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El vigesimonoveno día de este tiempo suspendido, otrora Domingo de Resurrección, me lo he desayunado con una sonrisa, una taza de té y esa canción de Los Secretos que tanto nos gusta y que habla, también, de resurrecciones:

“He muerto y he resucitado.

Con mis cenizas un árbol he plantado.

Su fruto ha dado

y, desde hoy, algo ha empezado”.

Ayer me tomé el día de fiesta.

Para empezar, me dí un paseo por las calles de Murcia. Un paseo literario, claro, de la mano del famoso Mercero de Molina, Paco López Mengual.

¡Quién dijo que quedarse en casa era incompatible con pasear por las calles de Murcia!

El libro de Mengual condensa en uno los tres tipos de paseo que Frédéric Gros distingue en su ensayo “Andar, una filosofía”:

“Está el paseo como rito absoluto, creación de un alma infantil; el paseo como libre distracción, recreo del espíritu; y el paseo como redescubrimiento“.

Cuando vuelva a pisar esas calles juro que no volveré a verlas con los mismos ojos.

-¿Seguirán -me pregunto- los Dimitri tocando “Por una cabeza” en la Plaza de la Cruz, justo en la esquina donde empiezan los Soportales de la Catedral?

El confinamiento le ha dado la vuelta -como a un calcetín- a muchas cosas de la vida y nos la ha puesto “del revés”, como el título de aquella maravillosa película de Pixar. Antes uno paseaba para suspender -por un tiempo determinado- las preocupaciones del día a día. Y acallar esas voces que, como nos recuerda esa película, llevamos dentro.

Ahora pasa justo lo contrario. Que mueves los pies con la mente, con la que vuelas de La Fontana Di Trevi al Teatro Greco di Taormina, por ejemplo. De este confinamiento vamos a salir todos con habilidades insospechadas, más allá de manejarnos con soltura con todas las plataformas de videollamada múltiple.

Y como me sucedía antes de que llegar el tiempo suspendido, resulta que mi paseo puede derivar en “tardeo” y en el famoso “no me toquéis las palmas, que me conozco”. Así que ayer fue también un día de “quedadas”.

Bajé al trastero a por una botella de vino que, como el velón del otro día, guardé para una especial ocasión; porque esa fue la única condición que me puso quien, con todo su afecto, me la regaló un día de esos apresurados, en los que tanto corres -para no llegar a ningún sitio-, con el móvil en una mano y en la otra, la cartera.

El vino se llama (se llamaba, porque en mi crucero imaginario ya ha sido despedido con salvas y honores) “35”; es de D.O. Jumilla y su etiqueta contiene, como no podia ser menos, toda una exaltación de la amistad:

“35 apasionados del vino, amantes de la vida, amigos del alma y optimistas sin cura”.

Una proclama, una declaración de principios a la que en su momento no le eché cuentas, pero que ahora me llega bien dentro y cobra todo sentido. Otro mensaje en una botella.

El roce con las amistades está suspendido, pero sigue latente; como las semillas en el desierto, a las que bastan unas simples gotas de agua para que germinen. En nuestro caso, una copa de vino y una buena conexión de internet.

Y como esto es un “no parar”, termino apresurado la entrada de hoy, que “me han vuelto a liar” y a las 13:30 tenemos “videoaperitivo”.

Positivos y optimistas sin cura, doctora. Porque la vida -como el agua- siempre busca su camino y cada cual sabrá encontrar el suyo.

Pero mejor -mucho mejor- caminando acompañados, como dice la canción.

MENGUAL