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“Este año -dijimos al brindar en enero- va a ser un año inolvidable”. Vaya si lo está siendo.

Estaba escrito: porque 20 y 20 suman 40. Y cuarenta son ya los días que llevamos de tiempo suspendido. Coincide, a la sazón, con el 23 de abril, Día del Libro.

Y si hay un libro de libros -al menos desde el punto de vista etimológico- ese es La Biblia, de entre cuyas páginas resulta que el cuarenta siempre ha sido un número muy especial: el Diluvio duró cuarenta días y cuarenta noches; el pueblo israelita vagó por el desierto guiado por Moisés cuarenta años, los mismos que duró el reinado de David, Saúl o Salomón…

Pero de entre todas las cuarentenas que se recogen en el Antiguo y Nuevo Testamento, quizá la más famosa de todas sea la que pasó Jesús en el desierto. Un tiempo de meditación, un tiempo de penitencia. Y también de tentaciones. En cierta medida, como lo que estamos viviendo.

Con independencia de credos o religiones, todas aquellas que han sido madres saben, porque la han pasado, lo que es una cuarentena, la del puerperio que, según me contaron, yo lo pasé en una incubadora.

No recuerdo el primer cuento que me contó mi madre pero estoy seguro que entre ellos tuvo que estar el de “Alí Babá y los Cuarenta Ladrones”. Uniendo los puntos hacia atrás, de nuevo me aparece el número cuarenta, relacionado -asimismo- con otro libro que es, a su vez, recopilatorio de relatos. Me refiero, por supuesto, a “Las mil y una noches”.

Resumido en un tuit, “Las mil y una noches” cuenta la historia de un sultán que tenía la manía de casarse con una virgen cada día y a la que mandaba decapitar al día siguiente; así estuvo el hombre hasta que dio con una chica lista, la princesa Sherezade, quien, para evitarlo, se dedicó a contarle todas las noches una historia para mantenerlo despierto y cautivado hasta el amanecer (entonces no estaba Netflix ni HBO).

Y por lo visto, se daba tanta maña la muchacha que el sultán le respetaba la vida ante la perspectiva de perderse la siguiente narración por venir. Y así estuvo una noche y otra y otra, encadenando relatos uno tras otro, unos dentro de otros. Hasta sumar mil y una noches.

Dicen que quien escribió “Las mil y una noches” se inventó la historia de Sherezade como hilo conductor y recurso narrativo para dotar de coherencia y una cierta unidad a todos los relatos. Puede ser.

Añado que el asunto contiene otra moraleja: que las narraciones, cuando son buenas, te pueden quitar horas de sueño, pero te hacen ganar años de vida.

Feliz Día del Libro.