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-Y le han puesto hasta un nombre.

-¿Sí? ¿Cual?

-Suart Little.

“Si tiene nombre es más fácil encariñarse con él”, pienso.

-Es que es un ratón muy listo…

-Seguro que “colorao”– interrumpo. Y me lo confirma:

Así es. Un ratón de campo que hace bueno el dicho. No se deja atrapar.

En el decimoquinto día de confinamiento, en este tiempo suspendido, compruebo que hay personas que han pasado de vivir al ralentí a llevar el motor con las revoluciones en la zona roja. Me hablan de actividad frenética, de muchas horas extra. Faltan manos y faltan recursos. Pero ahí están, dándolo todo.

-Esta noche, de vuelta a casa, me encontré dos conejos. Y la pasada, con la lluvia, había sapos.

-Cuidado con la carretera -balbuceo antes de colgar.

En su antigua empresa han despedido a las que hasta hace no mucho eran sus compañeras. A todas. Han tenido que cerrar. Está claro que fue una suerte que a ella la echaran la primera, antes de que se desatara la crisis. Y que enseguida encontrara acomodo en otra.

-Son muchos kilómetros diarios, pero me compensa -recuerdo que me dijo en su día.

La historia de mi amiga me recuerda el famoso cuento zen de “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”, el que aparece al final de la película “La Guerra de Charlie Wilson” (para el que no lo conozca, lo puede consultar, por ejemplo, en el blog de Alex Rovira).

A pesar del sol y de la hamaca, no todas las conversaciones son tan amables.

-Están quitando respiradores a ancianos para salvar a otros más jóvenes.

-¿Seguro que no es un bulo? No me jodas, que eso pasa en Italia o en Holanda; pero, ¿en España también?

-También. Es el protocolo a seguir. Pero no se comenta. Aun no. Tienen los nervios destrozados: sienten que están decidiendo la muerte de otros.

La noticia contrasta con el azul del cielo, con las risas y juegos infantiles que se oyen en el edificio de enfrente. Con los cánticos de cumpleaños feliz. Me incorporo, incómodo, de mi hamaca. Ah, mi hamaca…

“Vista desde abajo parece una nave fenicia. Pero sin el peligro de que Poseidón te trinche” -me apunta un amigo que la ha visto en mi estado de guasap. “En esta hamaca lo que viaja es la imaginación. No hay peligro” -le digo.

Casi todo el día lo he pasado -o más bien gozado, me atrevería yo a decir- en mi terraza. No tiene vistas al mar, ni a la sierra. Pero me basta. No sé si es por la lluvia o porque no circulan apenas vehículos, pero el aire que se respira es una maravilla.

Con buen ánimo y cargado de energía hasta me he atrevido con un libro sobre el místico murciano Ibn Arabi que, paradoja, me traje de la librería más bonita de Buenos Aires, el Ateneo Grand Splendid. Me lo había reservado como delicatessen, para un momento como este; porque es de lectura compleja, muy densa. Y en esas estoy cuando un impresentable aparca su coche debajo, abre la puerta y pone música macarra a todo lo que da la mata.

Mi primer impulso es netamente homicida (tengo a mis pies un macetero que pesará unos ocho kilos), pero mis ojos se posan en el libro que tengo en mis manos:

Oh tú, que buscas el camino que conduce al secreto, retorna sobre tus pasos porque es en ti mismo donde se halla todo el secreto

Así que se lo recito al cani que, para mi sorpresa, un minuto después cierra la puerta de su coche y se mete justo en el garaje en enfrente.

Va a resultar que sí, que la fama del místico, del ilustre paisano, es más que merecida.

Con el cambio de hora, los aplausos se hacen hoy de día. Poco antes de la hora convenida, las 20:00, el personal de mi barrio ya se llama gritando “hola, holaaa”. Desde mi terraza he estado oyendo todo el día cómo los perros se llaman también unos a otros. Tienen que estar alucinados con sus dueños.

Desde Brasil y también por guasap, recibo noticias e imágenes de un confinamiento aún más cómodo que el mío. Les ha pillado en la segunda residencia, con las nietas, la hija y su marido. “Que están bien” -me dicen- “que bajan todos los días a la playa. Que hace sol y no hay lluvia”. Y que esperan que, al tener sol todo el tiempo, la epidemia pase mucho más rápido que acá, en España.

-Mira, mira, si hasta hemos podido hacer una paella… brasileira.

Y me manda una foto. Paella brasileira. Madre de Dios.

 

CODA: de cara a las nuevas restricciones y según el BOE, parece que los servicios legales se consideran esenciales.

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!