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“Porque el viaje -en el mundo y en el papel- es de por sí un continuo preámbulo de algo que siempre está por venir y siempre a la vuelta de la esquina”.

(Claudio MAGRIS – “El infinito viajar”)

 

Después de once horas de vuelo transatlántico me encuentro muy animado, sorprendentemente fresco. Son las 09:17 horas local y la temperatura que me espera fuera es de 24º C.

Uno contaba con econtrarse al personal agarrado a su respectiva bombilla de mate pero, qué va, no se nota ninguna diferencia con otros lugares. Como sucede en Madrid, Jerusalén, Roma o Varsovia, como ocurre en tantos y tantos sitios, en el Areopuerto Internacional de Ezeiza todos van pendientes de su pantallita.

Una vez pasado el trámite migratorio, encuentro el mostrador de los “Tienda León”;  fácil, a la salida y a la izquierda, justo donde se me había dicho. Enseguida arreglamos el trayecto y el precio.

Fuera de la terminal, el contraste con la temperatura de Madrid es notable. También la luminosidad, que me hace daño a los ojos. Menos mal que anoche, antes de embarcar, me dejé las gafas de sol a mano.

Y mi móvil, claro, con el que nunca me canso de tomar “instantáneas”, pequeños anclajes que voy atesorando para regresar acá, cuando el viaje físico termine.

Nuestros primeros pasos nos llevan por La Recoleta y al compás de un dos por cuatro, a una librería que antes era un teatro. Nos tomamos un café allí mismo, en el antiguo escenario. Siento que hemos roto la cuarta pared, pero a la inversa. Los protagonistas somos nosotros.

Vine persiguiendo dos fantasmas, el de un escritor ciego y el del capitán Langsdorff (“¿cuándo iremos a visitar el cementerio alemán?”), y me tropiezo con una biografia de Salas Subirat, un escritor autodidacta argentino que fue el primero que tradujo el “Ulises” de Joyce al español. Y, mira por dónde, también otra de Ibn Arabí, mi paisano más universal. Son señales de que estoy en el sitio correcto. De que estoy donde siempre quise estar.

Por si acaso todo fuera un sueño, tomo una instantánea. Una más.

A pesar de las once horas de vuelo y la diferecia horaria, me siento ligero, libre.

Mi guía me dice que no me fíe de la hora local, que tenga cuidado con el jetlag y que tengo que acostarme pronto.

-¿Y eso? ¿No podemos seguir un rato más?

-Puedes acomodarte y dormir aquí, en este sofá; solo tienes que apartar los cojines.

-No quiero dormir -protesto-. Tengo que ver tantas y tantas cosas todavía…

Los párpados me pesan una barbaridad y no me obedecen, a pesar que me los froto con energía.

Y de pronto, sueño.

Que todo es una pesadilla. Que todo es mentira. Que no estoy en Buenos Aires y que tengo que volver apresuradamente a casa. Que las terminales están desiertas. Que hace un mes que los aviones no vuelan si no es para transportar material sanitario.

Sueño que voy montado en un tren tercermundista con el que atravieso estaciones vacías de pasajeros y en las que únicamente hay herrumbrosos trenes de mercancías.

Viajo solo. Todo el mundo está confinado en su casa porque, ahora lo sé, afuera está muriendo gente.

Temo despertar.

El sofá y los cojines se parecían sospechosamente a los de mi casa.

foto ibnarabi