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Para esta mañana decidí hacer otro experimento. Quitar la alarma y ver a qué hora me despertaba. Hoy ha sido a las 05:47 a.m. Es curioso porque hoy, precisamente hoy, no tenía que ir a ningún lado; ni siquiera a mi despacho.

Nada más abrir los ojos he anotado mi primer pensamiento. No sé por qué motivo, pero me he acordado del juego “Trivial Pursuit”, que me ha encantado de siempre. Y me he acordado que una vez conocí una persona que se dedicaba a memorizar las preguntas y las respuestas. Es decir que, para preparárselo, tenía la santa paciencia de estudiarse las tarjetas. Una a una. Que me perdone, pero no me acuerdo de su nombre. Tampoco lo pondría aquí. En este encierro tendría tiempo de sobra para clavar codos y sería el campeón (o campeona) de todas las reuniones. El único problema es que tendría que jugar de forma virtual, porque las reuniones entre amigos también han sido prohibidas. Repitan conmigo: “hay que actuar como si estuviéramos infectados”.

En Facebook, a falta de otra cosa, me “desayuno” imágenes de ataúdes en Bérgamo (Italia) y también de las urgencias, éstas últimas grabadas por una enfermera. Y, curiosidades de la vida, por razón de mis viajes -y de lo que a veces cuento por aquí- conozco a alguien cuya prima está en Bérgamo. Fue la primera persona que me contó, de primera mano y sin bulos, que en las UCI de Italia ya se iba eligiendo a quién se atendía y a quién se dejaba morir. La creí, por supuesto. Y ahora las noticias que llegan, lo confirman.

Wuhan (China) podría haber pasado a la historia, por ejemplo, como sede de los JJOO. O de una reunión para el desarme multilateral. O de una conferencia mundial sobre el clima. Pero no, será -para generaciones- la zona cero del coronavirus.

De Wuhan, nos dicen, llegan noticias del primer día sin contagios. Si Italia nos lleva dos semanas de ventaja, y China dos meses, ya sabemos lo que nos espera. Hay esperanza, pero lo peor todavía no ha pasado.

De Brasil me llegan otras noticias, también de primera mano. De pánico y cierto descontrol. Todavía no son conscientes allá, porque -me dicen- no se atreven con el toque de queda y, en cambio, aún permiten abrir restaurantes con ciertas medidas de seguridad (no sé si he entendido bien, pero me hablan de un metro de separación, o así). No, no son conscientes aún.

He decidido desconectar de las noticias. Y no he puesto la TV ni un segundo. Además, era mi santo y el día del padre, qué carajo; y para mí que ha sido el día más acompañado de mi vida, bañado por un torrente de calor y mensajes afectuosos.

Anoto, entre guasap y guasap, un par de apuntes de aparente “normalidad”: en el edificio de enfrente, que tiene piscina, se sigue depurando el agua de forma regular. Abro la ventana y oigo los chorros. Si eso no es ser optimista, que baje Dios y lo vea. Y en el piso de arriba, o el de al lado, que no lo sé, cantan un cumpeaños feliz. Resulta evidente, aunque no lo viera, que es por videoconferencia, por los besos que les oigo mandarse. Días extraños en los que estamos todos tan lejos y, a la vez, tan cerca.

Y entre guasap y guasap, me termino las “MEMORIAS DE LOS ÚLTIMOS DIAS DE BYRON Y SHELLEY” (de E.J. TRELAWNY). Un libro extraño, que mezcla el género biográfico con el de los viajes y del que extracto esta cita que relata, a su manera, el paso entre Escila y Caribdis:

Al este quedaba el salvaje litoral de Calabria, con sus peñascos grises y recortados; al oeste la soleada y fértil costa de Sicilia. Mientras nos deslizábamos a poca distancia de sus suaves colinas y resguardadas calas, Byron señaló hacia un rincón tranquilo y exclamó: Ahí podría ser feliz

Recuerdo una vez, hace ya unos cuantos años, cuando mis padres me ayudaron en una mudanza y, al terminar de colocar todos los libros en la estantería, mi padre, mirándolos, me soltó: “Hijo, aquí vas a ser feliz”. ¿Sabéis una cosa? Cada día que los veo me acuerdo de vosotros y de esa frase.

Trágico final el de Byron, en cambio, que no pudo ser feliz en Sicilia y que, en lugar de ello, encontró la muerte en Mesolongi (Grecia).

Lo termino hoy y empiezo “ENTRE EL MIEDO Y LA LIBERTAD”, de David M. KENNEDY. Un ensayo que relata la historia de los Estados Unidos desde la Gran Depresión hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y que los Reyes Magos, tan sabios ellos, me dejaron allá por el mes de enero.

Y en sus primeras cien páginas se relata el estancamiento de la agricultura, la disminución en la venta de automóviles y viviendas, los abusos en Wall Street, la evaporación que experimentó el valor de muchos activos y los males que aquejaban a un anárquico sistema bancario.

Veo paralelismos evidentes, claro. Y recuerdo aquello de que “la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia”. Pero en lugar de dejar consignado aquí un mensaje pesimista, precisamente debería señalarse que los Estados Unidos emergieron, después de sortear a su Escila y Caribdis particular, como una superpotencia.

No aspiro yo a eso, ni mucho menos; pero de lo que no hay duda es que saldremos adelante. Otra cosa es que el “paisaje” que nos encontremos a la salida sea muy distinto al que quedó antes de este confinamiento. Tampoco Odiseo era ya el mismo cuando regresó a Itaca.