el hueco de las perrujas que el listo había desviado para darse un par de caprichos.

Así que le tocaba pagar el pato a mi cliente. Quizá porque tiene pinta de tirillas y no tiene las manazas de otros –cinco dedos como cinco butifarras, oye- a los que nuestro moroso no tuvo redaños para dejarles la púa.

El caso es que judicializamos el expediente y me imagino la cara de choteo y la risa que le tuvo que dar al listo cuando le llegó la demanda:

–Si mi sociedad es “disolvente”, me van a cobrar en sellos de correos…, -con esa seguridad y chulería que te da saberte aparentemente impune. Es lo que tiene embozarse tras un nombre comercial y bajo las siglas “ese-ele”.

Así que, después de varios meses de papeleo infructuoso, decidimos darle carpetazo al asunto… en lo que a la sociedad se refería.

Pero hete aquí que averiguamos que el pavo estaba casado y encima no había hecho separación de bienes. Quien le asesoró se quedó a mitad de camino o, bien, a lo mejor tampoco cobró lo que se le debía y vistió el santo a medias. El caso es que vimos la puerta abierta e interpusimos nueva demanda, derivando toda la deuda contra el administrador y su legítima, dicho sea de paso.

Estaba en otras cosas cuando recibimos llamada del susodicho, que quería verme y “solucionar el asunto».

Personado en mi despacho le dije que la deuda era tanto y tanto, me dijo que cómo había subido a ese importe y le expliqué que eran dos pleitos, con las costas e intereses correspondientes; que si hubiera liquidado o llamado al primer dolor, le hubiera salido más barato.

Le expliqué el proceso, cómo había agotado todas las vías hasta llegar ahí, empezando por un burofax amistoso que le envié el año anterior…

El caso es que, una vez relajado, me pidió tregua y facilidades de pago, esta vez echando mano de la solidaridad masculina . Y ahí me contó su historia:

La demanda la había recibido su señora, en su domicilio particular, esa misma mañana; cuando llegó a casa a comer, le esperaba hecha un basilisco, le tiró la demanda a la cara y le concedió el resto del día para solucionar el asunto, si no quería verse con las maletas en la calle. Que a ella no la ponían colorá en ningún sitio y menos en el juzgado.

Ni brazo secular ni vara verde. Ese día descubrí que no había mejor estímulo para hacer memoria y acordarse de pagar las púas pendientes.

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SECRETO BANCARIO

04 viernes Sep 2015

Posted by Time Advocate in EXCELENCIA

≈ 4 comentarios

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banco, esposa, extracto, putas, tarjeta

–Sr. Director: Dª. M. en la puerta, que quiere hablar con Ud. … Ahora.

-Estoy ocupado

-Ahora. Que quiere hablar con Ud. A-HO-RA.

Menudo marronazo –piensa. En otro tiempo la habría despachado con eso de que “me esperan en la notaría, para firmar una póliza, vuelva Ud. otro día”; pero desde que La Caja ya no es una Caja, sino un banco en manos de nuevos gestores, se ha hartado de cursos de coaching, atención al cliente, gestión de emociones… y la de hoy es una buena oportunidad para poner en práctica sus conocimientos. Eso y que la cuenta de Dª. M. es lo suficientemente importante como para afectar a los resultados de la oficina. Un paso en falso y ya se ve visitando polígonos, como el trimestre pasado.

Así que el Sr. Director pasa a operar en modo Jose-Luis-López-Vázquez en “Atraco a las Tres” y despliega la mejor de las sonrisas, suelta un “qué tal Doña M., qué la trae por aquí” y remata con un “pero siéntese, siéntese, póngase cómoda. Disculpe la espera”.

Solo le falta decir eso de “un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo”, pero ni Dª. M. es una vedette ni se llamaba Katia Durán. Además de que eso no te lo enseñan en el curso de coaching.

–Pues mire, don P., acabo de recibir el extracto de la tarjeta del banco y veo que me han efectuado varios cargos raros, rarísimos, que deben ser un error. Aquí, aquí y aquí… ¿lo ve? “La casa del Jamón”, pone. Y en mi casa no hemos comprado jamones desde hace años. Entre otras cosas porque nos los regalan, ¿sabeusté?

-Estooo, debe ser un error, no se lo discuto. Cosas de la informática, que-la-carga-el-diaaaablo. En fin, no se preocupe. Inmediatamente doy orden para que retrocedan esos apuntes.

-No esperaba menos de una entidad tan seria como la suya.

-Mire, ¿vé? Ya está; llévese el extracto actualizado, donde verá la anulación de los cargos indebidos. Y mil perdones. Ah, y dele recuerdos a su marido.

Así que Dª M. recoge su bolso de Chanel, se envara sobre los tacones de sus Christian Loubutin y sigue ruta, camino de la cafetería de “El Corte Inglés”, un poco acelerada ya, porque no querría ser descortés ni hacer esperar al resto de “Señoras Dé” con las que queda para desayunar a la hora de siempre.

Mientras, nuestro héroe descuelga el teléfono y llama al marido de Dª. M.:

-Tienes hasta las dos de la tarde para traerme 2.485,65 euros. Ni un céntimo más, ni un céntimo menos. Hasta las dos, antes de hacer el arqueo. Ah, y no apures, que es viernes y a mediodía me esperan en la Plaza de las Flores. Joder, mira que te tengo dicho que las putas no las pagues con la tarjeta de tu casa; pero, nada, ni caso, lo tuyo es oler perfume barato y poner los ojos en blanco.

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BENDITA IGNORANCIA

28 viernes Ago 2015

Posted by Time Advocate in PRÁCTICA JURÍDICA

≈ 3 comentarios

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costas, intereses, moroso, proceso

Por lo que pudimos saber después, el moroso no tenía problemas de liquidez; solo que su madre lo había parido así de chulo.

Me recordaba el típico impresentable que, después de abonar la factura de la comida, se pone a regatear con el camarero y le pide, más bien le exige, “unos golpes” por cuenta de la casa. No un chupito, no; unos gin tonics. Así, por la cara. Golpe el que les daría yo, cada vez que lo hacen.

Pero no disgreguemos. A este “capitán de empresa” le costaba pagar. Y gustaba de dejar un “pico” a cuenta. Su estrategia había sido la de contratar los servicios para toda la campaña agrícola, ir pagando, más o menos puntualmente, y dejar una última factura a cuenta.

En el supuesto que nos ocupa la única “excusa” que se nos dijo era que nuestro cliente “había ganado mucho dinero trabajando con él, así que no le veía ningún reparo en que le dejara a deber la última factura”. Más bien le ofendía que no se le hiciera “una gracia”. Lo decía de corrido y sin ponerse colorado.

El caso es que mi cliente, cansado de echar viajes, nos pasó el expediente y procedimos a reclamarlo judicialmente.

Cuando al empresario de pro le llegó “la papela”, no tenía excusa: el servicio había sido impecable; no había manifestado disconformidad o rechazo; tampoco discutía la certeza del encargo, precio o condiciones de pago. Así que, en realidad, no hubo juicio ni disputa alguna.

Condenado en sentencia firme, al final tuvo que pagar la deuda, lo que verificó consignando el importe en la cuenta del juzgado.

Pero la historia no termina aquí, claro. Se tasaron costas, liquidamos intereses de demora y… otra vez con la misma cantinela, aunque subida de tono, rematada con un “no pago porque no me sale de los h…”.

Así que, sin más aviso, procedimos a ejecutar la tasación de costas y liquidación de intereses que, en cuanto le llegó, pagó en el juzgado.

Pensaría que con eso se había acabado el proceso, pero no era así. De nuevo, se tasaron costas y se liquidaron intereses, esta vez por el trabajo de la ejecución; al llegarle la nueva “papela” esta vez el que corrió para entrevistarse en persona fue el moroso quien, plantado en jarras en la puerta del despacho de mi cliente, le espetó un

–Pero, pero, pero… ¿esto cuándo se va a acabar?

Y el bueno de mi cliente, apoyó mano sobre mano en su regazo, se recostó en el sillón y le soltó con su sonrisa beatífica:

–No lo sé, Fulano, eso tendrás que preguntárselo a mi abogado. Como yo pago puntualmente mis deudas voy aprendiendo al mismo ritmo que tú; hasta ahora no me sabía el proceso…

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