En este tiempo de dudas e incertidumbres, emerge un principio básico: hay que comportarse como si uno estuviera ya infectado. De esa manera queda claro que, de circular por la vía pública, solo se puede hacer de forma individual. Adiós, por tanto, a la sostenibilidad, al coche y tiempo compartidos. A la reutilización. El plástico ha dejado de ser el malvado de este cuento y se ha convertido en un artículo de primera necesidad. Lo primero, dicen, es sobrevivir.
Si te consideras ya infectado, tampoco hay dudas: adiós a subir y bajar escaleras, a ejercitarse en las zonas comunes de tu comunidad. Aunque sean privadas. Hay que eliminar toda posibilidad de contagio. El muro se estrecha.
Pero no nos pongamos trágicos. Ayer me contaron un chiste muy gracioso, el de la llamada del repartidor de Amazon que pregunta el horario en el que puede pasar a dejar el paquete en casa. El chiste de hoy es el del puente de San José. “¿Dónde has pensado pasar este puente, en el salón o en la terraza?” -nos preguntamos.
Y hablando de padres, muchas consultas a la hora de cumplir los regímenes de visitas en los casos de separación y divorcio. Más allá de lo que acuerden juntas de jueces y especialistas en Derecho de Familia, sentido común; o primeros principios, que diría Hannibal Lecter: por encima de toda consideración, que prime siempre el interés del menor y, segundo principio, comportemonos ya como si estuviéramos infectados.
En el siempre árido BOE observé esta mañana una concesión a la lírica. En la exposición de motivos del último decreto se nos dice que estamos viviendo un tiempo de “disrupción”. Es una palabra que me gusta, que me suena a “distopía”. Será, probablemente, de la misma familia. Me gusta, en cualquier caso, porque anuncia el advenimiento de un nuevo tiempo, una nueva era en la que se vuelvan a barajar las cartas. Pasaremos del “nunca más” y del “para siempre” al “cuánto me alegra haberte conocido” y “cómo valoro las horas que compartimos”. ¿Por qué ha hecho falta una crisis como esta para darse cuenta?
Esta noche no me ha importado saber que no se pueden subir y bajar escaleras, que mañana no puedo ejercitarme en la azotea ni, tampoco, correr por el garaje. Tengo un plan “B”.
Porque esta noche aprendí que hay otras formas de ensanchar una casa: agarrar un cojín -o lo primero que se te ocurra- y empezar a moverse al ritmo del dos por cuatro. Rodear los muebles, subirse a ellos. Cerrar los ojos e improvisar. “Dejate” llevar, viejo, me parece escuchar.
Ya no me importa actuar como si fuera un infectado. Porque, entonces y por vez primera en mi vida, podría atreverme a echar de menos lo que aún no he conocido.
Lunes 16 de marzo, lunes de “por fin es lunes”. Cuando sonó la alarma hacía ya un rato que estaba despierto. En eso no ha sido un lunes especial, que digamos. Porque ni es la primera vez ni será la última que me sucede. La novedad es que esta mañana no era un juicio lo que enturbió mi sueño. Hoy era primer lunes después de decretarse el Estado de Alarma. Hoy ha sido el Día Dos del Coronavirus.
Al despertar, tres preguntas: ¿Habrá enfermado algún familiar o allegado? ¿Se habrán endurecido las medidas? ¿Que me voy a encontrar en cuanto llegue al despacho?
Soy consciente de que hemos entrado en una dinámica en la que las jornadas empezarán a parecerse unas a otras. Se ha instaurado un Nuevo Régimen en cuyo calendario han desaparecido los viernes de tapeo, las vísperas, los festivos y los domingos futboleros. No hay verbenas, ni fiestas populares. Llegará un momento -pienso- en el que me dará igual si llueve o hace frío, si amanece el día ventoso o soleado. Me dará igual porque en el confinamiento siempre hace la misma temperatura. O casi.
Estamos muy lejos, empero, de caer en la desesperación. Todavía nos puede parecer hasta divertido -dicen algunas voces autorizadas-, pero lo peor del encierro está aún por llegar -advierten-.
De nuevo he tenido que tirar de lecturas pasadas, de voces mucho más autorizadas que las chorradas que inundan mi Whatsapp desde hace tres días; voces como la de Viktor Frankl, superviviente del exterminio nazi quien, en su “El hombre en busca de sentido”, nos enseñó aquello de que
a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino
Y de eso se trataba hoy. De actitud frente al desafío.
Está prohibido salir a correr y los gimnasios están cerrados, pero, aun así, no renuncio a mi rutina mañanera. En el Real Decreto todavía no se dice nada de que no se puedan subir y bajar escaleras; o que esté prohibido hacer un circuito en la azotea del edificio. Y, ya se sabe, lo que no está prohibido está permitido.
Es curioso. Después de siete años es la primera vez que he subido a la azotea. Y he visto que no era el único. En el edificio de enfrente otro ha decidido no dejarse vencer por la molicie. Imposible sentirse solo.
El cielo estaba nublado y amenazaba lluvia. He corrido como si fuera un ratón -pegado a la pared- observando cómo en la obra de enfrente reanudaban el tajo. A los equipos de protección individuales se les ha añadido una mascarilla. Y listo. El martilleo de las herramientas no ha dejado de ser otro síntoma de “normalidad”.
Alguien ha decidido seguir, no rendirse, para que dentro de unos meses -o años, quién sabe- los apartamentos sean habitados por niños que volverán a jugar en los columpios del parque y a los que, cuando crezcan, quizá aburramos contando estas historias del Coronavirus.
Es noche cerrada. En casa ya, me llega otro enlace por Whatsapp: por los balcones de Italia hoy sonaron los acordes de un tango -“Oblivion”-, pero cantado en francés… Preguntas: “¿Qué más se puede pedir?”. Y te respondes rápido: “Solo una cosa: bailarlo».
En el Segundo Día del Coronavirus aprendimos algo nuevo: que aparte de aplausos coreografiados, en tu balcón también puedes dejar un “abbraccio sospeso”, el abrazo suspendido; el que se da para cuando se pueda recibir.
Finaliza la llamada y cuelgas el auricular despacio, muy despacio, como dándote tiempo para asimilar el contenido de la conversación. Es la primera vez que hablas con alguien de ese nivel y por tu cabeza pasan muy rápidas las imágenes de cuando juraste el cargo: el orgullo de tu padre, reflejado en unos ojos vidriosos que luchaban por no expresar su emoción; el beso empapado en lágrimas de tu madre; y, cómo no, el guiño de tu novia, compañera de toda la vida y ahora madre de tus hijos.
Desde bien pequeño fuiste una persona recta que, una vez alcanzada la cúspide de su carrera profesional, jamás ha renegado de sus orígenes humildes. A pesar de ser el número uno de tu promoción. A pesar de ser consciente de que ganar esa oposición era una suerte de ascenso social.
Con esfuerzo y sacrificio conseguiste una estabilidad económica y, por qué no decirlo, un prestigio. Pero, aparte de eso, siempre has pensado que ser un servidor público te garantizaba libertad de conciencia para actuar con objetividad y en la forma correcta. Sin peajes. Sin servidumbres. La Ley por encima de todo. Y por encima de todos.
Te has mantenido firme con tus ideales: a los hijos, por ejemplo, los tienes estudiando en un colegio público. Y cualquier susto o arrechuche lo has visto con el sistema nacional de salud. Educación y Sanidad de la que sentirse orgullosos y que -mejor que tú nadie lo sabe- sufragamos entre todos con nuestros impuestos. Esos que tú ayudas a recaudar.
Ajeno totalmente a vaivenes políticos, nunca te has querido significar como simpatizante de ningún partido. Más aún, ni siquiera te has asociado a ningún grupo profesional.
Y eso que cantos de sirena nunca han faltado. Siendo el número uno de tu promoción bien pudiste elegir la carrera judicial o la fiscal. Tu madre, que era muy práctica, te recomendaba que estudiaras para registrador. Pero una conversación con una persona a la que admirabas mucho te decantó por la Abogacía del Estado. Son las cosas que tienen los mentores. Y es lo que tiene respetar a quienes te han precedido y saben de todo mucho más que tú.
Ahora termina esa llamada y por tu cabeza pasa la imagen de tu padre, exultante, cuando supo que hasta dabas clases en la universidad.
-Fíjate, madre, el hijo de un agricultor casi analfabeto.
Y recuerdas cómo te abrazaba con esas manos callosas, cuarteadas por el sol y la tierra. Menos mal que tu padre ya no está vivo para leer mañana la prensa.
Cuando te han pasado la llamada pensabas que no querías que nada -ni nadie- te apartara del estudio de los autos mientras formulabas el escrito de acusación.
Cuelgas el teléfono y caes en la cuenta de que no recuerdas el día en que pasaste de ser Abogado del Estado a Abogado del Gobierno.
Al poco tiempo de apagarse la llama y, con ella, todos y cada uno de los focos que el mundo había puesto sobre los Juegos de Río 2016, la piscina fue colonizada por los mosquitos.
Era algo que se veía venir. Durante la competición causó polémica el aspecto verdoso que presentaba. De hecho, fue el tema estrella en las tertulias deportivas y objeto de burla en las redes sociales. Pero esa mañana se produjo un acontecimiento que haría olvidar, al menos por una jornada, el asunto del agua.
-Señoras y señores, pasamos a la última serie de los 100 metros estilos libres. Junto al representante de la República Dominicana y el de Costa de Marfil, tenemos, por la calle 5, a Robel Kirós Habte, 24 años, estudiante universitario y representante de Etiopía. No se dejen engañar por su aspecto: es el campeón nacional de su país y, de hecho, ha sido elegido como abanderado por su delegación.
Ese soy yo. Robel «La Ballena» Kiros. Si, ya sé: todo el mundo piensa que estoy gordo. Algunos periodistas deportivos denuncian que me clasifiqué porque mi papá es presidente de la federación de natación. Bueno, yo a lo mío. A recordar lo que siempre me dice el entrenador: braza-braza, respirar; braza-braza respirar. Confianza. No en vano soy el recordman de mi país. Vamos.
Robel clasificó el 59 de 59 participantes. En Youtube todavía puede verse un resumen de su prueba. A pesar de haber llegado a la meta nada menos que 17 segundos después que el nadador que lideró esa serie, el público presente le ovacionó.
Pero el aplauso no fue unánime. Hubo quien mostró enfado, acusando a los etíopes de actuar con absoluta falta de respeto a los Juegos. Otros, en cambio, defendieron que cada país llevaba a su mejor representante.
Al protagonista le resbalaron las críticas. Estoy feliz porque es mi primera participación en unas Olimpiadas -dijo a la agencia Reuters-. Así que le doy muchas gracias a Dios. Todo el mundo en Etiopía se despierta y corre. Nadie nada. Pero yo no quería correr, quería nadar. Y no me importa en qué lugar quede.
“Citius Altius Fortius”.
El tiempo y la mugre han borrado los rótulos, la publicidad y hasta el lema olímpico. Ni siquiera la poderosa brazada de Michael Phelps sería capaz de espantar a los nuevos usuarios de la piscina, a los que no les importa -todo lo contrario- nadar entre tanta pestilencia.
Nosotros no podemos saberlo pero los mosquitos se animan unos a otros con el ejemplo de Robel. Y han hecho suyo el mejor tuit que inspiró el etíope: “Para llamar la atención no seas diferente; sé excepcional”.
Sí, este finde estaba pasando canales de forma distraída mientras mi hijo -que ya no ve la tele ni por equivocación- levantó la cabeza de su ordenador y me miró de forma cómplice. Pasaban, una vez más, “300” y estábamos ante la famosa escena.
Nos quedamos paralizados, atentos, conteniendo el aliento. Esa es la magia del cine.
Con una coreografía que nunca habíamos ensayado, asentimos, mostrando nuestra conformidad a la vez que la mujer de Leónidas, y ello justo un instante antes de que éste pateara y gritara lo de “ESTO ES ESPARTAAA”.
Pero la complicidad no quedaba ahí, puesto que descubrí que mi hijo se hacía la misma pregunta que yo:
-Papi, a dónde conduce ese abismo, dónde acaban los que caen por él…
La verdad es que me había hecho siempre la misma pregunta, pero no hay respuesta. Nadie lo sabe con certeza… a menos que se caiga en él.
La mención a “tierra y agua” evoca un pozo. En realidad, es un recurso cinematográfico porque solo al que asó la manteca se le ocurre poner un agujero tan peligroso en medio de un palacio real.
Aun así, la pregunta tiene su miga.
Salta al abismo quien comete el sacrilegio (“blasfemia”, dice) de asesinar a unos diplomáticos, por muy agresivas y ofensivas que fueran sus propuestas.
Se enfrenta al abismo quien en su vida sabe que cruza una línea roja, que toma una decisión a sabiendas de que no hay marcha atrás.
Antes de que a la señora Oprah WINFREY la elogiaran por su discurso contra el acoso sexual, ya me había hecho anotar una frase que se le atribuye y que habla del coraje:
Haz eso que piensas que no puedas hacer. Falla en ello. Inténtalo de nuevo. Las únicas personas que nunca caen al vacío son aquellas que nunca se suben a la cuerda floja
Y es que los necios actúan sin considerar las consecuencias; los cobardes, por miedo a ellas. Solo los valientes actúan a pesar de las consecuencias.
Los 31 de agosto de mi infancia solían oler a viento de Levante; viento húmedo que se colaba silbando a través de las rendijas de las ventanas de nuestro apartamento playero y que acompañaba su lamento con un rítmico baqueteo de persianas.
La verdad es que ese día te despertabas en un escenario un poco tétrico, al menos por contraposición a la luminosidad habitual del Mediterráneo.
En esa época, la Torre de la Horadada tenía tan solo una única calle asfaltada que pasaba por la plaza principal del pueblo que, a pesar de llamarse “Del Generalísimo”, todo el mundo conocía como “La Plaza”. Sin más.
Daba igual que hubiera nubes o brillara el Sol: los tres “días de Levante” no te los quitaba nadie.
Ese día no había baño y apenas se podía montar en bici o jugar al fútbol; aunque aguantaras el tipo frente al viento, las calles se convertían en auténticos barrizales. Y tampoco había mucho más que hacer.
No obstante, todavía hoy (en el año 2017) hay quien se acuerda, como me pasa a mí, que el final del veraneo lo marcaba San Ramón y se “concelebraba” degustando, entre otras cosas, unas migas.
A su manera y casi sin quererlo, mis padres demostraban que el final del “veraneo” no tenía por qué ser un día triste.
Pasados los años leo eso que llaman “síndrome de estrés postvacacional” que, al menos esa es mi sensación, es un refrito que se tiene preparado de antemano para rellenar publicaciones y que se repite, temporada tras temporada, como un mantra; lo mismo que se hace con las épocas de rebajas o las navidades. O el aniversario de la muerte de «Lady Di».
Y, siguiendo esa moda de etiquetarlo todo, ahora se le llama “gota fría” a ese fenómeno meteorológico al que me estoy refiriendo, frente al que nadie mostraba ningún tipo de sorpresa. Era algo connatural al final de agosto.
Hay quien lamenta volver a la rutina sin pararse a pensar en la suerte que tiene.
Hoy 31 y con el cambio de fecha, finalizan muchos contratos de trabajo concertados con sustitutos, eventuales y/o temporeros.
Mi pensamiento está con todos aquellos que durante este mes de agosto me han acompañado en la faena; esos que han puesto un café, distribuido la prensa o repartido el correo… y que hoy lo hacen despidiéndose de un servidor diciendo eso de “por última vez”.
No; espero que no sea la última y que encontréis pronto faena, compañeros.
Esta historia me la contaron hace muchos, pero que muchos años, así que no recuerdo los motivos por los que nuestro héroe dejó atrás su ciudad natal, un próspero despacho y una clientela fiel. Tampoco importa.
Le habría pasado algo así como el Juego de la Oca, que una mala tirada de dados le situaba -de nuevo- en la casilla de salida. Mudanza a otra capital de provincia y vuelta a empezar.
En aquella época no había redes sociales ni teléfonos móviles; por otro lado, la publicidad estaba prohibida y expresamente sancionada en el Estatuto de la Abogacía.
Tampoco tenía contactos ni familiares, ni siquiera algún antiguo cliente o compañero de estudios que pudiera dar referencias suyas en su nueva residencia. A efectos profesionales era, sencillamente, invisible.
Pero no se arrugó ni le dio tiempo a lamentarse: montó un nuevo despacho en esa soleada capital sureña sin más recursos que una vieja máquina de escribir, papel de calco para las copias de las demandas, sus conocimientos, su buen hacer y una profesionalidad exquisita. Aunque, huelga decirlo, con eso solo no se paga la renta ni, tampoco, se llena el plato de garbanzos; así que los pocos ahorros que tenía menguaban de forma alarmante.
Día tras día la misma rutina. Traje, corbata y paseo desde casa al despacho y desde el despacho a su casa.
Pasaban las semanas y no había clientes ni casos. Había hablado con un compañero que tenía el despacho justo encima del suyo, pero, con buenas maneras y exquisita cortesía, su vecino declinó amablemente cualquier posibilidad de colaboración.
Al menos tenía tiempo para estudiar y ponerse al día. No pasaba como ahora, que hay una auténtica diarrea legislativa, pero los nuevos amos del país -y, por tanto, de BOE- no desaprovechaban ocasión para hacer patente su poder y se atrevían ya hasta con reformas de los viejos códigos decimonónicos.
En esas estaba, clavando codos, cuando una tarde sonó el timbre de la puerta. Apagó el cigarro, se puso la chaqueta y se apretó el nudo de la corbata. Al abrir, se encontró con dos inesperados visitantes que, después de disculpar el retraso («de qué retraso hablaban, si no había quedado con nadie…»), se presentaron preguntando por «el abogado».
-Si, soy yo…
-¿Podemos pasar?
Sentados en los confidentes, parapetados detrás de un grueso cartapacio y después de recuperar el resuello, sacaron una escritura tras otra, legajos amarillentos que, como naipes de una gigantesca baraja, fueron desplegando sobre la mesa mientras contaban el caso con pelos y señales.
De sus bocas brotaban datos y más datos (servidumbres, linderos, amillaramientos y otras lindezas de derecho hipotecario) que nuestro protagonista anotaba minuciosamente en su recién estrenado cuaderno.
Cuando llevaban más de media hora se dio cuenta de que hablaban con referencias a hechos que daban por supuesto que él conocía, cuando no era así. De manera que dejó la pluma sobre la mesa, levantó la mano y pidió una tregua.
-Creo que se han confundido de abogado.
-¿Cómo?
-Si, que no soy la persona que imaginan.
-¿Ud. no es abogado?
-Si, claro. Me refiero a que no soy el abogado que buscaban.
-Entonces, ¿es que no nos puede llevar el caso?
-A ver, claro que puedo llevarlo, pero digo que se han equivocado porque Uds. debían de estar buscando a otro compañero que tiene el despacho justo en el piso de arriba. Les pido disculpas, porque han depositado su confianza en mí pensando que era esa persona. De todas formas, mi código deontológico me impide revelar nada de lo que me han comentado.
Después de un silencio incómodo, que se hizo eterno, los visitantes se miraron entre sí, hasta que el más lanzado se encogió de hombros y dijo:
-Bueno, señor letrado, ya que estamos aquí y hemos avanzado tanto, para qué irnos. Sigamos. Como le iba diciendo, aquí en esta escritura pone claramente que …
Y así siguió la tarde, la semana y nuestro héroe se estrenó, con éxito, en los juzgados de esa ciudad.
Estos clientes quedaron satisfechos y empezó a funcionar el boca a boca hasta que se hizo con un nombre y una clientela -incluso- superior a la que había dejado en su tierra natal. Y por ahí andará.
Cada vez que alguien se queja de las dificultades que se encuentran los nuevos letrados para empezar me acuerdo de esta anécdota y pienso que no están en una situación de desventaja respecto de lo que empezamos veinte años antes, todo lo contrario: los clientes no se sienten atados a ningún apellido y buscan, lo primero, alguien que les dedique atención y escucha activa para su caso. Si estás empezando desde luego problemas de disponibilidad no vas a tener.
En la actualidad se legisla a diario. Apenas da tiempo a consolidar ningún tipo de doctrina jurisprudencial: para cuando el caso llega al Supremo, hay unas nuevas reglas de juego.
En realidad, eso nos iguala a todos, puesto que, con independencia del número de colegiado que tengas, quedarse quieto, «en el sitio», es quedarse atrás. La actualización es necesaria no solo en conocimientos jurídicos sino en tecnologías de la información y, por poner un ejemplo, quién mejor puede saber de redes sociales y reputación digital que las nuevas incorporaciones que hasta ayer mismo estaban tonteando con «Tuenti».
Con tanto imbécil dispuesto a vomitar en la red hay campo para todos. La imaginación al poder.
Y esto vale tanto para los nuevos talentos como para los que vamos acumulando años de ejercicio: hay que hacerse el nudo de la corbata con la ilusión del primer día y, con esa predisposición, tener las orejas tiesas y los ojos bien abiertos.
¿Cambios? ¿Quién dijo miedo a los cambios?
Como reza el viejo haiku:
un temporal se ha llevado el tejado de mi casa; qué bien, esta noche dormiré viendo las estrellas
Estamos en los tiempos de lo efímero; nos encanta encumbrar héroes para derribarlos a la mañana siguiente.
El deporte profesional, como espejo de la sociedad, es un buen ejemplo de ello.
No hay más que ver, por citar un caso, cómo tratan a Iker Casillas los mismos que, hace solo cuatro años, lo querían elevar a los altares:
-“San Casillas, San Casillas…” –gritaban como posesos cuando paraba un penalti.
Flaca es la memoria. Los clásicos lo sentenciaron así: “sic transit gloria mundi”.
Por eso me reconforta el dibujo que ha hecho mi hijo.
Representa a Fernando Alonso, agitando el puño, entrando triunfante a meta (nótese el detalle, vuelta 70/70).
Y no lo hace con el “Mercedes” o el “Ferrari”; lo hace con su “McLaren-Honda”. Si, ese trasto que le deja tirado a las primeras de cambio.
El dibujo no representa glorias pasadas ni es de otro año; es de esta misma temporada (2015). En la clasificación pone, como segundo, a otro español (Carlos Sainz). No le falta detalle.
Dibuja lo que espera del doble campeón del mundo. Que se levante y vuelva a encabezar la parrilla.
No; mi hijo no pierde la fe y la ilusión.
Todas las semanas me pregunta cuándo es la siguiente carrera, cómo han ido los entrenamientos y, cuando está conmigo, me pide que le despierte -aunque sean las 7 de la mañana de un domingo- para ver la salida.
No despega los ojos de la pantalla para ver a su héroe.
Mi hijo me enseña que un tropiezo no enturbia glorias pasadas, que no puedes juzgar toda una trayectoria por los últimos resultados y, por encima de todo, que en las carreras, como en la vida, se puede ganar o perder, pero quien se rinde y no lucha ya lo tiene todo perdido de antemano.
Gracias a Alonso, por lo que nos has hecho disfrutar, pero, sobre todo, gracias a mi hijo, por las lecciones que me das.
Los buenos comunicadores, como las leyendas del rock, siempre te recomiendan tener material para varias presentaciones.
Por supuesto, añaden, no se trata de “embutir” todo el contenido en una sesión –craso error-, sino de comparecer ante al auditorio bien sobrado, por aquello del “poyaque” y el “porsiaca”.
Eso me recuerda una anécdota de juventud, sucedida allá por mi último año de secundaria.
Gracias a la mediación de un profesor nos cedieron una hora en la radio, para hacer un programa sobre lo que quisiéramos.
Por aquel entonces me presentaba voluntario a todo lo que no fuera clavar codos, así que no desaproveché la ocasión.
El primero de los programas fue un pequeño desastre: organizamos un “coloquio” sobre la reforma de la enseñanza (sí, como ahora, es un tema eterno…), sin guión, ni orden ni concierto; el resultado fue una cháchara de pollos descabezados que, al menos, nos sirvió para asimilar la primera lección de todo aprendizaje: cómo-no-se-tienen-que-hacer-las-cosas.
Allí conocimos a un chaval, universitario él, que tenía su hora y la dedicaba a pinchar música italiana.
Con su ejemplo, los consejos de los profesionales y mucha ilusión, cambiamos el paso y para la semana siguiente preparamos un guión; íbamos a pinchar música, la que nos gustaba, con unas entradillas para cada tema.
El día al que se refiere esta anécdota nos dio por los “Beatles” y allá que fuimos con todo preparado: los vinilos, ordenados en sus fundas, los guiones con su pautas… Ni qué decir tiene que los “compis” estaban atentos a lo que esa noche se iba a pinchar.
Llegó el momento y sucedió que el chaval universitario, por lo que fuera, no compareció a su hora; así que el técnico nos dijo que ocupáramos su lugar. Eso suponía entrar una hora antes de lo previsto.
Para mis adentros imaginaba que no nos iba a escuchar nadie (“todo el mundo” sabía que empezábamos después, de manera que estarían en otras cosas), pero un “profesional” es un profesional y no nos podíamos negar.
El caso es que, terminando nuestro programa, el técnico nos dijo que el universitario no iba a venir, así que podíamos ocupar su espacio.
-¿Con qué? –le replicamos.
–Improvisad…
Como lo de los coloquios no era lo nuestro, antes de que terminara la última canción de nuestro programa decidimos ir preparando el texto de la siguiente. Llevábamos casi toda la discografía de los “Beatles”, así que había para elegir. Además, me había leído y releído su biografía, me sabía muchas letras de memoria y hasta me atrevía a arrancarme con la guitarra, si hubiera hecho falta.
Afortunadamente -para todos- no hizo falta. Tan solo había que pinchar discos.
A lo mejor ahora parece una tontería pero, en ese momento, pinchar de forma improvisada, sin ton ni son y en la radio, nos pareció subir una montaña: no podíamos volver a ponernos en evidencia; además, éramos conscientes de que un segundo de silencio en la radio dura una eternidad, así que tocaba actuar más que pensar.
Nos pusimos manos a la obra: en el tiempo que duraba una canción decidíamos -de forma “asamblearia”- la siguiente y escribíamos un texto de entradilla, texto que leía uno de nosotros. Pichábamos y nos poníamos con la siguiente.
Mini-debate, redacción de entradilla, pinchar… Así, hasta completar la segunda hora.
Ese día tuve la sensación de jugar a los platos chinos, sensación que he vuelto a recuperar gracias a mi trabajo actual.
El caso es que, a la mañana siguiente, estaba el primero para entrar a clase (nunca había madrugado tanto para ir al Instituto) y esperé ansioso las críticas de los compañeros que, por supuesto, no sabían lo que había pasado y solo escucharon la parte improvisada.
Han transcurrido más de 25 años y todavía recuerdo cómo se nos dijo que “el programa había estado bien, las canciones muy bien elegidas y que, por poner una pega, lo único que se notaba era cierta rigidez a la hora de seguir el guión (sic), como que estaba todo muy… preparado”.
Empezó como empiezan estos asuntos: con una crisis de convivencia, las prisas para obtener unas provisionales y muchas, muchas, muchas llamadas y reuniones entre letrados para parir -al final- un convenio que fue negociado «in extremis» en el pasillo del juzgado, justo antes de entrar a la sala de vistas.
Firmado el acuerdo, el muchacho inició una nueva vida en la que, por lo visto, no encajaba su hijo, menor de edad… tan menor y tan chico que, hasta que no alcanzó cierta madurez, estuvo pensando que su padre era en realidad el abuelo materno.
Normal, por otro lado, puesto que su padre biológico se desentendió de él desde el minuto uno: primero, no pagando la pensión; y, después, absteniéndose de recogerlo cuando le tocaba, a saber: fines de semana alternos, vacaciones por mitad y esas cosas que todos conocemos.
El abuelo era que el que asumió el papel; con la boca cerrada y la billetera abierta.
Estando así las cosas y colmatado el vaso de la paciencia, se presentó una primera denuncia que obtuvo como resultado que el muchacho se «acordara» de que tenía que pagar un dinero.
Eso sí, una vez «regularizado» el importe, desapareció de nuevo y no volvimos a tener noticias de él hasta que un día, por las cosas que tiene el destino, presentó demanda pidiendo el cambio de custodia.
¿Con qué motivo?
La madre del menor había quedado afectada con graves secuelas a raíz de una rara enfermedad que la mandó a la UVI y casi estuvo a punto de llevarla al otro barrio.
El muchacho se dijo «esta es la mía, pido cambio de custodia y me ahorro más denuncias por impago de pensiones».
Por supuesto, un servidor había archivado el expediente y no tenía ni idea de esto.
En la primera reunión se me cayó el alma a los pies, puesto que mi cliente apenas podía hablar. De hecho, estaba tan impedida que fui yo quien se desplazó a su ciudad de residencia para preparar el caso.
¿Cómo iba a poder ella cuidar al menor si ni siquiera podía valerse por sí misma?
Sentí sobre mis hombros todo el peso del mundo. El abuelo me dijo que si le quitaban la custodia le quitarían la vida: el menor era ahora quien cuidaba de su madre, no paraba de darle cariño y hasta le decía «mami, mira, es muy fácil, yo te ato las cordoneras».
Me recordaba la película «A propósito de Henry», pero, claro, aquí nos jugábamos cosas muy serias. Y no sólo la «vida» de la madre. Es que, de prosperar la demanda, el menor tendría que irse a convivir con un perfecto de desconocido.
Llegó el día de la vista y allá que fuimos todos al Juzgado. Ni qué decir que la otra parte no daba su brazo a torcer y no cabía posibilidad alguna de transacción.
Recuerdo ese dia como si fuera ayer.
Estaba sentado en el estrado, con la toga puesta. Como suele suceder, primero se nos instó a los letrados a tener un «aparte» con Su Señoría Ilma. y el representante del Ministerio Fiscal.
Instruidos ambos del caso, Su Señoría ordenó que pasaran las partes, dando instrucciones al agente judicial, que dijo eso de «vista pública» al tiempo que citaba al demandante, en este caso el muchacho, y a mi cliente, por sus nombres.
Contuve el aliento mientras se abría la puerta.
Tras unos segundos que me parecieron eternos apareció mi cliente, tambaleante, pero con la mirada firme.
Era la determinación hecha persona.
Alcanzó el micro y, cuando llegó su turno, pudo articular algo más que cuatro palabras; todos comprendimos cómo, después de haberle dado la vida a su hijo, era éste quien se la daba a ella, que tenían un lazo de unión aún mas fuerte y que, en definitiva, su convalecencia no le impedía seguir dándole la misma buena vida que ya le procuraba antes de su enfermedad.
La decisión no se demoró mucho y el caso fue sobreseído.
De nuevo el muchacho desapareció y esta vez fue para siempre.
Epílogo
Acumulados varios años de atrasos y tras una segunda denuncia, el muchacho fue condenado por delito de impago de pensiones en virtud de una sentencia a la que llegamos después de otro proceso rocambolesco que merecería otro post… si no fuera porque ya se contó en la prensa.
Actualmente el muchacho sigue en paradero desconocido y con una requisitoria pendiente sobre su cabeza, puesto que a pesar de tener condena firme, no ha pagado ni un céntimo.
Mientras nos queden fuerzas seguiremos luchando porque se haga justicia y que cada cual quede en su lugar.
Y es que en la escuela no te enseñan que algunos asuntos de familia solo terminan cuando la muerte los separa de verdad.