«Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero». Qué gracioso, ¿verdad? O no. La polémica sobre el humor negro no es nada nuevo. Este chiste, publicado en un tuit cuatro años antes de acceder al cargo público, le costó un buen chaparrón de críticas a un concejalillo de Madrid cuyo nombre –afortunadamente para él– ninguno recordamos.
Despedimos la segunda quincena de julio y se me ocurre acercarme a ver un monólogo en el último local de moda, donde me encuentro público mayoritariamente treintañero, gente guapa con ganas de pasar un buen rato y aprovechar que el calor nos ha regalado una tregua.
Por fin empieza el espectáculo. Abre fuego un telonero que cuenta chistes sobre su abuela y no sé qué más cosas sin gracia (chaval, de verdad, intenta ganarte la vida con otra cosa), hasta que se prueba con los Borbones, un chiste con elefantes, escopetas y especulación histórica sobre si el Rey emérito pudo reinar -precisamente- porque mató a su hermano. Como en los toros, hay división de opiniones entre el público, aunque la mayoría le ríe la gracia. Envalentonado, entra a saco con Auschwitz y algunos nos miramos con incomodidad. Afortunadamente, decide cortar y dar paso al artista principal, que no es tonto y ha captado cierto malestar en el ambiente. A lo mejor –pienso– es porque me ha visto el careto, ya que estoy sentado en primera fila.
Se arranca con un mitin y dice que esto del humor se ha complicado mucho, que es mejor contar «chistes sobre hombres», porque «a ellas no les molestan y nosotros no los pillamos». Bien por ti, has estado torero –me digo–. Aunque cuando cuenta un chiste sobre Madeleine (la niña desaparecida en Portugal), nos espeta -tramposo él- que si nos reímos de estas cosas nos convertimos en sus cómplices. Y ahí es donde surge mi incomodidad. Que me haga partícipe de ello.
Cuando vuelvo a casa no puedo evitar acordarme de los chistes que se hicieron a costa de Julen, el niño que murió en un pozo en Málaga, y cuyo autor, humorista tuitero, está siendo procesado por la vía penal.
Como jurista me repugna imaginar que se castiguen delitos «de pensamiento» y creo que el Derecho tiene mecanismos de sobra para prevenir o, en su caso, mitigar, el daño gratuito que se causa a otros semejantes por algo tan estúpido como conseguir un ”me gusta” o una risa fácil. Pero no olvidemos –tampoco– que la chanza supone una nueva victimización que, por si fuera poco, se reproduce “ad nauseam”, merced a las redes sociales. No debería salirle gratis.
En el fondo, creo, es un problema que tiene más que ver con la empatía, la educación y el respeto. Y con la inteligencia (o la falta de ella), porque pocas cosas hya en la vida que respete más que a alguien que se sube a un escenario para hacerte reír o llorar sin más acompañamiento que su ingenio.
Es por ello por lo que seguiré acudiendo a este tipo de monólogos veraniegos, sobre todo para ver si el año que viene alguno de estos “cómicos” tiene huevos a contar chistes sobre violaciones en manada, asesinatos de mujeres (y sus hijos), o a costa de los ahogados en el Mediterráneo.
Y no digamos ya sobre Mahoma. Entonces sí, campeón, ese día te grabo y lo viralizo en redes sociales. Ya verás qué risa nos va a dar a mí y a tu abuela.
Empecé a leer sus libros coincidiendo con una época personal muy complicada, primero, como una evasión, luego como un descubrimiento. Había oído hablar de un comisario llamado Montalbano cuyo nombre, en realidad, era un guiño o un homenaje que hacía Camilleri, autor siciliano, a Manuel Vázquez Montalbán, escritor barcelonés creador del inolvidable Pepe Carvalho. El Mediterráneo, ya lo contó Homero, es un mar de ida y vuelta, repleto de naufragios y olas caprichosas que pueden depositarte en cualquier orilla.
Mi primera lectura fue «La Forma del Agua”. Quería empezar la serie desde el primer relato. Para conseguir un ejemplar tuve que acercarme a una humilde biblioteca, en La Alberca (un pueblo situado junto a Murcia). En dos palabras, me fascinó. Luego fui leyendo –devorando, más bien– sus novelas una tras otra: “El Perro de Terracota”, “El ladrón de Meriendas”, “La voz del violín”, “La excursión a Tíndari”…
Más tarde me hice con la serie de TV, interpretada por Luca Zingaretti. Nada puede sustituir la lectura de un libro, nada. Pero cada episodio, de una hora o más de duración, era para mí una escapada a Sicilia, a la que hacía aparecer en el salón de mi casa proyectada con otros ojos, los del comisario Montalbano y sus colegas: ‘Mimì’ Augello, el inspector Fazio, Galluzzo y, por supuesto, Catarella, sin olvidar a su novia Livia, Ingrid o al Dr. Pasquano.
Sicilia…
Aunque no se puede obviar esa realidad, Sicilia es mucho más que la historia de la Mafia y bien que lo enseñó Camilleri, demostrando que se puede escribir una buena novela negra sin caer en el tópico.
En la ficción, la casa de Montalbano está en la orilla del mar, junto a un paseo que me recuerda mucho a los veranos de mi adolescencia. Si, ya sé que el cine es ficción, pero era un añadido que lo hacía más cercano, si cabe.
Años después de mi primera lectura, tuve ocasión de viajar a Sicilia, la tierra de Lampedusa y, también, la de Camilleri. Aún estábamos recuperándonos de la impresión que nos causó la Scala dei Turchi cuando, camino de Agrigento, pasamos por Porto Empedocle, su patria chica, acaso la Vigata de sus novelas, que hoy me la imagino de luto.
Descanse en paz, Maestro.
PD.- La “casa” del comisario Montalbano está en Punta Secca, Corso Aldo Moro 44, y según aparece en Tripadvisor, se puede alquilar 😉
—Joder, Marce, vaya facha que llevas —me soltó Pascual por todo recibimiento—. Anda vamos a tomarnos algo mientras que llegan los guiris.
Nos fuimos al Bar Avenida. El sitio había cambiado poco. Seguía oliendo a desinfectante y la música de las tragaperras luchaba por hacerse oír por encima del programa de Ana Rosa Quintana. Recordaba cómo en mis tiempos mozos pasaba por aquel antro a por la recaudación, para guardarla en blísteres de plástico e ingresarlo en la cuenta de Manolo. La camarera interrumpió mis recuerdos:
—¿Qué va a ser?
—Un café con leche.
—A mí un cortado.
El bar, por lo visto, lo llevaba ahora una pareja de ecuatorianos. Y esa mañana, día laborable, apenas había clientes.
—¿Y Manolo? ¿Es que se ha jubilado? —pregunté a Pascual por el dueño.
—¿No lo sabes? Se metió en un préstamo y, cuando los de tu entidad vinieron a desahuciarlo, se colgó en La Era. Los que lo encontraron cuentan que en el suelo todavía estaba toda la papela del juzgado. Ya sabes, un tocho de muchas páginas cosidas con una grapa muy gorda y con el escudo en el margen. No soportaba verse en la calle con su hija paralítica.
Al imaginármelo mi garganta le puso un tablacho al primer sorbo del café con leche, que, como si fuera un sifón, buscó una salida por los agujeros de mi nariz; menos mal que controlé el gesto, porque a poco estuve de pintar de marrón el flamante traje de Pascual. De detrás de la barra salió la mujer a limpiarme pero yo no le dejé que me tocara:
—¿Se encuentra usté bien, doctor?
—Sí, sí, sí —alcancé a decirle mientras me pasaba la servilleta por la cara con cuidado de no despegarme el postizo.
Pensaba entretener la espera preguntando por otra gente del Pueblo pero rápidamente deseché la idea. Todos habían sido clientes de La Caja. Todos. No se escaparon ni Amalia ni Mati, mis dos amores de juventud. Así que apuré el café, pedí la cuenta y apremié a Pascual diciéndole que no quería que los ingleses llegaran antes que nosotros y eso les causara mala impresión.
—Como si lo que pensaran los demás de tí te hubiera importado alguna vez. Anda vamos.
Al volver a la Inmobiliaria, enfilando el cabo de la calle, nos encontramos con Ginés Gómez Moreno quien, a pesar de medir casi dos metros, todos conocíamos como “El Menúo”. Cosas de pueblo. Iba montado en un enorme tractor. Olvidé mi propósito y no me pude resistir:
—¿Qué fue del “Menúo”? —le pregunté a mi cicerone.
—No mucho mejor que a Manolo: a este le financiasteis la inversión en las placas solares. Durante los tres primeros años todo iba como la seda hasta que el Gobierno empezó con los recortes y bajó la retribución; llegó un momento en que ni poniendo dinero de su bolsillo pudo pagar el recibo. La puntilla, por lo visto, se la dio un swap que le colocaste; a pesar de bajar el euribor, no pudo aprovechar el recorte de los tipos de interés. El huerto solar se lo ha quedado un fondo buitre de esos. Ahora ha vuelto al campo.
La mañana en que firmamos la póliza “El Menúo” me convidó en el Avenida a gambas y cerveza, invitación que hizo extensiva al representante de la empresa de las renovables y también a todos los empleados de La Caja:
—Esta es mi jubilación, chavales. Se acabaron las madrugás y las tandas de agua.
La altura de las ruedas y el ruido que hacía el tractor al acercarse me recordaron la fragilidad de mi persona así que, de forma casi instintiva, me puse la mano en el postizo, no fuera que se levantara justo en el momento en que “El Menúo” nos saludaba desde lo alto:
—Con Dios, señores —el disfraz seguía en su sitio. Respiré.
—Buenos días, Ginés —devolvió Pascual el saludo.
Camino de la Inmobiliaria pasamos por delante del Casino Socio Cultural. A través de sus ventanales podía verse a los jubilados que leían la prensa del día. Jubilados como los que cada primero de mes llegaban a La Caja a contarsus perras; guardaban la cola, sacaban el dinero, lo contaban y lo volvían a depositar.
El primer día fue de susto para mí que, ignorante de esa costumbre, pagué la novatada:
—Que este viene a sacar todo el dinero. Que nos cancela la cuenta…
Mis compis se cachondearon bien a mi costa. Entonces me enfadaba, pensaba que eran unos desconfiados, manías de viejo que nos hacían perder tiempo, aunque ahora, visto todo lo que ha pasado, no se lo puedo reprochar.
Llegamos a la Inmobiliaria. Pascual lo había dispuesto todo para que no hubiera miradas indiscretas. El trato con los guiris estaba hecho, solo había que estampar la firma y señalizar el compromiso. Llegaron a la hora. Les acompañaba un abogado de la capital, que les hacía el servicio de traductor y hasta de gestor para el trámite en el Registro de la Propiedad. No se firmaba en Notaría directamente porque antes tenían que cancelar un fondo con cuyo importe pensaban pagarme. Al contado, nada de financiación. Después de las presentaciones, el abogado me espetó:
—Mis clientes preguntan que porqué lleva barba postiza.
—Esto, ehh, ¿tanto se nota, ehhh? Bueno, es una historia muy larga. Dígales que la tierra que van a comprar es muy valiosa, que todo el mundo se pelea por ella en este pueblo y que, para no quedar mal con ninguno, por eso he decidido venderla a extraños. Y de incógnito.
—Veo que no pierdes facultades, Marce —me susurró al oído Pascual.
Mientras estampábamos las firmas y contábamos billetes, hablamos del Brexit y de cómo mis compradores huían de la banca como gatos escaldados. Por lo visto, con el asunto de Islandia habían perdido un dineral. Afortunadamente nadie les había dicho a qué me dedicaba.
Nos despedimos cordialmente y, al quedarnos solos, con la señal recién cobrada le pagué a Pascual su comisión.
—Aunque no sea asunto mío, ¿qué vas a hacer con tanta pasta, Marce?
—Pues eso, Pascual, que no es asunto tuyo.
—Vale, vale, solo faltaba que me dijeras que lo guardarás debajo del colchón, que cualquiera se fía de los bancos. Me troncho contigo, Marce.
La risa hubiera sido que se enterara que yo también palmé con las participativas y que con lo que él llamaba “una pasta”, en realidad, solo iba a poder tapar agujeros.
Al montarme en mi coche pensé que si los guiris estaban invirtiendo otra vez en España quizá se estuviera cebando la bomba para la siguiente crisis. Compran inmuebles, el precio sube, la gente se empeña de nuevo; luego cambia el viento, se desmorona el castillo y así hasta el infinito. El viejo mantra de que “la vivienda siempre sube de precio”. Quizá eso se evitara si el Sistema Financiero tuviera la décima parte de la memoria que tiene la gente de este Pueblo. Pero si no tiene alma, menos va a tener memoria.
Al pasar por la Plaza de la Iglesia pude mirar que, donde antes estaba mi sucursal, el logo de La Caja había sido sustituido por el de un viejo competidor.
—Al final nos comieron, compañeros.
Es curioso. Un banco jamás se habría atrevido a poner un pie por aquí. Sabían que La Caja era mucha Caja, que se había tejido una relación personal con todos sus clientes y que éstos le eran fieles. Tanto, que hasta llevaban las gorras con el logo en las romerías. Pero, por encima de todo, los del Pueblo eran de esos que todavía miraban a los ojos cuando hacían un trato. Los mismos que me miraban a mí, al hijo de Don Paco, el Maestro, mientras firmaban confiados los impresos en mi despacho.
Enfilé ruta hacia la autovía sin ni siquiera atreverme a mirar hacia el cementerio. Al pasar y ver el cartel marcando la dirección pensé en comprarles unas flores a mis padres, pero al punto se me fue de la cabeza la idea. Aunque llevara disfraz, pasar por el panteón familiar me delataría al instante. Recordé que a Antonio González De Haro, alias “El Matasiete” y sepulturero de profesión, también le vendí un buen puñado de cuotas participativas y que siempre había tenido muy malas pulgas.
Me ladeé en el arcén un centenar de metros antes de llegar al Pueblo, justo enfrente de la antigua Cooperativa, el tiempo imprescindible para colocarme bien la peluca y la barba postiza. Dos horas antes, en casa, me había probado el disfraz y, la verdad, parecía que colaba. De hecho, al salir me había cruzado en el portal con Doña Mariana y ésta me dio los buenos días como se le dan a un perfecto desconocido.
Después de ocho años sin pasar por el Pueblo, éste aparentaba haber cambiado poco. Como única novedad podría contarse el flamante acceso por carretera. Ahora era directo, incluyendo un moderno puente que salvaba La Rambla gracias a una plataforma sustentada por tres pilares. A la izquierda se veían los restos de la antigua carretera con el Puente de Piedra, que ahora imaginaba para recreo de senderistas. Muy pintoresco, sí, pero cuando estuvo en servicio no cabían dos coches a la vez.
Arranqué el motor y dejé atrás la Cooperativa. A la entrada, afeando el entorno, te daba la bienvenida la obra inconclusa de Gregorio, un gigantesco costillar de hormigón gris que se quedó en tres alturas y que por dentro guardaba la nada, el vacío. De la promoción no quedaba ya ni el cartel. En el último forjado sobresalían puntales oxidados que se me figuraron las púas de una corona de espinas. A todos los efectos siempre se dijo que la orden de paralización partió de la Consejería de Urbanismo y Ordenación del Territorio, pero tanto Gregorio como yo sabíamos que el suyo era un proyecto al que la dichosa crisis había condenado sin remisión.
—Y ahora dónde coño me meto yo, Marce. Joder, piensa en todas esas familias que han dado cantidades a cuenta, qué hago yo ahora.
Salió de mi despacho hecho una furia después de que le confirmara que los Servicios Centrales de La Caja habían cerrado el grifo a todo lo que oliera a construcción. Para cuando los vecinos se buscaron un abogado y éste descubrió que no había ladrillos, ni avales, ni tan siquiera un mísero seguro, Gregorio ya había puesto tierra de por medio.
Después de esa reunión, Gregorio y yo no volvimos a hablar nunca más. Aunque ahora compartimos la condición de Exiliados del Pueblo creo que me culpa de todos sus males. Y no será el único. En la Cooperativa hace años que también dejé de ser alguien apreciado. Del concurso de acreedores pasaron a la liquidación porque La Caja, principal acreedor, no votó a favor del convenio. Como si yo tuviera la culpa de lo que deciden los jefes.
En la puerta de su inmobiliaria me esperaba Pascual. Era el único que sabía que venía y el motivo de mi visita. Tenía su complicidad garantizada por la suculenta comisión que se iba a llevar. El muy cabrón me pidió un seis por ciento, el doble de lo habitual.
—Piensa que tú vendes y te vas, pero yo me quedo en el pueblo —se justificó—. El diferencial es una justa compensación que me retribuye el riesgo reputacional que puedo llegar a sufrir si alguien se entera que he mediado en la venta. —A Pascual los cursos online de ventas le habían proporcionado un piquito de oro.
Y es que, después de la desaparición de La Caja, nadie del Pueblo, salvo Pascual, quiso hacer tratos conmigo. Por lo visto no se conformaban con perderme de vista; se habían conjurado para que no le sacara ni un céntimo a la tierra ni al caserón. Al poco tiempo de morir mi madre, los árboles se echaron a perder, puesto que nadie se prestaba a cuidarlos, ni siquiera cuando se los ofrecí gratis a los últimos aparceros. Estos ingratos me contestaron que durante años habían trabajado la tierra, pero siempre por respeto a la viuda de Don Paco, el Maestro.
—Sus padres sí que eran unas personas decentes.
Y ahí acabó el intento. Supongo que es normal que me guardaran rencor después de que todos sus ahorros se esfumaran. Lo hicieron el mismo día en que las cuotas participativas de La Caja pasaron a valer cero euros. ¿Y qué culpa tenía yo?
Así las cosas, mi única oportunidad era esta, la de endosarles la propiedad a unos jubilados ingleses que habían decidido pasar los últimos años de su vida calentando sus huesos al Sol de España, rodeados de almendros y frutales, con la única compañía de tres inmensos perrazos. Pero no podía enterarse nadie o me arriesgaba a que me reventaran la venta.
Finaliza la llamada y cuelgas el auricular despacio, muy despacio, como dándote tiempo para asimilar el contenido de la conversación. Es la primera vez que hablas con alguien de ese nivel y por tu cabeza pasan muy rápidas las imágenes de cuando juraste el cargo: el orgullo de tu padre, reflejado en unos ojos vidriosos que luchaban por no expresar su emoción; el beso empapado en lágrimas de tu madre; y, cómo no, el guiño de tu novia, compañera de toda la vida y ahora madre de tus hijos.
Desde bien pequeño fuiste una persona recta que, una vez alcanzada la cúspide de su carrera profesional, jamás ha renegado de sus orígenes humildes. A pesar de ser el número uno de tu promoción. A pesar de ser consciente de que ganar esa oposición era una suerte de ascenso social.
Con esfuerzo y sacrificio conseguiste una estabilidad económica y, por qué no decirlo, un prestigio. Pero, aparte de eso, siempre has pensado que ser un servidor público te garantizaba libertad de conciencia para actuar con objetividad y en la forma correcta. Sin peajes. Sin servidumbres. La Ley por encima de todo. Y por encima de todos.
Te has mantenido firme con tus ideales: a los hijos, por ejemplo, los tienes estudiando en un colegio público. Y cualquier susto o arrechuche lo has visto con el sistema nacional de salud. Educación y Sanidad de la que sentirse orgullosos y que -mejor que tú nadie lo sabe- sufragamos entre todos con nuestros impuestos. Esos que tú ayudas a recaudar.
Ajeno totalmente a vaivenes políticos, nunca te has querido significar como simpatizante de ningún partido. Más aún, ni siquiera te has asociado a ningún grupo profesional.
Y eso que cantos de sirena nunca han faltado. Siendo el número uno de tu promoción bien pudiste elegir la carrera judicial o la fiscal. Tu madre, que era muy práctica, te recomendaba que estudiaras para registrador. Pero una conversación con una persona a la que admirabas mucho te decantó por la Abogacía del Estado. Son las cosas que tienen los mentores. Y es lo que tiene respetar a quienes te han precedido y saben de todo mucho más que tú.
Ahora termina esa llamada y por tu cabeza pasa la imagen de tu padre, exultante, cuando supo que hasta dabas clases en la universidad.
-Fíjate, madre, el hijo de un agricultor casi analfabeto.
Y recuerdas cómo te abrazaba con esas manos callosas, cuarteadas por el sol y la tierra. Menos mal que tu padre ya no está vivo para leer mañana la prensa.
Cuando te han pasado la llamada pensabas que no querías que nada -ni nadie- te apartara del estudio de los autos mientras formulabas el escrito de acusación.
Cuelgas el teléfono y caes en la cuenta de que no recuerdas el día en que pasaste de ser Abogado del Estado a Abogado del Gobierno.
Desde el pasado 2 de octubre de 2016, fecha en que entró en vigor la nueva Ley del Procedimiento Administrativo Común, para los abogados, procuradores, economistas, notarios y demás profesiones cuyo ejercicio requiere colegiación resulta obligatorio relacionarse con las Administraciones Públicas a través de medios electrónicos, requisito que se exige para cualquier trámite administrativo, y que extiende, en el caso concreto de los letrados, la carga que ya teníamos desde la implantación de Lexnet.
Todo sea por el tan cacareado «papel cero» que, dicho sea de paso, no se cumple con la Administración de Justicia, porque, entérense los legos en Derecho, cada que presentamos un escrito iniciador de un proceso tenemos que hacerlo por Lexnet, escaneando los archivos y, además, en papel. Como lo leen.
El caso es que, ingenuo de mi, la semana pasada decidí probar el sistema en la pagina web de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, simplemente para presentar una sencilla instancia. Y en mala hora.
Digo en mala hora porque ese es -más o menos- el tiempo que tardé en darme por vencido, puesto que lo que yo quería presentar no estaba dentro de la pestaña donde figuran codificados los distintos procedimientos administrativos.
Probé ayuda y… ¿adivinan qué me decía el sistema? Si, eso, que entrara (como si pudiera) y solicitara soporte, es decir, que para ayudarme tenía que saltar esa primera barrera que no podía franquear.
Total, que después de varios intentos opté por desplazarme a la ventanilla de toda la vida, tratar con la funcionaria de toda la vida que me estampilló el sello… como toda la vida.
Esta mañana leo en La Opinión de Murcia que el Consejo de Gobierno aprobará la próxima semana la convocatoria de un concurso para conseguir la tecnología que sustentará la Administración electrónica por importe de 7,5 millones.
Acabáramos, resulta que primero pusieron la obligación y luego los medios. Y yo sin enterarme.
–Pase, pase –invita el Letrado a su Cliente. Siéntese y me cuenta –le dice obsequioso.
–Pues mire, D. Fulano, venía a contarle que nos ha surgido un problema con la linde…
RING, RIIING -interrumpe el teléfono.
–Disculpe, D. Zutano, una llamada…
–Nada, nada. Atiéndala, sin problemas.
El Letrado pone cara de “qué le vamos a hacer” y atiende la llamada. Después de un largo blo-bló, cuelga y se disculpa:
–Perdone, D. Zutano, una llamada de un cliente muy importante; que si aceptaba como garantía pignorar la facturación de tres años o, bien, constituir una hipoteca mobiliaria… ejem, perdone, negocios, mucho dinero, ya sabe…. Pero siga, siga, no se interrumpa.
–Pues, como le iba diciendo, por la linde sur, por donde el ribazo, los vecinos han…
RING, RIIING -interrumpe otra vez el teléfono.
–Disculpe, D. Zutano, una llamada…
-…
–Despacho de D. Fulano, dígame… Ah, sí… Hombre, cuánto tiempo. Sí. Ah… No. Cuenta, cuenta…
Otro largo blo-blo que dura más que el primero; y cuelga.
–Perdone, D. Zutano, ainsss, otra llamada importante. Estamos en tiempos de turbulencias, ya sabe, que si fusiones, que si adquisiciones; el mercado se mueve… Pero siga, siga, no se interrumpa.
D. Zutano se remueve en la silla y se dispone a iniciar su relato cuando, de nuevo, suena el teléfono:
¡¡¡RING, RIIING, RIIIIIIIIIIING!!!
En ese momento D. Zutano recoge su humilde carpeta de plástico, se pone de pie, dice adiós y se dirige a la puerta del despacho cuando el Letrado, tapando con la mano el auricular del teléfono, le grita desde su sillón:
–Pero, Zutano, a dónde vaaaaaa, espereee…
Y D. Zutano todo digno le espeta:
-Dado que atiende con preferencia a quienes no se molestan en venir a verle…
¡A buscar una cabina de teléfono desde donde pueda contarle mi caso!
Leo en internet una reseña sobre Kurt Franz, comandante de Treblinka, y se me amontonan muchos sentimientos. De golpe. Sin avisar.
Recuerdo varios libros que he leído dos veces («El Gatopardo», de G. T. Di Lampedusa; «La fea burguesía», de Espinosa; «Cien años de soledad», de García Márquez; «Sostiene Pereira», de Tabucchi; «Crónica sentimental en rojo», de Fernández Ledesma; o «La autobiografía del General Franco», de Vázquez Montalbán, por citar algunos…).
Pero solo uno tiene el «honor» de haberlo visitado tres veces: «Treblinka», de Steiner. Siempre en verano y siempre en la casa de playa de mis padres. Menudo contraste entre las heladas llanuras polacas y el refulgente azul del Mediterráneo.
Antes pensaba que la vida era muy corta y que era una pena dedicar tiempo a releer libros que ya «conocía». Pensaba que a lo mejor me estaba perdiendo -ingenuo de mí- otros libros fascinantes, libros que esperaban su turno acumulando polvo en la estantería.
Sucede que un libro nunca cambia; es una foto fija e inmutable y, sin embargo, al releerlo con años de diferencia, parece que ha mudado el texto, sí, hasta que te das cuenta de que, en realidad, quien ha cambiado eres tú.
Esa lectura, revisitada, se convierte -entonces- en un espejo insobornable que, cada vez que le preguntas, te responde reflejando una imagen distinta acerca de qué es la vida, sus afanes y sus miserias; y concluyes que la línea que nos separa entre ser «humanos» y unos monos gritones -ridículamente agresivos- es fina, muy fina.
Tan fina como las pavesas que salían de aquellos hornos crematorios.
Leo en El Confidencial que un banco «contraataca» y denuncia ahora a un bufete de abogados por… «inflar las costas» en los procesos judiciales que le ha venido planteando y ganando, dicho sea de paso.
Se trata del bufete que vemos cada fin de semana anunciándose en los dominicales y a cuyo titular me encuentro a diario plantado en una valla publicitaria, dándole la mano a IKER CASILLAS.
ARRIAGA -bien por él- ha encontrado un filón de negocio sacando los colores, una y mil veces, a esa entidad financiera. De varapalo a varapalo, hasta la derrota total.
En lugar de pedir árnica y sentarse a negociar, como se hace en el mundo anglosajón, la entidad financiera «contraataca» y denuncia, en primer lugar, «prácticas restrictivas de la competencia cuyo efecto es mantener artificialmente elevados los precios de los servicios prestados por dichos despachos de abogados en el marco de pleitos masa».
La segunda conducta que denuncia es «el engaño, por acción u omisión, del que son víctimas los clientes de Arriaga Asociados (y posiblemente de otros despachos)».
Sólo desde la más absoluta desfachatez se pueda afirmar tal cosa.
Será fruto de un mareo ocasional debido al tufo de impunidad que aún deben desprender los asientos de ese consejo de administración, donde no hace mucho restregaron sus posaderas «ilustres» como RATO o BLESA (en la foto).
Ateniéndonos al contenido del último auto de la Audiencia Nacional, en esa «cocina» sabían muy bien cómo manipular precios y engañar a clientes. Probablemente hablen con esa seguridad que te proporciona la experiencia.
Es evidente que es una denuncia malintencionada, fruto de la desesperación de verse humillado día tras día en la portada de todos los periódicos. Y cuando no te puedes apoyar en hechos o fundamentos jurídicos que te den la razón, ya se sabe, te apoyas en la mesa; en este caso, poniendo los pies -las patas- en ella.
Pero no se trata de defender a un compañero que, no tengo la menor duda, sabe hacerlo bien él solito.
Se trata de preguntarle a la entidad financiera qué hace ella cuando gana algún pleito. Que los ganará, digo yo.
Sin ir más lejos, ¿qué hace con las costas que cobran en las ejecuciones hipotecarias? ¿A dónde van a parar las que obtienen después de ejecutar una póliza? ¿O qué hacen con las recaudan después de exigir el pago de un swap?
No hablamos de millones; hablamos de cientos de millones en costas. Porque, al despachar ejecución contra un deudor, de forma indefectible se suma un TREINTA POR CIENTO a la cantidad reclamada, en concepto de presupuesto para intereses y costas. Presupuesto que luego es liquidado… precisamente a partir de las normas de los Colegios de Abogados que tanto denuestan en su denuncia.
Pero eso no es lo único.
¿Declaran las costas como un ingreso? ¿De quién? ¿De la entidad o de sus abogados?
¿Declaran, acaso, el IVA?
Y, sobre todo, si me tapo la nariz y utilizo el mismo argumento que ahora parecen esgrimir en su denuncia, me pregunto:
¿Acaso perdonan ellos las condena en costas y no pasan minutas los abogados que tienen en nómina? Si esos abogados cobran un sueldo, ¿por qué tienen que cobrar -además- una minuta?
Sé la respuesta. Lo peor es que ellos también. «Ellos», esos mismos hipócritas que les han redactado la denuncia.
Para un servidor, redactar un escrito forense es algo más que juntar unas cuantas letras, cortar y pegar cuatro sentencias y pedir lo que se nos ocurra en ese momento.
Es cierto que el papel lo soporta (casi) todo, pero no es menos cierto que si algo queda de tangible en la prestación de servicios jurídicos es eso, un escrito. Y, como siempre dice mi madre (mi primera maestra), quien no te conoce te juzgará por lo que lee.
Por sus escritos los conoceréis, parafraseando las Sagradas Escrituras.
Dándole vueltas al asunto de la escritura, con minúscula, estas son las cosas que más me suelen molestar, que actúan a modo de saboteadores mentales y añaden un plus de «penosidad» a mi tarea:
1.- Interrupciones
Los compañeros que me lean saben a qué me refiero. Estás escribiendo, empiezas el texto con el consabido «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …» y en ese momento, llamada. Atiendes, apagas el teléfono, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …». Justo, justo, justo en ese momento, un toc-toc en la puerta del despacho (que habías cerrado por algo, claro) y un «perdona la interrupción, ¿estás ocupado?», y tú, claro, dices, ya no, dime. Atiendes, recompones la figura y empiezas otra vez: «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …», y entonces es cuando te avisan de que tienes visita, «¿visita, yooo?, ostras, claro, era a las 12 ¿son las 12 yaaaa? Cómo pasa el tiempo».
Toda la mañana con el dichoso escrito y no has pasado del «AL JUZGADO, Dª. Fulanica, Procuradora de los Tribunales, colegiada número …»
2.- Numerar los documentos
Los ciclistas las llaman «etapas pestosas» y para mí no hay mejor término para definir esta tarea: «pestosa». Y no te digo cuando son cientos y cientos de documentos los que acompañas a la demanda, sobre todo cuando se trata de facturas, albaranes, recibos de pago y extractos contables. Cuidado con dejarte alguno, que enfrente te lo van a revisar bien. Documento número 1, documento número 138, documento 453… y así.
3.- Redactar un escrito en apelación
Me da igual que seas recurrente o recurrido, apelante o apelado… Dios mío, ya he superado lo de verme y oírme en una grabación, pero qué trabajo cuesta volver a estudiar el asunto, partiendo prácticamente de cero. Es el día de la marmota, en versión jurídica. Fortaleza de ánimo, serenidad, decisión, respirar hondo… y tres padrenuestros.
4.- Rellenar un formulario online
Lo tienes todo presto y dispuesto para presentar y, ah, ojo, hay que rellenar algún formulario online (ojo con la que se nos viene con Lexnet), por ejemplo, para liquidar la dichosa tasa judicial. Pulsas «rellenar formulario», introduces datos y, cuando crees que lo tienes todo hecho, zas, se borra y vuelta a empezar, jurando en arameo y maldiciendo la estirpe del genio que programó el formulario.
5.- Cuando está impreso y grapado el escrito…
… con sus copias y todo y descubres, con horror, que los párrafos no cuadran con lo que había en pantalla, quedándose una línea, triste y solitaria como el Cadillac, en el último folio. Claro, ya sabes que hay una «cosa» que se llama PDF, que la configuración de la impresora no es la misma de la pantalla, pero es algo que sucede a menudo y da mucha rabia.
6.- Los contratos y sus versiones
Te encargan un contrato «a medida», te vistes de sastre jurídico, estudias, buceas, analizas pros y contras, te pones en lo peor (eso siempre, en lo peor) y vas redactando cláusula tras cláusula. Le das vueltas, imprimes un borrador y otro y otro, hasta que, satisfecho, por fin, le das el visto bueno.
Lo mandas por correo y empieza el «baile»: cambia esto, añade lo otro, quita lo de estas dos cláusulas («¿de quién coño eres abogado, del otro?»). Una vez pasado el filtro del cliente lo mandas a la contraparte y ahí ya no hay salvación posible.
Del escrito que habías preparado inicialmente, bien estructurado, equilibrado y hasta con ritmo, pasas a una suerte de Frankenstein contractual, con la cara llena de costurones. A la porra el arte, «biba el colejio». Eso si, pordios, quite lo de «alquilino» y lo de «sufruto».
7.- Sentencia que exige aclaración
Me dejo para el final uno de mis favoritos. Notificada sentencia, le das la enhorabuena al cliente y al rato éste te llama y dice, oye, que se han equivocado. No puede ser, nos han dado la razón… eso es que han acertado -bromeas. Pero, no, tiene razón, en cuatro folios y medio de sentencia te encuentras un bodrio en el que, pongo casos reales, divorcian a personas que no eran parte del proceso (esos corta y pega que tantos días de gloria nos están dando), conceden indemnizaciones distintas de las pedidas (¿en qué estaba pensando cuando tomaba notas en el juicio? ¿tomaba notas? ¿dibujaba? ¿estaba en el juicio o era un ectoplasma?)… llamas al juzgado y te dicen lo que más temes: «presenta un escrito». Oiga, oiga, oigaaaa… que yo no me he equivocado, pero no hay más remedio que presentar el mal llamado «recurso de aclaración», previsto expresamente en la ley cuando no hay nada que aclarar, puesto que no hay duda de que hay un error como un castillo de grande.
Qué buenas migas harían Microsoft y algunos juzgados, por aquello de las versiones de prueba y las versiones beta.
Comparto experiencias y unos consejos:
1.- Usa mapas mentales
El mapa no es el territorio ni tampoco el pensamiento. Es una guía de escritura, para no perderse. El resultado final no tiene por qué cuadrar con lo previsto pero, desde luego, mal vamos si no tenemos una idea clara de lo que queremos expresar.
No olvides que el mapa es para tí, que lo tienes que hacer en un folio y cuanto más «plástico», mejor. Ya tendrás tiempo de escribir.
2.- Listas de chequeo
Cuando llevas unos años en esto ves que hay asuntos que se repiten una y otra vez. Usa lista de chequeo y comprueba el estado de los flaps antes de despegar, campeón.
3.- Pomodoros
Si, se llaman así; usa los pomodoros: 25 minutos de sprint mental y 5 de descanso. 25 y 5, esa es la proporción. Algo así como las series de los runners.
4.- Usa fichas
Para los trabajos de más envergadura, una idea una ficha; cuando te pones a redactar, las ordenas sobre la mesa (como los juegos de naipes que llaman solitarios) y cada idea te puede servir de título para cada apartado del escrito. En nuestro caso, hechos separados convenientemente por párrafos, fundamentos de derecho en su sitio y el «petitum», lo más importante, claro y preciso. Es un error esperar al final, cuando llegas con la lengua fuera, para redactarlo.
Y es que un escrito se lee de principio a fin, pero no tienes por qué concebirlo así. Me remito a lo de los mapas mentales.
5.- Un último consejo: lo perfecto siempre es enemigo de lo bueno y peor que presentar escrito con erratas es no llegar a presentarlo porque se te pase plazo. Ya tendrás tiempo de ganar el Pulitzer de los abogados.
Y si hay una errata, les presentas un escrito de aclaración. Donde las dan las toman.