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“Inglaterra espera que cada hombre cumpla su deber”

(Horatio NELSON, poco antes de iniciarse la Batalla de Trafalgar)

 

-Treinta y tres. Treinta y tres… ¿Lo he dicho bien, Doctora?

Lo repito otra vez, para los que perdieron la cuenta de este tiempo suspendido: que ya llevamos treinta y tres.

La edad de Cristo. Y la de Alejandro.

Estamos de enhorabuena. Porque antes del club de los 27, hubo otro todavía más selecto: el de los 33.

Cerquita del Cabo Trafalgar, en Cádiz, César lloró frente a la estatua de Alejandro Magno. Porque había cumplido esa edad sin haber consquistado el mundo.

Alejandro, Jesús, César.

Recuerdo que una vez tuve un cliente con un nombre muy peculiar. Por lo visto, desde chico tuvo que ser objeto de chanzas en el colegio, porque, al abrirle la ficha, me dijo:

-No se te va a olvidar mi nombre, Letrado.

-No -le dije-. Y puedes estar orgulloso. Pocas personas ha habido en la Historia tan grandes como para recordarlas solo por su nombre de pila: Alejandro. César. Jesús. Y ahora el tuyo. Hasta la vista, tío grande.

Volvamos a las lágrimas de César, que tenía sus propios motivos para llorar. A veces, las personas grandes necesitan hacerlo. Saben reir y saben llorar. Y eso las hace todavía más grandes.

Otras -en cambio- lloriquean porque este verano se quedan sin vacaciones. Desde sus poltronas se oponen a que el próximo mes de agosto se declare hábil. Y hasta le mandan una carta al Ministerio de Justicia exponiendo sus sinrazones.

No en mi nombre, desde luego; que a mi no me representan. No en mi nombre.

Pobres diablos. No saben que un tsunami les ha dado la vuelta al chiringuito y ahora navegan cabeza abajo. Como pasaba en el “Poseidón“. Y cuando afrontamos la prueba más dura  -como colectivo, como país, como sociedad- solo piensan ¡en sus vacaciones!

Nelson se removería en su tumba.

Pido -exijo- que en esta batalla me permitan cumplir mi deber. Si el virus nos concede una tregua, que está por ver, no se les ocurra cerrar los juzgados. No quiero vacaciones. Que no voy a llorar por eso.

Y al final, si tengo que echar alguna lagrimilla, que sea viendo Verano del 42.

Una historia de vacaciones en plena guerra. La única que me interesa.

 

CODA: En la imagen, una ilustre abogada disfrutando de sus próximas vacaciones de agosto. Porque podemos y tenemos derecho a reír y llorar al mismo tiempo.

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