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VIENTOS DE CAMBIO (o cómo volver a empezar)

22 domingo Nov 2015

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, MOTIVACIÓN, Sin categoría

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actualización, conocimientos, empezar, ilusión, Monstruos S.A., novato, Scorpions, veterano, vientos de cambio, wind of change

Esta historia me la contaron hace muchos, pero que muchos años, así que no recuerdo los motivos por los que nuestro héroe dejó atrás su ciudad natal, un próspero despacho y una clientela fiel. Tampoco importa.

Le habría pasado algo así como el Juego de la Oca, que una mala tirada de dados le situaba -de nuevo- en la casilla de salida. Mudanza a otra capital de provincia y vuelta a empezar.

En aquella época no había redes sociales ni teléfonos móviles; por otro lado, la publicidad estaba prohibida y expresamente sancionada en el Estatuto de la Abogacía.

Tampoco tenía contactos ni familiares, ni siquiera algún antiguo cliente o compañero de estudios que pudiera dar referencias suyas en su nueva residencia. A efectos profesionales era, sencillamente, invisible.

Pero no se arrugó ni le dio tiempo a lamentarse: montó un nuevo despacho en esa soleada capital sureña sin más recursos que una vieja máquina de escribir, papel de calco para las copias de las demandas, sus conocimientos, su buen hacer y una profesionalidad exquisita. Aunque, huelga decirlo, con eso solo no se paga la renta ni, tampoco, se llena el plato de garbanzos; así que los pocos ahorros que tenía menguaban de forma alarmante.

Día tras día la misma rutina. Traje, corbata y paseo desde casa al despacho y desde el despacho a su casa.

Pasaban las semanas y no había clientes ni casos. Había hablado con un compañero que tenía el despacho justo encima del suyo, pero, con buenas maneras y exquisita cortesía, su vecino declinó amablemente cualquier posibilidad de colaboración.

Al menos tenía tiempo para estudiar y ponerse al día. No pasaba como ahora, que hay una auténtica diarrea legislativa, pero los nuevos amos del país -y, por tanto, de BOE- no desaprovechaban ocasión para hacer patente su poder y se atrevían ya hasta con reformas de los viejos códigos decimonónicos.

En esas estaba, clavando codos, cuando una tarde sonó el timbre de la puerta. Apagó el cigarro, se puso la chaqueta y se apretó el nudo de la corbata. Al abrir, se encontró con dos inesperados visitantes que, después de disculpar el retraso («de qué retraso hablaban, si no había quedado con nadie…»), se presentaron preguntando por «el abogado».

-Si, soy yo…

-¿Podemos pasar?

Sentados en los confidentes, parapetados detrás de un grueso cartapacio y después de recuperar el resuello, sacaron una escritura tras otra, legajos amarillentos que, como naipes de una gigantesca baraja, fueron desplegando sobre la mesa mientras contaban el caso con pelos y señales.

De sus bocas brotaban datos y más datos (servidumbres, linderos, amillaramientos y otras lindezas de derecho hipotecario) que nuestro protagonista anotaba minuciosamente en su recién estrenado cuaderno.

Cuando llevaban más de media hora se dio cuenta de que hablaban con referencias a hechos que daban por supuesto que él conocía, cuando no era así. De manera que dejó la pluma sobre la mesa, levantó la mano y pidió una tregua.

-Creo que se han confundido de abogado.

-¿Cómo?

-Si, que no soy la persona que imaginan.

-¿Ud. no es abogado?

-Si, claro. Me refiero a que no soy el abogado que buscaban.

-Entonces, ¿es que no nos puede llevar el caso?

-A ver, claro que puedo llevarlo, pero digo que se han equivocado porque Uds. debían de estar buscando a otro compañero que tiene el despacho justo en el piso de arriba. Les pido disculpas, porque han depositado su confianza en mí pensando que era esa persona. De todas formas, mi código deontológico me impide revelar nada de lo que me han comentado. 

Después de un silencio incómodo, que se hizo eterno, los visitantes se miraron entre sí, hasta que el más lanzado se encogió de hombros y dijo:

-Bueno, señor letrado, ya que estamos aquí y hemos avanzado tanto, para qué irnos. Sigamos. Como le iba diciendo, aquí en esta escritura pone claramente que …

Y así siguió la tarde, la semana y nuestro héroe se estrenó, con éxito, en los juzgados de esa ciudad.

Estos clientes quedaron satisfechos y empezó a funcionar el boca a boca hasta que se hizo con un nombre y una clientela -incluso- superior a la que había dejado en su tierra natal. Y por ahí andará.

Cada vez que alguien se queja de las dificultades que se encuentran los nuevos letrados para empezar me acuerdo de esta anécdota y pienso que no están en una situación de desventaja respecto de lo que empezamos veinte años antes, todo lo contrario: los clientes no se sienten atados a ningún apellido y buscan, lo primero, alguien que les dedique atención y escucha activa para su caso. Si estás empezando desde luego problemas de disponibilidad no vas a tener.

En la actualidad se legisla a diario. Apenas da tiempo a consolidar ningún tipo de doctrina jurisprudencial: para cuando el caso llega al Supremo, hay unas nuevas reglas de juego.

En realidad, eso nos iguala a todos, puesto que, con independencia del número de colegiado que tengas, quedarse quieto, «en el sitio», es quedarse atrás. La actualización es necesaria no solo en conocimientos jurídicos sino en tecnologías de la información y, por poner un ejemplo, quién mejor puede saber de redes sociales y reputación digital que las nuevas incorporaciones que hasta ayer mismo estaban tonteando con «Tuenti».

Con tanto imbécil dispuesto a vomitar en la red hay campo para todos. La imaginación al poder.

Y esto vale tanto para los nuevos talentos como para los que vamos acumulando años de ejercicio: hay que hacerse el nudo de la corbata con la ilusión del primer día y, con esa predisposición, tener las orejas tiesas y los ojos bien abiertos.

¿Cambios? ¿Quién dijo miedo a los cambios?

Como reza el viejo haiku:

un temporal se ha llevado el tejado de mi casa; qué bien, esta noche dormiré viendo las estrellas

 

 

 

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Eso en tu país no lo harías

16 domingo Ago 2015

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, Sin categoría

≈ 2 comentarios

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aseos, ébola, basura, grafiti, lata, limpieza, suspiros de España

–Eso, en tu país, no lo harías…

Había que ser muy valiente, o estar un poco loco, para decirle eso a la cara.

Y es que el bigardo que tenía delante no bajaba de los dos metros. Pelo rubio recogido con una coleta, barba de tres días, camiseta ajustada y unos tejanos desteñidos. Igual era primo del cantante ese de «Lordi», los que ganaron Eurovisión hace unos años.

Acababa de apurar una lata de cerveza y la había tirado al suelo, sin preocuparse de dónde caía.

Antes, no obstante, la había estrujado con el mismo desinterés con el que ahora podría machacar la cabeza del españolito que, pobre quijote, le echaba en cara su acción.

–Digo que… eso, en tu país, no lo harías.

-¿El qué? -, replicó, haciéndose el tonto.

-Pues… eso, tirar la lata al suelo. Eso no lo harías.

El gigantón se acercó un poco más, levantó una ceja y, en la media lengua que el alcohol y el conocimiento del idioma le dejaban, le dijo que sí, en efecto, que en su país no lo hace. “Pero aquí, en España, sí” -añadió.

En ese momento, la mujer del españolito apretó fuerte el brazo de su marido y le soltó un “déjalo, Manolo, no te metas en líos…, no merece la pena”.

Pero Manolo, su Manolo, no se iba rendir tan fácil:

–Encima, recochineo… -alcanzó a decir, mientras notaba cómo la sangre se le subía a la cabeza-. A estos niñatos les iba a dar yo programa «orgasmus». Mucho estudio universitario, si; ¿y la educación?, ninguna…

Pero el gigantón no tenía ganas de discutir:

–Digo que en mi país no lo hago porque en mi país esta todo limpio. Pero aquí no. Qué mas da una lata más o una menos. Mira a tu alrededor… -y siguió su marcha, indiferente.

Y, en efecto, Manolo, nuestro Manolo se la tuvo que envainar mientras recordaba cómo para andar por la misma acera donde se habían encontrado tuvo que regatear un sinfín de excrementos de perro; que en la puerta de su oficina todos los viernes hay orines y restos de botellón; que en el aparcamiento del súper donde va con sus hijos no faltan preservativos y pañuelos usados por el suelo; y que es más fácil pillar el ébola en un aseo público que una misión por África. Por no decir que en su ciudad no hay una pared que no esté decorada con su grafiti correspondiente.

Agachó la cabeza, soltó un suspiro y se apretujó buscando el calor de su bella dama española.

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NECESIDADES PRIMARIAS

07 jueves May 2015

Posted by Time Advocate in INSPIRACIÓN, Sin categoría

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basura, MASLOW, movil, necesidades

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Era una noche de invierno. Negra, como la boca de un lobo. Y hacía mucha rasca.

Apetecía poco salir a la calle, pero a la fuerza ahorcan: “si seguía acumulando bolsas y bolsas en el lavadero -me dije- al final tendría que cambiar mi nombre de pila por el de Diógenes”.

Así que me puse una sudadera y bajé a tirar la basura.

En esas estaba cuando, al llegar al contenedor de papel, empecé a oír una voz que salía del mismo.

La voz “sonaba” en otro idioma, absolutamente ininteligible para mí.

Era un tipo que estaba hablando por el móvil al mismo tiempo que escarbaba y rebuscaba entre todo aquello que desechamos a diario.

Al sentir mi presencia, sacó la cabeza; nos miramos un instante a la cara, le dije “buenas noches”, me saludó con la cabeza y siguió a lo suyo mientras continuaba con su cháchara telefónica, que no interrumpió ni un segundo.

No usaba el móvil para pedir auxilio, precisamente. Cualquiera diría -por el tono- que estaba discutiendo la cotización en el mercado secundario o por el retraso en un pedido…

Superada la sorpresa inicial, recordé el motivo de mi paseo nocturno. Me apresuré a depositar mi mercancía “de forma ordenada, eficiente y conforme al reglamento” y me marché a casa, pensativo.

Hay quien aprovecharía la imagen para tirar por tierra lo del “España va bien” y esas cosas. No les faltará razón pero, en este caso, tendrían que intentar hacer la foto sin que se viera el teléfono en la mano del supuesto indigente.

Por mi parte pensé que la cuestión de la “primera necesidad” se ha convertido en algo bastante relativo: no entendía cómo una persona que tiene dinero para pagarse la adquisición de un terminal telefónico, la electricidad para recargarlo y, sobre todo, un consumo, tiene que escarbar en la basura para sobrevivir.

Claro que sólo hay que mirar alrededor para comprobar que el móvil se ha convertido en una prolongación de nuestro ser; un artículo de primera «necesidad», en definitiva.

Tanto, que en la última Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares (año 2014), el INE informa que el 96,4% de los hogares dispone de teléfono móvil, sólo por debajo de la TV en el ranking (99,2%).

Y no sé por qué me extraño. En España, durante el año 2006, el número de terminales móviles (44,3 millones) ya había superado el número de habitantes (44,1 millones).

El concepto de «primera necesidad», redefinido: antes de salir a buscarte la vida, aunque sea escarbando en la basura, tienes que asegurarte bien de que tienes la batería cargada. Y no me refiero a salir desayunado, precisamente.

 

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