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“- ¿Quién eres tú?
– La muerte.
– ¿Es que vienes por mí?
Hace ya tiempo que camino a tu lado.
– Ya lo sé.
– ¿Estás preparado?
– El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.
– Es lo que todos decís, pero yo no concedo prórrogas.
– Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones.
– Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.
– No creo que seas tan bueno como yo.
– ¿Para qué quieres jugar conmigo?
– Es cuenta mía.
– Por supuesto.
Juguemos con una condición: si me ganas me llevarás contigo, si pierdes la partida me dejarás vivir.
– Las negras para tí.
– Era lo lógico, ¿no te parece?”

Diálogo inicial de “El Séptimo Sello” (Bergman – 1957).

Anoche encontré un momento de paz para ver este filme (Amazon Prime), que narra la historia de un caballero sueco que vuelve de las Cruzadas y se encuentra el reino asolado por la peste. A partir de ahí sigue una reflexión continua sobre el significado de la vida y el terror que a este personaje le causa pensar que, después de todo lo vivido, no haya nada.

En el decimoséptimo día de este tiempo suspendido se han establecido limitaciones en el servicio de los tanatorios, a la presencia en velatorios; se prohíben besos y abrazos de condolencia. Muchas personas estaban muriendo sin el consuelo de sus familiares y ahora éstos tampoco tienen el descanso de poder despedirlos con un funeral.

La muerte siempre camina a nuestro lado. Solo que ahora parece más cercana, contabilizada a diario por centenas. Seguro que conoces a alguien que está pasando por ese trance. Yo sí. Mis condolencias. Y mi deseo para tí y los tuyos es que, cuando esta peste se nos despida con un “hasta la próxima”, podamos celebrar la vida.

Hoy ha sido un día de pensamientos macabros, de notar cómo la muerte danza a nuestro alrededor. Pero la muerte no tiene por qué ser algo sombrío o siniestro. Me he acordado del cementerio de Palermo y las catacumbas de los Capuchinos. Para el que no haya oído hablar de ese sitio le apunto que allí hay más de ocho mil cuerpos momificados, clasificados por sexo, edad y profesiones; se exponen vestidos con los ropajes que eligieron antes de morir. Porque, en lugar de ser enterrados (o incinerados), quisieron estar siempre presentes. Cuando estuve oí la historia de que algunas familias llegaban a compartir celebraciones señaladas con sus momias. Una manera de despedirse, pero sin terminar de irse. En España, en cambio, a los muertos los sacamos de nuestras vidas y los enterramos en cementerios situados a las afueras de nuestros pueblos y ciudades.

Recordé esta mañana también la imagen de la niña Rosalía, su cuerpo de dos años incorrupto y ese lazo que le dejaron en el pelo; como el que llevaba mi hija cuando tenía esa edad. La urna está accesible, en un pasillo de esas catacumbas: cuando enfrentas tu rostro al suyo, casi la notas respirar. Sus padres y el resto de su familia morirían después, pero ella parece que sigue durmiendo su sueño eterno. Como el de la primavera siciliana.

O la romana. Porque hoy ha sido tiempo de recordar también mi último viaje a Roma, donde celebramos la vida mirando al Coliseo y, asimismo, donde recordamos que somos mortales. Así se lo decían a los césares (memento mori) cuando celebraban sus triunfos; así lo vivimos en la Iglesia Santa Maria della Concezione dei Cappuccini y su galería visitable de cuerpos momificados. Justo enfrente, tres ventanas con la leyenda: “TEMPORA. TEMPORE. TEMPERA”.

No se entiende la vida sin tener presente la muerte. Y me gustaría creer que en algún momento también lo llegara a pensar el “San Francisco meditando” de Caravaggio que se esconde esa iglesia romana.

El tiempo suspendido también es tiempo de prórroga.

Hace tiempo que moví mi peón. Te toca hacer el siguiente movimiento.