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Lo cuenta Joaquín CARBONELL en su libro sobre Joaquín SABINA (“Pongamos que hablo de Joaquin” – Ediciones B- 2011):

“Joaquín tiene un tremendo miedo a los conciertos. Joaquín tiene miedo a cantar como los toreros a torear (…) Sale acojonado por el sonido, por las luces, por el micro (…) Ese temor, común a la mayoría de los intérpretes que se enfrentan a un espectador en directo, se disipa cuando todo funciona, en cuanto el hilo se comunica entre el escenario y el patio de butacas”.

Casualidad -o no- cae en mis manos esta devota hagiografía del cantante el mismo fin de semana en que el de Úbeda protagonizó su última “espantá”, en Madrid. Muy de torero.

No es el único. Otra colega de profesión, Pastora SOLER, había anunciado unos días antes su retirada de los escenarios, por ese mismo motivo.

Y esta fobia no es exclusiva de los cantantes, no: a muchos toreros les pasa igual, que desean que llueva y se suspenda la corrida.

Conozco muchos abogados a los que les pasa lo mismo: les encanta suspender las vistas. Cualquier excusa es buena. Me recuerdan a Tom CRUISE en “Algunos hombres buenos”.

No sé si es debido al miedo escénico, a que no se han preparado el juicio o, simplemente, porque han llegado hasta ese punto a resultas de alargar y alargar una negociación y no tienen prevista otra alternativa.

No me gusta el cambalache de la puerta del juzgado aunque, a la fuerza ahorcan, suelo llevar previsto un plan “B”, justo para ese momento en que se acerca el compañero y te suelta eso de “¿podemos hablar cinco minutos?”

Mira si hay tiempo para negociar y van y se lo dejan para el último momento. No cuela.

El plan “A” es llevar el juicio muy bien preparado, tratar de dejar el menor número de detalles al azar y no olvidar nunca que el público, “mi público”, está sentado en primera fila, no se pierde detalle y es a él a quien me debo, al ciento por ciento.

Así que no me puedo permitir ni dudas ni miedos escénicos.

Me importa un bledo si la jueza de turno hace como que no escucha (que siempre lo hacen, cuidado), si el compañero de enfrente gesticula o si su cliente me hace aspavientos mientras expongo mi alegato.

Si volvemos al mundo del artisteo, ¿quién no se ha tropezado alguna vez con algún “reventador” mientras tocaba en un bolo? ¿Será la primera vez que algún descerebrado tira una lata al escenario?

Pase lo que pase, el show debe continuar.

Porque si no lo soportas, siempre puedes colgar la toga; es el plan “Z”: en el mismo libro, CARBONELL se refiere a Fernando FERNÁN GOMEZ, quien mostró total aversión al escenario y afirmó haber dejado de actuar en teatro porque

le molestaba que lo mirasen mientras trabajaba

Genio y figura.

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