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Me viene muy bien citar hoy a Eduardo Galeano y su “Libro de los abrazos”. Lo comienza con la palabra “RECORDAR”, cuyo origen es la latina “recordari” y que está formada, a su vez, de re (de nuevo) y cordis (corazón). “Recordar” quiere decir mucho más que tener a alguien (o algo) presente en la memoria. Significa “volver a pasar por el corazón”. Y eso es lo que me suele ocurrir cuando repaso las fotos de mis viajes.

A él y solo a él le corresponde el mérito de la explicación etimológica que, sin embargo, viene a cuento porque esta mañana he tenido noticias de América del Sur. Y no son, precisamente, alentadoras.

Una sombra negra -me cuentan- se cierne sobre lo que apenas hace un par de meses eran calles llenas de vida. Atrás quedaron los desayunos con cappuccino y medias lunas; las visitas a cafés literarios (Saint Moritz, Las Violetas y el Tortoni), a bibliotecas inimaginables (Ateneo) y al cementario alemán de Chacarita, donde reposan los restos del capitán del Admiral Graff Spee, Hans Wilhem Langsdorff. Que no se entere nadie, pero lo preferí al de La Recoleta, donde descansan -por ejemplo- los de la Perón. Soy así, no tengo remedio.

Recuerdos de Buenos Aires, mi Buenos Aires querido; donde vas buscando el fantasma de Borges y de pronto te topas con su viuda, Maria Kodama.

Recuerdos de aquellas melodias de guitarras criollas e historias de payadores, de tangos y milongas… ahora todo estará en silencio. Espero que el confinamiento tenga resultado; porque como el virus se propague a la misma velocidad que en España, allá va a tener efectos aún más devastadores.

Y recuerdo a un taxista, psicólogo, filósofo y preguntón que, cuando se enteró que era abogado y divorciado, me dijo:

-Vos seguro que sos un buen abogado.

-¿Y usted cómo lo sabe? -le repliqué.

-Porque vos ya estuviste en la cárcel, viste.

Pues ahora, confinados, todos los porteños se harán magíficos abogados.

Cuando has viajado con el corazón nunca terminas de irte de ciertos sitios. Asi que, hoy, recordar duele.

Con el ánimo econgido he afrontado una jornada con pocas concesiones a la lírica. Además del corazón, también manda la cartera que, como decía mi profesor de Derecho Romano, “es la víscera más sensible del cuerpo humano”.  No estoy de acuerdo con eso, no es mi caso; pero no es menos cierto que las nóminas, los seguros sociales, los impuestos, la hipoteca y la pensión -solo por citar algunos epígrafes- no se van a pagar contando historias de viajes.

Así que, para no dejarme machacar esa otra víscera, me he puesto manos a la obra con el asunto de la pecunia numerata; y, desde aquí, vía telemática, mi agradecimiento al equipo de DUALIS, que enseguida lo ha dejado todo dispuesto para el papeleo. Me comentan, además, que existe posibilidad de pedir préstamos ICO liquidez, con el aval del Estado. Los concedan o no, a buen seguro estaremos entretenidos.

También leo que el Colegio de Abogados de Murcia, el Ilustre, acepta no pasar más recibos y que va a presionar, también, a la Mutualidad de la Abogacía para que haga otro tanto con los suyos. Hurra por ellos.

Hoy dia productivo, en el que he cambiado la rutina y he pospuesto la gimnasia matutina, porque tenia la mente activada desde que le pegué la patada a la sábana. Y no era cuestión de desaprovechar el “estado de flujo”.

Este tiempo suspendido puede ser también tiempo bien aprovechado. Solo es cuestión de orden, de establecer rutinas; seguro que lo consigo. He consultado algunos blogs especializados en cómo organizar el trabajo en casa, gestionar las interrupciones y centrarse  en lo que llaman “el foco”. Tirando del hilo, tomo también algunas ideas sobre ayuno que, más allá de lo que es dejar de comer, que no es eso, resulta que es estar atento a la ingesta de según qué alimentos que afectan a la concentración.

Así ha transcurrido el día, anodino, buscando la normalidad dentro de lo extraordinario de la situación: a base de burocracia y papeleo. Y cuando casi lo he conseguido, al dar por terminada mi jornada laboral de hoy, se me ocurre echar un vistazo a las noticias y casi me atraganto al ver vehículos militares justo debajo de la casa de mis padres.

La última vez que vi algo parecido fue en una recreación histórica de la Operación “Market Garden”, la famosa batalla de Arnhem. Fue hace nueve años.

Ahora los vehículos son de verdad y no están recreando nada.

Curiosa premonición.

“Market Garden” resumía en inglés lo único que se nos permite hacer, esto es, ir a comprar y salir al jardín a pasear el perro. Pero entonces nadie lo vio así.

 

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