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Lunes 16 de marzo, lunes de “por fin es lunes”. Cuando sonó la alarma hacía ya un rato que estaba despierto. En eso no ha sido un lunes especial, que digamos. Porque ni es la primera vez ni será la última que me sucede. La novedad es que esta mañana no era un juicio lo que enturbió mi sueño. Hoy era primer lunes después de decretarse el Estado de Alarma. Hoy ha sido el Día Dos del Coronavirus.

Al despertar, tres preguntas: ¿Habrá enfermado algún familiar o allegado? ¿Se habrán endurecido las medidas? ¿Que me voy a encontrar en cuanto llegue al despacho?

Soy consciente de que hemos entrado en una dinámica en la que las jornadas empezarán a parecerse unas a otras. Se ha instaurado un Nuevo Régimen en cuyo calendario han desaparecido los viernes de tapeo, las vísperas, los festivos y los domingos futboleros. No hay verbenas, ni fiestas populares. Llegará un momento -pienso- en el que me dará igual si llueve o hace frío, si amanece el día ventoso o soleado. Me dará igual porque en el confinamiento siempre hace la misma temperatura. O casi.

Estamos muy lejos, empero, de caer en la desesperación. Todavía nos puede parecer hasta divertido -dicen algunas voces autorizadas-, pero lo peor del encierro está aún por llegar -advierten-.

De nuevo he tenido que tirar de lecturas pasadas, de voces mucho más autorizadas que las chorradas que inundan mi Whatsapp desde hace tres días; voces como la de Viktor Frankl, superviviente del exterminio nazi quien, en su “El hombre en busca de sentido”, nos enseñó aquello de que

a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino

Y de eso se trataba hoy. De actitud frente al desafío.

Está prohibido salir a correr y los gimnasios están cerrados, pero, aun así, no renuncio a mi rutina mañanera. En el Real Decreto todavía no se dice nada de que no se puedan subir y bajar escaleras; o que esté prohibido hacer un circuito en la azotea del edificio. Y, ya se sabe, lo que no está prohibido está permitido.

Es curioso. Después de siete años es la primera vez que he subido a la azotea. Y he visto que no era el único. En el edificio de enfrente otro ha decidido no dejarse vencer por la molicie. Imposible sentirse solo.

El cielo estaba nublado y amenazaba lluvia. He corrido como si fuera un ratón -pegado a la pared- observando cómo en la obra de enfrente reanudaban el tajo. A los equipos de protección individuales se les ha añadido una mascarilla. Y listo. El martilleo de las herramientas no ha dejado de ser otro síntoma de “normalidad”.

Alguien ha decidido seguir, no rendirse, para que dentro de unos meses -o años, quién sabe- los apartamentos sean habitados por niños que volverán a jugar en los columpios del parque y a los que, cuando crezcan, quizá aburramos contando estas historias del Coronavirus.

Es noche cerrada. En casa ya, me llega otro enlace por Whatsapp: por los balcones de Italia hoy sonaron los acordes de un tango -“Oblivion”-, pero cantado en francés…  Preguntas: “¿Qué más se puede pedir?”. Y te respondes rápido: “Solo una cosa: bailarlo”.

En el Segundo Día del Coronavirus aprendimos algo nuevo: que aparte de aplausos coreografiados, en tu balcón también puedes dejar un “abbraccio sospeso”, el abrazo suspendido; el que se da para cuando se pueda recibir.