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Esta noche, mientras que los móviles echan humo y el personal brinda celebrando el cambio de fecha, se producirá la extinción de un sinfín de contratos de arrendamiento de negocio, todo por aplicación de una previsión contenida en las disposiciones transitorias de la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994. Y es que veinte años no son nada.

No ha faltado una tímida campaña en los medios de comunicación que abogaba a favor del comercio tradicional: denunciaba que con esa medida iban a cerrar muchos negocios y, con ello, deprimir -aún más- el centro histórico de muchas ciudades.

Y yo que pensaba que el milenarismo se acabó el año que pasamos el llamado “efecto dos mil”.

Alguno se lamenta ahora, pero estoy seguro que, en su día, veinte años le pareció mucho tiempo.

Me pongo en lugar del propietario o, mejor dicho, del heredero del propietario (habrá unos cuantos que, con tanta prórroga, jamás han vuelto a recuperar la posesión del local) y pienso que lo más inteligente, desde el punto de vista del arrendatario, hubiera sido negociar mucho antes (AÑOS antes) de que se aplicara la norma, ofreciendo subir la renta a cambio de alargar la vigencia del contrato.

Esto es, actuar de forma proactiva: en lugar de esperar a que se cumpliera el escenario legal, revertirlo y pactar uno específico para cada situación.

Porque esa misma ley de la que se abomina estableció la libertad de pacto y nada impedía un acuerdo justo entre ambas partes.

Claro que también entiendo que tener un local en el centro de la ciudad por cuatro chavos debería suponer un incentivo irresistible para ponerse la venda en los ojos y no querer ver que había una última estación, llamada “fin de trayecto”. El corto plazo y el beneficio inmediato sobre el largo plazo o la visión estratégica.

Podría hablarse de un caso de “procrastinación jurídica” aunque mi abuela diría, simplemente, que de aquellos polvos estos lodos.

Lo dicho, veinte años no son nada, seguiremos brindando y cayendo -una vez y otra- en los mismos vicios de siempre.

Por lo visto va en nuestro ADN.

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